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Al escuchar eso de ser “Real American”, como a muchos, me viene la alergia. El adjetivo se suele emplear para sacarle provecho a una imagen idealizada (y falsa) de un universo en que la economía depende de la granja, todos nos rompemos la garganta cantando el himno el 4 de julio y nuestros vecinos disfrutan tanto si empieza la misa del domingo como si se inicia la temporada de caza y pueden salir a ufanarse de los rifles que recibieron por Navidad. Además, el “Real American” estadounidense siempre tiene que formar fila detrás de sus líderes cuando estos van a la guerra, sin cuestionar los motivos.

Las intenciones políticas son diferenciar al hombre que “conserva” las tradiciones de “patria, religión y pistolas” del nuevo inmigrante, del que vive en la ciudad o en los suburbios y no tiene conocimiento alguno de la tierra americana. Se suele asumir que al “Real American” no le interesa salir de las fronteras de esta tierra, casi todo lo que sabe lo ha aprendido en la Biblia, a la que respeta por encima de cualquier otro libro, solo habla en inglés, detesta la metrópolis, ama el campo, ama la música country y se viste a la moda de los catálogos de Sears o JCPenny.

Sería ese un mundo primitivo, de costrumbres básicas en el que todos se conocen y se saludan al encontrarse en el Diner o en el bar, van juntos a la iglesia y conservan las buenas costumbres proclamadas por la religión.

Es una vida muy distinta a la de Nueva York. Es probable que sea por ese motivo que las grandes ciudades siguen recibiendo inmigrantes y los pequeños Real American towns adolezcan de problemas relacionados al envejecimiento de su población. Lo cual no quiere decir que las ideas y valores que representan se trasladen a los gustos políticos de una gran mayoría de estados norteamericanos, muchos de ellos dependientes de la agricultura subsidiada, de explotación de minerales, del procesamiento químico o de la industria generada a partir de estos minerales y de la maquinaria militar.

Ver The Prairie Home Companion, la película de 2006 dirigida por Robert Alman (con la ayuda de Paul Thomas Anderson) con Meryl Streep, Tommy Lee Jones, Kevin Kline, Woody Harrelson, Lindsay Lohan; significa remontarnos a ese universo idealizado de la “verdadera nación americana” que vive aún pendiente del curso del Mississippi. La película está basada en el show del mismo nombre, escrito y dirigido por Garrison Keillor, una de las voces más reconocidas de los Estados Unidos: The Prairie Home Companion es un espectaçulo de variedades que se escucha todas las semanas en las estaciones de radio pública (NPR). GK escribió el guión para la película, donde hace el papel de sí mismo.

La película tiene algunos problemas: la idea del fantasma que ronda el espectáculo no está bien realizada. Sin embargo, es un filme muy emotivo. Es una trama, tal vez floja y bastante simple: los dueños de la radio que financia el show han vendido los derechos a una corporación y ésta, que no le ve ningún sentido comercial, decide demoler el teatro desde donde se transmite, para construir un edificio de estacionamientos. La película cubre lo que sería la última transmisión en vivo de The Prairie Home Companion desde el teatro Fitzgerald en San Paul en Minnesota.

Las partes más felices de la película son los diálogos de Keillor, quien no solo actúa y canta, sino también inventa los comerciales y un famoso segmento en el que se refiere a un pueblo ficticio (Lake Wobegon) en las praderas de los Estados Unidos, poblado de inmigrantes escandinavos, olvidado por el tiempo; y, sobre todo, las performances sobre el escenario (Meryl Streep recibió el premio de la crítica por su papel): música country, baladas, gospel y chistes. En el show se leen cartas y saludos de los lectores.

El show radial, una vez al año, dedica las dos horas solo a contar chistes. Es una extraordinaria colección que se puede encontrar en formato de CD en cualquier librería de los Estados Unidos. Es el disco ideal para el viaje hacia el trabajo. En la película Woody Harrelson y Jonh C. Reilly, los Singing Cowboys, cuentan un repertorio de chistes malos al ritmo country de sus guitarras. Esa escena es hilarante.

Si les gusta la película, pueden sintonizar el show que aún se sigue transmitiendo en vivo, o pueden viajar a Minnesota en el verano: a la feria agrícola, donde se realiza el show una vez al año. El espectáculo es itinerante, pueblos y ciudades de EEUU suelen recibir a TPHC, con salas llenas. El show, y la película es un viaje al espíritu “Real American”, que complace al público porque da la impresión de ser un mundo que disfruta de las bondades de la vida sencilla, incluyendo aquella virtud tan necesaria: la tolerancia.

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