“Una gozosa gira por 18 años mexicanos”. Contra la invocación nostálgica: la reinvención del pasado.

En su cuento Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro le rinde homenaje al barrio en el que vivió de niño. Es un cuento precioso; y también una estampa bien dibujada, de un mundo que ya no existe.

En los cuentos de Tiempo transcurrido, Juan Villoro también le rinde homenaje a los escenarios de su infancia y adolescencia, pero la descripción se mezcla con sus ganas de describir a los personajes que habitaban en esos escenarios. Muchas veces él mismo es el personaje principal, mezclándose con diferentes tribus urbanas.

Ribeyro describe la personalidad actual del escritor y cómo ésta le debe ciertas características a los paisajes de su infancia. Villoro toma su adolescencia y hace una película. La descripción es buena, pero sólo complementaria. Ribeyro usa las imágenes para construir una percepción poética del paisaje ya desaparecido. Villoro utiliza las áreas urbanas para ironizar sobre el transcurso y desaparición de ellas. En Villoro hay un ritmo ágil, con la agilidad de ciertas películas ochenteras, con saltos perceptibles en la edición. Es una película con mucho corazón, hecha con pocos recursos. No llega a ser una pintura, sólo bocetos. Conocemos a los personajes, pero casi nada; excepto, tal vez, su percepción ante los mexicanos y una imagen que tenía que ver con la cultura popular o las ideas dominantes de otra generación. Es un universo literario pero marcado por la cultura de masas.

En el mundo de Ribeyro la cultura de masas casi no existe. Ese universo de Los eucaliptos parece existir independiente del capitalismo. Las recomposiciones urbanas, asociadas con la movilidad social en Lima y el proceso de mestizaje, son percibidas en la historia pero es más importante el proceso poético del cambio y la decadencia. Ribeyro nos muestra el efecto poético del cambio desde una perspectiva única: la suya. Villoro nos muestra el cambio pero necesita visualizar todos los aspectos externos: la arquitectura horripilante pero práctica, los espacios de diversión con sus colores y significados, los peinados y vestimentas con su carga simbólica dentro de las diferentes tribus de su México DF. Ribeyro ha sido actor en ese paisaje, pero el cuento es contado desde el punto de vista de quien asiste a un acto en el que no tiene nada que hacer. Ribeyro observa y describe. Villoro es el narrador participante, que necesita a la masa junto a él. Las frases de Villoro son ingeniosas, tocan al lector, lo inquietan con cada frase. En el cuento de Ribeyro, la historia te toca lentamente, te envuelve con la reconstrucción poética. Ambos son estilos muy diferentes.

Al escribir Los Duros partí de la lectura de Tiempo Transcurrido. Al leer ese cuento, en la edición de la revista Luvina , Villoro notó la única frase original e ingeniosa que creo que merecía ser notada.  Un crítico español lo leyó, y percibió cierto tono poético que él –me dijo–sentía que había sido tomado de Los eucaliptos. Yo no había leído esa historia de Ribeyro. Mi intención era crear un mundo de personajes moviéndose en un paisaje urbano como el de Villoro.

¿Hay poesía en Los Duros? Muy poca. Primero, porque la calle en la que nací sigue tan fea como siempre. Es cierto que hay una descripción más o menos nostálgica de los alrededores, de esas plantaciones de maíz y fresales que debieron de ser arrasados para edificar lo que ahora es Santa Patricia, la Rivera, Mayorazgo, entre otras urbanizaciones también separadas por rejas y trancas e igual de horribles que la mía. Tal vez lo más poético del cuento sea la descripción de las relaciones de la infancia, cierta pausa intencional a la hora de narrar relaciones entre los personajes de las dos familias: Los Segura y Los Duros. Casi no hay diálogos, y las pocas palabras que puse en la boca de los personajes del cuento (en la edición definitiva que salió publicada en Revista de Occidente) creo que son malas.

La calle en que yo viví aún sigue allí. Sin embargo,  creo que a cualquier parte de mi barrio le faltan unos doscientos años para que pueda tener la calidad poética que tiene el vecindario clasemediero venido a menos en el cuento de Ribeyro.

Si algo me gusta de mi calle–ahora que la puedo visitar una vez al año– es su silencio. No tanto en el verano. El mío es de esos barrios que se disfruta más con la neblina del invierno, caminando despacio sobre sus veredas sin gusto, sus muros altos, sus jardincitos breves.

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