Lima

No suceden milagros en Lima ( a pesar de las apariencias). La ciudad (y sus mujeres) son como esos magos bien aprendidos que en algún momento sacarán conejos del sombrero, pañuelos de las orejas, palomas de un bastón sin cabeza.

He tenido la virtud de vivir en ella. Cegado por mis orígenes, siendo niño interpreté que la capital era la versión más grande de los pueblos del interior de la patria. De adolescente me deformaron el gusto unas canciones y poetas malditos que enloquecieron entre sus solares de neblina: llegué a gustarla, a disfrutar la arena y el polvo y hasta les eché mi mirada de añoranza, desde una noche ebria o enamorada, a los balcones coloniales sobre los que algunos fundan su orgullo.

He mirado al cielo en busca de una metáfora apropiada. Debí mirar la superficie: Lima no es sino trapos cosidos. Entre esos trapos, tan distintos, están los que representan al pasado: los balcones, los paseos al mar, los puentes sobre los ríos, los callejones empedrados. A esos se malcosieron durante el siglo los pedazos que llegaron de otras estéticas. Desde mi calle, nunca podría entender la calle de Rosario, cuyos padres vinieron de los Estados Unidos. Desde mi barrio no puedo interpretar el de Deidamia, que vino de un paisaje más verde y azul, con mucha más agua.

Somos trapos cosidos. Una tela de pelos donde todavía se sigue trabajando. Las costuras son endebles, a veces costras de hilos superpuestos. Miramos al cielo, pedimos un milagro. El milagro está debajo de nosotros.

Anuncios