Este es el texto que presentaré en la conferencia de ILASSA (Latin American Studies) en la Universidad de Texas en Austin, el próximo 1 de febrero. El texto ha sido revisado dos veces, pero es probable que haya algún otro tipo de revisión. El 2007 no sólo se cumplen 40 años de la publicación de Cien años de soledad sino también el centenario del nacimiento de Mircea Eliade, erudito rumano que dedicó toda su vida al estudio del comportamiento religioso del ser humano y medios de contacto con lo religioso o lo sobrenatural como el shamanismo o el yoga. Actualmente Francis Ford Coppola está terminando la pre-producción de su última película, inspirada en un cuento de Eliade y La Real Academia española está por lanzar una edición especial para celebrar los 40 años de Cien años de soledad.

Macondo sagrado y profano. Presencia del pensamiento antropológico de Mircea Eliade en el mundo de Cien años de soledad.

Por Ulises Gonzales

En el mundo de Cien años de soledad conviven dos tiempos. Uno es el tiempo histórico y el otro el tiempo mítico o tiempo sagrado, como prefiere llamarlo Mircea Eliade. Este se opone al tiempo moderno, o profano. Jacques Joset, en el prólogo a la edición de Cátedra, manifiesta que “el tema básico de la obra es el enfrentamiento del tiempo cíclico, el de los grandes mitos (…) y la cronología histórica” 1. Me voy a ceñir al estudio del tiempo mítico de Cien años de soledad. Si bien esto ya se ha hecho, el análisis que hoy propongo se concentra estrictamente en el uso de los conceptos de Eliade, trabajados tanto en El mito del eterno retorno2 como en Lo sagrado y lo profano 3.

Realizo este análisis con la intención de explicarme a mí mismo, pero con la expectativa de que mi análisis beneficie a otros, los muchos puntos de contacto que he encontrado entre la novela de García Márquez y los estudios de Eliade.

Un empujón adicional para esta lectura de Cien años de soledad a través de la mirada de Eliade, fueron estas palabras de Barthes en Crítica y verdad: “una obra es eterna, no porque imponga un sentido único a hombres diferentes, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre unico” 4 La lectura de Cien años de soledad, a través de los conceptos antropológicos de Eliade, creo que arroja un enriquecedor nuevo sentido a esta novela, y nos permite entender mejor, por qué 40 años después de haber sido escrita, ella sigue gozando de un valor y de una fuerza extraordinaria.

Este trabajo también es un homenaje en el sentido inverso. Es decir, utilizo la obra maestra de la literatura latinoamericana del siglo XX, para demostrar el tremendo valor de los conceptos antropológicas de Eliade, el erudito que más estudió las relaciones entre el ser humano, el universo religioso y el mundo sobrenatural. Es una grata coincidencia, que sea precisamente en el año que marca el primer centenario de su nacimiento.

Para definir muchos de los conceptos que utiliza Eliade en sus teorías, utilizaré pasajes de Cien años de soledad.

Uno de los conceptos más importantes para Eliade es el concepto de mito. Eliade define al mito como una historia sagrada, que sucedió al principio del tiempo y que el hombre religioso está interesado en repetir porque lo acerca a ese momento primordial. Este concepto es muy importante en una novela en la cual las repeticiones se suceden una tras otra.

La permanente repetición de aventuras, de símbolos, e incluso de los nombres de los personajes nos remite siempre al tiempo mitológico. Así Macondo, antes de la violenta irrupción del tiempo histórico es una especie de Paraíso donde “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”5

Es igual de importante la definición de Eliade del concepto de tiempo cíclico. Eliade dice que los hombres renuevan el tiempo por medio de rituales. El tiempo es “una sucesión de eternidades” que se producen una y otra vez por medio de estos rituales. El personaje que constantemente nos recuerda que manejamos un tiempo cíclico es Úrsula. Ella es quien empieza a preveer la victoria final del tiempo histórico, incluso mucho antes que el último de los Buendía termine con la traducción de los pergaminos de Melquiades.

Como propone Joset, “el último Aureliano comprende que la historia ha vencido” (CAS, 31) Sin embargo, es Úrsula, mucho antes que Aureliano, quien se da cuenta de la ventaja que ha ganado el tiempo histórico sobre el tiempo sagrado. En un momento de lucidez, a pesar de la ceguera, Úrsula descubre que la torpeza con la que se movía en su vejez “no era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad sino una falla del tiempo” (CAS, 365.)

Es también Úrsula, quien comprueba una y otra vez, que las historias de sus nietos y bisnietos sólo son repeticiones de las vidas de sus antepasados. Ya ciega, cuando José Arcadio Segundo desparece porque los sicarios de la compañia bananera lo buscan para matarlo, ella piensa: “Lo mismo que Aureliano (…) es como si el mundo estuviera dando vueltas.” (CAS, 413) Y poco antes de su muerte, se estremece “con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo” (CAS, 456) a lo que Joset anota que esa es la demostración de que “la figura del tiempo en Cien años de soledad sería más bien un espiral” (CAS, 456)

Otro concepto decisivo es la diferenciación entre el espacio religioso y el espacio profano. Este es uno de los temas más fascinantes en los estudios antropológicos de Eliade. El hombre religioso diferencia espacios y tiempos, y necesita otorgarle a los espacios sagrados un valor añadido. Tiempo y espacio no son homogéneos para el hombre religioso.

Estos diferenciación entre lo sagrado y lo profano resulta muy útil en el análisis de la novela de García Márquez. Los habitantes de Macondo viven en un tiempo mítico y por lo tanto se mantienen siempre atentos a los espacios y momentos sagrados.

El espacio sagrado por excelencia, el que define a todos los personajes, es la casa de los Buendía. “Su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza” (CAS, 92) y todos los personajes de la novela tienen una relación especial con la casa, que cumple en la historia la función de un templo que nace con la estirpe y desaparece con ella.

La casa cumple la función de otra clase importante de símbolo, la de ser el centro del universo. El simbolismo de la casa de los Buendía, entendido a través de los descubrimientos antropológicos de Eliade, es el mismo que cumplen en ciertas religiones las montañas sagradas y los templos. El centro del mundo es el punto en el que el cielo y la tierra se encuentran. Este centro cumple la función de umbral y a la vez de eje del tiempo. No es gratuito que, a pesar de las guerras y revoluciones, todos los Buendía (con excepción de las desheredadas: Rebeca y Meme) regresen a morir en la casa de Macondo. Tampoco resulta sorprendente que la casa sea un espacio natural para los aparecidos, los fantasmas y las premoniciones.

En la casa de los Buendía, hay otro espacio sagrado que juega un papel importantísmo dentro de la narración: el gigantesco castaño enmedio del patio, que no es otra cosa que el centro del centro del mundo.

En Cien años de soledad, como en todas las historias que han bebido de la tradición clásica, tienen especial relevancia los lugares marcados por la presencia de árboles, como el centro de la casa de Macondo, como aquél castaño gigantesco (y con el adjetivo gigantesco, García Márquez pareciera querer significar que este árbol existía incluso antes que la casa) al cual vivirá amarrado durante muchos años el viejo José Arcadio, contra el cual muere el coronel Aureliano Buendía y donde seguirá apareciéndosele a Úrsula el fantasma de su esposo.

Los árboles sobreviven a la historia porque, dentro del concepto del tiempo sagrado –según Cirlot señala en su Diccionario de símbolos6– son uno de los más esenciales de los símbolos tradicionales. Los árboles representan al cosmos. Eliade explica, al igual que Cirlot, que para las religiones primitivas más importantes, los árboles, por su naturaleza autoregenerativa y su natural vinculación con la fertilidad, son la representación de la inmortalidad y a la vez los ejes entre el mundo real y el sobrenatural. (Cirlot, 347)

Uno de los pasajes en que se puede ver mejor el carácter mítico del árbol, su importancia como contacto entre el mundo de los vivos y el de los muertos, es aquél de la muerte del coronel Aureliano Buendía, quien luego de ver pasar al circo por las calles de Macondo “metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño” (CAS, 383).

El árbol tiene tanta importancia en Cien años de soledad que se mencionará en el epígrafe a los manuscritos de Melquiades, el que describe cómo se cerrará el círculo de los Buendía: “el primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas” (CAS, 547). Esta importancia mítica del árbol es reforzada en las memorias de García Márquez. El escritor dice que el castaño de los Buendía refleja a otro que crecía en el patio de su casa en Aracataca, que era un árbol “al margen del mundo y del tiempo”. 7

Es otro espacio sagrado importante el galeón español que el José Arcadio original encuentra varado en medio de la ciénaga. Es importante como punto de ubicación (otras expediciones, dirigidas por otros Buendía, habrán de volver a encontrarlo). Además cumple con el papel de ser punto de conexión dentro del tiempo sagrado. Los fundadores de Macondo, que viven en un tiempo mítico, no están sino imitando la travesía de otros mitológicos aventureros. El galeón cumple la doble función de “marcar” un tiempo sagrado y a la vez un espacio sagrado, ambos trascendentales para los habitantes de Macondo.

El hombre religioso siempre marca los espacios sagrados. Hay diversos ejemplos de marcadores en la novela, como lo son la estatua de yeso de San José que, como señal sobre el patio principal, marca la ubicación de un tesoro de monedas de oro, escondido desde los tiempos de la fundación. Otro espacio sagrado es el cuartito de trabajo, en el fondo del patio de los Buendía, donde José Arcadio instala el laboratorio de alquimia que transformaría a la aldea, donde Melquiades escribe los pergaminos en sánscrito que contarían la historia de la estirpe y donde el ultimo Buendía lee el trágico destino de su familia.

Eliade afirma que los seres humanos que viven en un tiempo sagrado, viven pendientes de los dictados de los dioses. Los antepasados, los dioses y los semidioses, son quienes los vigilan, los observan y los protegen, pero también los castigan. Este es precisamente el tiempo mítico en el que viven los personajes de la novela, pendientes de los mensajes cifrados en los sueños, de la lectura de las cartas, de los mensajes desde el mundo sobrenatural que se manifiestan en fenómenos cotidianos: La elección del lugar donde sería fundada la “ciudad de los espejos” es producto de un sueño y la decision de José Arcadio de dejar su pueblo en busca del mar es el resultado de las apariciones de un muerto.

Un gran número de las grandes decisiones de la novela que afectan el destino de Macondo son tomadas basándose en signos de lo sobrenatural, ya sea en la lectura de las barajas, en las predicciones de los gitanos, o en las interpretaciones de los cambios meteorológicos.

Toda la suerte del coronel Aureliano Buendía, su futuro y su muerte, se puede leer en las barajas de Pilar Ternera, que es su primera amante y la madre de su primer hijo pero también la intermediaria entre él y los designios de la providencia. Muchos de los diálogos de Úrsula son conversaciones privadas con Dios, mayormente quejas por el comportamiento de los de su estirpe. Úrsula puede adivinar también el futuro de su clan apoyándose en ciertas circunstancias de la naturaleza.

Es por ello que a los Buendía no les extraña demasiado si Remedios la Bella, a quien el narrador califica en varios pasajes como un ser sobrenatural, termina elevándose hacia el cielo como si aquél fuera su hábitat natural. Su calidad semidivina está demostrada en situaciones cotidianas como su incapacidad para las labores terrenales y su completa inutilidad para sentir algun tipo de atracción hacia los hombres.

La ascención de Remedios la Bella a los cielos es una prueba de que esta sociedad arcaica, a pesar de haber transcurrido casi un siglo y sobrevivido a la irrupción en la novela del tiempo histórico, convive paralelamente en un tiempo sagrado donde la conexión entre cielo y Tierra está permanentemente abierta y se permite la libre circulación entre uno y otro espacio. En este tiempo mítico, los seres con características de dioses pueden vivir por temporadas entre los humanos y regresar a su hábitat cuando los dioses lo creen conveniente.

Gracias al pasaje de la ascención a los cielos de Remedios la Bella, cobran mayor importancia las últimas palabras de la novela, pues si bien las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, algunos de sus integrantes sí han de merecer una segunda oportunidad en el cielo, a donde irá a parar Remedios y, presumiblemente, todos los espíritus y fantasmas de los Buendía.

Como hemos visto, el contacto de Macondo con lo divino se da también a través de la repetición y el ejemplo de los mayores porque, según afirma Eliade en Lo sagrado y lo profano “imitando a los ancestros se hace un verdadero hombre” (pág. 100). Durante toda la novela los personajes principales de Cien años de soledad, anota Úrsula, sólo repiten la vida de sus ancestros. Así todos los José Arcadio actuarán y enfrentarán la vida como el fundador de Macondo y todos los Aurelianos como el coronel Buendía.

Los Aurelianos serán contemplativos, dueños de miradas que provoquen miedo y prevengan calamidades; disciplinados cuando se trate de asumir empresas magníficas e incapaces de otra vida que no sea la vida solitaria. Los José Arcadio gozarán de su inevitable soledad enmedio de las multitudes y encontrarán desenfrenado placer en las aventuras descabelladas y en las empresas imposibles. El hecho de que un nombre–José Arcadio o Aureliano– pueda definir el carácter de un personaje dentro de este tiempo mítico se entiende mejor con el concepto que Eliade propone para el término “signo”.

Eliade define a los signos como símbolos cargados de mensajes. Para él la misión de un símbolo va mucho más allá de las limitaciones impuestas por este “fragmento” que es el individuo o por cualquiera de los temas concernientes al individuo. El símbolo tiene la misión de integrar este fragmento en entidades de mayor alcance, sea la sociedad, la cultura o el universo.

Cirlot en su Diccionario de símbolos se interesó particularmente en esta definición de Eliade, remarcando que si bien el fragmento es la representación de un todo, bien puede restituirse el todo original a partir de ese fragmento. Este concepto de símbolo encaja a la perfección en la arquitectura de la novela de García Márquez.

Gracias al concepto de Eliade podemos entender que Macondo sea el símbolo que signifique el universo. Así, las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía resuenan en el lector como todas las guerras de la historia; la incursión de Mr. Herbert y los crímenes perpetrados por su compañía bananera retumban como el símbolo de toda la historia del imperialismo en Latinoamérica; los descubrimientos del primer José Arcadio gritan como el eco de toda la historia de la ciencia y de los grandes descubrimientos; y la destrucción final de Macondo sacude al lector con la misma fuerza con la que lo sacudirían las trompetas que anunciarán el Apocalipsis.

Al igual que las actividades de los personajes, los nombres de ellos también funcionan como signos, es decir símbolos cargados de mensajes, que representan realidades mucho más grandes que el simple fragmento. Realidades cubiertas de significación.

Úrsula Iguarán es quien maneja mejor que todos los códigos de estos signos y la que puede entender mejor que nadie, por qué Aureliano Segundo no debió llamarse Aureliano sino José Arcadio, por qué su carácter corresponde al de un José Arcadio. El signo, en este universo de repeticiones y espejos es más importante que el personaje. En todo caso el personaje necesita del signo para ser completo y se entiende sólo a partir de su complementaridad con el signo. Esto ocurre y es obvio en una sociedad que vive en el tiempo mítico donde cualquier actividad solo se puede entender como una repetición del arquetipo.

En los estudios de Eliade, muchas de estas actividades de repetición de arquetipos se manifiestan en los rituales. En Macondo, los rituales sagrados han sido reemplazados por otros eventos periódicos que cumplen la misma función de catalizar cambios y repetir arquetipos. Uno de ellos es la llegada de los gitanos, el otro es la llegada del circo. Siempre suceden eventos importantes dentro de la narración cuando el circo pone los pies en Macondo. Como en este extraordinario pasaje que marca los momentos finales del coronel Aureliano Buendía:

Vio a los payasos hacienda maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable (…) Entonces fue al castaño pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo (CAS, 382).

Hay signos que definen permanentemente a otros personajes, como la suerte de los 17 Aurelianos con la cruz de ceniza en la frente o el signo de la mano de Amaranta abrasada en el fuego tras el fatal autoreconocimiento de su incapacidad de amar y de su desgraciado papel en el suicidio de Pietro Crespi. Hay signos que se repiten a lo largo de la historia, a los que pueden corresponder diversos significados e interpretaciones, como son la presencia de los pájaros–signo heredero de la larga tradición clásica–y las mariposas amarillas.

Sin embargo el signo más importante de todos, el que define este tiempo sagrado de Cien años de soledad, el que resume toda la soledad de la raza de los Buendía, es la cola de cerdo, símbolo del incesto. La cola de cerdo es la prueba de que el niño ha sido concebido en una relación incestuosa, pero al mismo tiempo, que ha sido fruto del amor.
El nacimiento de un hijo con cola de cerdo es el punto final a una historia que no es otra cosa que la repetición de una inevitable condena que pesa sobre los Buendía, la de estar destinados a desaparecer en el momento mismo en que han aprendido a amar. La cola de cerdo es también la prueba de que los Buendía no sobreviven a la victoria definitiva del tiempo histórico porque nunca pueden abandonar su condición de habitantes del tiempo mítico.

1 Joset, Jacques. En el prólogo a la 14a edición de Cien años de soledad, Cátedra, Madrid, 2003, pág. 31.
2 Eliade, Mircea. The Sacred and the Profane, Harcourt Brace & Co., Orlando, 1987.
3 Eliade, Mircea. The Myth of the Eternal Return, Princeton University Press, Princeton, 1974.
4 Barthes, Roland. Crítica y verdad, Siglo Veintiuno Editores, México, 1989. (pág. 53)
5 García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad, Cátedra, Madrid, 2003, pág. 83.
6 Cirlot, J.E. A Dictionary of Symbols, Routledge & Kegan Paul Ltd, London, 1971.
7 García Márquez, Gabriel. Vivir para contarla, Diana, México, 2003, pág. 49.

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