"Dejaré un camino de hojas secas para que me sigas". Foto de Sylvia Rueda. Flicker.

Una vez un viejo sabio, que trabajaba estacionando coches conmigo en un club de golf durante el verano y se iba a pasar el hielo en su casa en la Florida, me detuvo entre dos escalones del estacionamiento y señalándome un espacio entre los árboles pelados y la grama cubierta completamente por hojas amarillas, me dijo: “Fíjate muchacho: por allí viene el invierno”.

Yo había llegado de Lima unos meses atrás. Aún me estaba acostumbrando a la idea de pasar las fiestas de fin de año solo, en ese paisaje extraño, entre esas hojas de árboles cuyo nombre no sabía. Miré el dedo sin decir nada y él guardó la mano pronto en los bolsillos de la casaca verde que nos regalaron para que sobreviviéramos en el hielo. Seguimos trabajando.

Además de esa frase, que me viene a la mente cada vez que empieza el espectáculo de las hojas que caen, apenas si recuerdo otra cosa que su nombre: José. Debe estar ya en Florida, gozando de la jubilación ¿Se acordará de mi? ¿Acaso le daría pena saber que como todos los años yo sigo mirando el mismo espacio entre las hojas, imaginándome ese camino natural por donde llega la estación de mierda?

Quienes trabajábamos con él lo envidiábamos y lo detestábamos al mismo tiempo. Mis compañeros y yo acabábamos de aterrizar en Estados Unidos y corríamos casi sin descanso por la ladera del estacionamiento. No nos importaba si los socios del club nos encontraban sudorosos al abrir la puerta del auto, mientras nos dieran las gracias y la propina. Éramos trabajadores, contentos de ganarnos el pan con nuestro poco idioma y nuestras muchas ganas. José no. Decía con orgullo que iba a cumplir 60 años en un par de meses; contaba cómo se había ganado la jubilación durante unos 30 años abriendo la puerta en un edificio en Manhattan; no le importaba detenerse a conversar con las socias más veteranas que lo miraban con extrañeza mientras él gesticulaba como un dandy, explicándoles sus aventuras neoyorquinas y sus proyectos.

Ese mismo invierno, arrejuntados dentro de la caseta con calefacción donde matábamos el tiempo mientras se terminaba alguna fiesta o salían de cenar, José nos miró uno a uno e hizo sus pronósticos. Había un puertorriqueño que siempre venía muy bien vestido y algunas veces drogado. Dijo que él se iba. No volvería otra vez al club, el año lo sorprendería haciendo otra cosa “si es que no te meten a la cárcel”. Había un hijo de libaneses que pensaba que se iba a quedar para siempre porque el trabajo le permitía levantarse tarde y salir temprano “Tú te vas” le dijo, con los ojos fijos, de loco –que puso las muy pocas veces en que se transformó en un energúmeno– sin disimular la rabia que le tenía al libanés, que siempre se burlaba del viejo, cuando éste bajaba y subía las escaleras, descansando casi en cada peldaño, con extraordinaria lentitud.

Entonces me miró a mí, que lo observaba un tanto asustado por sus predicciones, y me dijo “Tú te vas a quedar. Estarás aquí al principio de la próxima primavera”.

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