Se llama El Superheroe Ilegal, vuela sobre Nueva York, sobre el Bronx y sobre una muchedumbre desesperada, frustrada por los constantes retrasos de los trenes. Lo espera en la plataforma para obtener ayuda. Mientras tanto, el que escribe se agacha, recoje las llaves, parquea los autos. Trata de concentrarse. Corre. Las piernas flaquean luego de las cinco de la tarde. Son demasiados, salen demasiado a prisa. Caigo como un saco a dormir.

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