El estudiante es alto y siempre parece que estuviera a punto de estrellarse la cabeza contra un poste. De vez en cuando saca la lengua para refregarse los labios: el frío quema y ella no llega.

Las calles están llenas de animales y de gente. Es sábado en la noche, por aquí y por allá cree ver alguna cara conocida: alguna compañera, la pelirroja que cruza apresurada. El estudiante mueve las manos en los bolsillos, mira hacia la esquina: no vive tan lejos del tren, debe estar a punto de llegar, piensa él.

A los 45 minutos de espera el estudiante se resigna, da la vuelta y empieza a caminar hacia el paradero: suena el celular, mete apurado las manos en uno de los bosillos del sobretodo, mira el nombre en la pantalla del aparato y se desilusiona: ¿Aló?

El estudiante le miente a su amiga la negra: ha cenado con unos amigos, pero puede pasar por su casa a ver unas películas. Echa otra mirada. Una flaca con rostro de animal tejano cruza la calle: tampoco es ella.

La ha abrazado a la negra como siempre, se ha pasado un poco con las manos y esta vez–como ciertas veces– ella lo ha dejado seguir. La compañera argentina no va llegar sino hasta la mañana siguiente, chupa los pezones, le presiona la cabeza y ella acepta.

Se despierta a mitad de la noche para mirarla. Tiene los labios entreabiertos y los ojos apretados como si estuviera sufriendo. Mira el perfil de su cuerpo delicado bajo las sábanas. Hace calor en esa pieza, quisiera abrir la ventana pero tendría que pasar por encima de ella y despertarla. No lo va a hacer. Camina hacia la cocina y se sirve un vaso grande de bebida. Está terminándoselo cuando la puerta de la calle se abre y entra la argentina. El estudiante se fija largamente en su cabello pelirrojo, las pecas en la nariz que lo vuelven loco.

–¿Qué tal estuvo la fiesta? pregunta el estudiante.

Ella responde: un evento social aburrido como los de las tres últimas semanas. Dice que siempre se trata de la misma gente que le habla de las mismas cosas y que, para empeorarlo todo, su novio se ha peleado con ella por una estupidez. Estaba demasiado borracho y se largó de la fiesta dejándola sin dinero para el taxi. Ella dice que ha regresado en el metro y que se ha congelado de frío caminando desde la estación. “¿La negra?” Pregunta ella. El estudiante responde: se ha quedado dormida. La argentina le dice en voz muy baja: ha estado muy mal desde que se separó del grieguito. “Algo me ha contado” dice el estudiante y se termina la gaseosa, como preparándose para volver a la cama.

La argentina le pregunta si quiere tomar un café. El estudiante nota, sorprendido, que entran por la ventana de la cocina las primeras luces azules del día. Acepta.

Mientras llena la cafetera de agua y esta empieza a calentarse, el estudiante la mira. La argentina parece no darse cuenta, sugiere que se sienten en la sala a esperar que caliente. Va a encender la televisión, bajito “para que no se despierte la negra”, dice la argentina.

Se calienta el café y se calientan ellos. Dejan la television prendida y como a las once de la mañana la negra abre la puerta de su habitación para apagarla. Hay dos tazas de café sobre la mesa de centro de la sala y la puerta del cuarto de su compañera argentina está cerrada. La ropa del estudiante sigue desparramada en la alfombra de su habitación. La dobla sobre el sillón de la sala: la luz entra por una claraboya celeste y la inunda. Una arañita inmóvil de triste mirada, cuelga sobre un cojín de tela.

En la habitación de la argentina, el estudiante contiene el aliento y escucha los pasos de la negra, alejándose delicados y la puerta de su cuarto que se cierra con suavidad. La argentina ronca dulcemente con los blancos brazos cansados alrededor de él.

El estudiante siente mucho calor. Empuja las sábanas de la cama hasta el suelo y se dedica, con paciente cuidado, a contemplar el techo por un rato y a poner otra vez su mente en blanco.

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