Hoy celebramos el inicio del mes de la poesía en los Estados Unidos. Desde su guarida, llega Billy Collins, setentón, a darnos un poco más de medicina en verso. El auditorio está casi lleno. La ceremonia comienza con puntualidad y desde el púlpito surgen las diferentes voces. ¿A qué venimos? ¿Qué significa en 2012 sentarse para escuchar poesía? Es tratar de entender lo que pasa en el mundo desde otro ángulo, es escuchar lo que nos dicen quienes viven para el arte. El director del departamento, Terrence Chang, hace un comentario: Collins, con su título honorario, tiene el privilegio de no poseer un e-mail, y es él quien lee los mensajes, halagos y cariños de sus lectores para reenvíarselos. Desde algún rincón iluminado de su casa, Collins decide a quién le contesta y a quién no.

Billy Collins recita sin aspavientos: “Estaba en un restaurante en Chicago, abrí el periódico y me di cuenta que Cheerios cumplía 70 años, la misma edad que yo. Es más, yo soy más viejo que Cheerios porque yo los cumplí hace unos meses. Escucho murmurar a la gente a mis espaldas: Mira, en esa mesa está sentado alguien que es más viejo que los Cheerios”. La buena poesía consigue hacernos olvidar que no hemos almorzado. Al final de los aplausos, corro hacia el salón donde mi clase comienza en unos cuantos minutos. No puedo dejar de pensar en ciertos poemas. Me doy cuenta que tengo un mes de poesía para pensar en ellos. Como en éste, con el cual Billy Collins empezaba su lectura, esta tarde en Lehman:

Another Reason Why I Don’t Keep A Gun In The House

The neighbors’ dog will not stop barking.
He is barking the same high, rhythmic bark
that he barks every time they leave the house.
They must switch him on on their way out.

The neighbors’ dog will not stop barking.
I close all the windows in the house
and put on a Beethoven symphony full blast
but I can still hear him muffled under the music,
barking, barking, barking,

and now I can see him sitting in the orchestra,
his head raised confidently as if Beethoven
had included a part for barking dog.

When the record finally ends he is still barking,
sitting there in the oboe section barking,
his eyes fixed on the conductor who is
entreating him with his baton

while the other musicians listen in respectful
silence to the famous barking dog solo,
that endless coda that first established
Beethoven as an innovative genius.

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