La semana anterior la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara, México –la misma que organiza todos los años la muy concurrida Feria Internacional del Libro– publicó en su edición Otoño 2011  el cuento Los Duros, una primera versión de una historia que he venido trabajando desde el 2010.

Aquí pueden entrar a Los Duros de Luvina; pero también les dejo en este blog la última versión de la historia.

Hay diferencias en la voz del narrador, en el principio y en el desenlace. Me parece que hay un mejor trabajo de los elementos de ficción en esta última. Pero es difícil para mí juzgar–porque leyéndola me doy cuenta que el narrador en  primera persona tiene un efecto muy distinto en Los Duros de Luvina– si una versión es mejor que la otra. Lo dejo a su consideración. Solo espero que alguna les guste.

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Los Duros

–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.

Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.

Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.

Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.

El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El  señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.

El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.

De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.

Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio.  Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.

El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.

Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.

Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.

Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.

Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.

Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.

El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.

Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.

Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.

Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.

Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.

“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.

Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.

Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.

A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”

Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.

Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.

Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.

Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.

Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.

“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”,  le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz.  “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”

La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.

Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.

Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.

“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.

Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.

Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.

En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.

Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.

En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.

Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.

**

Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.

Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.

La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.

–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?

**

Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC.  Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.

¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.

Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.

–No tenía ni idea.

–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.

–No me digas

–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.

Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.

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