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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Agita

Clava el hacha en la punta del pie
como clavas la coma inconsciente
antes de matar.

En la punta del hielo transparente
aparece de nuevo el caracol con rayas
la nube de preguntas.

Hay las olas que rugen y las cabañas malas
caballitos de playa, ruiseñores que escapan
con besos hendidos en salvas de plata.

Misioneros heridos en lonche de obispos,
miserables páises de arrugas hostiles
de pasos desaire, de lluvia con frailes.

Si el anillo sirviese esta noche
escribiera las notas más dulces,
si el silencio hablara conmigo
si tu tiempo estuviera comprado
por la pura pena, por el puro daño.

Martillazos con sorna de levita verde,
con tremendo culatazo sentimental
pasión de abriles inacabados
coraza de cuerpo presente
andino, semental, presente, la tropa callladita
las venas rojas,
el pueblo un caudal de animales, henchidos de rabia
¡Asesinos¡ griten no más
griten ceregenes de labios leporinos
faldas arrugadas venenosas
en la trompa de Venus, más allá del cementerio,
caminaban los cuerpos de Dios flagelados y hambrientos.

Flores en ramilletes,
ciudades envueltas en flores verdes, náuseas,
presiento que caben mis disculpas y mis abrazos
mis arrepentidos huesos en forma de coronarias
de botellas vacías de limón peruano
de aquí nomas, de todo.

Acoraja gente, indios, leguleyos,
fábulas que corta el grito enorme del río,
las ramas de los pacaes, se nos caen a pedazos,
que lloran por el padre oxidado y escupido
por la mano del capitán, por los versos lambeteados
del pastor enamorado de Galatea.

El gigante estuvo en esta tierra, el polvo está levantado
y la Tierra tiembla. Maracuyá a la hora de la cena,
figuritas recortadas sobre el cielo púrpura, gigante, sobre
todas las dudas del cementerio marino,
como las certezas de genovés en picada,
como las promesas del varón en el conciliábulo
que lo decidió todo.

Como esos higos en forma de tus higos,
de tus raídas ojotas de pergaminos vírgenes
de los cables atravesados
sobre los canales de Seattle.

>Repentina nube

>Bajarás el silencio en dos tiempos,
comerás la piedra del bosque
embarrada de rubíes
lamerás la espalda empapada de los maravedíes.

Tentaremos junto la suerte en la tienda del alacrán,
lavaremos las ropas sangrantes en la misma esquina
de siempre.
Tu hermano, yo hermano,
fusilados en la curva de la vaca, a dos pasos de tí.

En la cobra que mira esta noche,
veo destellos de luna, faroles de cera de abejas,
legañas de tanto estar despierto
sin decir silencio.

Caminemos al fondo del parque, al lado del lago,
o es que el sueño irreparable a esta hora
nos hace decir cosa demás
o es que llueve tiernamente en tus calzones de seda,
es que lavas la herida con burbujas de azul intenso,
con láminas de cuatro colores,
en las lámparas desoladas de la ciudad.

Banda

A qué música debo el privilegio
A qué carne de cañón la conciencia tranquila

A qué sarna tu piel
A qué rabia tu deseo

A qué siglos le debo este encuentro

A qué clavos martillo sin saberlo.

Movies en Bryant Park

Todos los veranos desde que se renovó Bryant Park, en la esquina de la 42 y la 6ta Avenida, se realiza el festival de cine al aire libre. Al caer el sol, se proyectan en pantalla gigante una serie de películas, generalmente filmes clásicos. Esta tarde fue The Birds de Alfred Hitchcock. Demás está decir que la película es solo un pretexto para reunirse, para que los neoyorquinos tomen por asalto el parque y hagan un mini picnic hasta que acaba la película y cierran el parque (como a las 11 de la noche). Hubo Coronas, Brooklyn Lager, vino blanco, guacamole con papitas y «»chorros» de cerveza. El actor prinicpal nunca se despeinaba ni se desabrochaba la corbata y la actriz caminaban sobre la arena de la playa con los tacazos y el abrigo de pieles. El sonido no es muy bueno, pero es que estábamos un poco lejos de la pantalla. De todos modos el espectáculo es único -te elimina el mito del neoyorquino estresado- y sucede 8 lunes consecutivos durante el verano. En la mañana tuvimos que viajar hasta Fishkill a cerrar, con billetes de uno, la cuenta de Manolo en el Citizens Bank. El cebiche del Acuario mirando el mundial estuvo a la altura de las yuqitas fritas. Para llegar a Fishkill: la Taconic Parkway hasta la 84 West y la 84 West hasta la Route 9. Fuera de la ciudad, el estado de Nueva York parece un selva. Como dice Carling, después de depredar el bosque original, los ingleses conservaron los árboles. La sensación que progreso y naturaleza pueden convivir sin estorbarse permanece durante todo el viaje. Algunos paisajes, -sobre todo los cruces de ríos y los puentes-, son espectaculares.

Ludlow St., 5 a.m.


No pensé que me iba a quedar energía después del viernes y el sábado trabajando todo el día en Knollwood. Pero llegamos en un taxi desde el Bronx para la despedida de Sabine en el Suba del East Village (Delancey Ave. con Ludlow St.). La música del lugar es buenísima, si bien el espacio es demasiado pequeño y el calor insoportable. Nos hicieron problemas en la puerta porque al parecer después de cierta hora y con tal cantidad de gente a los porteros les prohiben dejar pasar a nadie que no tenga que ver con los que ya están reunidos adentro. Felizmente salió Rachel con Alejandra a fumar (siempre se puede contar con que Rachel ha de salir a fumar) y nos hicieron entrar. Habíamos terminado de trabajar a las 12 de la noche y sin embargo bastó una Corona con limón y un poco de música y todo el grupo estaba otra vez animado y bailando en el sótano. Eran como las cinco de la mañana cuando nos botaron del local (Let´s go guys, we have to close¡), porque nosotros seguíamos bailando y sin ganas de movernos del lobby de Suba. Pensamos en irnos a otro lado, o a otra casa, a seguirla, pero no contábamos con que apenas una cuadra más allá se iban todos a detener en la Creperie. Linda es asidua del local (siempre paramos aquí cuando salimos de Suba por lo que me recomendó una crepe con fresas que no tengo ni idea como terminó convirtiéndose en una crepe con guineos. El vendedor de flores se robó las mejores líneas de la madrugada: Sobre todo porque la colombianita Yanetle aceptó una rosa color lúcuma («que las podria vender para pagarse el taxi hasta donde vive que cae mas o menos por la calle 150 «, dijo Laura) y entre flor y flor el vendedor de flores-más ebrio que todos nosotros juntos- empezó a gritar vivas a México. Casi surreal las flores que iban de una mano a otra y el vendedor de flores riéndose echado en el piso y los pétalos cayendo sobre la puerta de la Creperie y Linda que se fue conduciendo con casi todos a New Jersey, dejando un mensaje en la contestadora, con Sabine que estaba feliz con la tarjeta de depedida más cariñosa del mundo, con todos los mensajes de todos y en todos los idiomas. Alejandra me quitó mi nueva cajetilla encontrada de Marlboro (su venganza), Manolo dijo que tenía que haber seguido tomando un poco más de chela y nos despedimos, desparramados todos, porque mañana es día de playa (al menos para mi primo y yo) y nadie ha dormido nada y el café instantáneo en casa de Laura (bueno pero demasiado) antes de ver a la vecinita abriendo la puerta y una larga caminata desde Alphabet City hasta el tren D en West 4. Apenas si me eché a dormir, cuando sonó el teléfono desde New Jersey. Después apenas si pude pegar los ojos. Prendí la tele, con sólo tres horas de sueño, el partido de Inglaterra estuvo interesante hasta que se fue la electricidad y el calor en el cuarto resultaba insoportable (38 C, 94 F). Me fui a comer a la oficina, a leer los mails que no leía todo el fin de semana. Como a las tres llamó Manolo preparado para Brighton Beach. Llegamos casi a las 6, la playa estaba buenísima, pero no refrescó ni siquiera en la noche, el calor de Nueva York, algunas veces, es inosportable.

NASCAR en Philadelphia


Si mi primo no hubiera mencionado el tema, jamás se me hubiera ocurrido ir a una carrera de autos NASCAR. ¿Por qué? Primero, porque lo mío no son los autos. Soy de esos que van por la carretera y todos pasan delante. Uno de mis traumas del futuro es ser el papá de un chibolo como Guille, el de Mafalda, y que el día que me ponga a insultar a alguien que me pase en la carretera mi hijo me diga: «¿Desde cuándo es un crimen pasar a un pelagatoz
Además NASCAR representaba–en mi cabeza–el mejor ejemplo del norteamericano ultra patriota e intolerante. Un símbolo más de la poca cultura de la masa en los Estados Unidos.
El viaje hasta Pocono, un pueblito y centro turístico importante de Philadelphia, duró casi dos horas. Es el único circuito NASCAR cercano a New York. La señalización después de hacer el cambio de la I-80 a la I-380 es mala. Hay que tomar un sendero pequeño entre los árboles y las casas, que me hizo recordar ciertos caminos locales cuando mochileaba por Europa, de ayudante de camionero. Ya cerca del circuito el sendero se llenaba de camionetas y autos parqueados a ambos lados de la pista. Un pata que caminaba nos dijo que los que ya sabían parqueaban allí, a media milla de distancia de Pocono, porque uno se podía demorar hasta 5 horas en salir con su auto de la playa de estacionamiento del circuito. Así que le hice caso y estacioné a un lado de la pista. Muy bien jugado. Caminamos unos quinientos metros y un bus escolar que brindaba servicio ea tarde nos llevó hasta la entrada (unos 500 metros más) El estacionamiento era un descampado gigantesco y totalmente lleno de autos, pick ups y trailers-campers. Nunca he visto tantos autos juntos. Tal vez dos mil o tres mil carros, y quizá me quedo corto. Entre los autos, la gente estaba haciendo su parrillita, llenando sus coolers de cerveza (Budweiser), preparándose para la carrera. Nos dijeron que abrian las puertas a las 8 de la mañana y que la carrera empezaba a la una de la tarde. Empezó a las tres de la tarde. Los asientos estaban al lado de una de las curvas y en la primera vuelta hubo un choque espectacular casi al frente de nosotros. El rugir de los motores al pasar frente a la tribuna es espectacular. Retiro lo dicho sobre los autos de carreras. Ciertamente NASCAR es el símbolo máximo del patriotismo norteamericano. Por los parlantes anuncian que rindamos tributo a las tropas defendiendo a los EEUU en Irak y para colmo de la coordinación, mientras desfilan por el circuito una escuadra de mini tanquetas de guerra y los espectadores cantan el himno nacional, llega un avión militar para sobrevolar lentamente el circuito de Pocono. Militarizados, fanáticos. La masa que sostiene las políticas de guerra de George W. Bush. Sí. Es cierto. Y sin embargo la carrera es fabulosa. Asi como uno admira una buena persecusión de autos en una buena película, uno puede admirar una buena carrera de autos. Una vez al año está bien. Valió la pena.

El huevonazo de Seamus Heaney


Sé que tal vez puede resultar pesado dar una conferencia de una hora y media sobre la poesía de William Wordsworth. Pero Seamus Heaney, por más premio Nobel de literatura y por más que sea considerado uno de los mejores poetas en lengua inglesa, no tiene derecho a decirle a sus seguidores (4 o 5, entre los que me cuento, que ibamos todo lornazas con nuestros libritos para que nos firme un autógrafo) que está muy cansado y que esta noche no firma autógrafos a nadie. Que tiene que regresar al día siguiente a Dublín, etc.
Se me cayó Heaney. ¿A quien le ha ganado este personaje? De las diez personas a las que les conté que iba a verlo y que tenía mi ticket para la Morgan Library con un mes de anticipación, solo una sabía quién era Heaney. ¿De qué sirve entonces ganar el premio Nobel? ¿La vida del poeta tiene sentido? Junto con Heaney se me cayó la imagen bien construìda de los irlandeses buena gente y juergueros. Este poeta contó tres o cuatro chistes monses, su conferencia estuvo para una B, tal vez B+ y ahí nomás.
Saliendo de la conferencia, furioso contra este pedante escritor de floro barato, en el tren PATH que me llevó hasta Jersey City, abrí de nuevo y me puse a leer su libro de poemas escogidos. Y bueno… Qué les digo. A pesar del mal rato, tengo que reconocer que Heaney «es un maestro». Heaney, en la misma línea de Wordsworth, tiene la facilidad de recuperar instantes de vida monótonos y al parecer carentes de sentido y transformarlos en versos bellos y trascendentes, que rescatan el valor de los pequeños detalles de la cotidianeidad. Digging es tal vez uno de sus poemas más conocidos. A mí me gusta mucho. En él, el poeta contempla a su padre cavando los surcos donde sembrará las semillas de la papa. El poeta sabe que nunca podrá hacer lo mismo que su padre, que su talento está en otro lado y que deberá cavar sus propios surcos en la vida, usando no la lampa sino la pluma.

 

DIGGING (excerpt)
Between my finger and my thumb
The squat pen rests: snug as a gun.

Under my window, a clean rasping sound
When the spade sinks into gravelly ground:
My father, digging. I look down
Till his straining rump among the flowerbeds
Bends low, comes up twenty years away
Stooping in rhythm through potato drills
Where he was digging.

The coarse boot nestled on the lug, the shaft against the inside knee was levered firmly.
He rooted out tall tops, buried the bright edge deep
To scatter new potatoes that we picked
Loving their cool hardness in our hands.

By God, the old man could handle a spade.
Just like his old man.

The cold smell of potato mould, the squelch and slap
Of soggy peat, the curt cuts of an edge
Through living roots awaken in my head.
But I’ve no spade to follow men like them.

Between my finger and my thumb
The squat pen rests.
I’ll dig with it.

Tras el enredo en el PATH y la llegada a Jersey, me recibieron los peruanos fotógrafos en su casa, con una parrillada «a la ventana», (parrillita de carbón sobre la ventana de emergencia de la cocina), 2 four-pack de la cerveza que tomaban los Hobbits, una carne de cordero que todos los presentes calificamos entre lo mejor de lo mejor; y postre de leche con gelatina de fresa, que estuvo para chuparse los dedos. Matilde quiso banquetearse con los huesos mientras contaban la historia de sus ladridos en el parque y de la persecusión al lado de la pista con el bozal y el corazón en la mano. Enrica se perdió en el dormitorio a dormir temprano y no regresó a la cocina y a Melina la taquicardia le iba y le venía. Sin embargo hacia el final de la reunión terminó llenando su vaso y tomándoselo varias veces al hilo. Es un viaje largo hasta el Bronx. Con el huevonazo de Heaney, que escribe mostro.

El Dj Naf en Baraza


El Dj es tunecino–pero ha vivido toda su vida en París–, la música va intermitentemente de latina hacia árabe. El local es el estrecho callejón de Baraza en el East Village. Breve entrada y salida–al menos es lo que todos juran a la 11 de la noche– porque a todos les está costando más trabajo que nunca levantarse temprano en estos días. Sabine tiene que irse pronto, renueva la invitación para la gran despedida, antes de su viaje a Brasil. Laura promete quedarse hasta antes de las 3, su amiga Marianne nació en Ginebra y estuvo casada con un peruano que la llevó a visitar a su familia en Villa El Salvador. El francés está aprendiendo a bailar. Ya sabe dos pasos. Laura le enseña a no mirarse los pies, ojalá fuera tan simple. El dueño del Baraza escucha los elogios al bar y a la música mientras enciende un cigarrillo en la vereda de la avenida C. Naufel intenta entusiasmar a la mancha de gente, no mucha. Y los taxis siguen llenos hacia el este. Con el primo Manolo nos vamos después de dos Coronas. ambos coincidimos en que si pedíamos una cerveza más, no salíamos de allí hasta las 4 de la mañana. Es bueno conocerse tan bien. Hemos quedado en un partido de tenis, pero no contábamos con la lluvia. En el tren de regreso abro The Ruined Cottage de Wordsworth y la ponencia en Cambridge sobre la crítica de Arnold a Wordsworth. Arnold se propone salvar a Wordsworth de quienes quieren elevarlo a la categoría de filósofo (Coleridge entre ellos). Arnold rescata la pureza de sus mejores versos, el modo como Wordsworht puede sublimar al hombre simple y convertirlo en poesía. Consigo una antología de Seamous Heaney, quien va a disertar mañana, en la Morgan Library, sobre la trascendencia de Wordsworth.
Camino por la calle frente al parque de Poe, salgo de la biblioteca con la cabeza todavía un poco revuelta. El teléfono suena y la voz se va y viene desde unos edificios en California. No hay nada más que decir, no hay llamadas de ida y vuelta. No hay dolor tampoco, algo de incertidumbre pero supongo que tiene su lógica. Extraña, pero alguna lógica tendrá que tener, por momentos parece tener cierto sentido, en otros parecer carecer de toda significación. La siesta por la tarde estuvo deliciosa.

Cinderella y Gillian Murphy


Uno cree que ya lo sabe todo, que más o menos se imagina como puede ser tal o cual cosa. Y de pronto vas al ballet. No es cualquier ballet, sino el American Ballet Theatre , una de las mejores compañías del mundo (segunda tal vez, luego del ballet ruso). Y la bailarina principal se llama Gillian Murphy, que entre quienes saben es considerada poco menos que una diosa. Y la obra es Cinderella de Prokofiev. Producción de estreno de ABT. Y jamás vi a nadie hacer arte bailando, volando por los aires, tocando el suelo sin tocarlo. Casi como la ópera pero en puntitas de pies. Anoche en el Metropolitan Opera, en Lincoln Center, aprendí a apreciar otro arte. Y me acordé del poema de Wiesse con epígrafe a Romeo y Julieta de Prokofiev, bailando el argentino Bocca y la italiana Alessandra Ferri. Se puede escribir poesía bailando. Gillian Murphy y David Hallberg en los papeles principales. Y las hermanastras en puntitas de pies y demasiado tabas, robándose las risas y los aplausos, así como los hombres calabaza marcando la llegada de la medianoche y las hadas entregándole a la Cenicienta el más hermoso de los regalos: una zapatilla de cristal

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