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The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

septiembre 2006

>En la Deli

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Si te sacas las legañas, el edificio de la Deli se te presenta como un manjar de la modernidad. En sus pisos y paredes a punto de derrumbarse, puedes hallar el último modelo de la decadencia. Si el dinero no te alcanza para pagar la renta, echa por la borda a la abuela, con un puntapié en la bola de tela. El carnicero de la Deli hará de ella una deliciosa cena.

Nueva York está cubierto de delis. En la esquina de mi casa ofrecen los mismos detalles envueltos en papel encerado. El carnicero sonríe con cada pedazo de deliciosa carne de la casa. No me había percatado del sabor: es delicioso. Mis dedos están cansados de ser lamidos, relamidos y casi casi mordidos del gusto. Voy a poner más atención en los descansillos de las escaleras. Tengo que ponerme a mirar debajo de las gradas, a ver si hay alguna gruta secreta hacia la casa de los sapos, las ranas y las babosas.

En este edificio, también crecen niños. Tienen juegos y claves secretas que los modernos no entendemos. Se sientan en el borde de sus pisos, con sus DVD player portátiles a ver películas del año de la pera. El otro día los sorprendí riendo con las gracias de Los Niños del Paraíso, después los encontré en la calle, jugando vestidos de mimos. Hacían unas muecas muy sabrosas, imitando los grafitis de las paredes de mi calle.

La mujer del carnicero ha parido una niña la semana pasada. Nos invitó a su bautizo, en una botánica muy concurrida de la avenida Grand Concourse. Irán los niños, los mayores, la abuela y por supuesto que iré yo también, el nuevo vecino.

Me preocupa un poco ser el nuevo de la cuadra, sin embargo siempre me han tratado todos con cariño y atención. El casero me saluda en las mañanas, mientras toma su café “a la albanesa”, y los pandilleros que encienden sus huiros después de la medianoche me hacen venias (What’s up Yo?) cuando salgo de la deli. Creo que sería una descortesía no asistir. Ya me he comprado terno nuevo y zapatos de cuero de reptil. Estoy preparado para lo que venga.

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Crash

En Canadá abundan los caraduras. No hay suficiente gasolina para apuntalar todas las cosas que habría que reventar de una vez por todas. Líos legales, papeles, fresas desparramadas sobre la consola del automóvil. De pronto todo está estático. Un mal movimiento y las cuatro ruedas se escapan de control.

El espacio galáctico ha sido formado por seres de la misma calaña de Vaughan. No hay que ser un genio para percatarse que los espacios se han acortado, que el tiempo corre cada vez más rápido, que ya no tenemos ni siquiera una hora y media de nuestra vida para dedicarla a escuchar un concierto de música clásica. El espacio galáctico está cubierto con las cicatrices de seres como Vaughan y tal vez sea lo mejor.

Recuerdo las carreras de motos en la playa, una chica rubia con el pezón escapándose ligeramente de la ropa de baño. ¿Sentía lo mismo que yo? ¿Es indispensable el vértigo para evolucionar? ¿Seremos en algún momento máquinas? ¿Y la poesía?

En algún momento nacerá en este país la niña robot poeta. Sus lágrimas se deslizarán por sus mejillas y su voz temblará con la misma calidad con que tiemblan las niñas reales. Y alguien exclamará entre sollozos en el público reunido para apreciar su arte: ¡Te amo!

Escondido entre las cortinas del teatro, su creador sonreirá orgulloso, pero sin olvidar los tres o cuatro detalles que deberá modificar y reparar para su siguiente modelo.

Los e-mails cada vez serán más personales y podremos verter lágrimas en ellos con la misma facilidad con que caían las gotas en las cartas antiguas. Y los errores gramaticales serán menos comunes. Serán nuestras cartas y nuestra escritura y las amaremos porque nosotros seremos tan mecánicos como ellas. Nuestros circuitos tendrán marca de fábrica, como ya la tienen algunos corazones, pulmones, córneas, estómagos.

En ese tiempo, no tan lejano, nuestros pensamientos estarán todavía rondando y alguien los captará entre la telaraña de señales y mensajes del pasado. En ese instante mis dedos correrán, listos para agarrarlo: El futuro.

Art Spiegelman en Barnes and Noble

Casi de casualidad me enteré que Art Spiegelman (Maus ) iba a estar en Barnes and noble de Union Square para hablar sobre su libro In the Shadow of No towers. Todo como parte de la conmemoración de los cinco años desde los ataques del 11 de septiembre del 2001. Spiegelman es muy crítico del papel que jugó el gobierno americano luego de los atentados y se queja en cada cuadrito del modo como este atentado fue “secuestrado” -secuestraron el secuestro- por el gobierno de los Estados Unidos. Apenas si los neoyorquinos se estaban recuperando de las heridas y empezando a darse cuenta que habían sido agredidos por el terrorismo, cuando ya, EN SU NOMBRE, se les estaba utilizando para preparar una guerra de características apocalípticas. Las páginas, que no fueron publicadas originalmente por ningún medio masivo en los Estados Unidos (salvo el Forward, un medio orientado a la comunidad judía), fueron reunidas el 2004 para realizar este libro de precioso acabado. Allí Spiegleman describe como fue su experiencia el día de los atentados (el vivía y trabajaba a la espalda de las Torres Gemelas) y cómo se las arregló para superar el trauma de aquél día, gracias a la lectura de antiguas historietas publicadas en las tradicionales páginas a todo color de los antiguos periódicos norteamericanos: Little Nemo, The Katzenjammer Kids, Educando a Papa, La Gata Loca, etc.
Con diapositivas que hicieron didáctica la presentación, Spiegelman describió sus experiencias personales con todo el tema de las Torres Gemelas, detalles de su vida que cambiaron aquél día e incluso compartió su experiencia más reciente, junto a su esposa y co-editora, desde los años de su legendaria revista RAW, Francois, con quien está publicando una revista de comics para niños.
Allí al comienzo de esta entrada, está la foto de mi ejemplar autografiado. Uno de los tantos detallitos que hacen tan especial la vida en Nueva York.

La O


En las mejillas marcaba una tenue sonrosura. Su madre lo estaba esperando con la furia abierta. “Te has pasado de la raya” le dijo tranquilamente mientras el niño empezaba a llorar a causa de la pega. “¿Dónde has estado , malcriado?” decía la madre llorando y el niño respondía con lágrimas y gemidos, que apagaban un tanto el sonido de la golpiza. Como fondo, un noticiero de la televisión, de vez en cuando comerciales. La reprimenda duró un cuarto de hora.

Despúes comieron. La señora había preparado frejolitos verdes con arroz. Los hermanitos miraban el plato en silencio, abrazaban sus cucharitas con toda la boca, intentaban concentrarse en el sonido de su baba reseca y en no prestar atención a los sollozos de su hermano mayor.

El mayor tenía las mejillas coloradas, las orejas calientes, el cabello desordenado sobre el rostro. Solllozaba por el dolor que le carcomía la piel, pero intentaba reconstruír mientras tanto, en su cabeza, los hechos de aquél magnífico día.

Como siempre me he levantado a las cinco y media de la mañana. No había nadie en la calle y todo estaba silencioso cuando he agarrado mis bolsas y me he ido caminando por el borde de la pista hasta la colectora de basura. Había un perro de lengua larga y pelo amarillo, con una cicatriz mal curada debajo de la jeta, que conocía de siempre. El y los otros niños que simpre recogían desperdicios por la madrugada sabían que era el del ciego.

-¿Cómo estás Mandrake? El perro sacó la lengua, bostezó enorme. Y le dijo:

-Tengo que enseñarte algo.

La mesita era inestable y de vez en cuando, si se movían mucho en las sillas, temblaba la mesa. El foco desnudo colgaba sobre sus cabezas. Sólo se escuchaban ellos mismos. Cuatro hermanos. El mayor, el menor y las gemelas.

-¿Qué has estado haciendo todo el día hasta esta hora? Preguntó su madre, que sorbía despacio los frejoles verdes pero hacía menos ruido que todos al comer.

“¿Qué le digo?” pensé. “No puedo decirle que me fui con Mandrake, que visité la tumba del pobre ciego, que me arañaron las calaveras de las pesadillas que lo protegen, que adelanté mi vida en sesenta y cinco años, que la vi muerta y vi la muerte mía y de mis hermanos. Que sé que en pocos meses a esta zona de La Lavandería se la comerá el fuego, pero que yo entonces, ya no estaré aquí. ¿Qué le digo?”

-Me encontré con unos amigos y nos fuimos a jugar fútbol. Hablaba sollozando, todavía le dolía. Sus hermanos se concentraban más que nunca en los frejolitos verdes, en cada granito de arroz, en la blancura de su platito de plástico, en los filos de la cuchara semi oxidada.

-No te creo. ¿Donde fuiste?

-Sígueme, dijo Mandrake. Y el perro empezó a caminar dando tumbos por el borde de la carretera. Dio unos pasos y volteó para asegurarse que el mayor lo seguía.

No pude responderle nada. Siempre le hablaba a Mandrake: Mandrakito para aquí, Mandrakito para allá. A veces encontraba algunas frutas podridas y se las lanzaba. Al principio (y eso se debe acordar Mandrake) también le tiró piedras. Le acerté una vez en la cabeza. Mandrake huyó dando gemiditos. El perro venía temprano con el ciego. El ciego estaba más temprano que todos los niños y se iba al rato que yo venía, cojeando, con su perro. Mandrake siempre regresaba, una media hora después, solo, y se quedaba mirándonos. No ladraba, husmeaba como todos entre la basura, comía una cosita por aquí, otra por allá. Pero al comienzo a los niños nos gustaba apedrearlo, le tirabamos rocones que casi siempre Mandrake esquivaba. Pero una vez le di con una piedra en la cabeza. Y de eso, Mandrake se debe acordar.

-Sígueme, volvió a repetir Mandrake. Con un tono de autoridad que el mayor reconoció. Estaba tan acostumbrado a temer a su padre. Hablaba siempre con el tonito de mando de Mandrake. No sabía que un perro podía imitar tan bien la voz de su padre. Se sorprendió pensando en todo el tiempo que había pasado desde que este se había marchado. Eran casi siete años que no lo veía y todavía se acordaba del tonito mandón de su voz.

El iba detrás del perro, por el borde de la carretera. Caminaron hasta la puerta abierta de la casa del ciego. Había algo en la estufa que olía muy bien, como a cerdo. Chicharrones tal vez. Entraron a la casa

-Siéntate y sírvete-,dijo Mandrake. Así que tomé asiento en una mesa pequeñita, con dos sillas. En un rincón había una cama tendida y al lado de la cama había un anaquel. Sobre el anquel, dos libros gruesos encuadernados en cuero. Sobre la mesa, confirmando la predicción de mi olfato, un enorme sandwich de chicharrón de chancho. No me atreví a comer. Entonces se apareció el ciego, me tocó la espalda y tomó asiento en la otra silla, frente a mí.

Era la primera vez que se me congelaba la sangre. El ciego me hizo una mueca divertida y me volvió a invitar a comer. Era la primera vez en mi vida que estaba tan cerca de él y, cosa curiosa, lo primero que me impresionó es que el ciego mañoso veía. Pasé por alto el hecho que me habría causado más pánico: Mi madre y yo habíamos ido al entierro del ciego.

-¿Qué hiciste todo el día?

-Jugué fútbol mamá. Y fui al centro.

-¿Al centro?¿Y a qué fuiste al centro? Ella tampoco estaba mirándolo a los ojos, sino al plato de frejolitos verdes. El mayor esperó por un momento, esperaba que los frejolitos verdes le contestaran. Sus hermanos estaban estáticos. El menor había dejado de comer. Lo miró.

Yo nunca he ido al centro. Debe ser interesante el centro, a veces he escuchado de él en los noticieros. Creo que cuando tenga tiempo voy a ir con mi hermano mayor al centro. Iremos los dos.

Y el hermano menor se sintió por primera vez en su vida, orgulloso de su hermano mayor. Y curioso: ¿Qué podría haber hecho el mayor en el centro? Tiene que haber hecho algo más interesante que ir al centro. El menor estaba esperando la respuesta mientras le daba vueltas a los frejolitos dentro de su boca.

-A pasear. Fui al centro a pasear

-¿Y con qué plata eh? ¿Qué plata tenías tú para ir al centro?

Y ahí tenía la respuesta perfecta. La única que me podía salvar de todos los problemas y de las otras preguntas y de contar mi verdadero viaje, mi extraña incursión en el mundo de los ciegos, de las pesadillas, de los fantasmas, de los perros que hablan.

-Me fui caminando.

Hasta donde me alcanzaba la memoria, era la primera vez que escuchaba de alguien que se fuera de La Lavandería hasta el Centro caminando. Eso me convertia en un pionero y en un viajero. Me sentí orgulloso de mi respuesta y recordé por primera vez las palabras del ciego que me acompañarían para siempre en mis futuros viajes: “Siempre quedan mundos por descubrir”. (Continuará)

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