No pensé que me iba a quedar energía después del viernes y el sábado trabajando todo el día en Knollwood. Pero llegamos en un taxi desde el Bronx para la despedida de Sabine en el Suba del East Village (Delancey Ave. con Ludlow St.). La música del lugar es buenísima, si bien el espacio es demasiado pequeño y el calor insoportable. Nos hicieron problemas en la puerta porque al parecer después de cierta hora y con tal cantidad de gente a los porteros les prohiben dejar pasar a nadie que no tenga que ver con los que ya están reunidos adentro. Felizmente salió Rachel con Alejandra a fumar (siempre se puede contar con que Rachel ha de salir a fumar) y nos hicieron entrar. Habíamos terminado de trabajar a las 12 de la noche y sin embargo bastó una Corona con limón y un poco de música y todo el grupo estaba otra vez animado y bailando en el sótano. Eran como las cinco de la mañana cuando nos botaron del local (Let´s go guys, we have to close¡), porque nosotros seguíamos bailando y sin ganas de movernos del lobby de Suba. Pensamos en irnos a otro lado, o a otra casa, a seguirla, pero no contábamos con que apenas una cuadra más allá se iban todos a detener en la Creperie. Linda es asidua del local (siempre paramos aquí cuando salimos de Suba por lo que me recomendó una crepe con fresas que no tengo ni idea como terminó convirtiéndose en una crepe con guineos. El vendedor de flores se robó las mejores líneas de la madrugada: Sobre todo porque la colombianita Yanetle aceptó una rosa color lúcuma (“que las podria vender para pagarse el taxi hasta donde vive que cae mas o menos por la calle 150 “, dijo Laura) y entre flor y flor el vendedor de flores-más ebrio que todos nosotros juntos- empezó a gritar vivas a México. Casi surreal las flores que iban de una mano a otra y el vendedor de flores riéndose echado en el piso y los pétalos cayendo sobre la puerta de la Creperie y Linda que se fue conduciendo con casi todos a New Jersey, dejando un mensaje en la contestadora, con Sabine que estaba feliz con la tarjeta de depedida más cariñosa del mundo, con todos los mensajes de todos y en todos los idiomas. Alejandra me quitó mi nueva cajetilla encontrada de Marlboro (su venganza), Manolo dijo que tenía que haber seguido tomando un poco más de chela y nos despedimos, desparramados todos, porque mañana es día de playa (al menos para mi primo y yo) y nadie ha dormido nada y el café instantáneo en casa de Laura (bueno pero demasiado) antes de ver a la vecinita abriendo la puerta y una larga caminata desde Alphabet City hasta el tren D en West 4. Apenas si me eché a dormir, cuando sonó el teléfono desde New Jersey. Después apenas si pude pegar los ojos. Prendí la tele, con sólo tres horas de sueño, el partido de Inglaterra estuvo interesante hasta que se fue la electricidad y el calor en el cuarto resultaba insoportable (38 C, 94 F). Me fui a comer a la oficina, a leer los mails que no leía todo el fin de semana. Como a las tres llamó Manolo preparado para Brighton Beach. Llegamos casi a las 6, la playa estaba buenísima, pero no refrescó ni siquiera en la noche, el calor de Nueva York, algunas veces, es inosportable.

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