A veces, menos de las que debería, viene a mi memoria una imagen espantosa. En ella yo tengo quince años y estoy solo y sin saber qué hacer, en la sala del hospital donde se muere mi abuelo. Huele a humedad, a sábanas sudadas, a remedios. Una medialuz muy triste cubre la suciedad de las paredes, del suelo y a todos los enfermos. El doctor me lleva entre unas camillas distribuidas de cualquier manera en la estrechez de la sala, hasta el cuerpo agonizante “Es mejor que se lo lleven a su casa, esta no es manera de morir” dice.

El abuelo llevaba algunos años paralizado en su cuarto. Él que había sido tan parlanchín, juerguero y mujeriego, casi ya no hablaba y se negaba a que lo muevan de la cama y del cuarto hediondo donde pasaba los días tumbado. “Habrá hecho muchas cosas malas el abuelo, pensé, pero nadie merece morirse de ese modo”. El abuelo me miró fijamente desde su camilla. Sus pupilas eran la tristeza. Por su mejilla rodó una lágrima y mi retirada del hospital fue sombría.

La siguiente escena de la historia vendría días después, de madrugada, cuando una llamada de mi tío Ricardo, el sacerdote, nos anunció que teníamos que ir a la morgue del hospital a vestir al cadáver. Frío y verde, en esa sala lúgubre, miré a quien tantas veces me había abrazado de niño. Me moví, cabizbajo, entre otros bultos cubiertos con una lona, algunos muy pequeños, todos echados en camillas tan heladas como la de él.

Por algún motivo, tal vez la angustia de sus páginas, tal vez solo la hora avanzada en que las leo, estas imágenes han regresado vívidas al recorrer algunas escenas de esta maravillosa novela de Bellow: Humboldt’s Gift

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