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Desde su limosina Kike me grita en el teléfono: “Oye loco ¿Tú que haces en Florida? ¡Ven a Nueva York a cagarte de calor como todos!” En el noticiero de las 7 , comiendo en Key Largo, anuncian que se ha ido la luz en algunos barrios de NY. Ponen la imagen espectral de Manhattan a oscuras. En el NY Times la foto de portada es un hospital en Brooklyn con los enfermos pegados al ventilador. Desde Park 79 me dicen que no me preocupe: mis viejos llegaron bien a la ciudad, el taxista que los llevó era puertorriqueño y la conserje que los recibió, guatemalteca. La margarita frozen de Key West estuvo buenísima. Caminando sobre Duval St., el chiquillo se pasea con su caja de música montada sobre su BMX y va rapeando a lo largo de la calle con su banda de amigos. Los bares están llenos, el Sloppy Joe´s revienta (me entero que no es el bar original donde chupaba Hemingway mientras escribía sus novelas, sino que el original es un bar más caleta y más bacán. La música nos lleva hasta un local con música en vivo, el Sex with the Leprechaun estuvo más o menos, la Heineken sabe mejor, pero quiero una margarita más y el lugar donde las venden ya está cerrado. Todos los restaurantes cierran antes de las 10, el Mesón de Pepe (cuabano) nos cierra a las 9. La playa tiene una marea de algas que no huele nada bien. Pero pasando la marea, a unos metros, el agua tiene otra vez el color esmeralda. Desde la punta del faro Liliana trata de divisar Cuba pero no se ve nada, hay una fila de nubes negras. En la piscina del hotel en Fort Lauderdale encuentro a Rossella en el Skype y me dice que está trabajando en su oficina en Belgica, que va a esperar a tener el pasaporte biométrico para venir a los Estados Unidos. Un gringo se acerca a decirnos que se ha venido con sus amigos del Sloppy Joe’s y que el gordo canta mucho mejor que toda la banda que anima allí la noche. Hace cantar a la derecha del bar, canta la izquierda del bar, una búlgara se sube al estrado a bailar “American Pie”. La margarita tenía el borde salado, así se debe servir, no como la margarita del Mango’s de South Beach. ¿Te traigo un babero? dice Liliana. Reggaetón, las bailarinas apenas con un par de trapos y sobre la mesa giran las luces multicolores y los colores “horteras” asevera Liliana. No muy bien para ser miércoles. Ocean’s Drive sólo se anima en esa cuadra, más allá está muerto. Paramos para un último trago en el Clevelander. Después al hotel con el lagarto gigante de llavero, porque mañana es día de playa, el último día. Parece que hubieran sido más de cuatro días. Se pasaron rápido pero bien. La parada en la playa de Bahía Honda fue espectacular, aunque fue la tarde con más calor. En Miami Beach el día está nublado, sin embargo el agua está buena, mejor que la piscina del hotel. Paloma trae a los bebes para que los vea, espero que llegue antes que salga el avión. La despedida tiene gusto a bienvenida, paso el brazo por su cintura ¿Algún día volveremos a vernos en Nueva York?¿Qué tiene Miami además de malls? Cierto que podría pasar muchas noches en el Mangos ¿pero cuántas antes de aburrirme? No traje nada para leer en el aeropuerto. Pronto van a llamar a los pasajeros.

Las torres del hotel FountainBlue destacan sobre el cielo gris de Miami, el aire está pesado a pesar del viento que corre. No hay muchas horas adelante. Tal vez dos o tres. Para la Isuzu roja en Indian Creek, los dedos giran como un torbellino, los ojos buscan reposo en una laguna celeste, en el cielo esmeralda, en las cascadas artificales del Fountain Blue, en ese sandwich a medio camino, en los cuadros de Hemingway con sus esposas y los gatos de seis dedos que todavía se pasean por su casa, en su estudio pulcro y espacioso donde escribió El Viejo y el Mar, Adiós a las Armas y ¿Por quién doblan las campanas?
La casa nunca se hundió ni la inundaron los huracanes tropicales. Hemingway dejó todo atrás cuando abandonó a Pauline. Sólo se llevó lo más importante: a su amante cubana, a su colección de libros antiguos y a su bodega de vinos. Los gatos son muy feos, el viejo que cobra es detestable, maldita Pauline por sacar los ventiladores y poner los candelabros venecianos. ¿Sólo quieren eso los hombres no? Solo queremos eso.

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