Esa tarde. A veces el hombre vuelve a recordar aquella tarde e intenta desenredar los sucesos que ocurrieron como si así estos pudieran cobrar otro significado. Y nunca puede pasar de los recuerdos, como si su inconsciente se esforzara por borrar los detalles importantes. Apenas un esbozo: En esa época, recién llegado de un viaje de descubrimiento por Sudamérica, con 19 años, cierta mirada novedosa de las relaciones personales, y una perspectiva más amplia de lo que podría llegar a ser su vida si se enfocaba hacia tal o cual dirección; el joven que era él, se dedicaba a ganarse un poco de dinero repartiendo a domicilio alimentos y embutidos de la planta procesadora de la familia de su amigo.

Su amigo–en realidad más amigo de su hermano que de él, pero por la manera como los hermanos compartían a sus amistades siempre terminaban haciendo paseos y actividades como grupo–había llegado a la casa aquella tarde, a pie, como muchas otras veces, preparado para sacar cuentas de sus ventas y esperando ciertas órdenes de pollo y embutidos que el joven tenía para esa semana. El amigo–llamésmolo Daniel–solía hacer visitas a la casa por diferentes razones. A veces sólo iba para conversar, para almorzar con ellos. Otras veces se quedaba a cenar o a tomar unas cervezas. Otras veces llegaba en su vehículo de seguridad, acompañado por hombres armados, porque las amenazas de secuestro, al parecer, eran bastante reales.

Daniel era–hay que explicarlo–un muchacho de una personalidad singular y con una historia un poco difícil. Era introvertido. Su padre había muerto cuando él era un niño. Su madre murió pocos años despúes, luego de contraer matrimonio con un segundo marido. Daniel, su hermana y el hermanito que nació del segundo matrimonio, quedaron al cuidado de un padrastro que era más introvertido que Daniel. Era un hombre de negocios reservado y muy poco dado a la conversación. En la casa gigante que la familia tenía en una callecita de Monterrico, él pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio, un cuarto oscuro, al fondo de la casa. Era muy raro que saliera a saludar o a conversar con los amigos de sus hijos. Había una señora muy amable y ya mayor que se encargaba del día a día de la casa, de los almuerzos, de los víveres. Esa mujer era la que hacía de madre, la que servía de intermediario entre el empresario ocupado y sus hijos.

Así Daniel creció, acostumbrado a cierta obligatoria soledad, con sueños y ambiciones que lo llevaban en direcciones distintas en la vida que las que su padrastro imaginaba para él. Daniel quería ser soldado de las fuerzas especiales. Le gustaban las armas y había desarrollado cierta disciplina con la cultura física por la cual tenía una musculatura, resistencia y agilidad que eran poco comunes entre sus compañeros de escuela.

En esos días Daniel era enamorado de una muchacha de la escuela, que si bien era agraciada y amable, llevaba una vida social muy distinta que la de Daniel. Era fácil preveer que su relación no duraría. Era fácil preveer que si la relación no duraba quien más sufriría por el rompimiento sería Daniel. Por otro lado: Daniel era fuerte y le gustaban las armas. Sería un soldado de las fuerzas especiales. Dormiría en la selva con su cuchillo y su perro (al que tendría que sacrificar para comer, según las leyendas del entrenamiento de las fuerzas especiales que por entonces corrían entre los adolescentes) Una relación frustrada no le impediría ser exitoso y disfrutar de una vida plena haciendo lo que más le gustaba. Ese era su destino y quienes lo conocían sabrían que su amigo siempre estaría un poco loco pero les sería fiel y se lo imaginaban saltando en algún rescate o asalto armado desde los segundos pisos de los edificios (cosa que hacía con regularidad en el colegio y en su casa). Todos creían que Daniel superaría la ruptura y volvería a ser el mismo muchacho loco de siempre.

Por eso resulta tan extraño saber que una tarde, recién cumplidos los 18 años, Daniel empezó a jugar con una vieja pistola de su abuelo y se disparó un tiro. Por eso el joven regresa una y otra vez a sus memorias de esa tarde e intenta ordenar los hechos, recordar la mirada deprimida, el aliento a alcohol de su amigo, su llegada a la casa, sus silencios, su pretensión de estar bien; su mirada sorprendida cuando el padre del joven vio el arma cargada y se la confiscó, sacó las balas y las puso encima de la refrigeradora “Nada de armas en mi casa”, tal vez creyendo que había prevenido el desastre: este tenía otra manera de seguir su curso. El joven trata de recordar algún signo visible en el cielo de aquella tarde que podría haber parecido tan similar a tantas otras. ¿Alguna huella que no siguió? ¿Detalles en los que no se percató? ¿Qué tan urgente era esa clase de la universidad a la que tenía que llegar, por la cual dejó a su amigo y a su hermano aún terminando el almuerzo? ¿Qué tan urgente era ese helado de postre por el cual su madre y su hermana salieron de la casa en el auto, rumbo al supermercado?¿Qué tan urgente era el trabajo por el cual su padre tuvo que salir corriendo de la casa, subirse a su auto y ofrecerle al joven jalarlo hasta la universidad? ¿Qué tan urgente eran los alimentos que su hermano comía con paciencia mientras Daniel cogía de la parte de encima de la refrigeradora esa pistola–que no se fabricaba desde la Guerra del Pacífico y que de tan vieja parecía inofensiva–y le ponía las balas? ¿Qué tan urgentes eran los platos que lavaba el empleado de servicio de la casa y que le impidieron prestar atención a Daniel empuñando su arma con peligro? ¿Qué tan urgente era el destino que todos los que pudieron preveer lo que pasaba tuvieron que salir y dejarlo consigo mismo, tal vez deprimido, angustiado, vacío?

Por más que los recuerdos vuelven y vuelven a esa tarde lo único que aparecen son más preguntas.

Su padre tenía que tomar la ruta de la Circunvalación para llegar al Centro de Lima así que no podía llevarlo hasta la Universidad de Lima. Esa ruta no le convenía al joven, así que se bajó del carro dos cuadras más allá y decidió que era más sencillo regresar hacia la casa y darle la vuelta a la manzana para tomar una combi en la Avenida Javier Prado. En ese lapso de cinco o diez minutos, el joven iba caminando en dirección al portón de su casa, por la mitad de la pista, cuando escuchó un disparo. Lo único que pensó fue que “Daniel está jugando con su pistola”. Y entonces, vio abrirse la puerta y vio salir al muchacho de servicio de la casa con el rostro de desesperación diciendo algo acerca de una “desgracia”. El joven entró a la casa corriendo, sin saber lo que podía esperar, y vio a Daniel cayendo al suelo con un agujero reciente en la frente y la sangre empezando a brotar. Vio a su hermano paralizado en su silla, con una cuchara de sopa a medio camino de su boca. El joven no supo qué hacer. Recuerda haberle soltado una serie de insultos a Daniel por hacer algo tan estúpido como dispararse. Recuerda que al no haber autos en la casa porque la madre estaba en camino hacia los helados y el padre en camino hacia el Centro de Lima, tuvo que ir hacia la casa del vecino, tocar el timbre y rogarle a la vecina que le prestara el automóvil para llevar a Daniel a la clínica. Recuerda la sangre, los gritos en el auto para que se despertase, la mirada vacía de su amigo, la llegada a la clínica Montefiori. Recuerda la llegada del padrastro a la clínica, la mirada sospechosa de los hombres de su seguridad.

Recuerda también cierta parálisis en el universo, cierta lentitud en el modo como sucedían las cosas aquella tarde. Recuerda (¿o tal vez eso lo imagina ahora?) haber pensado : “Así es una desgracia”. Aunque seguro que toda esa tarde y esa noche estuvo pensando que era imposible, porque Daniel era el más fuerte de sus amigos y tenía solo 18 años y le tocaba ser soldado de las fuerzas especiales y aún era un muchacho con mucho mundo y camino que recorrer. Seguro que pensaba “así son las pesadillas”. Al día siguiente uno se levanta y allí están las buenas noticias, diciéndote que todo fue solo un susto y que el mundo no está de cabeza, que Daniel se está recuperando.

Unos meses atrás, así había sido. Daniel había estado caminando con ellos, un grupo grande de amigos, por las calles sin veredas de Cieneguilla. Una camioneta destartalada lo había cogido, levantado y dejado tendido al lado de la pista. El joven había visto por un segundo los ojos sin vida de Daniel. Vio las heridas y rasguños luego de que el cuerpo de Daniel cayó como un saco pesado sobre el pavimento. Pero unos días después, Daniel estaba fuera de peligro. Sonrió otra vez, los llamó “muchaaachos” como le gustaba. Y a la semana siguiente ya estaba fuera del hospital, otra vez haciendo bromas, riéndose de la ridiculez de sus proyectos, recién llegado del viaje por Sudamérica. Y allí fue que al joven se le ocurrió lo de vender embutidos y pollo, yendo en la bicicleta alrededor del barrio: servicio a domicilio, mucho más barato que el supermercado. Era su primer negocio. Daniel se había recuperado de un terrible accidente y ya nada podía suceder que arruinara su destino.

Pero a la mañana siguiente, muy temprano, su madre vino a despertarlos y cuando ellos abrieron los ojos, ella no sabía qué decirles: “Chicos, tienen un amigo menos…”

¿Qué detalles se han pasado, piensa el hombre, que evitan que él desarme el rompecabezas después de tantos años, y lo vuelva a armar en una posible nueva dimensión donde el arma desaparece, el destino se esfuma y Daniel sale de esa casa después de haber almorzado, tomado helado, hacia ese destino que lo esperaba, esa vida rodeado de amigos fieles dispuestos a disfrutar con sus locuras, orgullosos de escuchar sus heroicas aventuras?

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