Filmada entre El Padrino 1 y El Padrino 2, La Conversación es, según el propio director, la más personal de su películas y su idea de lo que debería ser un director exitoso: uno que escribe guiones originales y los lleva al cine.
El argumento que usa Coppola toma ideas de Michelangelo Antonioni -Blow Up- y también del libro que Coppola había terminado de leer y al que le interesaba rendir homenaje: El Lobo Estepario. Por eso Hackman se llama Harry en la película y por eso Harry es un tipo desconfiado de los demás, encerrado en su universo de aparatos de chuponeo. En el estilo Coppola dice haber sido influenciado por la lectura de “A Streetcare Named Desire” de Tennessee Williams. Tal vez esto se aprecia mejor en la escena de la pequeña fiesta luego del congreso de chuponeadores–, parecida a la escena en la casa de New Orleans y la partida de poker de Polanski y sus amigos. Pero en The Conversation el único personaje principal es Harry y el tipo interpretado por Hackman–imponente con su impermeable de plástico semi-transparente que no se quita ni para dormir- no se parece en nada al impetuoso inmigrante de polacos representado por Brando en la versión cinematográfica.
Los espacios sobrios donde vive el personaje, con las paredes casi desnudas, contrastan con el complejo sentimiento de culpa que lo retuerce internamente. El solo de piano, que repite el mismo tema una y otra vez, y los solos de saxo de Harry, alimentan esta impresión.
Una de las escenas más conmovedoras es aquella en la que Harry desbarata su casa para saber si él también está siendo escuchado. Destroza las paredes y el piso, los muebles y los aparatos eléctricos. Lo único que no se atreve a tocar es una imagen de plástico de la Virgen María. Pero cuando se da cuenta que es lo único que le queda por revisar, la destruye con una furia cataclísmica, en la que se proyectan todas sus angustias. La actuación de Hackman es excepcional.

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