Pablo era un poeta muy malo. Tenía tres temas a los que siempre les daba vuelta: el mal amor, el amor menor, el amor al menor. Por sus poemas de amor al menor fue tildado de pedófilo (con cierta razón) y desacreditado entre los poetas de su barrio que ya lo habían apodado como il poeta cabrissimo.

Por eso no le quedó otra alternativa que dejar la casa de sus padres. Traduciendo poemas del francés al castellano para la editorial Peisa y Sopas del alma del inglés al castellano para la editorial Piratas honrados, consiguió juntar la renta de un despintado departamento en un edificio triste de La Parada, con ventana al burdel del Almirante.

Allí transcurrieron sus mejores días de juventud. Y los de su vejez.

He leído una crítica feroz de un intelectual que compartió auditorios con Pablo, y allí dice que su compañero desperdició su talento por vicioso y vago. Sin embargo, quienes lo conocieron los últimos años de su vida, afirman que nadie lo jodía. Y aquello, sabemos, siempre es importantísimo para los malos poetas.

Que en paz se apague.

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