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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Por allí viene el invierno

"Dejaré un camino de hojas secas para que me sigas". Foto de Sylvia Rueda. Flicker.

Una vez un viejo sabio, que trabajaba estacionando coches conmigo en un club de golf durante el verano y se iba a pasar el hielo en su casa en la Florida, me detuvo entre dos escalones del estacionamiento y señalándome un espacio entre los árboles pelados y la grama cubierta completamente por hojas amarillas, me dijo: «Fíjate muchacho: por allí viene el invierno».

Yo había llegado de Lima unos meses atrás. Aún me estaba acostumbrando a la idea de pasar las fiestas de fin de año solo, en ese paisaje extraño, entre esas hojas de árboles cuyo nombre no sabía. Miré el dedo sin decir nada y él guardó la mano pronto en los bolsillos de la casaca verde que nos regalaron para que sobreviviéramos en el hielo. Seguimos trabajando.

Además de esa frase, que me viene a la mente cada vez que empieza el espectáculo de las hojas que caen, apenas si recuerdo otra cosa que su nombre: José. Debe estar ya en Florida, gozando de la jubilación ¿Se acordará de mi? ¿Acaso le daría pena saber que como todos los años yo sigo mirando el mismo espacio entre las hojas, imaginándome ese camino natural por donde llega la estación de mierda?

Quienes trabajábamos con él lo envidiábamos y lo detestábamos al mismo tiempo. Mis compañeros y yo acabábamos de aterrizar en Estados Unidos y corríamos casi sin descanso por la ladera del estacionamiento. No nos importaba si los socios del club nos encontraban sudorosos al abrir la puerta del auto, mientras nos dieran las gracias y la propina. Éramos trabajadores, contentos de ganarnos el pan con nuestro poco idioma y nuestras muchas ganas. José no. Decía con orgullo que iba a cumplir 60 años en un par de meses; contaba cómo se había ganado la jubilación durante unos 30 años abriendo la puerta en un edificio en Manhattan; no le importaba detenerse a conversar con las socias más veteranas que lo miraban con extrañeza mientras él gesticulaba como un dandy, explicándoles sus aventuras neoyorquinas y sus proyectos.

Ese mismo invierno, arrejuntados dentro de la caseta con calefacción donde matábamos el tiempo mientras se terminaba alguna fiesta o salían de cenar, José nos miró uno a uno e hizo sus pronósticos. Había un puertorriqueño que siempre venía muy bien vestido y algunas veces drogado. Dijo que él se iba. No volvería otra vez al club, el año lo sorprendería haciendo otra cosa «si es que no te meten a la cárcel». Había un hijo de libaneses que pensaba que se iba a quedar para siempre porque el trabajo le permitía levantarse tarde y salir temprano «Tú te vas» le dijo, con los ojos fijos, de loco –que puso las muy pocas veces en que se transformó en un energúmeno– sin disimular la rabia que le tenía al libanés, que siempre se burlaba del viejo, cuando éste bajaba y subía las escaleras, descansando casi en cada peldaño, con extraordinaria lentitud.

Entonces me miró a mí, que lo observaba un tanto asustado por sus predicciones, y me dijo «Tú te vas a quedar. Estarás aquí al principio de la próxima primavera».

Mal día para pescar

Escena de la película uruguaya Mal día para pescar (2009)

Toco una tecla de la computadora y siento el dolor de cabeza instalándose. Como si una idea quisiera acampar allí, como si existiera un sueño al que le provocara quedarse en ella.

Nevó hace una semana, muy inusual. Desde entonces ha mejorado el clima pero aún quedan restos de nieve. He empezado un nuevo año de vida, vi esta mañana una rendija más en mi frente: una arruga. Descubro que los anteojos de sol cubren las patas de gallo y los ojos cansados. No sé por qué se me ocurre ahora que siempre he tomado mis mejores fotografías con la luz del día. Una asociación entre mi vida y mis fotografías. Las fotografías hablan de mí, eso lo sabemos todos. Y hablan de lo que no me gusta mostrar. Creo disponer de cierto talento para elegir lo que debería salir de la foto. Y ese es el mejor secreto de toda buena composición.

Volvamos a Onetti. He leído «El pozo». En un tren a Princeton después de aburrirme de «Los adioses». Descubro allí una oscuridad que se supone que puede descomponerse. Camino conversando sobre Onetti. Mi intelocutor me dice todas las cosas que un escritor puede aprender de él. «Tal vez él lo haya conocido», pienso yo. Tal vez en la misma ciudad de Santa María: en ese pequeño infierno. Casi como un Jaquí más grande. ¿Les conté? Casi les dije todo en la novela, pero sospecho que solo en mi cabeza tienen sentido las imágenes de esa mujer abandonándonos a los dos con el polvo, caminando hacia la pampa o hacia la bodega, calle arriba, sílaba por sílaba, haciendo las pausas para que no se nos pierda nada: «Donde hubo fuego, cenizas quedan». ¿Qué habrá pensado ella, mi ex? Desde entonces no hemos hablado. Por medio de terceras personas sé que está bien, que tuvo tantos hijos (¿Ven? ya lo he olvidado. No puedo recordar ni cuántos) Y al fin y al cabo en este cuento, en esta crónica, en esta memoria, en esta mezcla de géneros no sé ni siquiera si tenga sentido decirles que así era Jaquí: como esos días en que me iba detrás de la loca de la tía que tenía en su casa fotonovelas porno. Las escondía debajo del colchón, pero siempre nos dejaba un pedacito de la esquina visible, para que sepamos, sin que nos los diga, que había una revista nueva. Se iba con algún pretexto y nos dejaba a solas a mí y a su hija, libres para inspeccionar su cuarto, levantar el colchón y leer un par de veces sus revistas.  Después volvía y nos hablaba de Dios y de la iglesia. De lo mucho que la necesitaban los curas porque ella vivía en olor de santidad. Me pregunto si será cierto que la iglesia–el terreno y la construcción–fueron donaciones de mi abuelo. Les dio una catedral y un cementerio, para que los jaquinos vivamos en paz con los dormitorios eternos de arriba y de abajo. Con el bien y con el mal.

Leí «El Pozo» y me impactó. Me llenó de ganas de ser un buen escritor, de inventar recursos como los que crea Onetti mientras recita una historia cruda y sencilla como cualquier otra que hemos escuchado en la calle polvorienta del pueblo o en los periódicos amarillentos. Una mujer casi violada. Un hombre a quien le perturba la idea de que tal vez en ese momento, lo mejor para ella era que lo hubiera hecho. Que esa mujer rechazada jamás se lo iba a perdonar. Reconstruir esos momentos toma toda la vida. Tal vez uno empieza a querer repararlos ni bien los ha destrozado. Tal vez es como la escena de «Solo para fumadores» en la que apenas si se ha deshecho de los cigarrillos y ya Ribeyro siente que debe lanzarse por la ventana a recogerlos. Tal vez las imágenes desesperadas sean  por las que yo me mataré toda mi vida.

(Un poema ¿por qué ya no escribo poemas?)

Es cierto que fui yo quien me asomé detrás de ella. Es cierto que fui yo quien empecé a tocarla. Pero también es verdad que era un niño y que ella era una niña y que después de besarme fue ella la que se me entregó. ¿Esa imagen me torturará? No siempre. Hay veces en que cierro los ojos y me provoca una sonrisa, ensueños en los que yo soy un personaje y ella guía mi mano y después–mucho después–me arrincona contra una pared, me besa con rabia y me pregunta ¿por qué ya no me buscas? Y si la hubiera buscado ¿Dónde estaría yo ahora? Estaría como el Príncipe Orsini en esa película que he visto hoy: «Mal día para pescar»; estaría fumando un cigarrillo en una calla de Santa María e imaginándome todo lo que pudo pasar, las cosas que pude haber hecho con mi vida.

Pude. Jamás lo hice. Tendré que darme crédito por haber tomado algunas buenas decisiones, por no haberme dejado embaucar en torpezas lamentables, como por ejemplo: las de tener un hijo con ella. Ella, que me suplicaba que no me pusiera nada, que la hiciera suya.

Otros errores: haberme largado con ella, o haberme quedado en el pueblo a pescar, a ser uno más. Otros errores posibles: malacostumbrarme a sufrir. Si me hubieras visto llorando al regresar de su casa o sentado en esa silla donde imaginaba que me tocaba morir hubieras entendido de lo que hablo. Pero no me viste. Solo me vi yo y me vio mi hermano. Y mi hermano me hizo alguna broma, me hizo pensar en lo estúpidas que pueden volverse las cosas cuando uno tiene diecinueve años y cree estar enamorado.

Otro error: no haber llegado más temprano y más tarde, un par de veces que me quedé dormido, como aquella en que ella era rubia y me miraba y nos estábamos pudriendo de la risa. O esa otra en que dirigí mi mano debajo de su pantalón y no seguí. O aquella en que me rehusé a besarla cuando ella se me puso de frente, en la oscuridad;  y levantó su camiseta. Errores de ignorancia, pero quién sabe. Tal vez es cierto y nunca hubo nadie tan triste como ella.

Salud con Onetti.

En aquella feria

En noviembre de 2009 llegué  a la Feria del libro de Guadalajara, esperanzado en encontrar a un agente que me explicara como publicar una novela y un conjunto de cuentos que yo apretaba bajo el sobaco, dentro de un folder de plástico azul, ordenados dentro de pedacitos plásticos, muy organizados con una tarjeta personal llamativa y profesional, descargada a través una página web británica.

Asistí durante tres mañanas a una sala de agentes sin agentes. Ellos estaban por algún lado haciéndose cargo de negocios importantes. Yo dejaba copia de mis cuentos y mis tarjetas, confiadísimo en impresionarlos con mis hojas bond impresas a doble espacio con lo que yo suponía que era «el implacable poder de mis historias».

Dejé todas mis tarjetas y mis cuentos en uno y otro escritorio de agencias latinas, norteamericanas y europeas pero jamás nadie me llamó. En  los salones de espera de la Feria yo me imaginaba cómo sería mi vida si alguna de aquellas criaturas con poder en el mundo editorial me descubría. Llené formularios, solicitudes y dejé notitas manuscritas para que ellos las descubran «después del almuerzo». Sin embargo, como dijo el periodista que acuñó aquella frase cariñosa para los partidos aburridísimos sin goles: «allí no pasó nada».

Sin embargo, afuera del recinto de los agentes literarios, lejos de sus escritorios sin escritores, entre librerías y salas de exhibición de aquella feria con olor a multitud, pasaron muchas cosas.

En una de aquellas salas, presentando su enésima colección de cuentos con la Editorial Páginas de Espuma, Fernando Iwasaki me instó a seguir luchando: «Siempre al lado del cañón» me dijo, con la experiencia del que sabe lo que es empeñar la refrigeradora y la cocina de cuatro hornillas para pagarse una primera novela. En otra de aquellas salas, José Emilio Pacheco le puso una figura a mi derrota, en su traducción de un verso de Antíloco: «Sobreviví, es lo importante. Ya compraré otro escudo».

Si bien tanto Iwasaki como Pacheco apaciguaron mi desánimo;  el hombre  que mejor me ayudó a aceptar sin lloriqueos mi situación de latinoamericano con pluma fue Juan Villoro. Él estaba presentando un libro de crónicas sobre los personajes aguayaberados y los paisajes ardientes de la península de Yucatán cuando se le ocurrió comparar a los escritores con los vendedores de iguanas que pululan en los caminos yucatecas: «acuclillados al lado de la pista, ofreciendo un producto raro, esperando que alguien se detenga a comprarlo».

Ése era yo: un hombre ofreciéndole ficciones a un mundo donde la ficción escrita ya había pasado de moda ¿Había una tragedia peor para un escritor que la de escribir un libro que a nadie se le antojaba leer?

Juan Villoro en Nueva York

Hace un par de meses fui a ver a Villoro a la librería McNally Jackson en SoHo. Presentó el libro de Bruno H. Piché, periodista, cronista y director de Newsweek en español: «Robinson ante el abismo». Villoro nos conversó un poco de sus propias islas y de sus robinsones, incluyendo en la conversación a Proust, a Joyce, a Monterroso, a Bolaño o a Ballard,  con ese talento único que él tiene para adornar sus ensayos y sus conferencias «con rarezas para el viajero frecuente y hospitalidad para el recién llegado».

Si quieres leer a Julio Ramón

Nunca fui fanático de Ribeyro.

Recordaba, con claridad, ciertas imágenes de Por las azoteas, que leí de niño en el colegio; y otras menos claras  de La insignia, Silvio en el rosedalLos gallinazos sin plumas, que releí después de ver la película de Lombardi (Caídos del Cielo) inspirada en el cuento. Pero ninguno de sus cuentos me había impactado como la delirante Muerte de Sevilla en Madrid o Con Jimmy en Paracas de Alfredo Bryce. Así que cuando emigré, mi edición barata de  La palabra del mudo se quedó tomando polvo en una repisa de mi pequeño librero en Lima.

La única vez en que algo escrito por Ribeyro me llenó de emoción fue durante un retiro espiritual alcohólico en una playa del sur. Yo tenía 20 años y entre los pocos libros que encontré para matar el tiempo en una casa donde solo se hablaba de alcohol, de sexo y de cigarrillos fue Solo para fumadores. Me impactó, y alguna vez intenté buscarlo para releerlo, sin suerte. Supongo que tampoco le puse tantas ganas. Como les dije: Ribeyro no era lo mío. Si me preguntaban de cuentistas en español yo me limitaba a repetir que El rostro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes eran los dos mejores cuentos que había leído jamás.

Mi percepción de Ribeyro cambió a fines del 2009. Estaba en la librería del Fondo de Cultura en la Feria Internacional del Libro mexicana, buscando un tomo de ensayos de Alfonso Reyes, cuando de casualidad encontré Antología personal, la selección que Ribeyro realizó y prologó muy pocos meses antes de su muerte en 1994.  La compré. Tal vez porque ya había escuchado hablar demasiadas cosas buenas de Ribeyro, o tal vez porque estaba más viejo y sabía un poquito más.

Me lei Antología personal de un tirón en el avión que me regresaba de Guadalajara a Nueva York, sin pasarme una sola página de los ensayos, de los cuentos, de las prosas apátridas, de los fragmentos del diario y de las obritas de teatro. Me leí todo y todo me gustó. Ahi estaba la apabullante Solo para fumadores, pero también estaba Silvio en el Rosedal que terminé de leer preguntándme como había podido menospreciar a esta pequeña obra maestra en mi adolescencia.

En agosto me publicaron un cuento en una revista universitaria mexicana y un profesor y destacado crítico español que suele interesarse por mis escritos, tuvo a bien leerlo y decirme como si me lanzara un gran elogio: «Me ha gustado. Me hizo recordar mucho al estilo de Ribeyro».

Por supuesto que me sentí halagado pero su opinión no me pareció del todo correcta. Al fin y al cabo lo único que había leído recientemente de Julio Ramón eran esas pocas páginas de su Antología.

Si hubiese alguna influencia en ese cuento, tendría que ser la del librito de crónicas imaginarias de Juan Villoro llamado Tiempo transcurrido porque después de leerlo, mientras me hamaqueaba frente al sol y el mar de Tanaka, recuerdo  haber empezado a jugar con la idea de retratar ese momento épico en que mi padre y el padre de mis vecinos, los Durojeanni, entraron entre los maizales de la entonces casi despoblada Avenida Javier Prado Este, haciéndose camino a machetazos hasta el terreno donde se construiría nuestra urbanización.

Sin embargo unos días después, este profesor que me había sacado en cara la influencia de Ribeyro, me encontró en el pasillo de Lehman College para darme las fotocopias de ese cuento que a él tanto le gustaba y que era el que  más le recordaba el estilo de mi cuento Los Duros. El cuento de Ribeyro se llamaba Los eucaliptos.

Me encerré en mi despacho a leerlo.

Y allí estaba: toda la influencia de un cuento que yo no había leído jamás. Un cuento bellísimo, casi un poema escrito en prosa que tocaba el tema de la transformación de la ciudad de Lima, de las calles y de los personajes que se había atragantado la metrópoli mientras crecía de manera vertiginosa. Allí estaba la clase media limeña lidiando con la hora peruana, la informalidad, la diferencia de clases y la amistad al lado de las huacas, del mar y entre los árboles.

Así que cuando hace una semana decidí prepararles a mis estudiantes de español una clase de comprensión de lectura, no solo escogí un cuento de Ribeyro («El banquete»), sino que durante muchas horas me dediqué a recopilar fotos, videos e información sobre Julio Ramón Ribeyro. Leí todo lo que encontré de su obra en Internet, las muchas reseñas de todo tipo; y me encargué a Lima los dos tomos de La palabra del mudo.

En muchas de las fotos que escogí para las diapositivas que presenté ante mis estudiantes en la clase, Ribeyro  sale con su amigo el cigarrillo, en otras con su amante: la máquina de escribir. En muchas de las fotos él mira a la cámara como si mirara a otro lado, como ese personaje de Los eucaliptos que observa pensativo la calle de un barrio que se ha transformado para siempre frente a sus ojos.

Y me pregunto si así miraré yo a Lima. Con esos ojos que por más que quisieran no podrían olvidar.

Los Duros

La semana anterior la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara, México –la misma que organiza todos los años la muy concurrida Feria Internacional del Libro– publicó en su edición Otoño 2011  el cuento Los Duros, una primera versión de una historia que he venido trabajando desde el 2010.

Aquí pueden entrar a Los Duros de Luvina; pero también les dejo en este blog la última versión de la historia.

Hay diferencias en la voz del narrador, en el principio y en el desenlace. Me parece que hay un mejor trabajo de los elementos de ficción en esta última. Pero es difícil para mí juzgar–porque leyéndola me doy cuenta que el narrador en  primera persona tiene un efecto muy distinto en Los Duros de Luvina– si una versión es mejor que la otra. Lo dejo a su consideración. Solo espero que alguna les guste.

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Los Duros

–¿Te acuerdas de Cuki? preguntó Nicolás.

Estaba parado frente a la puerta de la casa de ella, esperando una respuesta. Se arrepintió de la pregunta. Muy tonta. Un perro: después de tantos años de lo único que se le ocurría hablar era de un perro. Miró la calle: nadie caminaba por las aceras. En otros barrios los jóvenes se apropiaban de las veredas. Había pandillas que secuestraban esquinas y creaban espacios para la amistad y el amor. Este era un típico barrio sin vida. Miró otra vez alrededor: paredes altas, cercos eléctricos, calles anchas y vacías. Pero sí había historias. Historias que merecían ser contadas, como ésta que sostenía entre sus manos: la historia de “Los Duros”.

Los Duros (Duro-zows-ky) tenían un perro que se llamaba Cuki. “Galletita en inglés” les explicaron los Duros a sus vecinos, los Segura. Los pelos le tapaban ambos ojos pero eso no impedía que Cuki cruzara la calle corriendo, ciego detrás de sus amos.

Los Duros fueron los únicos amigos de los Segura en aquél vecindario: la Urbanización de la Cooperativa de los Ingenieros. Allí había calles que rendían tributo a los ingenieros agrónomos, otras a los ingenieros químicos. A nadie se le ocurrió discriminar a los ingenieros sanitarios. De ese modo nació el nombre la calle más larga e iluminada de aquella urbanización. Frente a frente, sobre Los Sanitarios, vivían los Segura y los Duros.

El señor Durozowsky era polaco. Un ingeniero forestal corpachón y barbudo. Cuando hablaba siempre parecía estar rumiando algo, con una sarta de groserías en un español que arrastraba las erres. La señora Durozowsky era una profesora con gafas gruesas, a quien los Segura jamás vieron sin algún libro entre las manos. El  señor Segura era ingeniero civil, retaco, con un bigotazo negro y una generosa panza. Tenía un singular talento para responderle al polaco con doble sentido pero sin usar nunca una mala palabra. La señora Segura era una prolija ama de casa con ojos inquietos, lectora voraz de la página de consejos nutritivos de la revista Buen Hogar.

El señor Segura y el señor Durozowsky se encontraron por primera vez en la época en que había que estacionar el auto a un kilómetro del proyecto de la urbanización –en un claro entre unas plantaciones de maíz– y hacerse camino a machetazos. Duro le invitó a Segura una cerveza que llevaba en su Combi. Le dijo que viajaba por todo el mundo. Segura sacó un destapador de la guantera de su Volkswagen Escarabajo. Respondió que él viajaba por todo el Perú.

De una mata de maíz a otra, enfangándose los zapatos, contando los pasos y buscando en sus planos las líneas azules de sus futuras casas, descubrieron que iban a ser vecinos. Se abrazaron y se dijeron convencidos: “Nuestros hijos serán amigos”.

Nicolás Segura, el mayor de la familia, nació la mañana en que los obreros plantaban los fierros del primer piso de la que sería su casa. Tadeusz Durozowsky, el primogénito de los Duros, vino al mundo una semana después. Kike Segura nació al año siguiente, mientras se inundaban los techos con cemento. Ryszard, el segundo Duro, un mes luego. Los Segura y los Duros se mudaron a Los Sanitarios el mismo día, tras la segunda mano de pintura, antes de un gran terremoto. Comprobaron que la Urbanización de los Ingenieros duraría siglos: sus casas se remecieron pero siguieron en su sitio.  Ambas madres se encontraron en el centro de Los Sanitarios. Los mayores,Tadeusz y Nicolás, de pie a su lado, en pantaloncitos; Kike y Riszard, los segundos, envueltos en pañales, en sus brazos. Los padres se invitaron cervezas esa noche y brindaron por las construcciones antisísmicas y la ingeniería moderna.

El Cuki llegó por la época en que nació Cyprian, el tercer Duro. Era una bolita de pelo. Tadeuz y Ryszard cruzaron Los Sanitarios para mostrarles el perro a sus vecinos y la señora Segura casi lo pisa. Su barrigota de embarazada le impidió verlo. De ella estaba por salir Diana, la Segura menor.

Las madres cruzaban Los Sanitarios para compartir en sus salas los detalles de la vida asoleada de su vecindario rodeado de cerros, de paredes altas, de casas apiñadas una contra otra. Se quejaban de la lejanía de los supermercados, de la distancia de la playa. La señora Durozowsky le recomendaba a su amiga un buen libro; la señora Segura le proporcionaba a su vecina los últimos datos para preparar una sopa rica en proteínas y baja en grasas. Los niños se escabullían a los jardines: unos cuadraditos de césped donde jugaban a enterrar juguetes, a trepar árboles y a masacrar chanchitos de tierra.

Los televisores permanecían apagados y bajo llave porque ambas madres coincidían en que eran perniciosos. A cambio, les ofrecieron a sus hijos bicicletas. Querían que con ellas conquistaran el mundo. Tadeusz y Riszard, los Duros mayores, siempre se enfadaban con Cyprian, quien chiquitito y montado sobre su bicicleta de rueditas pretendía acompañarlos en sus expediciones. Nicolás y Kike Segura, se escapaban de Diana, asustados de sus pequeñas ambiciones en triciclo. Una vez descubrieron a Cyprian y a Diana siguiéndolos. Los Segura tuvieron que volver para encerrar a su hermana; y Los Duros regresaron a su hermano Cyprian. Antes de abandonarlo en la casa bajo llave, Tadeusz le destrozó las ruedas de su bicicletita a patadas, mientras le gritaba que aprendiera “a montar como hombre”.

Algunas mañanas, Nicolás y Kike jugaban Lego en la casa de Los Duros. Pasaban el día construyendo naves espaciales en el cuarto del mayor, Tadeusz. La diversión terminaba cuando Cyprian aparecía para robarse las piezas. Tadeusz lo arrastraba, pateándolo y jalándolo de un brazo hasta sacarlo de la habitación. Mientras Tadeusz ponía el seguro, Cyprian golpeaba furioso la puerta hasta ponerse a llorar. Después desaparecía, pero al día siguiente regresaba a escondidas y estrellaba contra el piso, una por una, todas las naves intergalácticas.

Había un enorme ficus plantado en el jardín frente a la casa de los Duros. Este era el corazón de sus fiestas de cumpleaños. Entonces los Durozowsky envejecían un año y el mayor de los Segura, Nicolás, se volvía hombrecito jugando a las escondidas; contando del uno al veinte con los ojos cerrados contra el tronco del ficus, para luego salir hacia los recovecos de la calle Los Sanitarios, en búsqueda de Halina.

Halina: la reina de sus sueños infantiles. Era la prima hermana de los Duros y vivía en el mismo barrio, a dos cuadras de Los Sanitarios, en la calle Los Mineros. Halina tenía el cabello largo, rubio y a menudo bastante sucio. Su mirada era azul y sus dos dientes frontales parecían estar siempre a punto de escaparse de aquella boca que Nicolás anhelaba chapar. Tanto la amaba que solo se atrevía a mirarla tres veces al año –en los cumpleaños de los tres Duros– después de contar del uno al veinte contra ese ficus cuyo tronco latía como loco. Hizo algunas locuras: le agarró las manos, le tocó los hombros. Cierta tarde en que ella corría hacia el árbol para salvarse, apretó con desamparo su cintura mientras Cuki lo ladraba. No se atrevió a más: no estaba preparado para los amores polacos.

El padre de los Duros viajaba con mucha frecuencia a Costa Rica. Se había impuesto la misión de salvar sus bosques. La noche anterior, su maleta dormía en la Combi. Los Duros lo llevaban hasta el aeropuerto con horas de anticipación, lo despedían delante del mostrador de Costa Rica Airlines, y regresaban a casa. La señora Dura se sentaba a leer en el sofá de la sala, hasta el regreso de su marido.

Los hijos mayores, Nicolás y Tadeusz, estaban entrando a la misma escuela secundaria cuando el Perú le quedó chico al señor Duro. Consiguió un trabajo muy bien pagado para proteger los bosques de Costa Rica desde una oficina en Washington DC. El señor Segura cruzó Los Sanitarios con un whiskey de despedida y en la sala de Los Duros compartió con su amigo hielos e impresiones: El país se estaba yendo al diablo. Había que escaparse antes de que zozobrara el barco.

Al regresar del aeropuerto, tras despedir a sus amigos, Nicolás, Kike y Diana se sentían como los familiares de esos sicilianos de las películas que se iban para América. Estaban convencidos de que Los Duros aprenderían a jugar al béisbol y no regresarían jamás al Perú.

Cuki se quedó en la casa de los Duros, al cuidado de los inquilinos. Su prima Halina tampoco se movió de aquel barrio. Sin embargo, a falta de los cumpleaños de Los Duros, Nicolás solo la vería crecer desde lejos, alrededor de la calle Los Mineros ––dando interminables vueltas frente a su casa, espiando desde la bicicleta–– aquellos años en que Halina empezaba a lavarse más el cabello y a ponerse politos más anchos.

Nicolás y Tadeusz, los hermanos mayores, establecieron una correspondencia furiosa entre Perú y Estados Unidos, con cartas inundadas de confesiones. La vida de Nicolás Segura se hacía más fácil con ese amigo al que, gracias a la distancia, no le daba vergüenza contarle traumas típicos de adolescentes.

“No tienes idea de lo que te has salvado. La fiesta de pre promoción, la última porquería inventada por las madres de familia para acelerar el matrimonio de sus hijas bonitas y matar la poca dignidad de los tímidos del colegio”. “Tuve suerte, Tadeusz”, le decía Nicolás en una de sus cartas. “En el último minuto conocí a esta chica: Lupe. Bellísima y graciosíma. La vi en una fiesta en casa de mis parientes (mi tío Pancho, el aprista ¿te acuerdas?), así que le pregunté, entre broma y broma, si quería ir a mi fiesta de pre-pro. Me dijo que sí. Estuvo muy linda en la fiesta, con un vestido apretado (tiene unas tetazas). Bailamos toda la noche, la pasé espectacular”. A Nicolás sí le dio vergüenza contarle a Tadeusz las barbaridades que se le ocurrían hacer con los pechazos de Lupe, porque se sentía culpable de imaginarse las mismas fantasías tremebundas con los senos de su prima Halina.

Cada situación embarazosa en el colegio se transformaba en una carta de Nicolás a Tadeusz: “Nos están enseñando computación. No entiendo nada. Hay que aprenderse un montón de comandos solo para cambiar de párrafo. Prefiero mi máquina de escribir. La estoy utilizando mucho estos días, para escribir una historia. Te la voy a mandar”.

Así le llegó a Tadeusz una fotocopia de su epopeya “No a los Mercados del Pueblo”. Era una novelita en la cual las instalaciones de su colegio privado eran confiscadas por las fuerzas estatizadoras del gobierno del país. El supremo padre director del colegio era forzado a vender paquetes de calzoncillos arcoiris –siete colores, uno para cada día de la semana–; y la sagrada biblioteca era transformada en carnicería. En la novela, alumnos y profesores se organizaban militarmente y conseguían recuperar el colegio, tras derrotar al gobierno estatizador.

A Nicolás la secundaria se le terminó sin cariño: “No te he contado sobre la fiesta de promoción, Tadeusz. Nada bueno. Unos amigos me chantaron a una compañera que se cambió de colegio. No era fea, pero engordó. Parecía un tamal. No lo supe hasta que la fuimos a recoger a su casa y ya no me quedaba otra. ¡Qué diferencia con Lupe! Le pedí a Lupe que me acompañe pero no podía. Ahora tiene enamorado. Al menos me emborraché. Ya se acabó el colegio, pero ahora comienza lo más jodido. ¿Te dije que me matriculé en una academia preuniversitaria? Queda lejísimos del barrio, tengo que levantarme a las seis de la mañana para llegar a la clase.”

Es que la Urbanización de los Ingenieros siempre estuvo lejos de todo; y Los Sanitarios fue aquella calle que daba risa encontrarla en las invitaciones y daba rabia nunca encontrarla en los mapas. Las tarjetas de cumpleaños de los Segura siempre estaban acompañadas por un pequeño croquis: aquí termina la Javier Prado, ésta es la avenida La Molina, ésta es la extensión de la Javier Prado, aquí está el edificio de la IBM, al frente de la IBM están Los Sanitarios. No servía de mucho: los invitados siempre se perdían.

Cuando se fueron los Duros a Estados Unidos, Cuki ya no cruzaba la calle para visitar a los Segura. Los inquilinos lo encerraban. Nicolás lo escuchaba ladrar detrás de la puerta, cuando partía por las mañanas hacia la academia preuniversitaria. Sin embargo, Cuki aprovechaba cuando la familia abría el garaje para fugarse. Corría infatigable detrás de los carros y las bicicletas que pasaban frente a su casa. Hasta una tarde fatal en la cual, ya viejo, creyéndose aún el dueño y señor de Los Sanitarios, Cuki salió disparado para corretear a un automóvil. Lo arrollaron y se dieron a la fuga. Solo le alcanzaron las fuerzas para arrastrarse hasta el borde de la pista. Con la autorización de los inquilinos, los tres hermanos Segura enterraron a Cuki debajo del ficus, bajo el mismo pedazo de tierra donde Nicolás contaba del uno al veinte durante los cumpleaños de Los Duros, mientras Cuki lo ladraba –tal vez sospechando ya, que se tramaba algo con Halina.

Poco después de la muerte de Cuki, en un avión desde Washington DC, apareció Cyprian, el menor de los Duros. Tadeusz lo previno a Nicolás en una carta: “Se ha peleado con mis papás. Le ha venido de golpe toda la rebeldía y dice que quiere terminar el colegio en el Perú, con sus amigos de la promoción”. Los inquilinos consintieron en que Cyprian viviera con ellos, por unos meses. Así que allí apareció Cyprian una mañana, cruzando Los Sanitarios. Con un metro más de estatura y con una barba roja y desordenada que le cubría la infancia y parte de su adolescencia. Venía tan ansioso por acoplarse otra vez a los usos peruanos, que en su primera semana en Lima se metió en el cuerpo una tifoidea de cebiche de carretilla que lo dejó delgadísimo. Aguantó bien la fiebre. La señora Segura le preparaba sopas nutritivas y ella con Diana iban a su casa llevándoselas. El doctor le prohibió el alcohol. Tres meses después, Cyprian estaba curado y se tomó sus tres primeras botellas de ron con Coca-Cola. Entonces se creyó inmortal.

Diana Segura tenía la misma edad pero ninguna de las libertades de su amigo. Aún tenía que escabullirse del cerco protector que sus padres montaban alrededor de la casa, asustados de que Diana ya tuviera media docena de pretendientes. Diana cruzaba Los Sanitarios sin avisarle a nadie, para interrogar a Cyprian, para que éste le explique en privado cómo era ese país del que regresaba –y ese universo de fotos con que Cyprian empapeló las paredes de su cuarto, donde él parecía una especie de rocanrolero hippie. Entonces Diana supo que Cyprian –a quien ella solo recordaba montado sobre una bicicleta de rueditas y vestido con pantaloncitos cortos– cultivaba en su habitación una planta mágica. El Duro le ofreció a Diana ser su chamán particular, en sesiones especiales para ver el pasado y mejorar el futuro. En estas reuniones secretas, los hijos menores de ambas familias aprendieron los secretos de la pubertad.

Esos días explotó la bomba. El grupo terrorista Sendero Luminoso no estaba muy contento con la rapidez con la que el gobierno de turno estaba desarticulando su organización. Así que decidió reventarles a los de la IBM, al frente de Los Sanitarios, un automóvil con 300 kilos de anfo y de dinamita. Tal como habían resistido muchos años atrás los embates de un gran terremoto, los muros de ambas casas probaron ser a prueba de bombas. Los que se desplomaron fueron todos los vidrios de Los Sanitarios y, durante algunos días, la ignorada calle estuvo en los mapas.

“Toda la ciudad de Lima pasó a curiosear”,  le contó Nicolás en una carta a su amigo Tadeusz.  “Me encontré con una compañera del colegio y con su mamá, en el centro de mi sala. Me dijeron que pasaban en el auto y se les ocurrió entrar a las casas a mirar. Un pedazo del motor se estrelló contra nuestra pared, hizo un forado, rebotó y estuvo botando humito un buen rato en el medio del jardín. La IBM no quiere pagarnos ni un sol, y Defensa Civil solo nos ha dado cinco planchas de triplay.”

La familia Durozowsky había soportado entonces otra bomba mucho más devastadora que la de la IBM. Tadeusz se lo contó a su amigo Nicolás en una carta: “Mi papá nos dijo que hace muchos años que tiene otra relación con una señora de Costa Rica. Se fue de la casa y ahora todo está de cabeza. Ryzard y mi mamá se regresan pronto a vivir en Lima. Nicolás, tengo que acabar este semestre, pero ni bien termine yo también me regreso al Perú.” A los señores Segura no pareció sorprenderles demasiado la noticia: ya sospechaban que en Costa Rica no había tantos árboles que salvar.

Nicolás había adquirido la costumbre de robarse la camioneta de su padre por las noches. Se iba a visitar a una noviecita chiclayana y flaca, medio poeta, que le tocaba guitarra y con quien cantaba nueva trova hasta el amanecer. Nicolás devolvía la camioneta por la mañana, apurado; y se escapaba hacia la universidad, para evitar los colerones de su padre y sus: “nunca necesité de un auto para enamorar a tu madre”. Hasta que uno de aquellos días, al amanecer, mientras metía la camioneta en el garaje, vio a Ryszard, el segundo de los hermanos Duros, parado al lado del ficus, fumándose un cigarrillo: era su primera mañana en Lima. También llevaba una barba rojiza y desordenada. Acababa de llegar a su casa desde el aeropuerto, junto a su madre. Nicolás dio media vuelta a la camioneta y se lo llevó para que reconozca la ciudad. Fueron a una cantina. “Mi viejo entenderá”, le dijo a Ryszard, mientras le explicaba el asunto de la camioneta robada.

Tadeusz, en unas cartas cargadas de condenas a la adolescencia y al sistema gringo, le había contado a Nicolás sus aventuras de dormitorio. Al parecer –según le confirmó Ryszard aquella mañana– era cierto lo que se veía en las películas: los chicos podían ingresar o salir de los cuartos de sus mujeres por las escaleras de incendios o colgándose de las ramas de los árboles. Nicolás, en otra carta, le confesó a su amigo que había perdido su virginidad en un prostíbulo, en el entretiempo de las clases de su academia preuniversitaria. También le contó, en dos cartas extensas, de su relación romántica con la poetisa chiclayana, confesándole a su amigo que allí donde él quería ir, su enamorada no lo dejaba llegar. “No me puedes tocar ni las tetas hasta que nos casemos”, le había dicho ella, cuando Nicolás se arriesgó y metió ambas manos debajo de su camiseta.

“Tadeusz viene a fin de año” le dijo Ryszard al depedirse, casi al mediodía, mientras Nicolás dejaba la camioneta en el garaje y se escapaba hacia la universidad.

Y así fue. Pronto llegó la carta de Tadeusz anunciando su regreso. Volvía con un bachillerato en antropología, ansioso por retomar la vida en su país. Nicolás decidió que el día de la llegada de su amigo, se robaría la camioneta para recibirlo.

Llegó la hora. Nicolás ya arrancaba la camioneta apurado cuando vio, cruzando Los Sanitarios, el auto de Los Duros. La señora le hacía señas. Ella no podía ir al aeropuerto a recoger a su hijo. “¿Quieres ir con ellos?” le preguntó, señalando el auto. Allí estaban Ryszard sentado al volante, Cyprian de copiloto y, en el asiento de atrás, con las manos cruzaditas sobre sus blue jeans bien apretados; y con el cabello largo y limpio amarrado en una colita, estaba sentada Halina.

En el aeropuerto, esperaron a Tadeusz apoyados contra la barandilla de las llegadas internacionales. “En el cuarto de Ryszard encontré una historia tuya sobre tu colegio. Me he reído mucho” dijo Halina. Nicolás notó que sus dientes frontales habían retrocedido y dejaban ver mejor la carnecita de sus labios. Sintió que la vida le daba otra oportunidad.

Llegó Tadeusz. Nicolás y su amigo se abrazaron con fuerza. Conversaron mientras caminaban hacia el estacionamiento y mientras encajaban su enorme equipaje, a la fuerza, en la maletera. Tadeusz le dijo que sus planes eran obtener un doctorado en Lima y ponerse a trabajar en algún proyecto de desarrollo social con las comunidades del campo. No quería irse del país. “El Perú está cambiando. Ahora hay futuro” dijo Tadeusz; y Nicolás asintió –pensando en la captura de los cabecillas de Sendero Luminoso y en los buenos indicadores económicos de fines del siglo XX.

En el auto en que regresaban al barrio de Los Ingenieros, Nicolás les sugirió ir a un bar, a tomar unos tragos y a brindar por el futuro de las dos familias en el Perú. A recordar los viejos tiempos de Los Sanitarios. “Tú dirás”, aprobaron Los Duros.

Y se fueron. En ese auto donde apenas si entraban. Ryszard manejaba, su hermano Tadeusz iba de copiloto –después de mandar atrás a Cyprian, a quien no le molestaba ceder el asiento a su hermano mayor si tenía la ventana para seguir fumando. Al centro iba Nicolás; y a su lado, pegadita, iba Halina.

**

Unos años después del regreso del mayor de los Duros; Nicolás, el mayor de los Segura, se largó del Perú. Consiguió –por intermedio de un tío metido en el gobierno– una beca para estudiar literatura una pequeña ciudad al este de los Estados Unidos. En ese lapso sucedió la primera gran crisis entre ambas familias: el señor Segura encontró a su hija Diana y a Cyprian besándose en el patio de la casa. Todo no hubiera pasado de una pequeña reprimenda, si el señor Segura no hubiera descubierto, escondido detrás de las cortinas de la sala, que el cigarrillo que Cyprian y Diana se pasaban entre beso y beso no era de tabaco. Botó a Cyprian de su casa. También se consiguió el teléfono de su padre en Costa Rica para gritarle en el auricular que su hijo menor no solo se había convertido en un borracho sino también en un fumón. “La borrrragcherrga y la fumaderrrga son cojudeces de adolescentes” dijo el señor Duro, pero el señor Segura le prometió, que si lo volvía ver a Cyprian rondando a Diana, no solo iba a golpear a su hijo; sino que se subiría al avión e iría a Costa Rica para “sacarte la mugre, porque además de ser un hueveras infiel, eres un padre irresponsable”. El señor Segura le encargó a Kike reforzar la vigilancia de su hermana Diana y le prohibió a toda la familia, –incluída a su esposa– visitar a los vecinos.

Desde los Estados Unidos, Nicolás entabló con su amigo Tadeusz una intensa correspondencia electrónica. Nicolás le contó a Tadeusz acerca de sus enormes dificultades para aprender el inglés; y de los trabajos de supervivencia que ejercía en Estados Unidos. “He sido parqueador de autos, mesero, lavador de platos, limpiador de baños y vendedor de ollas”. Nicolás estaba convencido: apenas terminara los estudios regresaría a Lima. Quería escribir una novela y dedicarse a enseñar literatura en una buena universidad.

La noche de su regreso, a escondidas de su padre, Nicolás Segura cruzó Los Sanitarios con una botella. Tadeuz lo abrazó con fervor. Conversaron a lo largo de la noche. Coincidieron en que estaban viejos pero en el fondo seguían siendo los mismos cojudos que crecieron frente a frente en la misma calle. Nicolás le pudo enumerar algunas experiencias con muchachas: sus escaleras de incendios y sus cuartos universitarios. Tadeusz mencionó de casualidad aquella vez en que él regresó al Perú y la tarde que pasaron en un bar, conversando acerca de su futuro. Nicolás reconoció que le daba vergüenza, pero que apenas si podía recordar lo que pasó. Terminó muy mal, vomitó toda la noche. “Halina está viviendo otra vez en Los Mineros”, dijo Tadeusz. Le contó que su prima había estado estudiando en Buenos Aires; pero que había vuelto para buscar trabajo en Lima.

–No se ha casado ni tiene enamorado ¿Por qué no la visitas? En ese bar estuviste abrazándola todo el tiempo ¿De verdad no te acuerdas?

**

Y era cierto que la abrazaba. Como si pretendiera reconstruir el rompecabezas del tiempo perdido, Nicolás les contaba a Los Duros detalles de sus fiestas de cumpleaños: cuando jugaban juntos a las escondidas y su pecho latía contra el tronco del ficus. En esa mesa del bar, entre brindis y brindis, cada cual más efusivo, Nicolás les recordaba sus aventuras en bicicletas; les hablaba de la despedida en el aeropuerto, del dolor que sintieron los hermanos Segura haciéndole adiós al avión en que se marchaban a Washington DC.  Nicolás casi lloraba cuando les confesó a sus amigos cuanto le habían hecho falta, que la vida en esos años no fue la misma sin ellos. Que fueron muy tristes los funerales de Cuki. Y después, unos segundos antes de enterrar la cabeza entre sus brazos y quedarse dormido, pasó los dedos entre los cabellos limpios de Halina, la besó en los labios y le ofreció que escribiría, dedicándosela a ella, una nueva historia. Le dijo que la llamaría “Los Duros”. También le prometió que, apenas la terminara, la iría a buscar. Y que entonces, venciendo el miedo, la invitaría a salir.

¿Sabes que yo le puse el nombre de Cuki? dijo Halina.

Nicolás recuperó el aire. Las calles del barrio seguían en silencio. A ella se le veía más bonita. Más mujer.

–No tenía ni idea.

–Mis primos tenían una sarta de nombres horribles: Mercurio, Burbuja, Lobo (¿puedes creerlo?) Cuki era el nombre del perrito de mi papá, antes de que nos mudáramos a este barrio. Soy muy buena poniendo nombres. Y apodos también.

–No me digas

–¿Quieres que te diga cuál era el apodo que te puse a ti? Te lo puse por esa época en que te la pasabas rondando por la calle frente a mi casa, montado en tu bicicleta. Eras todo un espía.

Nicolás sintió que su rostro enrojecía. Y supo entonces, con una vaga certeza de escritor primerizo y romántico, que la historia de los Segura y los Duros –después de tantos años y de tantas vueltas– tendría final feliz.

El Restrepo

Camino al Sur. El Restrepo es un barrio con cierto aire a zona industrial. Las calles son como figuras geométricas y en una de aquellas,  angosta, se apiñan los hoteles escondidos, las puertas de entrada a rinconcitos y garajes.

«10,000. 3 horas» dice un cartel en uno de los edificios. Aceptamos. No nos hacen preguntas, solo nos extienden una llave de  habitación en el tercer piso. Por un megáfono se anuncia que estamos subiendo. Tal vez es un tema de seguridad.

«Estense listos» dicen. Limpian los trastos. Y entonces ella hace un movimiento entusiasmado con los dedos (juega con ellos) y con los ojos.

Era un cuarto pequeño. Una cama grande con sábanas que parecían no estar tan limpias.  En el televisior programaban una película que solo se podía ver en las habitaciones del hotel. Porno del peor. Eran dos morenos obesos: obesos como yo. Me miro en el espejo mientras ella se coloca de espaldas para que yo me deshaga de su brassiere.  Y entonces me río. Como un gran tonto, intentando encontrar una frase que se ajuste al momento.  Y me hundo en ella. En El Restrepo.

De aquella vaga memoria solo me queda firme, la espléndida imagen de tu rostro encendido mientras tus caderas se movían; y la de tu silencioso duchazo antes de irnos.

El bodeguero asesino

Coiman en Entreviñetas en Colombia

Estos son las dos de mis historietas que participarán en setiembre en la exposición «Entreviñetas» en Colombia, con el fanzine Carboncito llevando la bandera del comic peruano. Hagan click en las imágenes y compartan conmigo el enorme placer de ser Resinas. Gracias…totales.
Coiman en NYC

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