La mujer se metió por el callejón al lado del bar. Dos hombres conversaban apoyados contra los ladrillos del edificio y uno de ellos la tomó del brazo. “Está borracha” dijo el que la había agarrado, el más gordo. La mujer apenas si podía sostenerse.

Vestía una falda negra muy apretada a las piernas y  los tacones bastante altos. Yo había salido a fumarme un cigarrillo. Me acerqué no porque pensara en defenderla o en que podría suceder algo malo (todo eso lo pensé después) sino porque ella decía algo en español y los hombres reaccionaban como si no la comprendieran.  “Caspa en el tenedor” decía ella. No intentaba zafarse. Es más: era como si contara con aquel brazo para no caer.

Cuando me vieron, el gordo le dijo algo a su amigo y soltó la muñeca. Casi se cae. Entonces, ella volteó hacia mí.

Vi luces, sonidos, estrellas. De los edificios cercanos cayeron ramos de uvas. Mi mano tembló y mis ojos se llenaron de lágrimas ¿Por qué? ¿Cómo así me encontraba con la mujer que más había amado en un lugar así? No me reconoció. Dicen que la felicidad completa siempre viene en un solo sentido: América conoció a Europa pero Europa jamás supo de qué se trataba América. Así había sido nuestra vida. Por éso yo había emigrado. Ella, al parecer, había llegado siguiéndome. Fallé en decir algo. Ella se tambaleó y los dos hombres se alejaron con discresión hacia la oscuridad donde antes habían estado conversando. Me acerqué. Ella me echó los brazos a los hombros y tropecé de golpe con su aliento alcohólico, con el perfume de su cabello.

Ella no podía hablar. Yo era incapaz de decirle todo. Allí decidí mentirle. La subí a un taxi y nos fuimos a mi casa, al pequeño condominio en una calle de los suburbios donde había encontrado un trabajo estable y una familia (mis dos perros). Al taxista le tuve que repetir dos veces la dirección. Aclaré que le pagaría con la tarjeta de crédito y le daría una buena propina. Añadí que el viaje de ida y de vuelta no podía tomarle más de dos horas. Aceptó. Ella durmió todo el camino: apoyada en mí. Su boca estaba semi abierta, su baba mojaba mi camisa. Yo estaba en shock. En ese viaje en taxi, mis dos décadas de vida en los Estados Unidos se convirtieron en un completo espejismo. Mis cincuenta años recién cumplidos eran una broma pesada. A su lado, me convertí de nuevo en un adolescente, ése joven que la miraba al borde de un río, apoyado en su falda, pidiéndole un beso.

La recosté en mi cama, sin tocarle la ropa. Apagué la luz y me eché al lado de la cama, en el suelo. Estaba muy asustado pero traté de dormir. Una voz, la de ella–o la que ella fue–, me decía (en aquél margen que uno no sabe si se trata de los sueños o de la realidad)  que la vida continuaba. Esa voz me enumeraba las mentiras que yo me había repetido en veinte años de optimismo y de “nueva” vida. La voz me preguntaba si estaba preparado para volver a verla, si mi vida podría dar los mil vueltas necesarias para regresar a donde estuve antes de conocerla. Por fin, pensado en las posibilidades infinitas que nos esperaban al amanecer, yo me dormí.

Y al despertar me di cuenta, por supuesto: esa mujer no era ella.

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