A Teodosio Moreno, algunas veces, cuando se deja vencer por la necesidad animal de la carne económica de Lima, y desbarata la billetera en polillas de diferentes colores en los prostíbulos y cabaretes de Miraflores, San Isidro y Barranco ( en ese orden), le da por llamar a sus viejos amigos del colegio e invitarlos a perder la noche frente a una botella de wisky.

Se gasta mil quinientos, dos mil dólares en el fin de semana y regresa otra vez a su rutina de académico, a sus reuniones de facultad, a la enojosa tarea de pertenecer (sin quererlo) a esa pequeña mafia de intelectuales latinoamericanos neoyorquinos que decide lo que es y lo que no es literatura en español en los Estados Unidos.

La última vez, sus amigos le preguntaron por qué no se mudaba definitivamente. Saboreando el último sorbo de wisky en su vaso, a Tedosio le salieron estas palabras:

-El Perú es un país tan interesante, que resulta una pena si no lo puedes observar con la perspectiva especial que sólo te da la distancia.

Tanto le gustó su respuesta, que decidió invitarle a sus amigos una ronda más.

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