Hace unos meses, en una entrevista que le hicimos con el maltés a Harold Bloom, le pregunté qué películas le habían gustado y Bloom respondió que, si bien nunca iba al cine, había visto hacía siglos una película deslumbrante: Les Enfants du Paradis. Ayer, entre mi lectura de los tediosos discursos de Emerson, por fin la pude ver.

Terry Gilliam decía que ya no se hacen películas que sean a la vez poemas y éxitos de taquilla. Les Enfants du Paradis fue ambas. El filme es una historia fascinante poblada de personajes hábilmente construídos y al mismo tiempo es un poema al amor y a las posibilidades del cine como arte.

Marcel Carné había dirigido varios filmes exitosos cuando su productor le dijo, con absoluta certeza, que su siguiente paso tenía que ser una película épica. Era 1943 y Francia estaba ocupada por los alemanes. Carné y su guionista Jacques Prevert estaban dándole vueltas a algunas posibles ideas cuando, por coincidencia, se tropezaron en una calle de Niza con el actor Jean Louis Barrault a quien no veían desde el comienzo de la ocupación alemana. Fueron inevitables unos tragos y una larga conversación sobre el cine y el teatro. Entonces Barrault le contó a Carné la historia de un famoso mimo francés de principios del siglo XIX: Baptiste.

Baptiste, el más admirado y elogiado mimo de Francia, paseaba una tarde con su dama por el famoso “Boulevard de Crime” cuando un borracho la insultó. Como este siguió con los insultos, Baptiste no tuvo más remedio que golpearlo, con tan mala suerte que el borracho murió. Fue apresado y a su juicio asistió todo París: no por morbosidad sino porque todos los parisinos tenían curiosidad por saber cuál era la voz de Baptiste.

La historia lo entusiasmó tanto a Carné que empezó una minuciosa investigación sobre aquel período del teatro francés y encontró una gama de interesantes personajes históricos. El guionista Prevert le daría forma final al argumento y Jean Luis Barrault asumiría el papel de Baptiste. El título de la película, decidido por el director incluso antes de que el guión estuviera terminado, proviene de una jerga entonces ya en desuso: a los asientos más baratos del teatro– los que nosotros llamamos cazuela–se les llamaba “Paradis” (Paraíso). (El traductor de la película al inglés descubrió que los ingleses los llamaban “Gods” (dioses) y es así como figura en los subtítulos).

Los Niños del Paraíso es una película que fue filmada con un presupuesto millonario para su tiempo pero con el inconveniente de tener que ser supervisada por los censores alemanes–el comentarista describe las dificultades de Carné para burlar a los alemanes que no querían ni siquiera extras judíos en el filme–. Cuando se terminó de editar la película la victoria de los Aliados era inminente y Carné decidió postergar su estreno hasta 1945 para poder incluir entre los créditos los nombres de sus colaboradores judíos (a los que se les reconoce su aporte “desde la clandestinidad”).

El filme–al igual que Fanny y Alexander otra gran película del siglo XX–, es un homenaje al teatro en general y a Shakespeare en particular. Mientras las obsesiones del Alexander de Bergman son el joven Hamlet, la suplantación de Claudio y el fantasma del asesinado rey de Dinamarca; la de estos personajes de Carné son los celos de Othello, el odio de Iago y el crimen de Desdemona.

La bella Garance es quien provoca los celos de los personajes del filme: los de Baptiste, cuyo talento es anulado cada vez que es consciente de que Garance no lo ama como él la ama a ella; los de Nathalie, ciegamente enamorada de Baptiste; los de Larcenier, asesino con aspecto de dandy que proclama que los seres humanos son todos aborrecibles; los del Conde, esposo de Garance, capaz de aceptar no ser amado por ella, pero no de que Garance ame a alguien más. Y por último los de Frederick: brillante actor y ex amante, quien gracias a Garance descubre una sensación que no había experimentado jamás: los celos. Esa experiencia le brinda lo único que le faltaba para sentirse capaz de interpretar al personaje dramático que más admiraba: Othello de Shakespeare.

Los diálogos abundan en frases inspiradas y el guión dimensiona adecuadamente a los personajes principales: Prevert hace que en algún momento del filme ellos cuenten los pormenores de su niñez. El manejo de los actores es muy preciso, sobre todo en las escenas en el teatro de Funambules; y la iluminación acentúa las escenas más dramáticas, los gestos y las sonrisas habladoras de los actores.

Por último: la escenografía construída para las escenas en el Boulevard es magnífica. Allí los extras fluyen interminables como si se tratase del mundo real, contando pequeñas historias en cada ángulo de la pantalla. En la escena culminante, la luz baña todo: esa multitud de París que celebra el carnaval, mientras Baptiste avanza abriéndose paso entre la gente y gritando el nombre de su amada Garance.

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