Buscar

The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Me llaman el desaparecido (Manu Chau en Brooklyn)

Después de los problemas para entrar al concierto de Cerati el sábado, Natalia no quería arriesgar. A las 5 p.m. estaba agarrada de la reja, en la primera fila para entrar al parque. Tony, su amigo mexicano, había perdido el ticket y Natalia estaba traumada porque las entradas estaban agotadas y no sabía si iba a poder conseguir otra. Mi ticket lo cambié por un pase de prensa, pero igual terminamos al frente del escenario junto con toda la gente. Se llenó. Y Manu tocó una y otra vez. No le gustaba la idea de irse. Volvió para tocar Mala Vida que Alejandra le pedía a voz en cuello. Stephanie nunca lo había visto en vivo y estaba alucinada.

Sharon se quedó sin entrada, lo escuchó detrás de la reja. Alejandra se moría de ganas de ir a la fiesta , pero entre la quinta y la quinta decidimos que no valía la pena ir hasta el muelle 17 de Manhattan sin saber si Manu tocaba o no. Entre las masas apareció otra vez el luchador de la máscara plateada. Y el Cromañón parado delante mío, el Trucu-Tru, saltaba salvajemente con su bandera de Colo Colo y la agitaba sin darse cuenta de que tapaba todo y nos jodía a los que estábamos parados detrás. Hasta que Manu lo vió y lo hizo feliz gritándole: «Colo Colo, presente.» Con la boina roja y la camisa verde, Manu criticó el «White House terrorism» ( y le mandó su saludito al Sub Comandante Marcos…)

Esperando en la puerta, mientras calentaban el escenario los malísimos Plastelina Mosh veo a la poeta portorriqueña que me presentó Elisa hace meses en la casa del periodista colombiano. A la fotógrafa peruana que me presentó Camilo, a mi amiga Katy, profesora de Lehman. Stephanie vino manejando desde Port Washington. Lisa baila con el bebe en la panza. Todos somos clandestinos en el cemento de Prospect Park. Manu canta Volver y las luces del parque estallan otra vez. A algunas calles de distancia, Ale y yo somos invitados a la casa de los amigos de Stephanie y Sharon. Hay un tabladillo sobre el techo, desde donde se ve Manhattan. La vista, el ambiente, la cerveza de Clavo y Canela de la que Sharon se ha enviciado gracias a un largo invierno en Brooklyn, están espectaculares. Como a las tres de la mañana llego al Bronx, a enterrarme, trapo, en la colchoneta al lado de la cama donde duermen placidamente mis viejos. «Me llaman el desparecido», me dice Stephanie en un mensaje de texto…El cuerpo no da para más.

Perú Negro en Lincoln Center

Si Alejandra no hubiera llegado tarde para decirnos que tocaban en el Lincoln Center, no lo hubiéramos sabido. El promedio de edad era base 6. Los cinco cajoneros del grupo salieron al frente para gritar: El cajón es peruano. Al final ,después de empujarlos un poco, el público terminó parado coreando y bailando. La negra se menea..al ritmo de la batea…

http://youtube.com/v/PVE-ZWmS4Os

Los tambores de Manhattan

Habría que declarar que los tambores tienen luz propia. Cómo negarlo. Sería egoísta calificar a lo que estos instrumentos emiten, de simples «sonidos». Los tambores emiten luz y sensaciones, algunas de estas de carácter permanente.

 

Después del concierto de Cerati, las huestes desadaptadas- se movieron hacia el centro del parque, donde las tribus se habían juntado para el espectáculo del sonido. Se convocaron magos y magas, druidas, bailarines desacreditados. Gabriela aún no ha gritado: ¡Qué viva Sullorqui! detrás de los espectadores sentados de Perú Negro. Todavía está en camino, seguimos andando hacia el Lincoln Center.

>Florida en una Isuzu roja (con el aire al maximo)

>
Desde su limosina Kike me grita en el teléfono: «Oye loco ¿Tú que haces en Florida? ¡Ven a Nueva York a cagarte de calor como todos!» En el noticiero de las 7 , comiendo en Key Largo, anuncian que se ha ido la luz en algunos barrios de NY. Ponen la imagen espectral de Manhattan a oscuras. En el NY Times la foto de portada es un hospital en Brooklyn con los enfermos pegados al ventilador. Desde Park 79 me dicen que no me preocupe: mis viejos llegaron bien a la ciudad, el taxista que los llevó era puertorriqueño y la conserje que los recibió, guatemalteca. La margarita frozen de Key West estuvo buenísima. Caminando sobre Duval St., el chiquillo se pasea con su caja de música montada sobre su BMX y va rapeando a lo largo de la calle con su banda de amigos. Los bares están llenos, el Sloppy Joe´s revienta (me entero que no es el bar original donde chupaba Hemingway mientras escribía sus novelas, sino que el original es un bar más caleta y más bacán. La música nos lleva hasta un local con música en vivo, el Sex with the Leprechaun estuvo más o menos, la Heineken sabe mejor, pero quiero una margarita más y el lugar donde las venden ya está cerrado. Todos los restaurantes cierran antes de las 10, el Mesón de Pepe (cuabano) nos cierra a las 9. La playa tiene una marea de algas que no huele nada bien. Pero pasando la marea, a unos metros, el agua tiene otra vez el color esmeralda. Desde la punta del faro Liliana trata de divisar Cuba pero no se ve nada, hay una fila de nubes negras. En la piscina del hotel en Fort Lauderdale encuentro a Rossella en el Skype y me dice que está trabajando en su oficina en Belgica, que va a esperar a tener el pasaporte biométrico para venir a los Estados Unidos. Un gringo se acerca a decirnos que se ha venido con sus amigos del Sloppy Joe’s y que el gordo canta mucho mejor que toda la banda que anima allí la noche. Hace cantar a la derecha del bar, canta la izquierda del bar, una búlgara se sube al estrado a bailar «American Pie». La margarita tenía el borde salado, así se debe servir, no como la margarita del Mango’s de South Beach. ¿Te traigo un babero? dice Liliana. Reggaetón, las bailarinas apenas con un par de trapos y sobre la mesa giran las luces multicolores y los colores «horteras» asevera Liliana. No muy bien para ser miércoles. Ocean’s Drive sólo se anima en esa cuadra, más allá está muerto. Paramos para un último trago en el Clevelander. Después al hotel con el lagarto gigante de llavero, porque mañana es día de playa, el último día. Parece que hubieran sido más de cuatro días. Se pasaron rápido pero bien. La parada en la playa de Bahía Honda fue espectacular, aunque fue la tarde con más calor. En Miami Beach el día está nublado, sin embargo el agua está buena, mejor que la piscina del hotel. Paloma trae a los bebes para que los vea, espero que llegue antes que salga el avión. La despedida tiene gusto a bienvenida, paso el brazo por su cintura ¿Algún día volveremos a vernos en Nueva York?¿Qué tiene Miami además de malls? Cierto que podría pasar muchas noches en el Mangos ¿pero cuántas antes de aburrirme? No traje nada para leer en el aeropuerto. Pronto van a llamar a los pasajeros.

Las torres del hotel FountainBlue destacan sobre el cielo gris de Miami, el aire está pesado a pesar del viento que corre. No hay muchas horas adelante. Tal vez dos o tres. Para la Isuzu roja en Indian Creek, los dedos giran como un torbellino, los ojos buscan reposo en una laguna celeste, en el cielo esmeralda, en las cascadas artificales del Fountain Blue, en ese sandwich a medio camino, en los cuadros de Hemingway con sus esposas y los gatos de seis dedos que todavía se pasean por su casa, en su estudio pulcro y espacioso donde escribió El Viejo y el Mar, Adiós a las Armas y ¿Por quién doblan las campanas?
La casa nunca se hundió ni la inundaron los huracanes tropicales. Hemingway dejó todo atrás cuando abandonó a Pauline. Sólo se llevó lo más importante: a su amante cubana, a su colección de libros antiguos y a su bodega de vinos. Los gatos son muy feos, el viejo que cobra es detestable, maldita Pauline por sacar los ventiladores y poner los candelabros venecianos. ¿Sólo quieren eso los hombres no? Solo queremos eso.

>Domingo

>
No se puede saber si se desea poco o mucho si no se ha intentado con ambos antes. Poco puede ser frustrante, mucho puede dejarte un sabor amargo al final. Se puede mirar a alguien a los ojos y adivinar lo que piensa y lo que siente, pero si se le mira mucho, uno termina enredado en dudas e incertidumbre.

Las callecitas pequeñas de la ciudad tienen vida propia. Caminan al lado de uno sin que podamos evitarlo. Nos agarran de la mano y nos ponen en sentido contrario. Iluminan nuestros días, algunos, otras veces terminamos perdidos de tanto haberlas andado.

La papada pontifical ya sabemos que no significa nada, con patilla o sin patilla las palabras siempre serán palabras y se las puede cargar el viento. Dos años, tres años, qué mas da. Quisiera tener más fe, pero del abuso se ha terminado casi toda. Me queda escepticismo y en él hay resquicios para cierta esperanza. Algunas llamadas telefónicas brindan esperanza, otras te hunden en la miseria.A veces crees que te han salvado pero cuelgas extenuado y perdido otra vez en el laberinto.

No hay que verle las orejas al burro, sino subirse en él y seguir andando hacia la mina. Al final a todos nos espera una veta lista para ser descajada de la roca, una limosina blanca con las luces apagadas y poquísima gasolina.

Los besos iluminan sin sal o con sal, las piedras saben a besos, las mareas traen regalos inesperados, la luna sale para todos. Algunas veces vale la pena correr las cortinas del cuarto, encender el ventilador a toda velocidad. Las luces no se apagan solas si una mano no les brinda apoyo. Hay suspiros que no significan ni mierda. Hay verdades que parecen mentiras. Hay mentiras que no valen ni siquiera pensarlas demasiado.
Foto: haikiba. (Flickr.com)

>La Maldita Vecindad (Pogo in the Park)

>http://youtube.com/v/KV1NtDJfYvY

Si un poco de sangre roja sobre un gran auto blanco no te basta para gritar contra la guerra, no pertences a la manchita de La Maldita.

1989: Leo en un ejemplar viejo de la revista limeña de rock Esquina, que una de las mejores bandas del rock mexicano se llamaba Maldita Vecindad. En esos tiempos están recién haciéndose populares los CDs, MTV Latino está en pañales y conseguir el CD de una banda de rock mexicano (que no sea El Tri) es una tarea muy difícil. Después de buscar en varios lugares, en una tienda de discos me dejan ver el catálogo para ordenar por correo. Ahí lo encuentro: Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio: El Circo. Dos semanas y media después llega mi disco. Salto en mi cama, con mi nuevo equipito (de un solo CD) comprado con mi primer sueldo de Tele Cable. Era un discazo pero la mejor canción del disco tenía una sola palabra: Pachuco.

En mi generación– la de Ciencias de la Comunicación de la U de Lima–, Pachuco era el himno. Con ese ritmo y esa corneta había que empujar, saltar, patear. Pasaron muchos años hasta que los vi en vivo, en una cancha terrosa en el Campo de Marte. Estuvieron fabulosos, si bien ya había pasado la época de Pachuco, si bien sentía ya por ratos que eso del pogo eran cosas de adolescentes.

A una de mis amigas en Lima, en aquellos años, le gustaba Sax. Fue grupy por primera y última vez en su vida, con el saxofonista de la Maldita. Otra de mis amigas de ese tiempo también tuvo su encontronazo con uno de los miembros de la banda. Luego de muchos años sin saber nada de el, ayer ella lo vio otra vez sobre la tarima de Central Park y me aseguró: «Fácil que este es el tipo más feo con el que me he acostado».

Pensé que iba a presenciar el show como si fuera un viejo. No creia que me iban a impactar tanto las mismas canciones de aquél disco. Que apenas si las iba a aplaudir por tratarse de un buen recuerdo de aquellos tiempos de facultad, cuando escuchábamos Pachuco en la sala de mi casa o de mis amigos, pogueando como locos; o en la azotea de Ken, embarrados en talco; o en las fiestas de la universidad, empujando al que se atreviera a entrar en nuestro circulito de baile privado. No imaginaba que con la voz de Rocco y los primeros acordes de Pata de Perro iban a venirme las ganas de saltar y patear, empujar y bailar como en los viejos tiempos! (¡ Aún no estamos acabados!¡Aún nos mueve la Maldita!)

El calor estaba como en 30 grados y el sol caía directamente sobre el parque. Muchos espectadores estaban sin polo y mostraban sus tatuajes en español y en inglés. Mis zapatos estaban cubiertos de barro, mi polo totalmente sudado. El trencito de los fans avanzaba con los músicos sobre el escenario mientras que el guardaspaldas negro, gigante, con su polo de la NBA miraba extrañado a toda la gente sobre la tarima (algunos con su máscara de luchadores) como preguntándose: ¿Y ahora qué hago? ¿A quién le pego?¿A quién empujo de regreso a la cancha?

Los Maldita consiguieron que poguera después de un huevo de años. Rocco dijo basta después de más de una hora de concierto, pero regresó para llenar el parque con el suave sonido de Kumbala. Se agradece la deferencia.

>Carboncito 9

>
Carboncito 9: Muuy bacán lo de Pol Rivas con harta calidad en el dibujo y el acabado y un huevo de talento para contar historias. Y LA CAGADA la historia del perro Lito y su descarga de ratas en la cara de Chávez. Habría que mandarle una copia para que la lea mientras ocupa elñoba. Cherman no sé cómo hace, pero a pesar que sus ideas son un poco viejas siempre se las arregla para darle un toquecito de originalidad que las hace bacanes (y para hacerle, de taquito, propaganda a Crash) Mostra Carboncito 9. Más variada y los comics mejor acabados. Buena por Renso que con cada número mejora su estilo. Y para variar, cada vez que leo me da ganas de dibujar más comics, ojalá me quede tiempo. Pero ahora no tengo ninguna idea.
Ayer tuve un sueño bravazo, me imagino que producto de los truenos y relámpagos que tuve que sortear en la carretera (El clima en NY está hecho una cagada). Era la final del mundial y no sé como diablos yo jugaba en el equipo de Francia. Alucinante el partido hasta que me pasaron la pelota solo frente al arco y fallé un gol. Quise hacer un rewind mental para volver a patear, pero todo estaba consumado…
Temperatura ayer en NY: 38 grados C. 100 F. La tormenta: de miedo. Cada dos segundos un trueno iluminaba la noche, había pedazos de árboles por todos lados y con la lluvia torrencial es casi un milagro que encontrara el camino de vuelta. Mi ropa de baño se abombó porque la dejé en la maleta regresando de la playa. A carolina no se le escucha nada cuando sube a la mina y el celular se corta. El tío Manolo dice que de todos modos se va con mis viejos a las cataratas del Niagara y tal vez a Montreal. Estoy leyendo War and Peace de Tolstoi: MUY BUENA. al menos hasta ahora que voy por las primeras cien páginas (son 1300). Justo leí un artículo en el Atlantic Monthly en que una escritora decía que esa era una de las novelas que había que leer tranquilamente, con calma, no con el apuro con que te piden algunos cursos de maestría.

>EL CASTILLO DE MATERGODES (Short Story)

>Las coperas de Matergodes estaban lavando ropa al lado del arroyuelo, comentando que el Castillo había dejado de moverse.
–Los meteorólogos anuncian lluvias para esta noche, dijo la copera negra
–¡Al Diablo con los meteorólogos! Si nunca aciertan, replicó la copera roja.
La copera azul y la verde sólo escuchaban. No les gustaba contradecir a las coperas negra y roja, que eran las que siempre discutían.
Desde el interior del Castillo se escuchó un ruido de imanes atrayéndose. Chirriaron los goznes y se abrió la boca, de donde salió una criatura de plumas negras que nunca antes había cruzado los cielos de Matergodes.
–¡Diablos! Gritaron las cuatro coperas al mismo tiempo, dejaron la ropa a medio lavar al borde del arroyuelo y, sin dejar de mirar el crucifijo colgado del cuello de la criatura, echaron a corer.
Se había abierto en ese momento la puerta que llevaba del futuro al futuro. No existía a partir de ese instante nada que se llamase presente perfecto ni presente pluscuamperfecto. Y por supuesto habían desaparecido instantanemanete los libros de historia bestiales y las láminas a todo color de la Guerra del Pácifico.

>Mariachis en el techo

>
Una reunioncita sencilla en Manhattan para celebrar el cumpleaños de Gabriela en el techo del edificio de Gianpaolo en la Segunda Avenida. La parrilla ya estaba buenaza pero la llegada de los mariachis fue recibida con aplausos desde los edificios vecinos. Cristi contó su alucinante viaje desde California hasta Nueva York con el tablista que regresaba, y Fabian pasará la voz para ir a la playa. El trabajo desde el jueves me había dejado agotado, necesitaba jatear toda la mañana y sin embargo el calor en la casa era alucinante. Casi 100 grados. Desde Knollwodd Miki dice que no es posible que los carros sigan llegando a jugar golf a las 3 de la tarde. El Mocano convence a todos para ir mañana a la playa. Reunión en Knollwood, temprano. Cristi me sigue hasta McSorleys donde conocemos a la productora de esta banda de impresentables de South Carolina. Es una moto cuando habla y nos dice que su esposo es el mejor planificador de finanzas en los Estados Unidos y que la conoció cuando ella trabajaba contando dinero en Tower Records. La llevó en viaje de negocios a Chile y Argentina. Es totalmente loca pero adorable. Se despide del mesero con un beso en la boca y nos invita a ver a los de South Carolina que se presentan no me acuerdo donde. Esperamos el tren a Pelham en Grand Central y yo estoy que me caigo de sueño. Fue alucinante el regreso en el tren a casa, con Cheryl, una afro-americana-coreana que me contó su vida desde la 42 hasta la 167. Dice que va regularmente a Corea a visitar a sus familiares donde las relaciones inter raciales son más frecuentes que en EEUU. Su hija está terminando la universidad en Atlanta así que se muda para allá con ella pero deja en NY a su enamorado. Y su mamá, afroamericana tiene 70 y su abuela coreana vive en Chinatown. Los agradecimientos con tiza sobre el negro del techo, los globos en el borde, los mariachis, el calor insoportable y las Coronitas heladas con limón, un par de abrazos gigantes, la vida es dura en New York City, pero podría ser peor..¿no?

Blog de WordPress.com.

Subir ↑