A veces no teníamos ni para comprar comida. Nos sentábamos en nuestro plastiquito y poníamos en exhibición sus cuadros de la semana anterior, las reproducciones de mis fotos y una que otra figurita de arcilla. En todo el día nadie se detenía a mirarlos. Y allí estábamos Yuyo y yo, cada vez más tensos. No solo porque no íbamos a no comer nada al volver a casa sino también porque esa Olga lo había invitado a su hotel a conversar de arte ¿Y quién era yo para decirle que no fuera? Sin embargo se me ocurría, allí sentada, sin nada en el estómago, que Yuyo no le estaba poniendo suficientes ganas a ésto porque al fin y al cabo él se iba a ir a pasar la noche con ella y yo era la que me regresaba a casa con el estómago vacío.

Queso sabía cómo era pasar hambre. No la quiso interrumpir.No le pareció apropiado. En Europa él también había pasado hambre. Vagando por Portugal después de haber fracasado en París, de haber sido expulsado de Frankfurt. Cuando no le alcanzaba el dinero para comprar ningún boleto de regreso y ya se iba haciendo a la idea de vivir en la pobreza, de la incertidumbre del día siguiente. Felizmente en Lisboa los metros no tenía que pagarlos. Queso se metía a los vagones. Le parecía la idea más revolucionaria del mundo: que nadie le controlase, que el transporte estuviera al alcance de quienes lo pudieran pagar y también de quienes andaran por aquellos días cortos de efectivo, como él.

Pero la Gringa seguía hablando–ahora ya sentados en un rincón de La Noche–, Queso con otro vaso de chilcano de pisco y ella con otra botella de cerveza, observando a un grupo de adolescentes sentados alrededor de una mesa larga de madera. Queso empezó a estudiarlos ¿Cuál de ellos estaría perdidamente enamorado de cuál de ellas? ¿Quién de ellas le rompería el corazón a quién de ese grupo? Porque estaba seguro que su historia no podía ser mejor ni peor que todas las historias de desamor que había escuchado hasta entonces. Queso habría estado muriéndose de hambre en Europa, pero por culpa del amor otros chiquillos se cortaban las venas. Yuyo ni siquiera ofrecía acompañarla a la casa. De allí nomás cogía su parte de las cosas y las bolsas, y la dejaba a la Gringa sentada sobre los plastiquitos para que regresara con los costales, cuesta arriba hacia la casa. Estaban muy cerca del hotel de Olga, no tenía sentido que él se cansara subiendo hasta la casa, para unos minutos después tener que recorrer todo el camino en sentido contrario. “Esto es lo que siempre he querido”, se repetía la Gringa durante la noche mirando las estrellas a través de la claraboya encima de su cama; en silencio porque todos sus casetes y discos los había escuchado hasta la saciedad con Yuyo, y escucharlos la ponían mal. ¿De eso se trataba realizar los sueños? Había motas de polvo flotando frente a sus ojos. Y la Gringa quería autoconvencerse de que no sentía celos.  Y no le bastaba, dijo la Gringa, decirse a sí misma que no tenía ningún derecho a ningún tipo de celos porque ella no era la enamorada de Yuyo. Era solo “su compañera” y eso les aseguraba a ambos absoluta libertad para hacer y deshacer su vida del modo que quisieran. Esas habían sido las reglas que se impusieron antes de mudarse de Lima. Las que iban a asegurarles que su vida–juntos pero separados–transcurriría sin mayores dramas: Yuyo focalizado en sus pinturas, ella en sus fotografías.

El hambre la estaba obligando a desviarse de su meta. La hacía sentirse recelosa de relaciones que no le deberían importar a nadie más que a Yuyo. La Gringa creyó que tal vez era la incertidumbre (¿y si Yuyo se enamora de alguna de esas muchachas y decide abandonar el proyecto? ¿valdría la pena quedarse sola en esa ciudad sin él? Trató de convencerse de que lo que estaba sintiendo era producto del futuro incierto. No pudo. Siguió sin dormir, viendo como esos espíritus negativos flotaban frente a sus ojos: polvo que cae del cielo para enterrarla, dándose cuenta de que lo que sentía en ese momento ya no era hambre, ni celos, sino un tenaz deseo de morirse.

A la mañana siguiente Yuyo apareció en la casa con bolsas de alimentos, latas de comida, huevos, jugos, arroz, menestras y una hogaza de pan. Empezó a cocinar mientras ella escuchaba desde su habitación, olía el aceite mientras él lo calentaba y luego los cuatro pasos desde la cocina y los dos golpes con calma en la puerta de la habitación para decirle a La Gringa que el desayuno estaba listo. Ella se sentó a la mesa y allí en su silla hizo el gesto como de estar sacándose las legañas, e hizo como que se desperezaba mirando los huevos y el arroz en el plato, el pan y la mantequilla a un lado–tal vez ya imaginándose que necesitaba un pedacito de turrón de Doña Pepa en esa mesa–incapaz de arruinarle la sonrisa de felicidad a Yuyo para decirle que no había podido dormir durante toda la noche.

¿No eran celos, sabes Queso? Era mi incredulidad de que Yuyo no se percatara de que había una manera mucho mejor de vivir este sueño. Un sueño perfecto donde ambos teníamos que estar juntos para disfrutarlo con intensidad. Un universo donde a mí no me importara que las ideas para sus cuadros–que yo le dictaba mientras me despertaba en la mañana–, él las copiara al día siguiente sin darme ningún crédito. Porque en ese sueño seríamos los dos parte de lo mismo y nos podríamos morir de hambre y tener otras relaciones, pero sin olvidarnos que los dos eramos parte de la misma unidad, que nos debíamos el uno al otro, más que a nada en el mundo. Era una pena tremenda que él no se diera cuenta de lo que se estaba perdiendo al dejarme ir. No me dolía que me hiciera a un lado, sino que no se diera cuenta de que ninguna realidad iba a ser mejor que aquella donde los dos éramos cómplices, dijo la Gringa mientras sorbía su primera cerveza en La Noche. Y la Gringa desayunaba con Yuyo, pretendiendo que estaba de mejor ánimo. Y Yuyo anunciaba que lo habían invitado a una exposición en Lima, que partía ya y que le iba a dejar comida para toda la semana. A la Gringa le daba igual si le dejaban comida o no. Lo único que la hacía sufrir era ver como Yuyo decidía dejar la posibilidad de un sueño que podía ser perfecto, por la imperfección de una aventura de algunas semanas. No eran celos. En esos pensamientos no había una tercera persona a la cual odiar sino solo Yuyo, solo él. Su figura demacrada, sus ojos hundiéndose más y más y alejándose otra vez, incapaz de quedarse al lado de la Gringa como si todo lo que habían vivido no fuera suficiente para convencerlo de que su felicidad no podía ser sino con ella. Se iba por una semana y regresaba. Tocaba la puerta o iba a buscarla por la ciudad y no le preocupaba encontrarla siempre sola, como si lo supiese, como si no se diera cuenta de que ella no tenía que estar sola, que le estaba dando otra chance, esperando a que Yuyo abra los ojos y se fije en lo que se estaba perdiendo, en la posibilidad que estaba dejando pasar.

Entonces La Gringa conoció al colombiano y le cayó bien. Lo invitó a la casa y se sirvió comida con él y le cayó muy bien, tanto que lo despidió temprano y se excusó de todas las maneras para no verlo por la noche en un bar donde él iba a estar con unos amigos, todos de paso hacia Ecuador. Y cuando apareció Yuyo después de un fin de semana con Olga–que regresó dos días para comprar unas artesanías que no pudo conseguir en ningún otro lado en Sudamérica–, La Gringa le contó a Yuyo sobre este muchacho colombiano (porque ella seguía respetando las reglas de contárselo todo, a pesar de que Yuyo hacía tiempo que las había olvidado y se guardaba grandes trozos de sus horas con Olga solo para él). Y hubo un detalle en su historia, acerca de la sonrisa del muchacho, que hizo que Yuyo se sobresalte y que no escuchase la historia como escuchaba las otras que ella le contaba e hiciera preguntas. No, ninguna pregunta, una leve mueca que no se le movió del rostro ese día ni el siguiente;  justo por los días en los cuales La Gringa le dijo a Yuyo que había estado conversando por teléfono con su primo Queso, que iba a venir a visitarlos.

Es muy difícil hablar de fidelidad cuando has pasado lo que nosotros hemos pasado. Recuerda que Yuyo y yo nos volvimos a juntar cuando estaba enferma en Lima y él vino a visitarme. Él se sentía traicionado por la vida que yo llevaba en Europa, muy lejos de él. Y yo me sentí traicionada de modo inevitable, creía yo, por lo que sucedió entre él y mi prima. Así y todo conseguimos construír una buena relación en los tres años que estuvimos juntos desde que regresé. Claro que los celos…los celos. Él no es de los que explotan de celos y te lo dicen en la cara. Yuyo sigue sonriéndote y comportándose como si nada pasara. Pero cambiaban nuestras rutinas. De pronto ocurrían silencios con mucha frecuencia, él se dedicaba a sus pinturas y yo pasaba a un segundo plano. Celos injustificados: desde que regresé a Lima, con el único hombre con el que estuve fue con él. Bastaba que le mencionara el nombre de uno de mis compañeros de las clases de fotografía, de alguno de los profesores que admiraba mi trabajo o que ofrecía ayudarme a mejorar mi estilo con el revelado. Yuyo se encerraba en sí mismo, ponía sus discos de Sui Generis o de Los Abuelos y ya no éramos uno sino dos. Yuyo se perdía. Así yo estuviera a su lado en la cama. No contestaba mis preguntas, no escuchaba, no respondía. Me miraba. No era un mirada de celos, era una mirada perdida, como si algo lo estuviera agarrando y llevando a un lugar donde yo no podía meterme. Así que una mañana terminé con él. “Nada complicado”, me dije. “No podemos seguir así Yuyo. Yo te hablo y tú no me escuchas. No quieres que te ayude, no quieres hablar del futuro. No me deseas.”

Y era una de aquellas mañanas en las cuales él se levantaba de la cama, buscaba un casete que le gustaba, lo ponía y se quedaba sentado en la cama escuchándolo. A veces encendía un cigarrillo y fumaba y escuchaba. Yo le podía decir algo y él hacía un gesto como si estuviera tocando las baquetas, o rasgando la guitarra, o decía “Escucha, escucha” como si todo aquello que él quisiera decirme, todo lo importante que había que decir en ese momento estuviera en la voz de Charly García o de Miguel Abuelo. Una de esas mañanas, ya acostumbrada a ser ignorada, después del desayuno, yo le dije que no tenía sentido que sigamos juntos. Le expliqué, mientras él tomaba su café, como si yo le estuviera diciendo algo más sencillo: me voy de compras, a tomar fotos, qué sé yo. Sonrió y yo odié esa sonrisa que no decía nada. Odié sentirme culpable, porque eso era su sonrisa, su esfuerzo más intenso para que yo me sintiera culpable por hablarle de otros hombres, de mencionar a otros fotógrafos, otros profesores. Me fui y no nos volvimos a ver por varios meses.

Esa fue la época en que tú y yo nos encontramos en la galería, Queso. Esos eran los días en que yo me concentraba en ser una chica normal. Otra vez me dedicaba a mis trabajos, salía a la calle y me iba por lugares donde él y yo no habíamos ido: son tan pocos. A veces creo que cada calle de Lima y del Cuzco tiene alguna memoria de él. Que viví demasiado tiempo a su lado y que solo me queda acostumbrarme a vivir con esos “flashes” con él,  cada vez que camino por Miraflores, por Barranco, por Surco. Acá mismo en La Noche. Me sentaba, cada vez menos, ya no con tanta fuerza, pero igual me sucede: me siento contigo, miro alrededor, y aparecen en mi mente cientos de fotitos con él. Y a veces lamento no haber seguido ese camino. Tal vez hoy me habría olvidado de todo y tendría otro tipo de vida ¿no? Tal vez no.

Estábamos demasiado enredados el uno con el otro y un día se apareció, volvimos a salir, como amigos, y esa noche después de unas cervezas ya estaba yo riéndome otra vez de sus historias y conversábamos otra vez de ir al Cuzco, de quedarnos allá, de formar una colonia de artistas, de todos los planes donde estaba sobre entendido que él iba a ser un gran pintor y yo iba a ser su mujer. Y parecía correcto, Queso. Entendía que lo que había sucedido era un proceso natural de descanso. Habíamos necesitado una pausa y eso era todo. Podíamos adelantar el siguiente paso. Ninguno habló de regresar. Conversamos de contarnos todo, de ser amigos antes que nada más. Y allí fue donde tú nos encontraste Queso, en el Cuzco, unas semanas antes que él decidiera irse a Chile para visitar su neozelandesa, irse, dejarme, y en esos días en que yo también creí que tenía que dejarlo todo porque ya no aguantaba vivir en Cuzco sin él.

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