Augusto fue dado de alta y se dedicó a ordenar su vida, salvó varios cursos de la universidad que se le iban para tricas, le pidió perdón a su padre, y fue más cariñoso con Luciana a la que se prometió no volver a engañar

Augusto, hijo de Renato Carbajal, torció mal en la salida de la Javier Prado y la avenida La Molina, derrapó con la moto, perdió el control y el pesado aparato japonés casi lo mata. Perdió el sentido al estrellarse contra una berma que circundaba los jardines laterales de la avenida. Lo recuperó en la clínica y vio a su novia, Luciana, y a sus padres, llorosos al lado de la cama.

–Casi la cago, fueron sus primeras palabras. Hizo un esfuerzo por reírse, dejó que ellos fueran los que bromearan acerca de su buen estado de salud, y se volvió a dormir.

Una semana después, Augusto fue dado de alta y se dedicó a ordenar su vida, salvó varios cursos de la universidad que se le iban para tricas, le pidió perdón a su padre, y fue más cariñoso con Luciana a la que se prometió no volver a engañar. Empezó a hacer amigos en sus clases, compañeros con los que no pensaba salir de juerga interminable, sino hacer empresa, ganar dinero, montar su propio negocio y, alguna vez, ser independiente, lejos de la fortuna que su padre, el millonario Renato Carbajal, le iba a legar.

Seis meses después consiguió una práctica en una empresa chilena de aparatos de pesaje. Casi estaba por terminar la carrera, le ofrecieron empezar como empleado de ventas, pero el dueño, que apenas tenía unos años más que él, quedó más impresionado con las historias de motocicleta que Augusto, primero muy a su pesar y luego ya resignado, le contaba. Pedro Leyva, chileno, era un aficionado como él y le ofreció un día escaparse hacia las dunas cerca de un fundo que había comprado su padre en Ica, donde podrían derrapar en la moto sin problemas, lanzarse a velocidad sobre la arena, hacer acrobacias. Augusto dijo que le iba a costar trabajo negarse pero que le había ofrecido a su novia Luciana, entre otras cosas, no subirse de nuevo a una moto. No dijo que no lo iba a pensar.

El lunes siguiente estaba de mejor humor que siempre porque había empezado la mañana con dos ofertas importantes y era probable que después de almuerzo cerrara dos contratos gigantes. Por eso contestó la llamada de su Nextel a la que hace algunos meses había denominado “Línea 2”: Vanessa. “Tal vez”, le dijo, antes de colgar, feliz, anticipando que si cerraba los dos contratos la podía ir a buscar a la salida de su trabajo. A toda velocidad.

Tenía un Mitsubishi negro deportivo. A Vanessa le encantó desde que lo vio parquearlo en el estacionamiento donde Augusto llegó para hacer sus primeras prácticas pre-profesionales. “La secretaria de gerencia merece montarse a…ese carro” le dijo Vanessa a otra de las secretarias mientras Augusto y el gerente general se daban una vuelta por la planta de producción para que conozca a sus nuevos compañeros. Unos meses después hubo un almuerzo de confraternidad en un club campestre, a ella se le ocurrió decirle que tenía una voz que mejoraba después de tener sexo y terminaron cantando a dúo en un hotelito de carretera con cochera. Tomaron desayuno en la playa y, mientras regresaban a toda velocidad hacia Lima, ella se las arregló para convencerlo que se volvieran a ver al caer la noche.

Fue la época de sus primeras peleas con Luciana, que se empecinó en “adivinar” que él estaba tirándose a alguien, a lo que a Augusto solo se le ocurrió responder como “ridículo”, asustado y fascinado al mismo tiempo por la certeza de ese sexto sentido femenino del que otros amigos y familiares le habían prevenido pero con el que nunca antes había tenido contacto, porque hasta conocer a Vanessa, Augusto había sido un hijo de puta pero fiel a Luciana.

En la línea 2, Vanessa parecía más feliz que nunca y solo le hizo bromas e insinuaciones. Ningún reproche por haberse desaparecido. Ninguna línea discordante que no fuera la que correspondía a una amiga con un cuerpo excepcional con la que había chocado en alguna ocasión, ningún síntoma de molestia, ni celos. Solo líneas juguetonas, apelaciones indirectas al tamaño de su hombría, juegos de palabras con los arabescos que sus cuerpos podían componer sobre una cama.

Augusto cerró los dos contratos a las 3 de la tarde y a las 3:45 ya estaba en la puerta de la planta esperando a Vanessa. Antes llamó a Luciana, que felizmente no contestó el celular, y le dejó un mensaje cancelando el cine de la noche porque se iba a quedar en la oficina hasta un poco tarde cerrando un contrato. Era verdad. Pensó que iba a ser sencillo conversar con Luciana acerca del contrato. Iba a poder emocionarse con ella, explicarle los detalles de las comisiones que le iban a tocar. Vanessa apareció en la puerta a las 4 en punto y Augusto se demoró solo 30 minutos en llegar a la cochera donde una cara familiar le abrió el portón y le facilitó las llaves de la mejor habitación del local.

Regresó a la oficina cuando ya estaba de noche y llamó a Luciana desde el teléfono del trabajo. Ella también estaba cansadísima. Augusto le explicó algunos detalles del contrato que ella dijo no querer escuchar, que en fin se los podía explicar al día siguiente si quería ir con ella a almorzar, a comerse un cebiche. Cuando le colgó, Renato todavía temblaba, tenía los recuerdos de la línea 2 frescos y felices. Vio que Vanessa le había mandado un mensajito. Era la onomatopeya del rugido de un león.

Cerró dos contratos más ese mes y salió un par de veces más con Vanessa sin que Luciana pareciera darse cuenta. En una de aquellas salidas se topó con Pedro Leyva, cuando el Mitsubishi salía de la cochera. Se le olvidó subir las lunas polarizadas y no le quedó otra que responderle el saludo. Pedro estaba acompañado por su secretaria pero se le veía contento y nada incómodo. Esa noche Luciana lo llamó y Augusto estuvo más cariñoso que nunca cuando entró a su casa. Luciana no tenía ganas de ir a ningún lado donde hubiese gente, se ofreció a acariciarlo y a dejarse acariciar dentro del auto. Augusto ofreció quererla para siempre y cortar de una vez por todas la línea 2. Con esta muchacha se iba a casar. “No puedo cagarla”, pensó.

Como venía un fin de semana largo decidió irse con ella de viaje. La madrastra de Augusto tenía una agencia de viajes y les consiguió el mejor hotel de Cancún por un precio de hostal limeño. Los cuatro días que estuvo con ella no recibió ningún mensaje ni llamada de Vanessa. El domingo, al amanecer, a Augusto le dio por hablar del futuro y preguntarle a Luciana si quería ser su esposa.

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