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¿Por qué era ella tan bruta para decirle las cosas?

Hace unos días, esperando al ferry en un puerto de Manhattan, su amiga la poeta hizo una broma con la palabra coger. Pensaba en el doble sentido que tiene para ciertos hispanohablantes. Él le dijo que aquel verbo no le decía nada. Nada en absoluto. Coger, para él, apenas si tenía la elegancia de las palabras que aluden con discreción al sexo pero no lo mencionan. La palabra que repetía su generación a media voz (luego en voz alta, conforme las hormonas tomaban el control y ellos se hacían hombres y mujeres) era otra: cachar.

Es verdad que hoy esta palabra─que en Estados Unidos evoca al béisbol y a gente que habla en spanglish─ha perdido la fuerza que tenía para él a los 12, 14, 16 años. Sin embargo sus  compañeros de escuela la murmuraban de modo incesante en los baños, en los pasillos, en las reuniones semisecretas de la secundaria. Siempre había alguien que se había cachado a alguien. “Me la caché”, “Me la quiero cachar”, “Cacha riquísimo”, “Se la ha cachado no sé quién”.  Aquella palabra, en su adolescencia, venía aferrada a la mano de un mundo prohibido.

Cuando por fin cachó con la mujer de sus sueños se sintió iluminado. No pensó en haber quemado una etapa de su vida sino en poseer el pasaje de entrada a una nueva realidad: los senos, el vello púbico, los labios de la vagina, el ano que se ofrecía como la entrega total. El sexo─cree él─ en su caso siempre estuvo acompañado de alguna historia. Tal vez porque las suyas siempre fueron relaciones breves, las escenas de sexo de su adolescencia y juventud van cargadas de conversaciones, de miradas, del tanteo que se decantaba de repente─tal vez con demasiada lentitud pensaba él, porque sus experiencias siempre demoraron un siglo en concretarse─ en pasión, en voces que temblaban mientras pronunciaban el deseo: vamos a cachar, quiero metértela, cosas así.

Con ella fue igual. Tal vez con menos lentitud. Quizá por el frío de Nueva York. Estaba solo en la habitación que rentaba en un ático, y ella subió pidiendo que le prestara la computadora. Empezó a escribir mientras él la miraba desde la cama. Ella pretendía estar concentrada mientras él se paraba detrás de la silla. Puso las manos en sus pechos. Tan pronto como ella se deshizo de la idea (ridícula) de terminar el email que le escribía a su padre, se encamaron. Ella susurró que era virgen. Se rió. “Virgen por el poto” terminó de decir y eso despertó en él todo lo que aún no se había despertado. Lo que hicieron aquella tarde se transformó en su ritual durante los meses siguientes en que se encontraron con regularidad: ella le ofrecía la espalda y él se montaba sobre ella y no se detenía hasta que se venían, y él la abrazaba con fuerza, mientras terminaba completamente adentro, como si el semen fuera un líquido precioso y hubiera que exprimir cada gota.

¿Por qué era ella tan bruta para decirle las cosas?

Tal vez porque comenzaron así, como dos perros que se encuentran por la calle. Meses después, ella llegaba en el auto de su jefa y le decía “súbete”, y él subía. Luego buscaba estacionamiento en cualquier calle oscura y cuando terminaban de hacerlo ella lo devolvía a su casa. Nunca se dijeron palabras bonitas. Se rieron mucho. Se separaron por temporadas y se volvieron a juntar, incluso cuando el buen criterio decía que no debían de volver a hacerlo. A veces lo sacaba a tomar y actuaba como resentida durante algunas horas y se negaba a aceptar la mano que él metía debajo de su blusa. Después se daba vueltas por el bar, reaparecía, se lo llevaba hasta la esquina más oscura y lo obligaba a que se la metiera. Fue como esas historias mágicas que veinte años después uno cree que le sucedieron a otro hombre.

Tal vez las imágenes menos bruscas sean las de Manhattan. Se metieron a un hotel que encontraron gracias a los consejos de un taxista. Estaba semiescondido a unas cuadras de la Estación Central, en una calle estrecha donde solo parecerían haber garajes para camiones. El que atendía en la ventanilla era un ruso. Abrieron una puerta de metal y caminaron por un pasillo largo antes de meterse al dormitorio. Allí él puso las manos debajo de sus senos. Los pesó y los sintió tibios. Pensó que tenían una redondez y una temperatura perfectas. Tal vez aquella noche sí la amó. Sin embargo, ya para entonces habían de dejado de pertenecerse el uno al otro.

Mira su foto esta noche, después de mucho tiempo. La imagen no coincide con las que guarda de ella en su memoria. El rostro no cuadra con la imagen de una mujer pequeña, de cintura muy estrecha, desnuda, con el cabello pardo lacio y suelto cayéndole más abajo de los hombros, juntando las manos encima de la cabeza, con los ojos cerrados, gimiendo, gritando, exigiéndole que se luciera, mientras lo montaba y él se venía por tercera, cuarta, quinta, sexta vez. Tiene que haber sido otro hombre, piensa él.

Esta noche, en sus sueños, encuentra otros recuerdos: la noche en que sus amigos los sorprendieron en un cuarto al lado de la mesa de billar, una escena en la ducha, el día cuando le pidió que se la metiera en silencio mientras dormían los niños que ella cuidaba por las tardes, el auto en el que llegaron a toda velocidad hasta el motel de Westchester donde después de revolcarse y quedarse dormidos, al amanecer, antes de despedirse para siempre, él la miró echada, separó sus nalgas y entró en ella por última vez.

Así que mientras intenta volverse a dormir esta noche (cierra los ojos y consigue recordar un detalle importante: ella siempre le hablaba con brusquedad), escucha esa voz de su amiga la poeta que le dice en el ferry de Manhattan: “coger es inevitable”. Y entiende que coger entre él y ella, jamás fue la palabra. La palabra era cachar: siempre cacharon como animales.

Entonces, la palabra correcta trae a todas las demás: Ellas caen ordenadas, como dardos precisos sobre las puertas de la memoria.

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