Sé que ha llegado el verano porque en las habitaciones ya no se siente el fresco que en primavera todavía suele colarse entre la quincha y las cañas del techo. Desde el amanecer, entre los dinteles de madera de olivo, se mete el polvo caliente y llena los cuartos. Una mañana me levanté oliendo el calor y le dije a él, que siempre se despierta antes que yo pero se queda acostado con los ojos abiertos: “Organicemos el verano”.

El dice que el próximo domingo, al final de la misa, se irá a la sierra llevándose el ganado. El viaje le ha de tomar un par de semanas. Mientras él viaja yo desarmaré las camas, las mesas, arrumaré las sillas y colectaré fruta y vino. Tendré las alforjas llenas y los toneles preparados para cuando él vuelva. Le pediré por favor, otra vez, que no se lleve esa bolsa de hoja de coca que le envenena los nervios. ¿De qué le sirve leer sus Reader’s Digest y comprarse buenos trapos para ir a Lima a ver los toros, si acá mastica coca como los peones y habla con ellos en quechua como si fuera otro indio?

Los peones partirán hacia la playa llevándose los muebles. Cuando él regrese-tres domingos más tarde, si no se le da por meterse a la quebrada a cazar guanacos-, estaremos esperándolo con su compadre y su comadre bien arreglados, los niños bien vestidos y peinados, las yeguas preparadas y las mulas cargadas: las alforjas llenas de fruta y poronguitos de manjar blanco, los toneles calafateados y colmados de dulce vino, los cartones de cigarrillos (tengo que mandar a comprar al pueblo). Entonces, empezaremos la marcha. Espero que el calor no nos gane. A veces no es ni la mitad de diciembre y ya uno se sofoca.

Bajaremos en fila hasta el cauce seco del río, por el sendero de tierra afirmada al lado del corral, bajo las buganvilias. Cruzaremos sobre las piedras y la lama resquebrajada hasta la banda y avanzaremos por la carretera afirmada hacia la siguiente quebrada. Acamparemos entre los cerros al llegar la noche y él nos contará las historias que más le gustan a los niños, a menos que estos estén muy cansados y se duerman pronto. Si no hay niños hablará de política. Así es siempre. A su compadre Belisario le gusta escucharlo tanto que no sabe interrumpirlo. Con su jarro lleno de vino, aspira el humo de su cigarrera de carey y mira como se van consumiendo los troncos de algarrobo mientras lo escucha hablar de política, de los militares, de la guerra.

En ocasiones lo interrumpo para hacerle preguntas, pero a él no le agrada. ¿Qué sé yo de política? se queja. Si está de buen ánimo, nos contará sus viajes a Lima, nos hablará de Acho, nos describirá las calles alrededor del camal, traerá noticias de los parientes que viven en Miraflores y en San Isidro, o de negocios que se le han ocurrido conversando con los ganaderos. A veces la comadre se aburre y se va a dormir temprano. Otras veces arropa a sus hijos y vuelve a sentarse a mi lado, me agarra del brazo y conversamos en voz bajita de otras cosas: de mis hermanas, de nuestras primas, noticias de los amigos que viven en el pueblo o que se fueron a estudiar al extranjero. Si está muy cansada, lo dejará a Belisario y se irá a dormir sola. Yo me quedaré a escucharlo hasta el final. El siempre se levanta de improviso y dice ‘nos vamos a dormir’, arroja un par de leños al fuego y dispara un par de tiros a la noche para espantar a los zorros.

El segundo día de marcha siempre es el más cansado. Cabalgaremos desde el alba y no nos detendremos hasta la noche. Él encenderá el fuego mientras los demás nos acomodamos para comer y leugo a dormir. La segunda noche nunca se cuentan historias.

La tercera jornada la cabalgata será breve, como siempre. Ya casi estaremos al lado del mar. Descenderemos sobre el camino afirmado, bordeando la quebrada, entre flores de cactus y pitajayas, e ingresaremos al pueblo atravezando la plaza. Las cocineras se nos acercarán diciéndonos que el desayuno está servido y los peones se amontonarán frente al portal de la casa para ayudarnos a desmontar. Él meterá las manos a las alforjas, las retirará llenas de monedas y recompensará a todos, mientra les pide ayuda para amarrar a las bestias. Les conversará en quechua, los interrogará sobre su jornada hasta la playa, sobre el mar y la pesca, les preguntará si hay suficientes mariscos entre las peñas, si han encontrado cangrejos y erizos -que le encantan- si han visto agua en el puquial que utilizamos de lavadero, si los higos y las peras de las matas de la quebrada están maduros, si hay suficiente agua en el estanque, si sus familias están bien acomodadas, si necesitan algo. Belisario se quedará a escucharlos, pretendiendo que le agrada el sonido de su lengua-sin entenderles nada-, yo me iré con mi comadre y los niños a la casa, a revisar la mesa. Seguramente habrá que volver a calentar la leche, o tendremos que moler más café, reemplazar las aceitunas servidas por otras más frescas y tostar más cancha para los niños. Cuando la mesa esté lista, mandaré llamar a todos y nos sentaremos a desayunar.

Desde principios de diciembre ya extraño el olor de las peñas y el aracanto, el aire salado y fresco que llena nuestra casa de playa. Ojalá que al llegar nos espere manso el mar. Me encantaría darme unas zambullidas y estrenar esa truza de baño que él me ha traído desde Lima. Quisiera tener la poza para mí sola por algunos días, antes de que lleguen más familias y Silaca se llene de gente.

No es que me disguste ver gente. Las tardes de los domingos, sentados todos-primos, hermanos y familias amigas- alrededor de las pozas, son las más amenas. Sin embargo, prefiero zambullirme sola en la poza, observando mis carnes blancas bajo el agua. Al menos los primeros días. Durante la temporada me agrada bajar al mar con la comadre Angela y mis hermanas, pero a principios del verano prefiero venir sola. Tal vez la truza nueva necesite arreglos, a veces me ajustan los pechos, a veces no me gusta como atrapan las piernas.

Mis hermanas se tardarán al menos una semana en llegar. Siempre que nosotros partimos ellas recién están mandando el ganado a la sierra. Me pregunto si es porque en Anqui hace más calor. Las chacras de ellas están metidas en la quebrada y los cerros tapan el sol. Ellas tienen la ventaja de no asfixiarse en sus casas hasta después de la Navidad (sin embargo sus uvas nunca son tan dulces como las nuestras).

Tal vez, como dice él, sea porque sus esposos son flojos. Sólo una vez se fue con ellos a la sierra, porque quería presentárselos al alcalde de Coracora e interceder para que les brinden buenos pastos y les protejan al ganado. No quiso mandarlos solos porque ninguno entiende el quechua. ‘No son buenos cazadores y no saben encender buenas fogatas’, me dijo él. En los cerros los zorros, gatos y lobos son hábiles ladrones de ganado. Al esposo de Marina ya le comieron varios becerros y al esposo de Adela siempre le roban el charqui y las provisiones. A veces ellos se hacen acompañar de peoncitos, pero los chiquillos igual se quedan dormidos o les da miedo. Si están despiertos y escuchan rondar a un zorro me imagino que se esconden o se hacen los que duermen.

Mi esposo siempre va sólo. Él dice que así se lo pasa mejor. Mis hermanas sugieren que le gusta acostarse con las cholas y no quiere testigos. Yo les respondo que a él siempre le ha gustado hacerse todo solo y que lo de las indias a mí no me me consta. Cierta vez apareció un indio a almorzar, camino del pueblo, y se puso a decirme que lo había conocido a mi esposo allá, que en Coracora muchos niños llevaban su nombre. Uno de sus hijitos se llamaba como él, me dijo.

Y se reía el cholo, desdentado y los ojos brillosos de borracho. Yo no hice comentarios ni preguntas, le puse el ají que les gusta masticar crudo, le dije a la cocinera que le prepare un par de alforjitas con pan y manjar blanco. ¿Para qué saber más? Mi esposo siempre que se va a Lima me trae regalos: lindos vestidos, truzas como esta que voy a estrenar. Siempre está pensando en lo que necesitan su hijos y en que hay que pagarle las escuelas. A diario trabaja desde la madrugada para zanjar acequias, alimentar y ordeñar al ganado, preparar la uva, organizar la vendimia. Siempre está haciendo negocios y buscando ojos de agua, reparando el estanque, atento a la bajada del río, para que no nos falte dinero, para que Anqui siempre se mantenga verde y los árboles cargados de fruta.

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