"Quién sabe lo que hubiera pasado si Sofía le hubiera dejado un pequeño espacio entre la refrigeradora extra grande y la cocina eléctrica de cinco fogones"

El escenario es una casa entre los arenales de un barrio a medio construir. Una casa elegante–como es la elegancia en Lima: portón de madera, muros extra altos, espinas de metal sobre la pared y cerco eléctrico.

Sospecho que el individuo tiene 20 años. Le ha dado por leer literatura latinoamericana, ha viajado y está un poco extraviado en esa ciudad. Aún no trabaja,  reserva sus fuerzas para los estudios. En sus horas libres sale con amigos, desperdicia los fines de semana con ellos, deambula sin rumbo fijo por las noches de bares, se imagina cómo sería el universo con una pareja.

Entonces ella, la llamaremos Sofía ( no sé por qué, tal vez una forma de venganza contra la Vergara por insultar en público al Perú-actividad que debe ser reservada para los espacios privados y solo entre peruanos) ha invitado al individuo a una reunión en su casa. Nada especial. El  individuo solo recuerda que, con algún pretexto, Sofía lo llevó a la cocina. Allí, sin previo aviso, lo arrinconó contra uno de los muebles de su cocina extraelegante–dos mesas en cada rincón, treinta luces con intensidad variable, aquellas cocinas que se ven mejor sin gente en ellas–, y apretando su cuerpo con desesperación, como si se viniera al contacto con él , lo besó (casi lo mordió, se lo tragó). Y el individuo, que se creía algo así como dueño de los secretos del cosmos, después de haber leído tanto y tan mal, no supo qué hacer. Le dio miedo que Sofía lo dejara sin espacio para maniobrar, para correr, sin boca para pedir auxilio.  El individuo recuerda algunas palabras que en otro contexto lo hubieran encendido: “Vamos a mi cama, te deseo, quiero comerte…” Pero en ese contexto confuso, en el escenario ridículo de la cocina extraelegante y vacía,  le parecieron demasiado opresivos.

Quién sabe lo que hubiera pasado si Sofía le hubiera dejado un pequeño espacio entre la refrigeradora extra grande y la cocina eléctrica de cinco fogones. Quién sabe si solo le hubiera dicho “Te espero”. El individuo de 20 años tal vez hubiera actuado diferente. Tal vez hoy vivirían en Lima y de vez en cuando él hubiera probado los manjares preparados en aquella cocina súper elegante. Tal vez tendrían hijos. Tal vez.

Sofía vio que el individuo se iba de su casa y lo llamó poco hombre. (Tal vez eso era) Y al ver su cara de enfado y su disposición a marcharse, apurado hacia el auto; otra vez se le colgó de los brazos, lo arrinconó contra la pared del intercomunicador al lado de la puerta, y oprimiendo los pezones y todo el cuerpo, con los labios carnosos medio abiertos, los ojos brillosos, le rogó que le hiciera caso, que la perdonara, que la siguiera hasta su cuarto. Y el individuo de 20 años la miró por encima, como quien mira un plato mal cocinado, una cerveza caliente.

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