Hay tantas noches como esta…
Y tantas otras en que el celular espera. Pregunto ¿Solo yo?

Desde un bar una llamada apurada, está terminando de trabajar. Me piden que me relaje, que lea un buen libro “Salman Rushdie me desilusiona un poco”, me dice.

Mis piernas cansadas. Mi cercanía a la cama, mis memorias vuelan veloces y se alejan. Me levanto como un autómata pero descansado. Duermo mejor, el aire acondicionado es muy frío, pero en automático se apaga sólo un poquito después de cuando debería apagarse.

Pensaba escribir, usar la noche para condensar alguna cosa o tenderme en la cama a leer, subrayar, alguna palabrita nueva. La única que he aprendido recientemente es “impervious” y ni aún ahora recuerdo su significado. Hace unos meses estaba leyendo a Faulkner y subrayando como loco. Lo mismo con Rushdie, lo mismo con Joyce.

Vargas Llosa: El Pez en el agua. Siete trabajos cuando se casó con Julia, su tía. Y aquí escándalo de primas hermanas. Nada nuevo bajo el sol. Un reportaje sobre “Al fondo hay sitio” la magia de los guiones bien hechos, de los actores que tienen carisma.

Tengo que terminar esa historia de Comanse los unos a los otros. Un solo dia en el Cuzco, centro del imperio, ombligo del mundo.

¿Qué será del mundo? ¿Por qué no va más rápido? ¿Por qué no gira en torno a mí?

Solo vemos lo que nos ponen-o nos ponemos-frente a los ojos.
Definitivamente estar cansado no es una buena receta para escritor. Pero sin bajar la guardia, escribir, escribir, y más allá.

La recompensa está en nosotros mismos. Al menos escribí mi historia sobre el truco, basada en una línea de Borges. Ya.

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