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Los abetos crecían alrededor de Geraldine. Sus ojos se convertían lentamente en sólidas lámparas y sus piernas en columnas para sostener el tiempo. Un día ella también decidió emprender un viaje: mandó al diablo a los gemelos que la asediaban en la esquina de la bodega del chino Willy, mandó al infierno a su familia que aspiraba a convertirla en próxima reina de la primavera. Sus piernas agarraron plumas y pisó el viento: el primer viaje fue directo a la ciudad de Ferfuliana, donde el hosco Swift se enamoró de ella.

-Me llamo Jonathan, le dijo, con la mirada en el suelo. Quería invitarla a tomar el té y que le concediera unos minutos para contarle una historia que estaba tramando, una extraña propuesta inspirada en su tremenda compasión y la vergüenza por los irlandeses.

Al verlo débil y enamorado Geraldine no pudo evitar mentir: le dijo que en realidad se llamaba Belinda y que Alexander la estaba esperando en su auto. También le dijo que la semana siguiente tenía la cartilla ocupada con otros nombres. Que podía concederle, si la esperaba, la tarde del glorioso 25 de octubre.

Al cerrarle la puerta para empezar con el penoso proceso del peinado se preguntó, acosada por ciertos espíritus épicos, si no habría sido demasiado cruel.

Jonathan bajó las escaleras decepcionado. Los relinchos en la calle le parecieron más amables que la voz de las humanas. De haber tenido algunos años menos no habría dudado en volver a embarcarse siguiendo las huellas de su amigo Lemuel.

Al salir a la calle vio el Mercedes negro de Alexander esperando a Belinda. Si bien disfrutaba a menudo escuchando los disparatados problemas de traducción de su amigo, esta vez no tuvo ganas ni de saludarlo. Cruzó la calle y marchó sobre la vereda del frente en dirección al parque.

Casi treinta minutos después, mientras Geraldine bajaba las escaleras precipitada, se escucharon los cañonazos en el puerto que anunciaban la llegada del Patna. Alexander le ordenó al chofer que encendiera el motor y se fuera sin Belinda. Geraldine volvió apurada sobre sus pasos para ponerse unos jeans y cambiarse los tacones por unos zapatos chatos. Jonathan escuchó los cañonazos frente a las caballerizas del Palacio de don Carlos y sacó la mano para pedir un taxi. Al otro lado de la ciudad, con entusiasmo, el doctor Samuel hizo a un lado el diccionario y le pidió a James, nuevo amigo escocés, que lo acompañara a una cita trascendental.

Se postergó cualquier plan previo hasta después del amanecer, porque nadie quería perderse la llegada del capitán Korzeniowski. Todos querían escuchar de su boca esas historias pintadas con los colores del este y las fragancias de los límites de la Tierra. Querían formar parte de esas legendarias veladas en las que Józef relataba sus aventuras durante horas, apoyado sobre una varanda con vista a las aguas calmadas del Támesis. Querían escuchar en su voz fuertemente acentuada, las famosas historias que durante meses, mientras el capitán recorría otra vez los mares a bordo del Patna, su amigo Marlowe acostumbraba contarles a sus amigos escritores, a cambio de cerveza y comida en los bares más concurridos de Londres.

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