Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

mes

febrero 2012

La nieve te hizo tan blanca

Nieve sobre el puente de Brooklyn.

Quisiera haber apuntado en una libreta todos los detalles. Porque luego me encuentro con ella y me dice: «No, así no fue ¿no te acuerdas?» Y  lo que yo me acuerdo tiene que ver muy poco con lo que en realidad pasó.

Ella llegó una mañana de febrero en que nevó, como hoy. Yo era más joven, vivía en Brooklyn y poco sabía del invierno. Ella llegó al aeropuerto acompañada de una amiga que–cuando pasó lo que pasó–se dedicó a criticar sin mirarme a la cara. Yo creí que les había prometido un tour por Nueva York pero ella me dice que les había prometido el Empire State. Puede ser cierto porque cuando neva clausuran el balcón. Y nadie sube hasta allá para darle vueltas a la tiendita de recuerdos y tomarse un café.

Ella era trigueñita, del bello color de la arena mojada–como leí en una crónica cubana. Tenía mucho dinero y le disgustaba mojarse las botas. No sé porque nos quisimos, pero entre tantas dudas y malos recuerdos siempre parecemos concordar en aquello: nos quisimos. Fue una locura de invierno, de días cortos con noches largas. Casi siempe estuvimos metidos en la cama o en una bañera, tocándonos como quien ama por primera vez.

Su viaje estuvo cortado por un crucero que partía a las Bermudas desde un muelle en Manhattan; y por un viaje relámpago a Viena. Cuando llegó su crucero terminaba de nevar, cuando regresó desde Viena (para estar conmigo por cinco días, conocer Philadelphia y volver a Lima) nos estaba sepultando una nevada. Su amiga tomó un taxi en el muelle. Dijo que la encontraría el día de la partida, en el aeropuerto.

Caminamos por la 42. Ella miraba con espanto sus botas enterradas en el hielo de la calzada y yo forcejeaba con una maleta repleta de recuerdos vieneses. Ella sugirió que nos metiéramos a un restaurante carísimo para desayunar. Viéndola cubierta de nieve y con una mueca de angustia, intentando forzar una sonrisa debajo de su abrigo de esquimal yo le dije: «La nieve te hizo tan blanca»

–Así no fue. Yo me estaba muriendo de frío y quería tomarme algo caliente.

–Tú estabas molesta porque eran tus botas nuevas. Se te estaban arruinando.

–Y tú me dijiste que se me arruinaban y me comprabas otras ¿Eso no te acuerdas?

–¿Yo? ¡Si en esa época yo estaba más misio que nunca! No puede ser…

Ella se ríe en el teléfono. Se acuerda de otros detalles: quise que pasara la primera noche en mi departamento, que yo compartía con dos amigos. Un colombiano se hizo el huevón y quiso abrir la puerta del baño donde ella estaba calata. En Philadelphia me obligó a pagarnos un buen hotel. Sólo pude pagar una noche y ella pagó las siguientes (al parecer yo juré que le iba a mandar el dinero a Lima). La noche que se fue, lloró en el camino hacia el aeropuerto. Dice también que durante aquél viaje en taxi yo prometí acordarme de la fecha en que nos reencontramos en Nueva York después de tantos años, sin embargo

–Te olvidaste. Eso y todo lo que te conviene. Sólo te acuerdas de los polvos.

–¡Que malhablada!

Suelta una carcajada. En ella no se notan heridas ni rencores. Éramos más jóvenes y más tarados. Desde entonces nos hemos encontrado muy poco, siempre en la computadora o en el teléfono. Nunca nos hemos vuelto a ver.

–No puedo creer que hayas venido tantas veces a Lima y jamás me hayas llamado.

No hay reglas para los amores del pasado, tampoco para las amistades duraderas. Las personas se juntan por leyes de atracción que funcionan sin que movamos un dedo. Gracias a estas mismas leyes, al reencontrarse, las personas vuelven a ese afecto. Disminuído, porque se acabó «la llamarada», pero siempre allí: un afecto de llamadas cariñosas, de bromas subidas de tono. Son jueguitos semi civilizados para no dejar de ser nosotros mismos, para no olvidarnos de nuestros errores y ser, a nuestra manera, amigos inmortales.

El plan

Portada de la novela de Orhan Pamuk sobre su ciudad natal: Estambul.

Mi amigo se ha alojado muy cerca de Times Square,  en un hotel con noches en oferta que tiene su acceso privado a un Night Club. Ya fue, ha desayunado dos huevos sunny side con jamón mientras mientras miraba a las stripper. Se ha pasado la servilleta por la boca cubierta de migajas antes de pagar 20 dólares para que una dominicana le ofrezca un bailecito privado. Era una canción de Rihanna, una que todas las mañanas me despierta cuando la radio automáticamente se enciende en el show de Nick Cannon. Sobre un sillón a oscuras, ella le ha acercado sus tetas cibaeñas y él ha besado la piel tibia aún con el saborcito en la garganta a huevo frito. Después ha subido los escalones del club y me ha encontrado en la calle 44,  frente al hotel.

Está un poco más arrugado. Más de 10 años sin verte, así es como uno pierde poco a poco a los amigos.  Divorciado, lleno de vida, un poco más gordo, negocios viento en popa en Lima y en la Florida. Me pregunta: ¿Qué vamos a hacer?Establecemos el plan de los principiantes: ferry a Staten Island, Sea Port, caminata sobre el Puente de Brooklyn. Luego, me vas a acompañar a Queens, es una conferencia a cargo de un Premio Nobel de literatura: Orhan Pamuk ¿Lo has leído?

Todo parece interesarle,  es un niño por primera vez en el zoológico. Trepamos al ferry y nos tomamos fotos con la estatua de la libertad, él despide aquella mirada de todos los turistas al comprobar su tamaño, ¿y eso es todo? La primera actriz de las postales neoyorquinas es una enana. Ayudamos a un par de coreanas a salir juntas con el paisaje de los rascacielos en el fondo; tomamos un bus gratuito hacia el puerto, almorzamos apurados una pizza, después de despreciar los bocaditos que nos ofrecen los restaurantes chinos.  Tomamos un taxi–parte del tour– hacia el puente. Apoyamos la espalda contra los cables,  nos fotografiamos bajo los arcos de piedra sobre el East River, las puertas de entrada a Brooklyn ¿Sabes cuánta gente murió en la construcción de este puente? Decenas de bicicletas, pasan de uno a otro lado de la ciudad, interrumpiendo a dos amigos que no conversaban desde el siglo anterior. Hay que hablar de Lima, de Nueva York, no hay muchas cosas que decirnos: las conversaciones no se pueden construir con tantos saltos aislados en el tiempo. Resumiré: es feliz. Ya caminamos por Brooklyn. Las luces de la tarde empiezan a marchitarse. Paseamos por el Promenade inspirador y nos zambullimos en los trenes subterráneos, rumbo a Queens.

Mi tercer Nobel. El primero fue Seamous Heaney en la Morgan Library y el segundo Mario Vargas Llosa en una premiación en el PEN Institute en la cual se sentaba y se le podía ver el final de los calcetines. Le explico a mi amigo la estrategia: yo voy a entrar al auditorio como periodista, hablando con los organizadores (una mujer de anteojos que veo que saluda distraída a los invitados al lado de la puerta); mientras él ingresa con mi carnet de profesor, la foto es sorprendentemente parecida y, además, en estos eventos nadie mira muy de cerca las identificaciones. Dspués de rogar un poco porque me he olvidado de llamar con anticipación «Please, don’t do this the next time» la muchacha me deja pasar y me alcanza un folleto para prensa de una serie de eventos alrededor del mismo tema: no sabía que Queens College estaba celebrando el año de Turquía (tampoco que Pamuk era tan joven. Pensé que la foto de la contraportada de Istanbul era antigua y retocada.) El evento en en realidad una conversación sobre el escenario, grabada para NPR, a cargo del famoso Leonard Lopate. Son dos famosos discutiendo Istanbul y la última novela de Pamuk, que no es otra cosa que la continuación de sus memorias de una ciudad donde ha vivido ininterumpidamente desde su infancia.

El inglés de mi amigo es demasiado básico para esta conversación entre literatos, este paseo por el Huzun de Constantinopla, las tardes del Bósforo con los ferrys cruzando del oriente al occidente, los amantes deteniéndose en las orillas del río para ver las fogatas con las que se consumían los últimos palacios de madera del imperio otomano; o las terribles tardes masturbatorias del joven Orhan, disecado en un edificio de museo donde sus antepasados se adjudicaban para vivir pisos distintos, intentando escapar de su destino con apasionados amores por las revistas antiguas sobre Estambul, los poemas sobre Estambul, las pinturas de Estambul y cada pedacito de historia contado por los ilustres visitantes que contrajeron  la gonorrea, el chancro blando o la sífilis allí, como Flaubert.

La noche es redonda. Al salir de Queens College somos más amigos de antes. Yo tengo mi tercer Nobel y él su primero. Yo estoy demasiado cansado para seguir la noche: tengo libros que releer, clases que preparar. Nos arrastramos por Times Square, tomamos una última foto para mi álbum de visitantes ilustres y me voy a casa.

Mi amigo se queda parado frente a la puerta de su hotel: su avión sale algunas horas más tarde, pero él cree ver unas tetas del Cibao que lo llaman locas y desesperadas desde allá abajo, entre la música disco del Night Club. Así que decide bajar las escaleras y meterse un rato más, pasar la última noche en su nuevo Estambul.

Poesía del siglo XXI

La actriz coreana Jeong-hie-Yun en una escena de una gran película: Poetry.

Un balazo que te hace temblar. Un hombre que se cae de una silla con un agujero rojo en la frente. Minutos de desesperación, gritos, recriminaciones. Una vida que se va: joven, casi completa, repleta de espejos, de aniversarios, de días especiales. Un día que no tenía por qué ser especial un joven desaparece.

El día siguiente no parece ser muy diferente. Es más, ni siquiera puedo recordar las fechas exactas. Sé que tenía 19 años, sé que estudiaba en la universidad. Sé que fue una noche incómoda y que al despertar me dieron la noticia: se fue. Parece una vulgaridad que nosotros tuviéramos que seguir con nuestras vidas, que una vida menos no oscureció la mañana, no empañó nuestros mejores momentos en el futuro o nos consoló en nuestros días más flacos, en nuestras tardes más desesperadas. Se fue y allí sigue él, flotando en la incertidumbre de un universo que algunos susurran que nos toca todos los días. Que a veces incluso nos respira en la oreja y hasta nos abraza.

Así se sienten nuestros muertos. Creemos que no están hasta que una línea de un libro o una imagen en la televisión nos alcanza con la imagen correcta y la memoria de una pérdida resuena como una melodía a veces dulce y a veces muy amarga. Nos reconciliamos con el olvido y el abandono temporal; nos imaginamos historias con nuestro muerto, como si él siguiera vivo. Somos hombres con alma, parece decirnos el recuerdo. La estupidez no tiene cabida en la nostalgia. La memoria nos permite, paradójicamente, sentirnos afortunados, hasta orgullosos del camino andado, insensibles a los logros por venir: He llegado ¿qué más me da el futuro?

Entonces, una muerte transforma el día. Una muerte se vuelve el tema de una memoria, de un poema, de una lágrima que sí tiene sentido.

La muerte generadora de vida. Ese es un gran poema.

Ayrton Senna, el documental

¿Recuerdan a ese deportista que se mató chocando contra el poste de un tobogán en las olimpiadas de invierno en Vancouver? A veces la muerte llega así, absurda e inesperada. Otras veces se aparece como si fuera un final triste pero adecuado para una buena película y eleva a ciertos seres humanos a la categoría de ídolos. De eso se trata este documental llamado «Senna».

Nunca ha sido fanático del automovilismo. Claro, como todo niño limeño con tiempo libre los fines de semana, pasé muchas horas frente a las transmisiones en vivo de los Grand Prix de Fórmula Uno. Fue a través de aquel programa de televisión que cambiaba de número con los años (Auto 82, Auto 83, Auto 84, etc, etc). Ya de adolescente–en Río, en Sao Paulo, en Curitiba y en Porto Alegre–fui testigo cercano del fervor de los brasileños por su compatriota corredor de autos. Sin embargo, solo después de ver este documental, pude entender por completo como se tejió esta leyenda, esta especie de James Dean verde y amarillo.

Ayrton era el más veloz y el más querido. Senna creía en el Brasil y en Dios, y no le daba vergüenza hablar en público de su fe. Mientras su archirrival Alain Prost no sabía cómo ocultar su envidia hacia un joven mucho más dotado en la pista y más transparente, Ayrton Senna rompía los cronómetros y–confiado en sus capacidades–no se callaba para criticar el ego y la política de quienes dirigían el automovilismo.

Se entregaba a su carrera sin ponerle condiciones, confiando en que cuando alcanzara cierta edad se retiraría y disfrutaría agradecido de su fama, de su dinero y de su tiempo libre. Acostumbrado al amor de la gente, al calor del Brasil, él podía ver o escuchar a Dios mientras saltaba ágilmente las olas del Atlántico o mientras conducía en una carrera de Grand Prix.

¿Aún hay deportistas así? Senna se desmaya dentro de la cabina de su auto al terminar  de correr el GP de Grandes Lagos. Tenía que ganar. Era un profeta en su propia tierra. «Es lo único bueno que tenemos en el Brasil» dice una de sus admiradoras entre lágrimas. Casi veinte años después de su muerte este documental termina de cimentar la leyenda, acercándonos a un hombre que lo pudo hacer todo y lo hizo todo. De eso se trata «Senna».

La Rucoleta

La Rucoleta: no sé dónde escuché por primera vez ese sobrenombre derivado del nombre de mi colegio. Supongo que al finalizar la secundaria. En nuestros retiros espirituales todos los colegios de Lima pasaban por la paleta creativa y eran rebautizados.

Años después, una noviecita se me ofendió cuando le dije que ella había estudiado en el Regina Pachis. Supongo que por la misma experiencia habrá pasado mi hermana y sus amigas mujeres, cuando los enamorados «listos» de otros colegios les preguntaran si ellas eran estudiantes de La Rucoleta. Es que en la escuela secundaria, todas nuestras conversaciones tenían que girar o entrar de lleno en una deliciosa charla monotemática: el sexo.

Era el tiempo del descubrimiento del desodorante,  de las confrontaciones hormonales y el bigotito ralo, cuando la jungla negra se apropiaba de todo el espacio vacío de nuestra ropa interior. Recuerdo mi pavor intenso cuando después de varias horas de vigoroso ejercicio, de improviso brotó algo caliente y mi cama se cubrió de vergüenza.

En aquella época–difíciles 80s–era difícil encontrar material educativo. Me llenan de nostalgia las fotografías de algunas muchachitas hermosas en revistas del hogar que coleccionaba mi madre (¿Se habrá dado cuenta de que le faltaban ciertas páginas?) La imaginación era la más intensa productora de imágenes. Estas  servían para calmar aquella etapa de locura temporal llamada pubertad.

Era un proceso complicado. Por ejemplo: recuerdo a una compañera que se sentaba frente a mi carpeta. Entre sonrisa y sonrisa creí estar enamorándome de ella. Una vez se puso un clavel en la oreja y volteó a preguntarme si me gustaba. Me gustaba. Por esas tardes, en una conversación informal de hora de almuerzo–masticando alguna salchipapa con bastante ketchup y mostaza–escuché que uno de mis compañeros contaba que mi musa se le ponía a los más bravos de su barrio. «Es una ruca. Se la ha chupado a varios» dijo él –jurando con los dedos cruzados sobre la boca, para que no quedaran dudas. Cuando volví a ver a la muchacha, lo que me interesaba de ella ya no era el destello que despedían sus ojos, sino esas curvas debajo de la blusa, aquellas formas redondeadas debajo de la falda gris. No podía mirar su boca sin que me diera calentura.

Durante algunos meses mis noches eran ella. Hasta que en algún recreo, otro compañero desvió mi atención. Me pidió que me sentara junto a él (¡caleta, caleta!) sobre una banca de madera: frente a nuestra banca, cruzando el patio; con los tirantes sueltos, las medias bajas y las piernas completamente abiertas, una de mis compañeras nos invitaba a prestarnos unos prismáticos y meternos de cabeza en la zanja prometida. ¿Cómo podía hacernos esto? A nosotros, a quienes la genética tenía condenados a ser–siglos después de la invención de la civilización–marionetas de nuestro instinto de conservación. Agarrados a la banca con ambas manos, pretendiendo ensayar distintas poses para ver mejor sin llamar su atención, observábamos muy agudos aquellas piernas largas que se abrían de par en par. Interpretábamos la sonrisa de la muchacha como una propuesta cochina. Su sonrisa sería la luz en la oscuridad de nuestra habitación: contra esa boquita de 13 años iría–entre sueños–el intenso chorro blanco de nuestra desesperanza.

Una tarde nos avisaron que se realizarían examenes médicos obligatorios. Nos formaron en grupos y nos hicieron esperar al lado de la oficina del tópico. Los compañeros que salían del tópico nos daban claves de lo que nos iba a pasar: nos desnudarían, nos tocarían, examinarían nuestro recto y nos harían preguntas incómodas. Recuerdo que un compañero dijo que el doctor le había preguntado si se masturbaba: «¿Qué es eso?», dije yo, genuino ignorante. «Si te corres la paja» me explicó el compañero, y yo comprendí, muy avergonzado, que aquél día me harían confesar el delito, el crimen al que había forzado mi cuerpo durante quién sabe cuantas miles de ocasiones. Llegado mi turno, ya desnudo, noté que el doctor, tras examinarme, hacía aspas o cruces al lado de una lista de palabras en jerga médica. Entonces me preguntó: «¿Te masturbas?» Y yo, sin saber nada aún de mis Derechos Miranda, negué enfáticamente. El médico marcó una cruz al lado de una frase inescrutable y yo supe ( o creí saber) que había descubierto mi mentira.

Tiempo después, casi al terminar la media, un amigo me mostró lo que había escrito contra la madera de su carpeta. Ya habíamos discutido mucho el tema y habíamos concluído–solo en base a su larga experiencia–que el único colegio con mujeres realmente bellas, era uno al cual él, por intemedio de un primo con las hormonas más alborotadas de Lima, tenía acceso casi ilimitado. Eran todas rubias, delgadas y maravillosas, como las modelos de piernas abiertas de Penthouse que su padre escondía bajo un montón de ropa en un armario. Mi amigo había escrito en la carpeta: «Más vale correrse un pajazo en la carpeta, que tirarse a una chica de la Rucoleta».

Recuerdo bien la risa estúpida con la que él celebraba su rima original y consonante.  También recuerdo mi cara cojudísima celebrando su eslógan (¿por qué mi amigo siempre tendría tan malas notas en literatura?) y la baba que tragué cuando me ofreció que él y su primo–que ya los conocía todos–podían invitarme a un prostíbulo.

No acepté. Hasta hoy me arrepiento (a pesar de que a mi amigo le conocí épocas oscuras en las que se le pegaron bichos y debió afeitarse de los pies a la cabeza). No acepté por miedo. También, por cierta creencia estúpida de que mi primera experiencia tendría que ser sin pagar, con una chica bonita como aquella que se sentaba delante mi carpeta; o una que al menos me abriera las piernas con una sonrisa de gusto, como aquella en el patio del recreo.

No fue así. Poco tiempo después acabó el colegio y yo–tímido y desesperado–robé cien viejos soles del bolsillo de mi padre y me fui de putas.

Ciudad de los Reyes

Foto de Edgar Asensio.

Mi recuerdo más antiguo en la ciudad de Lima es una foto en blanco y negro en el Parque Washington en 1972, donde mi madre–con un peinado que le debía demasiado a la moda nuevaolera  (una peluca como aquella que lucían las coristas de B-52)–sostiene entre sus brazos una manta de tela con la que arropa a un bebé rollizo, llorón y con pelo muy negro estilo puercoespín. A un lado está mi padre, con los botones de la camisa a punto de explotar, aún mostrando ese grueso bigote colorado que llevó toda mi infancia y que se afeitaría cuando el cabello se le empezó a llenar de canas.

El Parque Washington es una pequeña plaza en en el barrio de Santa Beatriz, a la altura de las primeras cuadras de la Avenida Arequipa, entrando a lo que se conoce como el Centro Histórico. Allí mi padre, que se había recién graduado de ingeniero y trabajaba para el Ministerio de Vivienda, alquiló un pequeño departamento durante un año, mientras esperábamos que se terminara la construcción de la que sería nuestra casa de siempre: un lote de la calle Los Químicos en la Urbanización de la Cooperativa de Ingenieros, en el entonces muy aislado distrito de La Molina, al este de la ciudad.

No queda ninguna otra fotografía de aquellos días, ni  tengo otro recuerdo de aquel parque (a no ser por aquellas tardes de domingo, ya adolescente, en las que junto a mi hermano y amigos huíamos en turba, seguidos por las cachiporras de los policías, al término de algún clásico del fútbol jugado en el Estadio Nacional). Mis siguientes memorias de la ciudad son casi todas de La Molina, de aquel barrio entre campos de cultivo: Mi madre entraba conduciendo su escarabajo blanco hasta la casucha del guardián de un terreno a la espalda de nuestra casa. Allí comprábamos fresas. Era tierra zanjada y las frutas se recogían directamente de las zanjas. Nos la pesaba en una balanza de metal azul oxidada (recuerdo los dedos callosos del campesino jugando con la pesita mientras mi madre reclamaba o regateaba el precio y la calidad de las fresas);  y luego mi madre manejaba las dos cuadras hasta la casa para enseñarnos que antes de comer una fresa debíamos remojarlas en agua yodada en el lavatorio de la cocina. En ese fresal, años después, se contruiría el edificio central de las oficinas de la IBM del Perú, al cual nuestro barrio le debe, en el lapso de nueve años, dos ruidosos atentados senderistas.

Tal vez porque las mañanas en La Molina siempre suelen estar acompañadas de un sol brillante, mi otro recuerdo permanente de la ciudad–por contraste–está asociado al cielo oscuro de la costa. A mamá le gustaba llevarnos a las playas de la Costa Verde,  donde se tumbaba a leer bajo la sombrilla mientras nosotros hacíamos agujeros y castillos en la orilla. Antes de regresar a casa, nos acompañaba a cruzar la rotosa pista del circuito de playas, para que nos desprendiéramos de la arena en los chorrillos de agua que caían por los acantilados. Era verano, pero recuerdo muy bien esa neblina espesa: trepada, abrazada a los edificios más altos de Miraflores. Era una visión a la que se llegaba conduciendo por la recién construída Via Expresa, que entonces todos llamábamos por su apodo: el Zanjón.

Mi siguiente recuerdo de Miraflores es el de la Avenida Larco. Era un edificio oscuro y era invierno. Avanzaba por unos pasillos angostos con paredes de color blanco oscuro y allí estaba ese olor penetrante de los cuartitos de las nebulizaciones, que mi madre necesitaba para que no empeoraran sus ataques de asma. En una de las esquinas de Larco había un local del Banco Hipotecario y muchas veces estuve allí, esperando en el auto, mientras mi madre retiraba o depositaba dinero, observando detrás del parabrisas a los viandantes: miraflorinos de pantalones setenteros y apretados; o  mujeres de chompas hasta el borde del cuello y lentes oscuros grandazos de tonos pardos.

Al Centro de Lima solo entrábamos por las mañanas para dejar a mi padre en su trabajo. Él ya se había convertido en uno de los ingenieros de la sección de tasaciones del Banco de la Vivienda. Su entrada a las 8 de la mañana siempre iba acompañada por prisas entre el peaje de la Avenida Circunvalación (donde yo y mi hermano nos disputábamos por quedarnos con los coloridos tickets de peaje en forma de billetes que entregaban en la caseta) y la entrada al Centro, por una callecita empedrada y muy estrecha. De esos viajes recuerdo sobre todo el cielo negro y los cerros, donde se apiñaban las casuchas. No conocía a nadie que viviera allí. La única palabra que asociaba con ese paisaje, era «pobreza».

En la zanja de la Avenida Circunvalación se amontonaba la basura. Eran cerros de desperdicios entre los que deambulaban perros y gente. Había muchos niños correteando entre aquellos montículos hediondos (siempre cruzábamos esa zona con las ventanas bien cerradas). A veces los chiquillos cruzaban la pista, corrían entre los automóviles sin dejar de sonreir: bajo el humo oscuro del cielo, con el paisaje al fondo de los cerros negros y las fábricas de color negro donde se acumulaba el fierro oxidado.

De vez en cuando los papeles flotaban en el aire, entre los autos. Y yo los miraba, sin pensar en nada.

La exposición en la NYPL

Hace muchos meses que no pasaba frente al edificio de la New York Public Library y hace mucho tiempo que quería entrar a las salas renovadas y a la exposición que celebra el centenario de la institución.

Esta semana, haciendo un espacio entre una y otra obligación, me metí a la NYPL y escribí este texto que ha salido publicado en mi blog Newyópolis de la revista FronteraD.

Ojalá puedan también darse un tiempo para visitar la exhibición:

Hay un libro que me lamió las heridas. Eran heridas de transición, causadas por un peregrinaje que desembocaría en Nueva York. Lo empecé a leer en Lima, poco antes del 10 de julio de 2000; y lo continué (en breves visitas de algunas horas, entre otros viajes) en bibliotecas públicas de A Coruña, San Sebastián, Porto, Lisboa y Londres. Había dado con el libro buscando un texto. Se titulaba «Perú Promesa» y contaba las andanzas de un muchacho que descubría, viajando por ciudades distintas y conociendo a personas diversas, su amor por la patria. El texto, que venía en un libraco gigante de fotos, de aquellos que solo caben sobre una mesa en medio de la sala, años después pasó a formar parte de esa intensa crónica de una desventura política llamada «El pez en el agua».

En diciembre de 2000 estaba sin un sol en los bolsillos –hasta cierto punto gozando de las irresponsabilidades del apátrida– y deambulaba por primera vez por las calles de Manhattan. Esa mañana fría de intenso sol subí los escalones de un edificio flanqueado por dos leones y me metí a buscar «mi» libro en la New York Public Library. Vargas Llosa cuenta en sus memorias que algunos de sus mejores textos vieron la luz en estos claustros de la sabiduría occidental llamados bibliotecas públicas. Fue por eso que en mis caminatas londinenses enfilé una tarde hacia la London Library y me encontré con arcos y pasillos de una biblioteca en plena renovación, pero también con una fascinante exposición de grabados de Doré y de Goltzius. Newyópolis no podía ser menos.

En sucesivas visitas, que yo sentía como urgentes peregrinaciones, sentado en la fastuosa sala de lectura de la NYPL, volví a encontrarme con mi libro lamedor de heridas. Allí sentado, puse en la balanza las ventajas y desventajas de vivir solo en una metrópoli angloparlante a los 28 años; y también –rodeado de libros a los que se accedía sin ningún dinero– se me ocurrió que en esa ciudad podía llegar a ser feliz. Casi podría decir, que le debo la vida que he llevado a la Biblioteca Pública de Nueva York. Por eso hace algunos días, en la disyuntiva de quedarme unas horas más en Manhattan o regresar a la oficina en el Bronx a preparar una clase, opté por enfilar hacia los renovados escalones, pasar entre Paciencia y Fortaleza y meterme de nuevo entre los elegantes pasillones de mármol y sólida madera: la NYPL había cumplido cien años de vida en el 2011 y (entre el ajetreo de las clases y otras actividades extra-curriculares) yo no había podido visitar la sala donde se exponen (hasta marzo) algunas de las piezas más importantes de la inmensa colección de documentos de la NYPL, a modo de fiesta conmemorativa.

El bastón de Virginia Woolf

Ya han escrito muchos acerca de esta exposición del centenario de la NYPL. Es verdad que para quien es lector aficionado la simple vista del bastón de Virginia Woolf, sencillo artilugio de madera encontrado en el río horas después del suicidio, es un hecho mágico. Allí está el pedazo de madera, flotando en una caja de plástico transparente, al lado del diario abierto de su dueña, en una entrada escrita a cuatro días de su última gran decisión. Era como un capítulo de To the Lighthouse, excepcional narración sobre la permanencia y la eternidad. Mirar el bastón de Woolf (o una mesa más allá, el abridor de cartas de Charles Dickens, adornado con la pata de su gato Bob) significaba, para mí, volver a las reflexiones en silencio de Mr. Ramsey en To the Lighthouse quien ante la incógnita de la eternidad se preguntaba de qué podía servir la obra de los grandes artistas si al final todos ellos estaban destinados a perderse en la niebla del olvido.

Cada vez que preparo mi clase, dejo (para uso de los estudiantes) archivos, diagramas y resumenes en un programa llamado Blackboard, bajo un botoncito en mi pantalla llamado «Documentos». Casi nunca me pongo a pensar en una palabra como aquella, tan ubicua en la vida académica. Sin embargo, en el contexto de esta exposición de la NYPL la palabra «Documento» equivale a la corona de laureles en los tiempos romanos, a las bulas papales cuando estas podían dividir el mundo en dos, a las tablas de la ley enfrentadas a la mirada desubicada del pueblo elegido (y todos estos ejemplos, mire usted, son «documentos»). Desde las bóvedas de la biblioteca aparecen en esta exhibición toda clase de documentos para recordarnos que nuestra memoria está, mal que bien, compuesta por una serie de ellos.

Si eres intelectual sin remedio, te interesará el borrador de la carta de aceptación del Nobel, garabateado con lápiz y letra de colegial por Ernest Hemingway en las hojas finales de un libro de tapa dura: «Tantos escritores que lo merecen no lo han recibido, así que debo enfrentar este premio con mucha humildad.» También mirarás con tremenda curiosidad el cofre transparente donde se exhibe una de las pocas Biblias de Gutemberg. Esta bellísima edición ya prometía en latín todas las transformaciones sociales que vendrían con la invención de la imprenta. Tampoco me cabe duda de que obsevarás con detalle, desde todos los ángulos, la menuda letra de Jorge Luis Borges, en ese cuadernito barato que en la tapa dice «Lanceros argentinos» donde éste escribió con letra muy chiquita su cuento La biblioteca de Babel.

Si bien yo ya había visto en imprenta las correcciones de Pound a Eliot, tiene un atractivo singular ver a cinco dedos de distancia esa página mecanografiada por T.S Eliot donde  «el mejor orfebre» tachoneó, garabateó y sugirió los cambios que, aceptados por Eliot, convertirían a The Waste Land en uno de los poemas más significativos del siglo XX.

Sin embargo, como «documentos» es una palabra muy amplia, la exposición se va por otros ángulos. Para quien comparte intereses por la ciencia o por la historia, serán maravillosas las fotografías de la Tierra captadas por los primeros astronautas; los delicados dibujos de Audobon de las aves de los Estados Unidos; el autorretrato de Rembrandt, a quien creemos conocer mejor que a muchos grandes artistas porque dejó una enorme cantidad de rostros autorretratados mirándonos desde museos diversos; la primera impresión de la carta de Colón a los Reyes Católicos explicándoles detalles sobre la personalidad de los indios que había encontrado en su viaje; el diario del periplo por el África de MalcolmX; los prendedores que se engancharon a la camisa quienes participaron en las marchas por los derechos civiles de Martin Luther King; los primeros dibujos del perfil del Gran Cañón del Colorado; el boceto del acta de independencia de los Estados Unidos,  los mini-libros anti-Nazis que los rusos escondían mañosamente en latas de pasta de tomate para que fueran leídas por los alemanes contrarios a Hitler; posters al estilo Warhol en favor de la reforma agraria peruana de 1968 (que nunca vi en otro lado); y dibujos alegóricos pacifistas de Goya publicados póstumamente.

Además también hay cartas de Picasso, piedras con grabados cuneiformes, un mandil de los del Ku-Klux-Klan, una guía de emergencia para homosexuales capturados por la policía neoyorquina en los disturbios anti-gay de los 60s; videos de los ensayos de algunas de las danzas más representativas de la carrera de Jerome Robbins; los muñequitos originales que inspiraron la creación de Winnie The Pooh y –qué coincidencia–un fantástico grabado de Henrik Goltzius (tal vez de la misma serie que vi el año 2000 en la biblioteca de Londres) representando la caída de Ícaro.

Cuando salí a la calle, Manhattan todavía estaba allí. Era más oscuro –está anocheciendo a las 5 de la tarde– y ya no quedaba tiempo para ir a la oficina en el Bronx, solo para un retorno fugaz en el tren a casa. Bajé los largos peldaños de piedra y pasé otra vez entre ellos dos: lucen más elegantes ahora que han sido renovados, pero de cierta forma se les ve menos fieros a los famosos leones. Creo, casi puedo jurar, que me dijeron hasta pronto.

Blue and happy

Eli Manning. Getty Images. New York Post website

In Peru when you are still in your mom’s belly, your father has already decided which is going to be your favorite soccer team. Parents welcome you to the world with a little uniform of their team. That’s life in countries where Fútbol is the only passion.

As the years went by,  I  discovered the exhilarating experience of sharing the passion for my soccer team with my friends, and even with strangers (whom you only met once a week at the stadium) when all together and sweaty, you embrace and jump and yell and sing until you lose your voice, raving for your team.

When I came to live in New York I thought I was never going to able to find a sport like Fútbol. I went twice to the baseball Stadiums–once to the Yankees, once to the Mets.  I enjoyed a Rangers game and even raved a little bit for the Devils, but hockey was not the same.

Until something happened  four years ago.

It was a winter night and I was one of the many strangers in an Irish bar in the Bronx, watching in awe, with my mouth open, how the Giants defeated the unbeatable Patriots. That night, I felt electricity running in the marrow of my bones, touching all the nerves of my body when the Giants made it happen. I yelled, I jumped, I was so happy.

Yesterday night I discovered myself jumping like a kid when Mario Manningham got that impossible ball. I jumped and yelled, full of joy, when our players managed to block the Patriots from getting that almost-perfect, last-minute ball. We are the champions my friend. Again.

Yesterday night, watching that game, it felt as good as I when I was a kid, jumping in that Estadio Nacional de Lima. I never considered myself a  football fan. But maybe I am becoming one: a New York Giants Fan.

Todo el colegio

La puerta de fierro se ha ensanchado

Para que entren todos.

«Educación para los anacoretas del mundo»

Reza el letrero que escribió el Padre

Lanssiers con tinta negra.

Pero nadie entra.

Las narices de los niños

Se han quedado pegadas a la luna

Que separa a todo el mundo del colegio.

Hay silencio

Un silencio pegajoso

Que retumba en las orejas en atención.

Mi oreja,

Se ha roto al oír el estrepitoso sonido del silencio

Y entre la tumba de concreto

He gritado.

La profesora de los ojos negros

Se ha espantado

Sus lentes cayeron hechos trizas

Sobre los últimos capítulos

De mi extraordinaria pesadilla.

Tras el vidrio que separa a los niños del colegio

Se comenzó a separar el mundo.

Una inmensa grieta

Se suspende sobre el aire

Una gota de lluvia se esconde

En el abismo

Por ahí se sumerge el examen

La profesora, su pupitre, el colegio,

Yo.

¡Sobre las últimas palabras

del Apocalipsis estalla mi voz!

Revienta y el estruendo de otras olas

La poseen.

Se ha acabado el colegio: ¡Misericordia!

Allí abajo en la gruta que se ha hecho,

Me espera un cuervo,

Un lapicero, un profesor,

Un gallinazo, un perro,

Una hoja del examen de admisión.

Lima, 19 de noviembre 1989

*Este poema fue escrito poco antes del último día de clases al terminar la secundaria. Lo he encontrado este verano, entre otros papeles bastante viejos.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: