Siempre pensé que la mejor manera de empezar el año era en una casita de madera frente al mar. O, en todo caso, en una carpita acogedora frente al mar. Siempre frente al mar.

Que sorpresa darme cuenta que uno de mis mejores fines de año, lo he pasado al lado de las montañas, bastante lejos del mar. Bueno, eso sí, en una casita de madera.

A Frances la conocí en mi clase de graduados en literatura inglesa. Ella es profesora de inglés en la universidad Bronx Community College de CUNY, graduada en educación de Columbia University y actualmente una indecisa que no sabe si hacer su doctorado en educación o en literatura (parece que literatura va adelante en las apuestas).

“La conocí vendiendo ají en La Parada” dice el valsecito criollo. A Frances la conocí mejor cuando la invité a bajar a la cafetería de la facultad a comprar un cafecito antes de la clase. La conocí mucho mejor cuando le pregunté (oh valiente yo) si conocía algún restaurante de sushi en el Bronx. Dio la casualidad que su restaurante favorito es uno japonés en su barrio, Riverdale. Da la casualidad de que uno de los barrios que me gustan más en el Bronx es Riverdale. Así que nuestra primera cena juntos fue un sushi en Palace of Japan en Riverdale. Nuestra primera película fue Volver de Almodóvar en el Lincoln Cinema y la primera vez que nos doblamos de risa juntos fue escuchando El Burrito Sabanero (Tuki, tuki tuki tuki) en un restaurancito de Riverdale.

A pesar de todas esas buenas coincidencias, no pensé que, apenas 12 días después de habernos conocido mejor (es decir: besado, etc, etc, etc) iba a pasar junto a ella uno de los mejores días de año nuevo de mi vida, en una casita de madera en las montañas (de Nueva York), conocidas como los Catskills Mountains, que si bien son una broma de tamaño frente a las cordilleras andinas, igual tienen su encanto.

La mejor mañana fue el desayuno de año nuevo, en la casita de madera, con unos delicados aperitivos en base a caviar y salmón ahumado y un sufflé que al parecer es la envidia de toda la región. El 2 de enero volvimos a NY, pasando antes por un pueblito que se hizo famoso allá por la década de los 70s: Woodstock.

Woodstock es lo más alucinante de la zona, con su colección de casas de hippies diseñadas y construídas por sus dueños, su festival de cine independiente y sus cafés que dejan respirar aire a libertad y a campo, a sólo una hora y media en automóvil desde la ciudad de Nueva York. Camino de regreso, pasamos por Ashokan, un gigantesco reservorio que es el principal surtidor de agua de la ciudad de NY y que parece un fabuloso lago artificial donde, previo permiso y licencia, se puede pescar truchas.

Así empieza el 2007, con una compañera que sonríe con los ojos, que prepara unos panqueques deliciosos, que se ha vuelto adicta a las tardes de natación en la piscina de Lehman y a los sandwiches de prosciutto en Little Italy en el Bronx; y que disfruta leyendo los argumentos de mi monografía sobre Ezra Pound y William Carlos Williams y se emociona cuando la llamo para decirle que encontré un paralelo entre Cien Años de Soledad y unas notas que encontré rebuscando en el diario de Mircea Eliade. Allí está el mar otra vez, alrededor de esta ciudad inmensa. Si no es el mar, es el agua de este río Hudson que veo ahora, en este atardecer desde la ventana de un apartamento en Riverdale, con el sol poniéndose en sus aguas templadas gracias a las temperaturas moderadas de este invierno de mantequilla.

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