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Es una lástima. Tremenda lástima que no podamos darle el dinero que necesita. Ojalá le vaya bien en ese pueblo de donde usted viene ¿Quetzaltenango me dijo? Yo tuve un compañero que era de allí. Era mi primer trabajo en este país. Un tipo duro, medio idiota pero duro. Se había fracturado la columna trabajando en construcción así que lo contrataron para hacer trabajos de pintura en el centro médico donde yo abría la puerta. En realidad era una tranca, esas que se levantan automáticamente. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Siempre hablaba de Guatemala y de sus 25 años de guerra civil. Qué le digo. No importa, ojalá le vaya bien. ¿Quiere volver a intentarlo? ¿Llenar otra vez los formularios? ¡Claro! ¿Por qué no?
Allí se va el pobre idiota, me da pena. Levantarse tan temprano, llenar todos esos papeles para nada. ¡Me olvidaba! ¡Se hace tarde! A apurarse, ¡Es casi la hora! ¡Ay Nueva York! ¿Por qué el apuro? Puedo caminar. El sol se refleja en las ventanas. Por aquí salí yo a Manhattan la primera vez que vine, por esta misma puerta. Aún puedo recordar el filo del aire llenándome las narices. Hace tiempo que no entro a la biblioteca. Siempre recordaré la urgencia con la que me sentaba al mediodía en el salón principal, a leer. Mi primer libro: El pez en el agua. En inglés. Venía de leerlo en varias bibliotecas de Europa, en varios idiomas, por pedacitos. Además quería saber si había sitio para un peruano en la gran biblioteca pública de Nueva York. Debí haber tomado un taxi. Ahora es ridículo, falta una cuadra. Mi primera vista de Times Square: desde el auto de mi primo, apenas un flash de luces. Germán, casi me había olvidado de él y de Quetzaltenango. Decía cosas como “Hay que hacerlas que se agachen a tomar del pozo”. Usaba esas ridículas botas de vaquero y una correa con broche de bronce y figura de serpiente. Cristóbal, el ecuatoriano, era más práctico. Se iba con el auto del viejo a recoger a la niña y a tirársela. Se reía solo mirando al viejo, sentado en el mismo lugar donde había estado culeándosela. ¿Por qué no darle propina a esa mujer? Tal vez porque me da flojera y frío sacar las manos del bolsillo. Tal vez porque tengo mil cosas distintas en qué pensar. Mister Prufrock viniéndome a pedir dinero. ¿Quién lo diría? Antes me asombraba ver mis cheques con el escudo del estado de Nueva York. Pensé en sacarles fotocopia. Nunca lo hice. Pensar que otros se lo merecen más que yo, si bien yo estuve en el momento justo. Al otro no le va nada mal, mira el mujerón que tiene. Lo que haría yo con ese culo. Y esos ojitos despertándose detrás de los anteojos. El bostezo del tamaño de un himno. Lo que haría yo con esa boquita y su cabello pelirrojo. La roja ¿Dónde estará? Por fin llegué. Por acá. Siempre está esto tan vacío, tan callado. Parece otra ciudad. Me imagino que no mucha gente tiene citas en este parque, ¡Qué silencio! Como si fuera una sala de operaciones o una morgue. ¿Por qué tenía que pensar ahora en eso? La morgue, los brazos amarillos y fríos de mi abuelo, cubierto por una sábana blanca. Sus ojos antes de morir, llorando, suplicando que rece con él. ¿Rezar? Yo no sé rezar. Nunca aprendí a rezar. Alguna vez creí en Dios. Ahora no sé en lo que creo. Creo en una fuerza universal. Yeats diría que hay que creer que el mundo tiene algún sentido. A veces dudo incluso de aquello. Otra vez mirando la antena de la torre, otra vez recordando ese día que le tomaste una foto apurado, cruzando la calle, para que nadie se de cuenta de que eras un turista. ¿Y qué chucha eres ahora? ¿Neoyorquino? Ahora que incluso se te puede ver la calva, ese pedazo de cabeza fría, fría como la mano de tu abuelo. Si le hubieras hecho caso a esos ojos cubiertos de lágrimas: “Si quieres conquistar a una mujer, sólo tienes que mostrale la cosita” ¿Qué sentido tiene pensar en eso ahora? Esa banquita está vacía, al lado del carrousel. Allí fue la primera vez que tu amiga la cubana se sentó a esperar y te llevó de espía. Estaba tirándosela el profesor de inglés. Le estaba haciendo una escenita de celos y te quería de coartada, para decir que se iba contigo, que no lo quería volver a ver nunca más. Todo porque le gustaban los morenos. Después de él estuvo con un irlandés. Tú nunca estuviste en serio con nadie ¿Quién diría que te ibas a acordar de ese primer beso en el metro? Esa chica de anteojos de Malasia. Casi tuviste que robarle un beso y después ni se te quiso acercar. “Mis padres me matan si saben que estoy con un chico que no es de Malasia”. ES LA HORA Y NO VIENE. Casi como la española, que te dejó esperándola frente a Union Square. Casi como la idiota esa que se casó y te mandó una foto de su matrimonio. No pensaba acordarme de ella, pero estamos condenados a acordarnos para siempre de las imbéciles que nos hicieron sufrir. ¿Qué tal será esta nueva tía? ¿Y eso de tía? ¿Desde cuándo hablas de tía? ¿Influencia española? ES LA HORA, APURATE POR FAVOR. El señor Prufrock fue la última persona a la que le di la mano, la última con la que conversé. La cojuda esa que me hizo llorar fue la última persona en la que pensé. Por allá viene. No es tan blanca ni duele tanto. Y la gente no es tan indiferente como dicen. No pasaron ni nueve minutos, cuando una mujer se dio cuenta de que ya estaba muerto.

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