Desde el techo del Metropolitan Museum, Central Park parece un bosque. Sirven Martinis y cerveza, algunos turistas solo miran, nos miran pasar, se pasean entre las esculturas recalentadas. Es uno de los primeros fines de semana que hace calor de verano.

Las canas de la guía se mueven con mayor rapidez que el grupo. Pasamos de los retratos de las tumbas de los egipcios y las momias conservadas con su cargamento de oro, del templo desenterrado y regalado por Nasser piedra por piedra, hasta el retrato de Lavoisier por David (un poco antes que le cortara la cabeza la guillotina) y a la soberbia imagen de Aristóteles apoyado en el busto de Homero cargando la cadena y el escudo de Alejandro Magno. Rembrandt, que influencia a Goya. Esas sombras que esconden sin tapar del todo, los gatos oscuros a raya a medio metro del hijo del enano y el estilo que aprovecha Manet cuando empieza a pintar. Y de Manet vamos al techo. Un Martini sin cereza y a mirar. En las veredas del Met abundan los retratos de geishas, el hot dog en Lexington Avenue, los vendedores de frutas parecian un trio de albaneses. Tal vez griegos.

¿Mesa para 10? ¿Para 12? Al final fueron como 15 porque no contaba con Gianpaolo y sus amigos. 3 pisco sours al hilo, jarras de sangría, las velas y el happy birthday to you. Jillian consigue un pollo saltado sin pollo al mismo precio, y el del pelo grasoso no la deja de mirar. Río ha llegado desde Panamá y Patricia a recoger sus cuadros con el novio. Lucy vino con el del pelo grasoso pero creo que ya se ha arrepentido de traerlo. Antes de irnos ya todos estamos un poco cansados. Juego de palabras con el conejo. Siempre el doble sentido que se presta para la cochinada y las carcajadas de Gillian que acaba de filmar un documental en el South Bronx. Llamada desde Rodeo Bar, correr a ver a Elana James, ganadora del Grammy, con violin y folk music, bajo, country, bandera de Texas (Elana es de Austin). Alejandra me saca a bailar, un par de Coronas extras y a tomar el taxi con parada en la 86.

Hay dos formas de alcanzar el cielo. Sonrisa en el taxi. Casi nos quedamos dormidos, el taxista conversa en el celular todo el camino, cruzamos la 87, salida 10. Me lo dice. Subimos a oscuras, pongo mi alarma para despertarme, si puedo, antes de las 6.

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