Tarantino

No podríamos haber escogido una mejor vista para esta ruta que es, para muchos de nosotros, la más despiadada: el viaje de todos los días al trabajo. Viajamos al borde de un río placentero. No sólo lo es su cauce, sino también las colinas que limitan sus márgenes. Como otros paisajes de esta región, también éste cambia bruscamente con las estaciones, haciendo aún más difícil que nos cansemos de verlo. Y ciertos años (como este 2013), la nieve cae con lentitud sobre el río y los bloques de hielo navegan sin apuro sobre el agua, haciendo de las distintas vistas del invierno un espectáculo inagotable.

A veces me da pena concentrarme en las tareas, porque pareciera que no ver el paisaje significara sacrificar uno de los momentos más agradables del día. Sigo manteniendo que conducir 40 minutos hacia Nueva York, pudiendo subirse a este magnífico ferrocarril que trota por el margen del Hudson, es un desperdicio. ¿Por qué someterse voluntariamente al tráfico sin solución que corre hacia la ciudad?

Hoy, sin embargo, he desperdiciado otra vez mi viaje metiendo las narices en un libro. La novela se llama Changing Places y la escribió David Lodge. Es una comedia que hace escarnio de los intelectuales que cambian la vida por la enseñanza (¿seré yo señor?). En ella, dos catedráticos marchan de intercambio hacia dos universidades distintas del planeta: un norteamericano vuela a Inglaterra y un británico viaja a los Estados Unidos.

Así que tal vez por eso (creo yo), mal influenciado por la lectura,  esta mañana he sentido una cierta pesadez al caminar por los pasillos desiertos de Lehman. ¿Qué hago acá? Miro al espejo y encuentro una cana: el tiempo.

Uno quisiera creer que el tiempo no pasa, que tal vez uno es como ese río que circula frente a nuestro tren de todas las mañanas, que uno jamás se va a cansar de estar vivo. De vez en cuando –como hoy– me queda valor para mirarme, tratar de entender el tiempo y burlarme de la minúscula seriedad de nuestros objetivos privados.

Anoche, mientras disfrutaba la ceremonia del Oscar, pensaba en la sonrisa amplia de Jack Nicholson: quien todo lo ha vivido. Todo el auditorio no es sino un circo lleno de actores. Nicholson también actúa: es un hombre viejo que ha visto todo ¿Eso es la felicidad?¿En eso no consiste llegar a viejo? Quisiera creer –la ignorancia me lo va a permitir– que mientras Ben Affleck dedicó la mitad del 2012 a trabajar para que lo respeten como director, Nicholson no trabajó; consiguiendo que lo respeten por ser quien ya no está interesado en nada.

Creo que hay un engaño terrible en aquella ceremonia. Tal vez la temperatura de las luces y la cordialidad de los invitados nos hace creer que los conocemos hasta el punto de saber en lo que piensan. Y de pronto se aparecen allí sobre el podio, balbuceando un agradecimiento (como Ben Affleck),  gastando una broma (como Daniel Day Lewis), invocando al Dios de las películas (como Ang Lee) o gozando como perro por la victoria (como Quentin Tarantino); y nos damos cuenta de la distancia que nos separa de ellos.

Parecería que se tratara sólo de una distancia lógica y natural entre los famosos y los desconocidos. Sin embargo, ésa es la misma distancia que nos separa –cuando estamos solos metidos en nuestros pensamientos, mirándonos al espejo, leyendo sobre otros mundos u otros profesores de ficción que hace 30 años cruzaban el Atlántico–de todos los seres humanos.

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