–No me hagan nada–balbuceó el poeta–. Lo entregaron igual a los tigres. Ellos lo despedazaron. Se lo comieron con avena 3 Ositos.
–No me hace gracia lo que cuenta, profesor Pain–me dijo solemne el encargado de los asuntos financieros del país mientras cerraba el despacho con doble llave: el despacho donde guardaba los preciosos documentos de la confiscación de nuestros territorios. Lo acompañé a comernos un sandwich de atún con cebolla en la carretilla de la esquina y en las escaleras (le tiene pánico a los ascensores) le conté que los poetas de allí no tenían ninguna oportunidad sobre la Tierra.
Su camisa era azul oxígeno y llevaba unos lentes gruesos y llenos de musgo en los goznes de las patitas. A través de los vidrios, empañados y sucios, se veían unos ojos grandes y mezquinos. Su frente la surcaba una grieta perpendicular a la boca y otra paralela. Como si se tratase de una cruz que cargaba desde la concepción.
–Al menos le queda el reconocimiento de los hijos de la revolución–murmuró el encargado, mientras se atragantaba el sandwich.
–Ni eso–dijo el profesor Pain. Alguien ha ordenado la quema de sus libros y, para qué mentirle, ya todos lo han olvidado.
–¿Pero acaso no es él el poeta que le cantaba al nacimiento de las civilizaciones?¿No es acaso el autor del mejor poema que se ha escrito sobre las peregricaciones humanas?¿No es el suyo el poema épico más importante del siglo XX?
El encargado se había detenido. La cebollita del sandwich esperaba casi resbalándose fuera del pan. El profesor Pain no lo podía creer. La camisa azul oxígeno del encargado había perdido vida y los ojos se le habían encogido de rabia debajo de los lentes.
–No sabía que usted hubiera leído tan bien al poeta encargado.
–¿Cómo no leerlo? Es más bien como si él me hubiera leído: a mí, a mi familia, a mis abuelos. Usted sabe que ellos se embarcaron a la patria para recolectar el guano.
Ha pasado una nube negra. El encargado no quisiera seguir hablando de eso. Pero se nota que le apena profundamente el final, la historia de los tigres. El profesor Pain le explica que había demasiada presión de los vengadores nuevos para sacarlo del programa. Que nadie se fijó siquiera en que el poeta había ganado el Nobel. Era el representante de los decadentes, de los que creían en un pasado viejo, masculino y fallecido.
–El problema es que ninguno de los nuevos escribe como ese poeta. ¿Se acuerda de la imagen de la mujer ardiendo a la entrada del desierto? ¿Del gran árbol de bronce?
¡Claro que se acordaba! Cómo podía olvidarlo. Por algo era el profesor Pain.
El encargado no pudo evitarlo: una lágrima se escurrió debajo de sus lentes. La secó con el borde oxidado de su camisa azul.
–Algo se podrá hacer.¿No es cierto profesor Pain?
Pain no entendió. Preguntó qué era lo que se podría hacer. El tipo estaba muerto.
–Algo haremos profesor. Antes de irse pase por mi oficina, le vamos a girar un cheque.
Y Pain entendió.

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