En la selva a veces uno se despierta y debajo de la cama se encuentra una serpiente de la talla de una anaconda rondándote los pasadores. Vi los ojos de una tarántula colgada sobre mi cama, a escasos centímetros. Todos los días son distintos. Siendo sinceros, para eso vine: no te puedes aburrir en la jungla.

En eso estaba la mañana del 25 de octubre, del año 2___, escribiendo en la computadora, soplándome el calor de la cabaña, el único lugar donde podía escribir a salvo de los mosquitos. La noche anterior subió el río y se llevó mis botas. Las recuperé, las puse a secar. Estaban colgadas de una liana en una de las esquinas. Fui a cogerlas, creí que había perdido el equilibrio. Toda la cabaña se vino abajo. Ese fue el primer terremoto.

Desperté en una caverna. Sin recuerdos, sin botas, casi desnudo. Calculé el tiempo por el hedor de mi piel y el largo de mis uñas. Hacía calor, a mi costado había quedado un paquete de golosinas. Alguien me estuvo alimentando, pensé. Encontré una vasija con un poco de agua, bebí. Nadie vino ese día, esperé. En la caverna guardaban conservas y galletas. Nadie regresó al día siguiente, exploré los alrededores. Sólo encontré hierba, me perdí, volví a la cueva. Esa noche sin luna fui una mancha negra en la selva.

En esa oscuridad me encontró el segundo terremoto. Conseguí escapar de la caverna, sin ropa, sin comida. Salvé de ser aplastado por un árbol. Tras comprobar la destrucción, empecé a caminar entre la hierba, en un sendero cortado por árboles caídos. No encontré a nadie en mi camino. Vi arañas, serpientes arrastrándose a lo lejos. Recordé nombres de personas que me conocian ¿Dónde estarían? La nostalgia ofrece nada, envuelta como un regalo valioso. Es una ruta solitaria la que uno sigue en la jungla. Por cierto dolor en el cuello supe que había estado herido. Alguien se encargó de curarme. Sentía agradecimiento ¿A quién? En la selva las horas pasan como si nada. Trepé un árbol y arranqué frutas, deseé compartir mi almuerzo. Pensé en la infancia. En un viaje de promoción hasta los límites del universo. Siempre había querido llegar y vivir en la jungla. Difícil aburrirse con este calor.

De joven leí un par de historias de naufragios. Te enseñan a contar los días haciendo marcas en los árboles y a engañar a la mente para no perder la cordura. A usar bien la luz del día y a guarecerte de las fieras y los extraños que aprovechan de la oscuridad para atacar. Todo eso lo apliqué en esos días que vagué entre los árboles. Miraba las alturas, donde se cruzaban las hojas, y entre ellas encontraba pedacitos de cielo azul escurriéndose. Caí enfermo una tarde y no me pude mover.

Arranqué raíces y comí tierra. La lluvia me obligó a seguir viviendo a pesar del dolor. Recordé tardes familiares y el calor del hocico de un perro rozándome la mano. De esa comodidad huí. De ese aburrimiento escapé para perderme en la selva. Enmedio de la oscuridad, deliré recordando ciertas palabras de aliento y una tarde en que terminé un partido de fútbol y me saqué la ropa transpirada.

Desperté al lado de una serpiente que se deslizaba sobre el barro. Podía sentir el frío de su piel sin tocarla. Antes que cayera la noche estuve mejor. Dormí, resistí la tentación de comerme la tierra, la mañana siguiente era capaz de moverme, caminé unos pasos y encontré una fruta que hizo las veces de desayuno. El primero de mi nueva vida. Al mediodía supe que era imprescindible tomar una decisión: Seguir camino o acampar. Sentar cabeza, formar un hogar entre aquellos troncos, cerca de las anacondas y el agua del río. O seguir viaje: buscar salidas en el bosque, escribir un diario y ser esclavo de él, viajar para poder llenar las hojas de hechos y sus detalles. Razoné que necesitaría, algún día, que los nietos se apoyen sobre una almohada y escuchen mis historias. Una voz interior con tos convulsiva me dijo que siga caminando, me dio instrucciones para que no me pierda. Decidí seguir viaje. Vine a esta selva para no aburrirme: lo estaba consiguiendo.

Durante el tercer terremoto estaba desnudo, metido hasta la cintura en las aguas. Vi que toda la jungla se movía. Sin embargo el río seguía su ruta hacia el este, buscando el mar. Unos peces blancos con manchas rosadas me besaron los dedos del pie. En el fondo del agua encontré una moneda. Un halcón se elevó entre los árboles y otra ave más grande y agresiva le saltó encima. Se revolcaron en el cielo hasta perderse a lo lejos entre las copas de los árboles. Unas horas después me percaté de que había sido una pelea silenciosa.

Una nube tenía forma de sexo femenino. Hice como que miraba a través de un telescopio con las manos, y así me quedé hasta que el viento la deshizo. Acampé al lado del río y la siguiente mañana empecé a seguirlo.

¿Sabes a qué sabe la tierra mojada? Tampoco sabía como conversar con las serpientes, ni acariciar el agua. La jungla me enseñó todo esto. Y yo aprendí, con el afán de sentarme alguna vez frente a un papel y escribirlo. En mis sueños me encontraba con seres que me acompañaban a dormir, me arropaban y me daban de comer antes de marcharme a trabajar. Recordé cierta forma de saludar de un buen amigo.

Aquél fue el motor de mi marcha. Idea vaga y asustadiza, que mi doctor hubiera adjudicado a los golpes que me hicieron perder el sentido tras el primer terremoto. Mi siquiatra se hubiera interesado por las medicinas que tomé estando inconsciente y la temperatura que soporté en las jornadas de mi caminata. Ningún día fue aburrido, todos fueron diferentes. Seguí el camino al lado del río y vi fantasmas. Mis deseos los consolé con agua fresca. Perdí el sentido, lo recuperé.

Hasta que se acabó la jungla. El río desembocaba en una bahía pantanosa, al borde de un pedazo de asfalto, con un mirador donde alguna vez las parejas se juntaron para mirar las copas de los árboles. Una señal me indicó una pista quebrada, levantada por las raíces y semitapada por las hojas, la ruta que tenía que seguir para llegar a la ciudad. Caminé por unos días, no pude reconocer la entrada. Entré en la ciudad ya demasiado tarde para ver el humo. Unas cenizas blancas saltaron del suelo cuando las pisé, marcando con profundidad el silencio de mi llegada.

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