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Claro, tienen que haber divergencias. Inevitables cuando se trata de hablar de gustos musicales. Pero miren esta mezcla: Bernard Haitink es considerado el mejor director de orquesta del mundo. La London Symphony Orchestra, se cuenta como la mejor (o al menos una de las 3 mejores) orquestas sinfónicas del mundo. El London Symphony Chorus es considerado uno de los mejores coros sinfónicos del mundo. Y la pieza a ser interpretada esta noche es una joya, sino una de las más hermosas sinfonías de uno de los mejores músicos de la historia del mundo: La novena sinfonía de Beethoven. Todos juntos en el Lincoln Center de Nueva York. Agreguémosle a eso que era un sitio preferencial, con precio de estudiante. Agradezco desde aquí a Angélica que por sus múltiples ocupaciones en el doctorado de la John Hopkins no pudo venir a Nueva York. Su ticket fue bien aprovechado.
El concierto fue magnífico. La sala repleta, y rabiosos aplausos para los 100 integrantes del coro, los casi 90 músicos y el director que regresó tres veces al estrado para agradecerle al público.
El maltés me cuenta la historia de la sinfonía, mientras esperamos que Becky, la rubia pianista adolescente londinense que hemos encontrado en la recepción de los abrigos, encuentre a su madre, una de las integrantes del coro de Londres, y le pregunte si Haitink nos puede autografiar el programa: Estaba tan sordo Beethoven el día que dirigió la presentación inaugural de la Novena Sinfonía, que una de las violinistas tuvo que indicarle que se volteara para recibir la ovación del público. Hace muchos años que Beethoven quería introducir la voz humana en una de sus sinfonías, la letra de la oda de Schiller a la Alegría (originalmente era una oda a la libertad, pero fue censurada..)
En la noche, desde los circuitos electrónicos, la escucho otra vez: sonidos, voces e imagenes (nuevas, recién adquiridas). Toda la intensidad, en mi oscuridad que precede al sueño. Escúchenla otra vez. Es fabulosa.

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