Mira: Camina hasta Marcy Avenue, pisa Broadway, una cuadra, dos pisos para arriba. El tema del pisco peruano bien enfocado. El pescado delicioso con las papas cremosas, jugosas y el primer blanco de la noche.
La pantalla gigante atrae todas las miradas. Es como el cine. Ahora puedo decir que es otra cosa ver al ‘Dude’ Lebowski en platea. Si nos hubieramos quedado sentados un rato ya no salimos nunca. Elisa dice el camino mientras Pedro cuenta la historia de su pelis y su vida. El viaje a Disneylandia con las hijas y las movidas del hermano del esposo de la Geraldine Chaplin. Seguimos para Alphabet City mientras Pedro sigue camino para Queens. Apenas a media cuadra he descubierto el subsuelo del Tonic. Dentro de un barril de vino compartimos una Red Stripe y una Boss y el sonido de los teclados y los sintetizadores como fondo. Arriba toca una banda de jazz. Se ha secado la nieve, el suelo sigue congelado hasta la casa del poeta, frente a la del pintor. Entonces aparecen las estrellas y entre ellas el ron Viejo de Caldas. Debo recordar que en Williamsburg fue el primer encuentro con el Capel, un descubrimiento. En cambio en la Casa Tomada lo del Caldas fue un volver a verse. Se puede hablar de ron por horas con los colombianos. Claro que como discutir si te dicen que el Pampero de Venezuela es de calidad indiscutible. No alcanzaba para probar el Caldas hasta que alguien me invita unas gotas. Se convierte en un chorro…A las estrellas de la noche hay que clasificarlas: Laura, con su tatuaje y sus ojos chinitos brillaba sola. Su amigo el bonaerense Boris ha viajados hasta la Patagonia y me han vuelto con sus historias todos los deseos de volver. Ricardo es el poeta de la Casa Tomada y José es el pintor de los desnudos que adornan las paredes. Los colombianos no me han dicho sus profesiones. A Juan Pablo le gusta llenar los vasos de vino y de whiskey (esa era otra estrella: aguardando que todo el licor se acabara para brillar como una nova a pesar del empapelado rojo.) Agradecimos eternamente el detalle de Epifanio, el mexicano que se fue antes que desapareciera Frontera y los otros blancos. La verdadera estrella, ademas claro de Fifi con su manto de Manila y su acento paisa, era Frank. Es la fiesta de sus 70 velas. De eso constan los pedazos de pastel que Elisa y yo fuimos desapareciendo mientras acorralabamos a las velas con el cuchillo. Clarice es su esposa ,que le debe empatar la edad. Ella vuela con su hijo hasta Baghdad y enumera las desgracias de la Guerra Santa y el imperio Bush. Frank me habla de su oportunidad de mudarse de Virginia a Nueva York. Al final va a terminar en Dover Delaware, que al menos corta en cinco las horas de viaje hasta el centro del mundo. Con la hija de ambos, comparto los ojos azules deliciosos y converso sobre Danny The Dealer y Whitnail and I. Son pasadas las 4 cuando encajo el primer merengue. Felizmente se ha terminado Johnny y despacharon todo lo que quedaba de Frontera. Con un falafel en Hudson se ha terminado la noche. Elisa sonrie mientras el mapa del tren nos queda demasiado complicado. Es que ya hemos salido caminando de la Ciudad del Alfabeto.

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