Siempre me he considerado un idiota con mucha suerte (Foto por shamuclub. Flickr)

Yo también he espiado. A los siete años, por el ojo de una cerradura, a una niña en una noche de Navidad. He entrado a un camarín, con otros muchachos. Abrimos los vestuarios como si fuéramos un ciclón. Ella salió enredada en una toalla, clavándome sus ojos azules.

He jurado para dañar a quien odiaba y no conseguí nada (por eso me tortura ver su sonrisa cada vez que tropiezo con ella). Quise lanzarme de un puente. He sido menos generoso que mis hermanos. Soy un inútil. Eso lo saben mis amigos.  Debo aprender algún oficio (¿electricista, carpintero, albañil?) Hice promesas que olvidé, andé con la suela de los zapatos agujereada sólo para hacerme daño.

Me ha indignado que a quienes yo odiaba me quieran. He torturado (chanchitos de tierra) por el gusto de torturar. Las palabras que hacen daño salieron de mi boca sin que yo quisiera detenerlas. Me he sentido incómodo de incomodar (de allí mi problema de jamás apretar el claxon). He imaginado muertes (siempre mías o de gente que amo, siempre muy literarias o cinematográficas). He perdido el tiempo en sesiones de sexo imaginario con mujeres que jamás me iban a amar. He sudado demasiado, en todos los lugares inconvenientes. Me he meado dentro de una iglesia. He hecho el ridículo al sufrir. He robado cosas sin valor. He pisado una flor.

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