Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

mayo 2011

Yo tu hermano, tú mi hermano (lista de intenciones para los votantes de Keiko Fujimori)

Lago Titicaca, Puno/ Por Patty Mc. The Virtual Tourist

Hay una buena posibilidad de que en las elecciones por la segunda vuelta, en junio, la candidata Keiko Fujimori sea elegida como presidenta del Perú.  En otros dos artículos he considerado por qué me parece que entre ambos candidatos ella es la major opción. Por otro lado, desde entonces hasta hoy, han aparecido signos muy preocupantes de lo que podría ser un gobierno al estilo fujimorista. O mejor dicho: de Keiko Fujimori gobernando un país que aún no ha madurado políticamente.

Amigos y compañeros, personas preocupadas por el futuro de un país al que quieren y al que quisieran ver siempre mejor, desde sus distintos puntos de vista, me han manifestado sus problemas respecto a la idea de Keiko Fujimori en el poder. Los más obvios: que la gente corrupta e inmoral que nos gobernó entre 1990 y 2000 vuelva a tomar el poder y vuelva a creer que el Perú es propiedad privada de los pocos hombres y mujeres del entorno de Keiko Fujimori y de su padre; también, que un gobierno de tendencia de derecha y defensor de un modelo económico liberal, se olvide de los graves problemas sociales que nos han conducido, otra vez, a esta encrucijada política de votar por dos de los candidatos con más interrogantes sobre sus cabezas y con más anticuerpos entre la población.

Considero que las propuestas económicas de Ollanta Humala no podrán ser aplicadas por Ollanta Humala. Y sin embargo, comparto sus más graves críticas al modelo económico: existe el riesgo de estar construyendo un país para unos pocos, de olvidarnos de la palanca central de cualquier desarrollo sostenido: todos los peruanos.

Sin embargo nacionalizar, estatizar, repartir, son palabras que en lenguaje peruano han significado siempre problemas, al menos en la práctica. Velasco lo intentó y fracasó. Alan García hizo una payasada de su discurso de dignidad nacional frente a la deuda y los organismos financieros.  Aún recuerdo las confesiones, que escuché siendo niño, de la boca de cierto individuo que tenía contacto con mi familia; él afirmaba, riéndose, que los tractores de cierta cooperativa en el norte, nacionalizados por el gobierno velasquista, fueron subastados para su beneficio personal y el de los otros profesionales asignados a cooperativizar una empresa privada que generaba millones de dólares y que el gobierno velasquista mandó a la quiebra. Y me imagino que historias como aquella hay miles. Los vivazos, los pendejos, los comechados, los felpudinis, son los que copan posiciones importantes en gobiernos “nacionalistas” estatizantes; y las buenas intenciones se convierten en escándalos de corrupción amparados por el estado.

Y discrepo con quienes comparan al ex presidente Ignacio Lula da Silva con Ollanta Humala. Lula era un candidato 100% de izquierda, sus cambios ideológicos no fueron jamás tan graves y peligrosos como los de Ollanta Humala. Lula se formó y trabajó entre la clase trabajadora. Los miedos de la derecha brasileña eran por su posición izquierdista, los miedos ante Ollanta Humala nacen ante su incoherencia en los papeles que ha jugado antes de ser candidato (además de haber sido formado con las ideas trasnochadas, retrógadas y racistas de su padre, a las que solo ha rechazado cuando vio que le impedían llegar a ser presidente): militar dado de baja, traicionando–luego de haberle jurado lealtad–al gobierno de Alejandro Toledo; y admirador del modelo nacionalista de Hugo Chávez.

Lula vivió la política y defendió sus ideas desde sus inicios como sindicalista radical hasta sus años de mandato como presidente de Brasil. Con Ollanta Humala me queda la duda, a mí al menos, si todo su discurso no es solo una estructura endeble, diseñada con el único objetivo de conseguir el poder. No hay coherencia entre las diferentes posiciones que ha asumido en la vida política reciente. Cuando ha debatido sus posiciones han sido vagas, sus ideas también; tan vagas que las ha ido modificando, enrumbando, como si no fueran principios sólidos. Yo quiero y creo, con firmeza, que el Perú necesita un BUEN PRESIDENTE DE IZQUIERDA.  Pero Ollanta no es un buen candidato de izquierda, es un injerto de intenciones buenas con un discurso político muy endeble. Un buen presidente de izquierda para el Perú tiene que ser otra persona, no un caudillo improvisado como Humala.

El Perú necesita un estado pequeño, vigilante; y empresas privadas grandes. Esa es la garantía del desarrollo. Resalto lo de vigilante porque esa es la principal tarea de cualquier gobierno que salga elegido en la segunda vuelta. Deberá vigilar que los poderosos no se agarren más de lo que les corresponde, que los fascinerosos con dinero no abusen de los pobres sin voz.

Un estado que distribuya. A manos llenas, sobre todo en educación. Con criterio técnico. Priorizando una educación de primer nivel, sobre todo en las regiones donde la educación es peor. Descentralizar la educación superior. Cargar con más impuestos a las universidades instaladas en Lima y darle incentivos tributarios, grandes beneficios, a las universidadas que abran sus campus y sus laboratorios en otras ciudades del país. Los estudiantes de educación superior necesitan ver otra realidad que la de Lima. Pero eso no puede ser regulado por una ley desde el estado. Existen organismos internacionales y préstamos para educación. Empezar una campaña agresiva de educación: liberal, científica y técnica. Allí el estado puede ayudar distribuyendo beneficios tributarios y también invirtiendo la mayor parte del canon minero o exigiendo a las empresas mineras que sus contribuciones sean mayores, para construir mejores escuelas. Se debe aprovechar la experiencia de instituciones educativas de primer nivel para hijos de trabajadores extranjeros, que funcionan en los enclaves mineros: esa misma educación se les debe dar a TODOS los niños de la zona. El estado puede exigir, colaborar, o simplemente vigilar para que el grueso de los impuestos pagados por las compañías mineras sea gastado en escuelas y universidades. Los profesores, egresados de universidades privadas y nacionales limeñas, después de recibir certificados de su calificación, deberían recibir fuertes exoneraciones tributarias para que se disputen la enseñanza en escuelas y universidades en zonas alejadas de la capital. La enseñanza fuera de Lima, de esta manera, se convierte no en un sacrificio sino en una opción de trabajo con beneficios económicos.

El estado debe invertir mucho dinero en infraestructura educativa en provincias. Es la única manera de avanzar.

Ahora, a los votantes de Keiko Fujimori: si ella sale elegida, si no se concretan en las urnas las peores pesadillas de quienes votan por Fujimori, no por convicción, sino asustados por el peligro de un gobierno de intervencionismo estatal a lo Hugo Chávez; les quedan pendientes varias tareas. Primero, la de no ser cómplices. ¿Cómo se puede ser cómplice de un gobierno fujimorista? De distintas maneras:

1. Ignorando que los medios de comunicación peruanos son apostadores, que velan solo por sus intereses y que son subjetivos pero quieren dar la imagen de objetivos.  El mejor ejemplo han sido los videos de Ollanta Humala en Madrid, groseramente editados por Frecuencia Latina; o algunas de las primeras páginas de El Comercio.

En Estados Unidos los medios endorsan a un candidato y ya sabemos a quien defienden y nos atenemos a eso cuando los consumimos. En Perú, tanto El Comercio como los canales de televisión, deciden a quien van a darle su apoyo en cerradas sesiones de directorio, y luego nos venden sus informaciones sesgadas, viéndonos la cara de imbéciles, haciéndonos creer que son 100% objetivos. Solo defienden sus intereses y algunas veces distorsionan la verdad con descaro.

Respeto a los periodistas objetivos, a los que tratan de serlo, que también los hay en el Perú. Y respeto también a los periodistas subjetivos, como Jaime Bayly, que siempre ha sido enemigo del autoritarismo y la prepotencia de Hugo Chávez y simpatizante de Keiko Fujimori. Él tiene su público y si quiere darle a su público su punto de vista y no lo disfraza como “objetividad”, ése es su derecho. Y el simpatizante de Humala tiene derecho a no verlo y a criticarlo. El problema está en noticieros como el de Canal 2 que “juegan” a informar imparcialmente y tienen una línea editorial que no repara en manipular, disfrazar, con tal de atacar al candidato Humala. Además, manipulaciones descaradas como la de El Comercio o Frecuencia Latina no sé si beneficien a su candidata en las elecciones. La rápida distribución de la información a través del Internet desenmascara estos trucos con gran rapidez y el votante puede sentirse asqueado, como me he sentido yo, después de ver como se manipularon las imágenes de Ollanta Humala en Madrid para hacernos creer que él era simpatizante de  Sendero Luminoso.

2. Se puede ser cómplice del fujimorismo, creyendo, si es que Keiko Fujimori gana, que todo en el Perú está mejorando. Que los Wongs de Asia o el último mundial de surf son símbolos de progreso. Si el votante de Keiko se sube otro verano a su cuatrimoto o ve la playa desde la sala con pisos de mármol de su casa y piensa que el Perú es un país con futuro: no solo es un cacaseno, también es cómplice de que el Perú jamás alcance los estándares de vida de Chile ni de otros países desarrollados.

3.Se es cómplice de un modelo económico equivocado si no pensamos TODOS LOS DIAS en los peruanos que viven en la pobreza extrema.

4.Se puede ser cómplice, si al pensar en comprar un auto nuevo para la familia o en un viaje al extranjero, no pensamos en los millones de peruanos que apenas si pueden adquirir comida, que ni siquiera pueden soñar en comprase un pequeño auto o darse el gusto de viajar en automóvil por el Perú.

5. Se puede ser cómplice de un gobierno injusto, si apoyamos la desigualdad social en nuestra casa, asignándoles a las empleadas de servicio más tareas de las que su sueldo vale. Si pagamos sueldos miserables o creemos que ese mesero que nos sirve la mesa no tiene también derecho a gozar de beneficios económicos, a tener un sueldo justo, a poder ahorrar para comprarse un automóvil o mandar a sus hijos a una buena universidad.

Somos un país de hermanos peruanos. Tenemos distintas ideas y distintos fervores políticos. Lo que para unos es imperdonable, para otros se puede excusar si aquello conduce, al final, al bien común. Pero de lo que nadie podrá disculparnos  es de transformarnos, después de las elecciones de junio, en cómplices de un gobierno que beneficie solo a unos pocos y no a todos los peruanos.

Newyópolis

Ilustración original de FronteraD para el blog Newyópolis.

A partir de esta semana empecé a escribir una página-blog para la revista madrileña online FronteraD. Se llama Newyópolis y es una bitácora de experiencias vividas en esta ciudad que si a veces duerme lo hace bien caleta para que nadie se de cuenta. Esta es la primera entrada, publicada hoy. Se llama El nuevo idioma. Espero que les guste:

En una plataforma de la estación Times Square tuve mi primer gran encuentro con el subterráneo. Era mi primer día de clases de inglés intensivo en Nueva York. Ahí estaba yo, dudando en subirme o no a ese ruidoso tren con un número 1 al frente, cuando se abrieron las puertas y vi gente. ¿Cómo averiguo si va “uptown” o “downtown”? ¿Cómo se dice en inglés lo que yo quiero preguntar? pensé. En un impulso, dirigiéndome a un muchacho que viajaba aferrado a un pasamanos, le pregunté en castellano: ¿Va a la 34? y el muchacho me respondió “Sí, sí va” con perfecto español y amable acento de México.

Recuerdo haber experimentado una sensación de alivio. Pasara lo que pasara, el idioma que yo manejaba me iba a servir de herramienta en esta nueva ciudad. Y así se los digo a mis amigos que me visitan de vez en cuando, o a las tías que temen perderse en los laberintos turísticos del tren subterráneo: “Si necesitas ubicarte, mira alrededor. Siempre hay alguien que habla español”. A mi padre no tuve jamás que sugerirle nada, pues él, con desparpajo, se lanza a preguntarle en español tanto al chino del restaurante de Chinatown como al polaco de la bodega de Astoria. A veces tiene suerte y recibe una correcta respuesta en ese idioma, otras veces recibe una sonrisa de ignorancia y de vez en cuando un “no hablou espaniol” como excusa. Pero él no desespera y pasa a su siguiente víctima hasta que alguien lo entiende y le responde. Si hablas español no puedes perderte en Nueva York: Ciudad Gótica se ha castellanizado.

Casi once años después de aquella primera experiencia en el subterráneo, esta semana vi a mis estudiantes sufrir en un examen de conjugaciones: pretéritos perfectos e imperfectos. Era una prueba solo con verbos regulares. Sin embargo, para  algunos de ellos, esas palabras parecen ser acertijos indescifrables.

Mi clase está compuesta por estudiantes que provienen de familias hispanas pero que han nacido y crecido en Nueva York. Les menciono los viajes que podrían hacer a ciudades interesantes como Buenos Aires o México DF. Les enseño imágenes de lugares que podrían visitar, como el barrio de La Candelaria, como las pirámides de Chichen Itza,  las ruinas de Machu Picchu, las cataratas de Iguazú o el volcán Arenal; y les digo lo útil que les sería el español en estos sitios. Los insto a viajar porque sé–por experiencia–cuantas cosas nos enseñan los viajes cuando no sabemos nada de la vida. Y así creo que estos jóvenes le toman un poco más de gusto a memorizarse palabras como “pretérito”, “participio” o “gerundio”.

Uno de ellos tiene padres puertorriqueños. Aprendió con gran facilidad a identificar el pasado imperfecto del pasado perfecto, pero cuando habla no puede deshacerse de un fuerte acento “gringo”. Tiene solo 18 años. Me dice que siente vergüenza cuando encuentra hispanos que le hablan en español y él tiene que responder que no les entiende. Le sugiero que viaje y aprenda el idioma hablando con personas de otro país. Él me responde que en la esquina de la avenida Grand Concourse con la calle Fordham en el Bronx puede escuchar todo el español que quiera. Otra de mis estudiantes habla de un abuelito que le conversa en un inglés quebrado. Yo le sugiero que le converse en español todos los días “aunque sea un ratito”. Ella tiene una perfecta pronunciación, pero le ha tomado tiempo entender la diferencia entre el pretérito perfecto y el imperfecto; o más aún,  diferenciar una palabra grave de una aguda o una esdrújula. “Suena muy extraño” me dice uno de ellos cuando pronuncia “ce-ná-ba-mos”. Yo trato de convencerlo de que para los verbos regulares de primera terminación hay una reglas que son como las matemáticas: apréndete las terminaciones e identifica la raíz.

Sin embargo, hay momentos de gran felicidad en este proceso. La última clase uno de mis estudiantes se acercó y me dijo “profesor, pregúnteme cuantos países conozco” “¿Cuántos países conoces?” Su dedo señaló el suelo y me dijo “Solo éste”. Él quiere viajar a Sudamérica. Quiere ir a la Argentina y ver un partido de fútbol. Me complace saber que tal vez un día él estará en Buenos Aires, tal vez con la duda de cómo llegar hasta la cancha de Boca; y preguntará–como lo hice yo en Nueva York, mi primer día–direcciones en español. Habrá entonces vencido el temor a esas palabras extrañas que debió aprender para una clase universitaria, el miedo a todas aquellas reglas que dificultan el aprendizaje; y se sentirá en posesión de una poderosa herramienta: un nuevo idioma.

En los suburbios

Este es el artículo publicado esta semana en mi blog Apuntes en Nueva Ítaca en la revista Suburbano de Miami:


Llegué a Nueva York en un vuelo sin accidentes desde Londres. Un primo lejano, de quien conservaba el vago recuerdo de una fiesta de carnavales en La Punta ( ese balneario embellecido por los inmigrantes italianos que llegaron al puerto del Callao en los 1900, mágico apéndice de tierra que un tsunami puede tragarse de un solo bocado) me recogió del aeropuerto John F. Kennedy y cruzamos a bordo de su Hyundai rojo fuego, las calles en cuadrícula de la Ciudad de la Furia. Desde el asiento del piloto me apuntó Times Square, tomó el desvío hacia uno de los túneles y me llevó hasta la ciudad de Hoboken, cruzando el río Hudson, para que pudiera contemplar desde Nueva Jersey esa fortaleza de rascacielos iluminados enfrentándose al paredón de los Palisades: Manhattan. Era fines de noviembre y hacía frío. Mi primo–que además de la colección completa de La Fania y de Héctor Lavoe posee una bien surtida discoteca de rock en español en la maletera–pulsó los controles del equipo de sonido y sonó la guitarra de “En camino”, una de las canciones mejor concebidas entre la discografía de Soda Stereo.

Entonces yo, después de 6 meses de intenso camino, aterrizando en Nueva York tras andar varado en Europa sin un centavo en los bolsillos, me apropié de esa canción. Aquel tema que habla de desvíos y espejismos fue la culminación de una pequeña odisea que había comenzado seis meses antes en Lima, y que había seguido mientras mochileaba por España, Portugal, Francia, Alemania e Inglaterra. En aquél momento en que mi primo cruzaba el puente George Washington para llevarme a su casa, las últimas luces que vi al despegar del aeropuerto Jorge Chávez de Lima ya eran para mí una imagen brumosa.

Mi primo cruzó la parte alta del Bronx y nos metimos en un territorio desconocido: los suburbios. Desde Lima, una tarde me dieron malas noticias: el país se derrumbaba. Nuestro dictador había renunciado por fax y la sociedad se estaba reorganizando para salvar la debilitada democracia con un gobierno de transición. Los hombres que habían transitado muy orondos con saco y corbata por la historia peruana de fines del siglo XX, estaban desfilando hacia la prisión. El consejo de mi familia era que yo esperara en Estados Unidos a que se aclarara el horizonte político y económico. Conociendo la historia peruana, aquello podía tomar años.

En diciembre enfrió aún más. Una tía me había prestado un pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio en una calle llamada New. El edificio se caía a pedazos, pero en aquél momento en que mi vida parecía comenzar de nuevo, “New” parecía el nombre apropiado. Desde la ventana de aquél departamento vi caer los primeros copos de la temporada. Pronto los suburbios se cubrieron de nieve. Ya las voces moderadas de mi familia me habían aconsejado que me acomodase al frío y esperase tiempos mejores en el estudio de la calle New. No tenía trabajo ni dinero. En un pequeño conciliábulo de primos, ellos acordaron darme un número de seguro social y conseguirme empleo, gracias a sus contactos, en la garita de un centro médico. Allí, mientras regaba las escasas flores del estacionamiento, abriendo las puertas a los dueños del edificio y apretando el botón de una cerca eléctrica para que estacionaran los autos de los pacientes, en un horario de lunes a viernes y de 8 de la mañana a cinco de la tarde, podía ganar más dinero que en los tres empleos “prestigiosos” que había dejado en Lima antes de viajar a Europa; trabajos con horarios que iban de 7 de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo. Con ese primer trabajo y con esporádicos empleos estacionando autos en un club de golf solo para ciudadanos judíos, pude pagar mi renta en el estudio de la calle New. Además, entre pequeños gastos de ropa y comida, ahorré para comprar una computadora y un viejo Honda.

Fue un invierno frío. Yo creía, ilusamente, que habiendo visto a personajes del cine con aventuras entre calles tapadas por el hielo, ya conocía aquella sensación de la nieve escabulléndose entre los zapatos y las medias, o el salvaje frío filoso de la nevada congelándote el rostro y las manos. Tenía el vívido recuerdo de una escena de una película de aquel genio del cine que fue Ingmar Bergman: sus personajes marchaban sobre la nieve que cubría la ciudad de Upsala. Llegó el día en el cual tuve que caminar en una tormenta de nieve, y con cada paso que daba, el sonido del hielo machacado por mis zapatos me recordaba aquella película y me hacía ver mi absoluta ignorancia limeña acerca de temperaturas inclementes.

Sin embargo, aprendí. Mi siguiente invierno fue menos cruento y al subsiguiente ya me atrevía a aconsejar a algún recién llegado sobre tal o cual marca de botas, o sobre la inconveniencia de intentar abrir un paraguas en una tormenta.

Cuando por fin llegó el momento de mudarme a vivir en la ciudad, en Brooklyn, uno de los corazones del monstruo neoyorquino, mis familiares que habían vivido toda a su vida de inmigrantes en ese pueblo a cuarenta minutos de Manhattan, no podían entenderlo: ¿qué le puedes ver a Nueva York? me decían. Desde Lima mi madre me instó a permanecer cerca de ellos. Como si la pesadilla del terrorismo no hubiera sido suficiente para disuadirme de mudarme a esa ciudad. Yo dije que los suburbios no tenían el encanto del concreto de la metrópolis, que la única razón para dejar el Perú era para disfrutar a plenitud de la vitalidad de aquella isla mitológica; dije que tenía que vivir en Nueva York para poder saber de lo que hablaban los escritores que habían utilizado su mejor ingenio y pluma para describirla y–una y otra vez–reinventarla.

Viví en varios departamentos en la ciudad de Nueva York. Desde mi primera habitación se podía ver el Empire State y el departamento tenía una terraza con una vista preciosa a un cementerio de chatarra. Como todo neoyorquino viví con ratones y con cucarachas. Otro departamento quedaba en el piso arriba de un club social albanés, a dos lotes de distancia de una bodega dominicana donde podía pedir emparedados a la medianoche. Comprando allí mis víveres o haciendo mi cola frente a la caja para pagarlos, aprendí lo poco que sé sobre la cultura reguetonera, gracias a la radio a todo volumen de la señora bodeguera. Mi último departamento en la ciudad de Nueva York tenía garaje privado y desde la ventana de la habitación–que compartía con quien entonces era mi novia– podíamos ver el río Hudson y los Palisades, aquella imponente pared de piedra que tanto me recordaba mi primera noche en Estados Unidos. Sin embargo, cuando apareció la oportunidad de comprarnos una casa, la lógica de formar una familia nos empujó otra vez cruzando las fronteras de la metrópolis, hasta uno de aquellos pueblitos en los suburbios donde había empezado mi vida en Norteamérica.

Esta mañana he bajado a contemplar el arroyo que pasa frente a mi propiedad. Frente a mi casa hay una reserva natural y la sensación de los árboles alrededor me hacen creer que estoy en una ciudad apartada cuando en realidad solo vivo a 40 millas de Manhattan. El cauce de ese arroyo termina una media milla hacia el oeste, en el río Hudson. Cuando llueve su caudal aumenta y desde mi pequeña oficina en la casa, mientras escribo, puedo escuchar el correr del agua. De vez en cuando, mi esposa sorprende a los venados alimentándose con las flores de nuestro jardín; y alguna vez hemos descubierto a una familia de mapaches banqueteándose en nuestros tachos de basura. Hay una buena distancia entre mi casa y la del vecino; entre ambas hay árboles que esta primavera se han llenado de flores blancas. Debajo de las ventanas de mi sala, asoman ya las primeras rosas y despuntan–de todos los colores–los tulipanes. En una de las esquinas del jardín crecen espárragos y debajo de las escaleras que llevan a mi cocina crecen matas de menta.

Ni bien llego por las noches de la estación de tren, después de dictar mis clases en el Bronx, donde camino 50 minutos diarios–entre la parada del tren y la universidad–para no olvidar el gusto de caminar por la ciudad; me detengo a observar por la ventana de mi dormitorio las estrellas que alumbran el pueblo. Y sin traicionar al cariño que le profeso a la ciudad que me ha regalado tantas enseñanzas, me confieso que a mí me agrada esta forma de vida, esta combinación afortunada del campo y de la ciudad: yo también soy un hombre suburbano.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: