La mejor hora para escribir es la mañana. Después de un baño de agua muy fría.
Quiero visitar Kuelap. Esta mañana, esta tarde, no tengo ganas de escribir. Discuto acerca del cansancio, las ganas.
Ojos, Todos los ojos son el cielo.
Veo las vacaciones, en el pasado. Escribo. Pongo un punto.
A veces veo tan lento.
Leo. Eso sí se puede hacer con el cansancio, dejarse llevar hacia Bombay, escuchar el ajetro de las calles y de la biografía ficticia de Rushdie, de esa nariz mitológica que olfatea el mundo.
Crónica sobre Ted Kennedy en el Time. Mira el mar, recuerda el lugar en Cape Cod donde nadaba con sus hermanos. El sueño sigue, la esperanza.
El narrador de Midnight’s Children y su esposa, cosa que ya veo en Caída del sujeto.
Mando unos poemas a Lima, una novela, juicio al editor, al poeta, al mundo de las publicaciones. Tantas cosas se pueden guardar en un baúl. ¿Los recuerdos? La noche de ayer y las de siempre. Cansancio que baja por el cuerpo, dulces sueños.
Final de agosto y apenas si cabe una luz.

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