Camino al Sur. El Restrepo es un barrio con cierto aire a zona industrial. Las calles son como figuras geométricas y en una de aquellas,  angosta, se apiñan los hoteles escondidos, las puertas de entrada a rinconcitos y garajes.

“10,000. 3 horas” dice un cartel en uno de los edificios. Aceptamos. No nos hacen preguntas, solo nos extienden una llave de  habitación en el tercer piso. Por un megáfono se anuncia que estamos subiendo. Tal vez es un tema de seguridad.

“Estense listos” dicen. Limpian los trastos. Y entonces ella hace un movimiento entusiasmado con los dedos (juega con ellos) y con los ojos.

Era un cuarto pequeño. Una cama grande con sábanas que parecían no estar tan limpias.  En el televisior programaban una película que solo se podía ver en las habitaciones del hotel. Porno del peor. Eran dos morenos obesos: obesos como yo. Me miro en el espejo mientras ella se coloca de espaldas para que yo me deshaga de su brassiere.  Y entonces me río. Como un gran tonto, intentando encontrar una frase que se ajuste al momento.  Y me hundo en ella. En El Restrepo.

De aquella vaga memoria solo me queda firme, la espléndida imagen de tu rostro encendido mientras tus caderas se movían; y la de tu silencioso duchazo antes de irnos.

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