Quienes esperaban que las nubes negras se marcharan hacia el oriente se sintieron defraudados. Siguieron su curso inevitable hacia el Sheep Meadow de Central Park y dejaron caer la tormenta con furiosa elocuencia. Pero el lunes, que había empezado con una auspiciosa mañana de sol en Brighton Beach y un frustrado partido en el centro tenístico de la 96, siguió en el departamento de Naufel.

Tunecino, Naufel emigró de París a Manhattan hace algunos años con sus baquetas, panderetas, cello, piano, guitarra y quién sabe cuantos otros instrumentos, tal vez escondidos debajo de la cama o guardados en alguno de esos espacios de almacenaje para alquilar.

Sobre las cinco y media el primo Manolo y yo aparecimos, quemados por el sol de Brooklyn, sobre la acera de la 66 y Broadway. Nos esperaba Laura, cuyo cabello rubio y sus ojos verdes eran lo único que susurraban algo acerca de su herencia y nacionalidad helvética. Su acento era español, de la costa brava; sus memorias eran del mundo. Las que más nos interesaron – y que compartió con nosotros durante toda la noche– eran peruanas. Sus padres vivieron en el norte, como empleados de Nestlé. Su padre les recordaba, hasta antes de morir, a ella y a su hermana, que es chiclayana pero vive desde niña en Europa, que tal vez las mejores olas del mundo son peruanas. Laura tiene recuerdos recientes del Perú. Paseó por los tres pisos de La Noche la última vez que estuvo en Barranco y ahora está empeñada en hacer funcionar una organización que ha tomado como ejemplo la empresa de reciclaje de sólidos de una humilde y emprendedora mujer de la selva.

Rachel también esperaba en la vereda de Laura, con tomatitos cortados en rodajas y fruta fresca. Luego se unió a la mancha furiosa Sabine, hija de peruanos pero neoyorquina desde niña, consultora de profesión, que anunció con bombos y platillos (literalmente, pues ya conté que la casa de Naufel está llena de instrumentos musicales) que se iba en un mes a Brasil a vivir por un año. Había fiebre brasilera en el departamento. Manolo cargaba un polo de Buzios, Naufel ni bien llegó a su casa se colocó la camiseta de la selección pentacampeona y nos saludó la noche con samba y clases de pandereta carioca en video on-line. Para hacer más brasilera la noche, conseguí en la deli del primer piso dos cajitas de 6 (six pack le llamamos algunos) de cerveza Brahma. Hubo un pedido de receso entre trago y trago, y subimos a la azotea del edificio donde la vista del paisaje de los rascacielos, mezclado con las historias de Laura, de Sabine, de su hermano Manfred, de Naufel, de Rachel, de Manolo, de Sarah, la alemana que bailaba como colombiana, generaron amable sensación de camaradería. Herson, dominicano, el que mejor bailaba en la fiesta, aseguró que conocía a pocos peruanos pero que todos parecían estar en permanente juerga.

Pero la lluvia. ¡Oh, la lluvia mi lluvia! Ya nos había corrido de Central Park y nos terminó por correr de vuelta hacia el departamento (muchas escaleras en pendiente abajo) de Naufel. Había esta vez fiebre futbolera. Entre la voz de Laura que describía las diferencias sociales en Miraflores, Marko consideraba sus favoritos para el mundial y Linda, la ecuatoriana, confesaba lo complicado que puede resultar ganarle a Alemania en su casa.

No sé como se nos hizo tan tarde, pero alguien propuso cerca de la medianoche, caminar hasta las mejores hamburguesas de la ciudad, en la 71 con Columbus. No sé por qué comí una hamburguesa, ni puedo explicar por qué acepté subirme al taxi que nos llevó directamente hasta el bar Baraza en el East Village. Lo más sorprendente es que los únicos desertores habían sido Sarah (la alemana que bailaba como colombiana) y uno de los amigos de Naufel, que al parecer vivía demasiado cerca como para caminar 15 cuadras en busca de una hamburguesa. Manolo cree que el fin de la fiesta fue su culpa. No lo creo. Una resbaladita y un poco de chela sobre el sofá es un pecado que comete cualquiera. Manfred, el hermano menor de Sabine, a pesar de su escasa aptitud para el baile (tan pobre como la mía), tampoco desertó. Linda, al parecer, suele desaparecer y dejar a sus admiradores en suspenso. No se puede negar su ilustre mirada y singular belleza, tampoco se puede negar que las posibilidades de Ecuador en el Mundial son escasas. Parece que hasta el más alemán de los alemanes se siente tentado esta vez a apostar por Brasil.

En el Baraza hubo unos cuantos güiskachos y cervezas. Un poco de baile, lo que la gente daba. Y la gente ya no daba para más: A Laura las sandalias le habían destrozado los pies, a Manolo la erisipela le impedía cargar con su raqueta, a Rachel el estómago le estaba jugando una mala pasada y a Marko el sueño lo atacó en forma de mareo y sillón de emergencia. Yo hice lo que pude, nadie me creía que tenía que terminar un ensayo de 20 páginas sobre Whitman: nunca hubo más principio que ahora/ni más juventud ni vejez que ahora/Ni habrá más perfección que ahora, /ni más infierno ni cielo que ahora.

Llegué a casa como a las 2. Son las 8 de la noche y aún no acabo el ensayo sobre Whitman. Pero de nada sirve elaborar. Como dice Whitman: éso, los doctos y los ignorantes lo saben.

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