Portal de entrada de la librería Rizzoli en la calle 57. Foto de Jim in Times Square (Flickr)

La calle 57 de Manhattan es como la Larco de Miraflores. Es casi tan elegante y de alto vuelo como la Quinta Avenida –que no tiene equivalente limeño ( si alguna vez la tuvo supongo que fue en aquellas épocas de trompo con huaraca cuando el Jirón de La Unión era el Perú y los yuntas de Colónida compartían el rapé y la mulita de pisco en el Palais Concert). La 57 es una calle con fachadas elegantosas, intercaladas con uno que otro Diner, entreveradas con galerías de prestigio, restaurantes cinco estrellas, pizzerías  y oficinas.

En una de las cuadras de la 57, en una casona de tres pisos con el número 31, queda Rizzoli.

Entre paredes recubiertas de roble, pintados con una iluminación acogedora, aguardan en sus estantes los libros, discos, almanaques y otros objetos a la venta en esta librería especializada en arte y literatura italiana. No es tan raro que los eventos de Rizzoli empiecen en los salones de la librería y terminen con los invitados, el queso y los vinos, en las salas o estudios de los artistas que viven en alguno de los edificios cerca de Rizzoli.

Llegué hasta sus puertas buscando comprobar el chisme que me llegó hace una semana en los pasillos de Lehamn: en el tercer piso, en uno de aquellos ambientes alfombrados y lujosos de Rizzoli, se había armado una de las mejores colecciones de oferta de libros español de la ciudad. Parecía mentira que entre las cantaletas del “nadie lee”, haya en Nueva York quienes todavía se tomen el delicado trabajo de organizar un rincón dedicado a los libros. Literatura, filosofía, historia, éxitos de ventas y libros para niños en castellano. Son libreros de cuatro niveles, con un nivel inferior donde reconozco a Muñoz Molina, a Javier Marías, a Vila-Matas. Ellos están al lado de clásicos: Castalia, Cátedra, Alianza Editorial (me pareció un poco exagerado ver tantos libros juntos de Benito Pérez Galdós).

Tomé al azar un libro de Vila-Matas.”Él único que tenemos de él” reconoció el librero, que se acercó con discresión a indagar si necesitaba algo. Se llama Pedro, es un muchacho con acento caribeño. Me contó que acababan de empezar, que están pensando en organizar actividades, que aceptan pedidos de profesores, que pueden ayudarme a conseguir los textos necesarios para una buena clase.

Metí la nariz en el libro de Vila-Matas y ésta se quedó allí. El libro se llama Dietario voluble y es una especie de diario que cubre algunos años de la última década.  Me hace pensar en los desordenados y egocéntricos diarios de Dalí: confiesa haber estado sentado en el café de una plaza con el único propósito de ver pasar a Catherine Deneuve, reconoce haber espiado desde su mesa de restaurante a John Banville, combinando impresiones al vuelo sobre su apariencia con elogios a su prosa; describe su primera caminata sobre el puente de Brooklyn para ver el crepúsculo neoyorquino, y haber metido la pata en una conferencia con franceses.

Encontré unas líneas donde se refiere a sus caminatas al azar por calles y plazas. Allí entresaca un comentario en un blog peruano y repite con fascinación los nombres de barrios limeños que no conoce y por los que aún no ha caminado: Chacarilla y Magdalena.

Vila-Matas me obliga a pensar en esas horas de recorrido entre asombrado y pensativo que algunos escritores de tendencia urbana, solemos combinar con otra caminata solitaria: la lectura. Ayer estuve haciendo eso: caminar por la 57 después de salir del tren 4, con una idea muy vaga de llegar al Met. Decidí seguir hasta Colombus Circle, solo porque por esas avenidas podía respirar imagenes de Manhattan. Coger el tren a Prince St, caminar hasta otra librería, volver a meter la nariz en otro libro, en fin: vivir.

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