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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

La ciudad y el mar

Este es el artículo publicado esta semana en mi blog de FronteraD

The cure for anything is salt water. Sweat, tears, or the sea»

Isak Dinesen

Una tarde creí ver el mar en Madrid. Era junio y yo deambulaba cerca de un castillo donde mi guía decía que vivía el rey. Al lado se veía una gran cantidad de cielo y yo, ingenuo, mal acostumbrado al paisaje limeño, le dije: «Ahí tiene que estar el mar. Ahí debería de estar el mar». Aquella noche, en una disco cerca de Lavapiés, discutimos aquella sensación. «Jamás podría vivir en una ciudad lejos del mar», me dijo ella. Y coincidimos, tal vez tercermundistamente, que incluso en los días más ajetreados de nuestra experiencia limeña, saber que el océano estaba a un paso, así solo fuera para observarlo, hacía más llevaderas nuestras vidas.

Nueva York está rodeada por el mar. Sus residentes han conservado espacios que aprovechan la cercanía de la metrópolis al agua. Es cierto que la mayoría de postales representan a Newyópolis en complicidad con el Hudson –ese río de proporciones amazónicas que sube y baja desde la zona montañosa de los Adirondacks–; pero el agua del Atlántico alimenta a este río que los primeros exploradores españoles bautizaron alguna vez como San Antonio. Además, las playas de los neoyorquinos no son dulces.

Mis primeros veranos, cuando dependía de los vehículos de parientes, la experiencia playera consistía en expediciones  de muchas horas hacia Long Island, en las afueras de la metrópoli. Allí están las arenas más visitadas: Jones Beach y Long Beach, cuya popularidad transforma al tráfico del fin de semana en un infierno. La cerveza debe ser consumida a escondidas, y la comida debe ser protegida de unas gaviotas gordas como puercos que deambulan alrededor de los cientos de tachos de basura colocados cada veinte pasos sobre la arena. Sin embargo,  al conocer mejor las rutas del tren subterráneo, mi oferta playera se amplió: cuatro de los cinco barrios que conforman Nueva York tienen arenas que moja el Atlántico.

La más conocida es Coney Island, en la punta sur de Brooklyn. Antes de la invención del automóvil, este era el único destino veraniego de los neoyorquinos. Aún quedan vestigios de su vieja gloria. El viento y las llamas se llevaron a los lujosos y colosales hoteles a la medida de las ambiciones del país; pero aún están allí tres de sus principales atracciones, que reciben cada verano a la sudorosa marea de visitantes: los juegos mecánicos –incluyendo al Cyclone, la primera montaña rusa–; el maravilloso Acuario de Brooklyn, y el restaurante donde los americanos dicen haber reinventado el hot-dog: Nathan’s, que cada 4 de julio revive su fama cuando un grupo de trogloditas compiten para ver quien es capaz de embutirse más salchichas en la boca.

Muy cerca de Coney Island, a poco más de media hora de caminata, está mi playa favorita: Brighton Beach. Es el balneario tradicional de los inmigrantes rusos. Cuesta creer que estando tan cerca de Coney Island sea una playa tan distinta. Coney Island es ruidosa y muy juvenil. Brighton Beach es familiar. Lo que más abunda en Coney Island son jóvenes retozando en la arena. Allí el sexo es un elemento que vibra en el ambiente. Sobran las miradas lascivas. Brighton Beach, al menos en mi experiencia, es más calmada. Lo que abundan son familias: abuelas rusas muy gordas, padres de familia panzones, criaturas que saltan en el agua. En Brighton Beach podía leer un libro y escuchar el mar. En Coney Island era imposible alejarse lo suficiente de los muchachos con equipos de radio o gargantas a todo volumen. En invierno, ese paisaje es  muy distinto. Ver la arena de Coney Island cubierta de nieve, con la sombra de sus parques de atracciones silenciosos, es todo un espectáculo.

Un verano me doblé el tobillo. Coincidió con la primera visita de mis padres a mi pequeño departamento en el Bronx. Les anuncié que visitaríamos una parte de la ciudad donde se reposara y no se tuviera que caminar (Ambos estuvieron de acuerdo. Sus anteriores visitas –al Nueva York turístico– estuvieron cargadas de subidas y bajadas por las escaleras del subway, y por caminatas de muchas horas entre calles y parques, no muy condescendientes con sus piernas sexagenarias). Además de Coney Island y Brighton Beach, llegamos en un bus hasta Orchard Beach, en el Bronx, una paradisíaca frontera con el mar, que la población hispana convierte cada fin de semana en una fiesta, llena de sabores tropicales, salsa y bachata. También fuimos en el tren, cruzando una bellísima zona de pantanos, hasta Far Rockaway Beach, en Queens. Es una playa de aguas turquesas, de arena blanca entre las que se puede ver a los cangrejos cavando hoyos. A esta playa hay que llegar de día, pues está muy cerca de barrios peligrosos. Se puede llegar sin cruzarlos, pero nosotros, novatos, tuvimos que caminar por una calle de casas abandonadas, sin puertas ni ventanas, con sus habitantes desarrapados, con la mirada rojiza y perdida, que nos observaban mientras deambulaban como zombis, bien abrigados en el calor del verano.

El barrio menos conocido es Staten Island. Los neoyorquinos recomiendan a los turistas subirse al ferry gratuito que conecta a ese barrio con Manhattan, solo para ver de cerca la Estatua de la Libertad. A llegar a Staten Island hay que bajarse del barco, darse una vuelta de un par de minutos por el terminal y tomar el ferry de regreso. Nunca había puesto los pies afuera del terminal, hasta que se nos ocurrió ir a South Beach, una preciosa playa de arenas rojizas, de apariencia muy familiar, con un malecón menos bullicioso que el de Jones Beach y con impresionantes vistas del puente Verrazano y la costa de Brooklyn.

A más de dos horas de la ciudad, queda una franja de playas que recién descubriría años más tarde gracias a la relación con la familia de mis esposa: los Hamptons. La surferísima Montauk y otra docena de pueblos ubicados en la punta de la Isla Larga (Long Island) fueron en algún momento el paraíso de pescadores y de balleneros. Durante el siglo XX se transformaron en lugares privilegiados para el veraneo de las familias más acomodadas de Nueva York. Allí se mudan en los meses de verano muchos artistas y millonarios (la familia de mi esposa, lamentablemente, no es ni lo uno ni lo otro). Alguna vez, aquí pasaron el verano Los Beatles. Paul McCartney aún mantiene una residencia frente al océano. Aquí se prometieron amor eterno los divorciados Alec Baldwin y Kim Basinger. Billy Joel le ha dedicado algunas canciones a esos territorios; y John Steinbeck se refugió al lado de esas playas para escribir algunas de sus novelas. Los Hamptons tiene un encanto que proviene de que los habitantes han sabido conservar su paisaje semi salvaje, protegiendo a las especies animales que aún se reproducen y caminan con libertad por la zona. No es dificíl tropezarse con una tortuga o una familia de pavos salvajes cruzando las pistas, ni que decir de los venados. Los pobladores también han conservado, con sacrificio y mucha lucha, una rica tradición granjera; y aún quedan extensos terrenos dedicados al maíz, papas, viñedos, entre otros cultivos. Los millonarios del verano, a quienes los habitantes locales detestan, pues encarecen los precios y malogran el tráfico; conviven y comparten con los lugareños estas magníficas playas con vista hacia el Atlántico.

Esta semana calurosa, mientras observaba una zona protegida para las aves (East Hampton ha decidido mover sus tradicionales juegos artificiales del 4 de julio al mes de octubre para que no perturben el período de incubación de una especie de aves en peligro de extinción); al lado del cual tomábamos el sol yo y otros bañistas, pensaba en esta combinación del mar y la salud, en esa famosa frase de Dinesen que he puesto en el epígrafe. Es cierto: existe una estrecha relación entre la salud y el mar.

Y recordé otra vez aquella ocasión en que creí encontrar el océano en Madrid. Lo siento por ustedes madrileños, no sé como pueden. A mí tampoco me gustaría vivir lejos de él.

Lo salvaje

Christopher McCandless recorrió Estados Unidos y México sin dinero y sin documentos, leyendo a Thoreau, Jack London y a Boris Pasternak. Esta foto fue encontrada en su cámara, sin revelar, por unos cazadores que encontraron su cuerpo, dos semanas después de su muerte, entre los bosques de Alaska.

¿Cuántas razones tenemos para no conocer el mundo? Pocos seres humanos se dan el lujo de recorrer las trochas de lugares considerados exóticos, o de deambular por valles que no figuran en el mapa, compartiendo noches con las estrellas, pasando hambre con la ilusión de guardar algún dinero para llegar más allá, para vivir la próxima aventura.

Para algunos de nosotros, la próxima aventura es una entrada apurada en una oficina o en un salón de clase, una cadena de minutos que se suceden desde la hora de entrada hasta la hora de salida. Para otros, aventura es conocer. Perderse entre gente a la que jamás hemos visto, vivir algún tiempo sin ningún plan, dejar que esa gelatina que une a cada parte de lo que existe en el universo nos envuelva y nos haga sentir parte de un todo gigantesco, de un organismo único compuesto por individuos, por naturalezas, y por espacios distintos.

El deseo de conocer nos lleva a conocer. Y nada puede reemplazar a esa sensación de estar allí. Lo sabes tú también. Aquello que aprendió Thoreau viviendo al lado de una laguna en New England o Christopher McCandless en su viaje de descubrimiento hasta Alaska, no lo podrás comprender del todo ni aún leyendo varias veces Walden, ni repasando una y otra vez las escenas de Into the Wild. Cada una de esas historias pertenece a sus protagonistas. Ellos sacaron de aquellas experiencias enseñanzas, que les permitieron lidiar con sus propios conflictos y obsesiones. Lo que sí se puede encontrar muy claro en ambos casos –y en el de muchos otros que antes y después de ellos vivieron aventuras parecidas– es que gran parte de la felicidad de esa experiencia es compartirla, así sea solo para servir de guía y motivar a que otros individos –tal vez más jóvenes o más temerosos del mundo– se animen a vivir sus vidas, y a no dejarse vencer por la falta de dinero o esas otras miles de razones que uno se pone para no agarrar una maleta y viajar por el mundo.

Se puede ser feliz estando solo. Se puede ser absolutamente feliz sin tener un centavo en el bolsillo y sin saber qué depara el siguiente día. Se puede vivir a plenitud y encontrar respuestas a preguntas trascendentales que jamás nos enseñará un libro o una película. Un hombre puede reinventarse y dejar por algún tiempo la sociedad.  Puede también encontrar la paz en un espacio sin demasiadas reglas ni trabas: un mundo que aún existe, que sigue allí, esperándonos.

Filmes de junio

De la película The Book of Eli, me queda la idea–ya bastante trabajada– de un libro que es capaz de ser usado como arma y herramienta de poder ¿Qué otra cosa ha sido sino la Biblia en la historia de Occidente? ¿O el Corán entre los musulmanes? Mircea Eliade escribe en su Historia de las religiones sobre cómo las profecías de Mahoma fueron utilizadas por  los jeques del desierto en su propósito de unificar al mundo árabe; igual que la Biblia sirvió a los europeos para colonizar y mantener a raya a quienes dudaban de la autoridad de los reyes.  En el futuro post apocalíptico de esta película, al no haber libros sagrados, destruídos por alguna mente lúcida ( harta o tal vez  iluminada) el poseedor del libro sagrado tendría el poder de reinterpretar el mundo y de imponer su versión en los demás «Está escrito en El Libro» ¡Qué frase tan poderosa!¡Cuántas empresas titánicas y cuantas otras horrorosas le deben su inicio y su conclusión a esta sencilla oración.

Denzel Washington es un actor versátil. Su actuación sobria, como casi siempre, deja que la mirada se centre en otros aspectos de la historia, que el espectador se ablande de a pocos con los detalles de la barbarie de la guerra nuclear, imaginando la perspectiva de un mundo poblado por ancianos caníbales amantes de la radiola; o que desmenuce a Gary Oldman, ese actor al que todos odiamos desde que supimos que era tan imbécil como para ganarse la enemistad de Winona Ryder.

El universo de Juno–la primera película que pude ver en un flamante equipo BluRay–,  descansa sobre todo en los diálogos frescos de la muchacha que es dueña de la ironía y del corazón tierno. A todos nos gustaría manejar un sentido del humor como el que la guionista Diablo Codi pone en labios de su personaje femenino. El embarazo infantil es un pretexto para enseñarnos a una mujer muy inteligente con un coeficiente de coquetería más peligroso que Lolita. Juno seduce con su sentido común. Lo único que no pareciera tener sentido es que se fijara en el nerd de Michael Cera.

Una película que me parece que carece de todo sentido común es DejaVu. Nada salva de la catástrofe a este filme que solo se apoya en la simpática idea de un aparato capaz de permitirnos viajar en el tiempo. Las relaciones entre los personajes son vagas, hay hilos de la trama que quedan en el aire, como si la guayabera al viento de Denzel Washington fuera capaz de camuflar los graves errores de guión.

Dos filmes predecibles, sin muchas pretensiones pero bien logrados: The Great Debaters e Invictus. En el primero, Denzel Washington convence a un grupo de pupilos de una universidad para muchachos negros, a medirse en un debate con los imbatibles gigantes de Harvard. En Invictus, Morgan Freeman personifica a Nelson Mandela, demostrándole a sus paisanos que para curar las heridas del appartheid no hay que mostrarle el puño cerrado a los blancos. El filme, que  al igual que The Great Debaters está basado en hechos y personajes reales–destaca el papel de Mandela en la obtención del mundial de rugby para Sudáfrica, y cómo esta victoria fue el símbolo de su esfuerzo por unir a los blancos y negros de su país.

La isla y los libros

Esta semana he publicado esta entrada en mi blog NEWYÓPOLIS en FronteraD. Trata sobre la experiencia de leer en la ciudad de Nueva York.

Foto por PerrySt-Flickr.

Un libro viejo mirándote desde un escaparate. ¿Cómo resistir la mirada de un libro viejo que uno quiere leer? Ese libro viejo te mira y entonces ¿qué más puedes hacer? De niño fui un mal lector. Le he echado la culpa al dinero escaso, pero la verdad es que mis aficiones literarias en Lima se redujeron a las recomendaciones de uno que otro amigo, a títulos que pescaba en la televisión o en alguna película. Fui un pésimo lector. Pasé de Julio Verne a Gabriel García Márquez y me conformé con una que otra novela de autores latinoamericanos. Me entusiasmaba demasiado Alfredo Bryce Echenique. No sabía leer a Borges. Nunca leí a los griegos ni a los latinos. Ya en Nueva York cometí la estupidez de preguntarle a un amigo que me hablaba de Esquilo «¿Los dramas se leen?»

Pero en Nueva York, con libros viejos y baratos en cada barrio ¿cómo no hacerle caso a los libros? Esta es una ciudad donde basta tener un poco de tiempo libre para disfrutar el día tumbado al lado de un ventanal, leyendo en librerías de anaqueles bien surtidos (No como en Lima, donde abres un libro y un empleado corre a pedirte que pases por caja antes de osar leerlo) En esta ciudad de millones de impacientes lectores, quedan aún librerías suficientes, pequeñas y grandes tiendas desperdigadas en sus diferentes barrios. Pero la madre de todas ellas, el paraíso de los libros usados, es Strand.

La primera vez que entré a Strand fue a un local que ya no existe, en Fulton Street, cerca del puerto de Manhattan y en pleno centro financiero. Una banderola roja flameaba en la entrada y sus «18 millas de libros» (ese es el eslogan de la tienda), parecían haberse apoderado de cada rincón. Era un local húmedo, inapropiado para tanto papel amontonado. Poco tiempo después se abrió el renovado segundo piso del ahora único local, a dos cuadras de Union Square. Strand es una librería modelo, siempre está abarrotada de gente. Cada vez que entro en ella me vuelve la fe en esta ciudad: en Nueva York aún leemos. En esta metrópoli apurada aún es posible entablar discusiones literarias con alguna persona en el tren subterráneo, aconsejar a un extraño tal o cual libro, tomarnos un café mientras preguntamos con amabilidad al vecino, o al pasajero que lee concentrado en el bus ¿qué tal es ese libro? Recuerdo a una enamorada judía, a la que abordé en un restaurante de esos que abren 24 horas, después de la medianoche, para decirle que me gustaban sus bucles pelirrojos. Después de una sonrisa de agradecimiento, ella me soltó su primera pregunta, mirando la edición de tapa blanda de la novela–comprada en Strand–que yo apretaba contra mi sobretodo: «¿Estás leyendo a Faulkner?» Era su autor favorito.

Ahora observo los libreros de mi casa y el signo de Strand está en muchos de esos tomos que el amor por la literatura me ha obligado a adquirir (¿Cómo resistir la mirada de tantos libros hermosos?) Son libros que fueron comprados a menos de la mitad del precio original, a veces con la ventaja de alguna nota conveniente de un buen lector, y en ocasiones con la dedicatoria de un padre cariñoso, un buen amigo o un amante. Allí están mis tomos de tapa dura de la Everyman’s Library: allí leí a Joyce por primera vez. También los cuentos de Rudyard Kipling–qué magnífica experiencia la lectura de The Man Who Would Be King–y las obras completas de Oscar Wilde–difícil resistir la carcajada con The Importance of Being Earnest. En esa misma colección, comprados a menos de ocho dólares, vino Mrs. Dalloway y To the Lighthouse, la imprescindible novela de Virginia Woolf. El enriquecedor diario de Mircea Eliade vino de los anaqueles de Strand, igual que The Sacred and the Profane. También la autobiografía de Ingmar Bergman, The Magic Lantern; y la biografía de Emir Rodríguez Monegal sobre Borges. Hay mucha poesía (Keats, Heaney, Lee Masters, Matthew Arnold, Auden, Plath) y libros que me iluminaron la vida: Macbeth en la edición de la Signet; The Complete Plays of Sophocles editado por Moses Hadas; las traducciones de Dryden y de Allen Mandellbaum de The Aeneid y la de Maude de War and Peace; y History of My Life de Giacomo Casanova (el tomo 1 y 2) De allí también salieron mis libros de ensayos de Eliot, de Pound, de William Carlos Williams; y esa interesante guía por el universo de la buena literatura que Harold Bloom me autografió una tarde con letra tembleque: The Western Canon.

En alguna página de las obras completas de Borges, saboreé hace tiempo un ensayo donde Emanuel Swedenborg pronosticaba que el paraíso prometido por Dios es un espacio para que conversen las almas de quienes fueron buenos lectores en vida. Gracias a mi experiencia en Nueva York, a sus libros usados y a Strand, creo estar cada vez mejor preparado, por si alguna vez me toca llegar a esa eterna tertulia celestial imaginada por el iluminado Swedenborg.

Lunes otra vez

Tendremos en Palacio de Gobierno en Lima, a partir del 28 de julio, a un presidente de izquierda. Con asesores de izquierda y con masivo apoyo popular (en algunas regiones más pobres más del 70% de los votos)

Ahora veremos si ha llegado a la presidencia solo un aventurero o es que la izquierda peruana aprovecha su oportunidad de incorporar a la sociedad y a la economía a los que nada tienen, acortando las brechas sociales. Que no deje de promover la inversión extranjera, pero modificando las leyes laborales para que todos los peruanos tengan un trabajo digno, con leyes justas y estabilidad laboral. Ahora veremos que tanto de Lula da Silva tiene Ollanta Humala.

A trabajar por el Perú, a buscar puntos de concertación. A vigilar a los que se suben al carro con oportunismo, a los que siempre entran a robar. El pueblo peruano no se ha equivocado. Entre la hija de un dictador y el cambio, ha escogido el cambio. Esperemos que el cambio sea lo que necesitaba nuestro país.

Yo tu hermano, tú mi hermano (lista de intenciones para los votantes de Keiko Fujimori)

Lago Titicaca, Puno/ Por Patty Mc. The Virtual Tourist

Hay una buena posibilidad de que en las elecciones por la segunda vuelta, en junio, la candidata Keiko Fujimori sea elegida como presidenta del Perú.  En otros dos artículos he considerado por qué me parece que entre ambos candidatos ella es la major opción. Por otro lado, desde entonces hasta hoy, han aparecido signos muy preocupantes de lo que podría ser un gobierno al estilo fujimorista. O mejor dicho: de Keiko Fujimori gobernando un país que aún no ha madurado políticamente.

Amigos y compañeros, personas preocupadas por el futuro de un país al que quieren y al que quisieran ver siempre mejor, desde sus distintos puntos de vista, me han manifestado sus problemas respecto a la idea de Keiko Fujimori en el poder. Los más obvios: que la gente corrupta e inmoral que nos gobernó entre 1990 y 2000 vuelva a tomar el poder y vuelva a creer que el Perú es propiedad privada de los pocos hombres y mujeres del entorno de Keiko Fujimori y de su padre; también, que un gobierno de tendencia de derecha y defensor de un modelo económico liberal, se olvide de los graves problemas sociales que nos han conducido, otra vez, a esta encrucijada política de votar por dos de los candidatos con más interrogantes sobre sus cabezas y con más anticuerpos entre la población.

Considero que las propuestas económicas de Ollanta Humala no podrán ser aplicadas por Ollanta Humala. Y sin embargo, comparto sus más graves críticas al modelo económico: existe el riesgo de estar construyendo un país para unos pocos, de olvidarnos de la palanca central de cualquier desarrollo sostenido: todos los peruanos.

Sin embargo nacionalizar, estatizar, repartir, son palabras que en lenguaje peruano han significado siempre problemas, al menos en la práctica. Velasco lo intentó y fracasó. Alan García hizo una payasada de su discurso de dignidad nacional frente a la deuda y los organismos financieros.  Aún recuerdo las confesiones, que escuché siendo niño, de la boca de cierto individuo que tenía contacto con mi familia; él afirmaba, riéndose, que los tractores de cierta cooperativa en el norte, nacionalizados por el gobierno velasquista, fueron subastados para su beneficio personal y el de los otros profesionales asignados a cooperativizar una empresa privada que generaba millones de dólares y que el gobierno velasquista mandó a la quiebra. Y me imagino que historias como aquella hay miles. Los vivazos, los pendejos, los comechados, los felpudinis, son los que copan posiciones importantes en gobiernos «nacionalistas» estatizantes; y las buenas intenciones se convierten en escándalos de corrupción amparados por el estado.

Y discrepo con quienes comparan al ex presidente Ignacio Lula da Silva con Ollanta Humala. Lula era un candidato 100% de izquierda, sus cambios ideológicos no fueron jamás tan graves y peligrosos como los de Ollanta Humala. Lula se formó y trabajó entre la clase trabajadora. Los miedos de la derecha brasileña eran por su posición izquierdista, los miedos ante Ollanta Humala nacen ante su incoherencia en los papeles que ha jugado antes de ser candidato (además de haber sido formado con las ideas trasnochadas, retrógadas y racistas de su padre, a las que solo ha rechazado cuando vio que le impedían llegar a ser presidente): militar dado de baja, traicionando–luego de haberle jurado lealtad–al gobierno de Alejandro Toledo; y admirador del modelo nacionalista de Hugo Chávez.

Lula vivió la política y defendió sus ideas desde sus inicios como sindicalista radical hasta sus años de mandato como presidente de Brasil. Con Ollanta Humala me queda la duda, a mí al menos, si todo su discurso no es solo una estructura endeble, diseñada con el único objetivo de conseguir el poder. No hay coherencia entre las diferentes posiciones que ha asumido en la vida política reciente. Cuando ha debatido sus posiciones han sido vagas, sus ideas también; tan vagas que las ha ido modificando, enrumbando, como si no fueran principios sólidos. Yo quiero y creo, con firmeza, que el Perú necesita un BUEN PRESIDENTE DE IZQUIERDA.  Pero Ollanta no es un buen candidato de izquierda, es un injerto de intenciones buenas con un discurso político muy endeble. Un buen presidente de izquierda para el Perú tiene que ser otra persona, no un caudillo improvisado como Humala.

El Perú necesita un estado pequeño, vigilante; y empresas privadas grandes. Esa es la garantía del desarrollo. Resalto lo de vigilante porque esa es la principal tarea de cualquier gobierno que salga elegido en la segunda vuelta. Deberá vigilar que los poderosos no se agarren más de lo que les corresponde, que los fascinerosos con dinero no abusen de los pobres sin voz.

Un estado que distribuya. A manos llenas, sobre todo en educación. Con criterio técnico. Priorizando una educación de primer nivel, sobre todo en las regiones donde la educación es peor. Descentralizar la educación superior. Cargar con más impuestos a las universidades instaladas en Lima y darle incentivos tributarios, grandes beneficios, a las universidadas que abran sus campus y sus laboratorios en otras ciudades del país. Los estudiantes de educación superior necesitan ver otra realidad que la de Lima. Pero eso no puede ser regulado por una ley desde el estado. Existen organismos internacionales y préstamos para educación. Empezar una campaña agresiva de educación: liberal, científica y técnica. Allí el estado puede ayudar distribuyendo beneficios tributarios y también invirtiendo la mayor parte del canon minero o exigiendo a las empresas mineras que sus contribuciones sean mayores, para construir mejores escuelas. Se debe aprovechar la experiencia de instituciones educativas de primer nivel para hijos de trabajadores extranjeros, que funcionan en los enclaves mineros: esa misma educación se les debe dar a TODOS los niños de la zona. El estado puede exigir, colaborar, o simplemente vigilar para que el grueso de los impuestos pagados por las compañías mineras sea gastado en escuelas y universidades. Los profesores, egresados de universidades privadas y nacionales limeñas, después de recibir certificados de su calificación, deberían recibir fuertes exoneraciones tributarias para que se disputen la enseñanza en escuelas y universidades en zonas alejadas de la capital. La enseñanza fuera de Lima, de esta manera, se convierte no en un sacrificio sino en una opción de trabajo con beneficios económicos.

El estado debe invertir mucho dinero en infraestructura educativa en provincias. Es la única manera de avanzar.

Ahora, a los votantes de Keiko Fujimori: si ella sale elegida, si no se concretan en las urnas las peores pesadillas de quienes votan por Fujimori, no por convicción, sino asustados por el peligro de un gobierno de intervencionismo estatal a lo Hugo Chávez; les quedan pendientes varias tareas. Primero, la de no ser cómplices. ¿Cómo se puede ser cómplice de un gobierno fujimorista? De distintas maneras:

1. Ignorando que los medios de comunicación peruanos son apostadores, que velan solo por sus intereses y que son subjetivos pero quieren dar la imagen de objetivos.  El mejor ejemplo han sido los videos de Ollanta Humala en Madrid, groseramente editados por Frecuencia Latina; o algunas de las primeras páginas de El Comercio.

En Estados Unidos los medios endorsan a un candidato y ya sabemos a quien defienden y nos atenemos a eso cuando los consumimos. En Perú, tanto El Comercio como los canales de televisión, deciden a quien van a darle su apoyo en cerradas sesiones de directorio, y luego nos venden sus informaciones sesgadas, viéndonos la cara de imbéciles, haciéndonos creer que son 100% objetivos. Solo defienden sus intereses y algunas veces distorsionan la verdad con descaro.

Respeto a los periodistas objetivos, a los que tratan de serlo, que también los hay en el Perú. Y respeto también a los periodistas subjetivos, como Jaime Bayly, que siempre ha sido enemigo del autoritarismo y la prepotencia de Hugo Chávez y simpatizante de Keiko Fujimori. Él tiene su público y si quiere darle a su público su punto de vista y no lo disfraza como «objetividad», ése es su derecho. Y el simpatizante de Humala tiene derecho a no verlo y a criticarlo. El problema está en noticieros como el de Canal 2 que «juegan» a informar imparcialmente y tienen una línea editorial que no repara en manipular, disfrazar, con tal de atacar al candidato Humala. Además, manipulaciones descaradas como la de El Comercio o Frecuencia Latina no sé si beneficien a su candidata en las elecciones. La rápida distribución de la información a través del Internet desenmascara estos trucos con gran rapidez y el votante puede sentirse asqueado, como me he sentido yo, después de ver como se manipularon las imágenes de Ollanta Humala en Madrid para hacernos creer que él era simpatizante de  Sendero Luminoso.

2. Se puede ser cómplice del fujimorismo, creyendo, si es que Keiko Fujimori gana, que todo en el Perú está mejorando. Que los Wongs de Asia o el último mundial de surf son símbolos de progreso. Si el votante de Keiko se sube otro verano a su cuatrimoto o ve la playa desde la sala con pisos de mármol de su casa y piensa que el Perú es un país con futuro: no solo es un cacaseno, también es cómplice de que el Perú jamás alcance los estándares de vida de Chile ni de otros países desarrollados.

3.Se es cómplice de un modelo económico equivocado si no pensamos TODOS LOS DIAS en los peruanos que viven en la pobreza extrema.

4.Se puede ser cómplice, si al pensar en comprar un auto nuevo para la familia o en un viaje al extranjero, no pensamos en los millones de peruanos que apenas si pueden adquirir comida, que ni siquiera pueden soñar en comprase un pequeño auto o darse el gusto de viajar en automóvil por el Perú.

5. Se puede ser cómplice de un gobierno injusto, si apoyamos la desigualdad social en nuestra casa, asignándoles a las empleadas de servicio más tareas de las que su sueldo vale. Si pagamos sueldos miserables o creemos que ese mesero que nos sirve la mesa no tiene también derecho a gozar de beneficios económicos, a tener un sueldo justo, a poder ahorrar para comprarse un automóvil o mandar a sus hijos a una buena universidad.

Somos un país de hermanos peruanos. Tenemos distintas ideas y distintos fervores políticos. Lo que para unos es imperdonable, para otros se puede excusar si aquello conduce, al final, al bien común. Pero de lo que nadie podrá disculparnos  es de transformarnos, después de las elecciones de junio, en cómplices de un gobierno que beneficie solo a unos pocos y no a todos los peruanos.

Newyópolis

Ilustración original de FronteraD para el blog Newyópolis.

A partir de esta semana empecé a escribir una página-blog para la revista madrileña online FronteraD. Se llama Newyópolis y es una bitácora de experiencias vividas en esta ciudad que si a veces duerme lo hace bien caleta para que nadie se de cuenta. Esta es la primera entrada, publicada hoy. Se llama El nuevo idioma. Espero que les guste:

En una plataforma de la estación Times Square tuve mi primer gran encuentro con el subterráneo. Era mi primer día de clases de inglés intensivo en Nueva York. Ahí estaba yo, dudando en subirme o no a ese ruidoso tren con un número 1 al frente, cuando se abrieron las puertas y vi gente. ¿Cómo averiguo si va “uptown” o “downtown”? ¿Cómo se dice en inglés lo que yo quiero preguntar? pensé. En un impulso, dirigiéndome a un muchacho que viajaba aferrado a un pasamanos, le pregunté en castellano: ¿Va a la 34? y el muchacho me respondió “Sí, sí va” con perfecto español y amable acento de México.

Recuerdo haber experimentado una sensación de alivio. Pasara lo que pasara, el idioma que yo manejaba me iba a servir de herramienta en esta nueva ciudad. Y así se los digo a mis amigos que me visitan de vez en cuando, o a las tías que temen perderse en los laberintos turísticos del tren subterráneo: “Si necesitas ubicarte, mira alrededor. Siempre hay alguien que habla español”. A mi padre no tuve jamás que sugerirle nada, pues él, con desparpajo, se lanza a preguntarle en español tanto al chino del restaurante de Chinatown como al polaco de la bodega de Astoria. A veces tiene suerte y recibe una correcta respuesta en ese idioma, otras veces recibe una sonrisa de ignorancia y de vez en cuando un “no hablou espaniol” como excusa. Pero él no desespera y pasa a su siguiente víctima hasta que alguien lo entiende y le responde. Si hablas español no puedes perderte en Nueva York: Ciudad Gótica se ha castellanizado.

Casi once años después de aquella primera experiencia en el subterráneo, esta semana vi a mis estudiantes sufrir en un examen de conjugaciones: pretéritos perfectos e imperfectos. Era una prueba solo con verbos regulares. Sin embargo, para  algunos de ellos, esas palabras parecen ser acertijos indescifrables.

Mi clase está compuesta por estudiantes que provienen de familias hispanas pero que han nacido y crecido en Nueva York. Les menciono los viajes que podrían hacer a ciudades interesantes como Buenos Aires o México DF. Les enseño imágenes de lugares que podrían visitar, como el barrio de La Candelaria, como las pirámides de Chichen Itza,  las ruinas de Machu Picchu, las cataratas de Iguazú o el volcán Arenal; y les digo lo útil que les sería el español en estos sitios. Los insto a viajar porque sé–por experiencia–cuantas cosas nos enseñan los viajes cuando no sabemos nada de la vida. Y así creo que estos jóvenes le toman un poco más de gusto a memorizarse palabras como “pretérito”, “participio” o “gerundio”.

Uno de ellos tiene padres puertorriqueños. Aprendió con gran facilidad a identificar el pasado imperfecto del pasado perfecto, pero cuando habla no puede deshacerse de un fuerte acento “gringo”. Tiene solo 18 años. Me dice que siente vergüenza cuando encuentra hispanos que le hablan en español y él tiene que responder que no les entiende. Le sugiero que viaje y aprenda el idioma hablando con personas de otro país. Él me responde que en la esquina de la avenida Grand Concourse con la calle Fordham en el Bronx puede escuchar todo el español que quiera. Otra de mis estudiantes habla de un abuelito que le conversa en un inglés quebrado. Yo le sugiero que le converse en español todos los días “aunque sea un ratito”. Ella tiene una perfecta pronunciación, pero le ha tomado tiempo entender la diferencia entre el pretérito perfecto y el imperfecto; o más aún,  diferenciar una palabra grave de una aguda o una esdrújula. “Suena muy extraño” me dice uno de ellos cuando pronuncia “ce-ná-ba-mos”. Yo trato de convencerlo de que para los verbos regulares de primera terminación hay una reglas que son como las matemáticas: apréndete las terminaciones e identifica la raíz.

Sin embargo, hay momentos de gran felicidad en este proceso. La última clase uno de mis estudiantes se acercó y me dijo “profesor, pregúnteme cuantos países conozco” “¿Cuántos países conoces?” Su dedo señaló el suelo y me dijo “Solo éste”. Él quiere viajar a Sudamérica. Quiere ir a la Argentina y ver un partido de fútbol. Me complace saber que tal vez un día él estará en Buenos Aires, tal vez con la duda de cómo llegar hasta la cancha de Boca; y preguntará–como lo hice yo en Nueva York, mi primer día–direcciones en español. Habrá entonces vencido el temor a esas palabras extrañas que debió aprender para una clase universitaria, el miedo a todas aquellas reglas que dificultan el aprendizaje; y se sentirá en posesión de una poderosa herramienta: un nuevo idioma.

En los suburbios

Este es el artículo publicado esta semana en mi blog Apuntes en Nueva Ítaca en la revista Suburbano de Miami:


Llegué a Nueva York en un vuelo sin accidentes desde Londres. Un primo lejano, de quien conservaba el vago recuerdo de una fiesta de carnavales en La Punta ( ese balneario embellecido por los inmigrantes italianos que llegaron al puerto del Callao en los 1900, mágico apéndice de tierra que un tsunami puede tragarse de un solo bocado) me recogió del aeropuerto John F. Kennedy y cruzamos a bordo de su Hyundai rojo fuego, las calles en cuadrícula de la Ciudad de la Furia. Desde el asiento del piloto me apuntó Times Square, tomó el desvío hacia uno de los túneles y me llevó hasta la ciudad de Hoboken, cruzando el río Hudson, para que pudiera contemplar desde Nueva Jersey esa fortaleza de rascacielos iluminados enfrentándose al paredón de los Palisades: Manhattan. Era fines de noviembre y hacía frío. Mi primo–que además de la colección completa de La Fania y de Héctor Lavoe posee una bien surtida discoteca de rock en español en la maletera–pulsó los controles del equipo de sonido y sonó la guitarra de “En camino”, una de las canciones mejor concebidas entre la discografía de Soda Stereo.

Entonces yo, después de 6 meses de intenso camino, aterrizando en Nueva York tras andar varado en Europa sin un centavo en los bolsillos, me apropié de esa canción. Aquel tema que habla de desvíos y espejismos fue la culminación de una pequeña odisea que había comenzado seis meses antes en Lima, y que había seguido mientras mochileaba por España, Portugal, Francia, Alemania e Inglaterra. En aquél momento en que mi primo cruzaba el puente George Washington para llevarme a su casa, las últimas luces que vi al despegar del aeropuerto Jorge Chávez de Lima ya eran para mí una imagen brumosa.

Mi primo cruzó la parte alta del Bronx y nos metimos en un territorio desconocido: los suburbios. Desde Lima, una tarde me dieron malas noticias: el país se derrumbaba. Nuestro dictador había renunciado por fax y la sociedad se estaba reorganizando para salvar la debilitada democracia con un gobierno de transición. Los hombres que habían transitado muy orondos con saco y corbata por la historia peruana de fines del siglo XX, estaban desfilando hacia la prisión. El consejo de mi familia era que yo esperara en Estados Unidos a que se aclarara el horizonte político y económico. Conociendo la historia peruana, aquello podía tomar años.

En diciembre enfrió aún más. Una tía me había prestado un pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio en una calle llamada New. El edificio se caía a pedazos, pero en aquél momento en que mi vida parecía comenzar de nuevo, “New” parecía el nombre apropiado. Desde la ventana de aquél departamento vi caer los primeros copos de la temporada. Pronto los suburbios se cubrieron de nieve. Ya las voces moderadas de mi familia me habían aconsejado que me acomodase al frío y esperase tiempos mejores en el estudio de la calle New. No tenía trabajo ni dinero. En un pequeño conciliábulo de primos, ellos acordaron darme un número de seguro social y conseguirme empleo, gracias a sus contactos, en la garita de un centro médico. Allí, mientras regaba las escasas flores del estacionamiento, abriendo las puertas a los dueños del edificio y apretando el botón de una cerca eléctrica para que estacionaran los autos de los pacientes, en un horario de lunes a viernes y de 8 de la mañana a cinco de la tarde, podía ganar más dinero que en los tres empleos “prestigiosos” que había dejado en Lima antes de viajar a Europa; trabajos con horarios que iban de 7 de la mañana a 10 de la noche, de lunes a domingo. Con ese primer trabajo y con esporádicos empleos estacionando autos en un club de golf solo para ciudadanos judíos, pude pagar mi renta en el estudio de la calle New. Además, entre pequeños gastos de ropa y comida, ahorré para comprar una computadora y un viejo Honda.

Fue un invierno frío. Yo creía, ilusamente, que habiendo visto a personajes del cine con aventuras entre calles tapadas por el hielo, ya conocía aquella sensación de la nieve escabulléndose entre los zapatos y las medias, o el salvaje frío filoso de la nevada congelándote el rostro y las manos. Tenía el vívido recuerdo de una escena de una película de aquel genio del cine que fue Ingmar Bergman: sus personajes marchaban sobre la nieve que cubría la ciudad de Upsala. Llegó el día en el cual tuve que caminar en una tormenta de nieve, y con cada paso que daba, el sonido del hielo machacado por mis zapatos me recordaba aquella película y me hacía ver mi absoluta ignorancia limeña acerca de temperaturas inclementes.

Sin embargo, aprendí. Mi siguiente invierno fue menos cruento y al subsiguiente ya me atrevía a aconsejar a algún recién llegado sobre tal o cual marca de botas, o sobre la inconveniencia de intentar abrir un paraguas en una tormenta.

Cuando por fin llegó el momento de mudarme a vivir en la ciudad, en Brooklyn, uno de los corazones del monstruo neoyorquino, mis familiares que habían vivido toda a su vida de inmigrantes en ese pueblo a cuarenta minutos de Manhattan, no podían entenderlo: ¿qué le puedes ver a Nueva York? me decían. Desde Lima mi madre me instó a permanecer cerca de ellos. Como si la pesadilla del terrorismo no hubiera sido suficiente para disuadirme de mudarme a esa ciudad. Yo dije que los suburbios no tenían el encanto del concreto de la metrópolis, que la única razón para dejar el Perú era para disfrutar a plenitud de la vitalidad de aquella isla mitológica; dije que tenía que vivir en Nueva York para poder saber de lo que hablaban los escritores que habían utilizado su mejor ingenio y pluma para describirla y–una y otra vez–reinventarla.

Viví en varios departamentos en la ciudad de Nueva York. Desde mi primera habitación se podía ver el Empire State y el departamento tenía una terraza con una vista preciosa a un cementerio de chatarra. Como todo neoyorquino viví con ratones y con cucarachas. Otro departamento quedaba en el piso arriba de un club social albanés, a dos lotes de distancia de una bodega dominicana donde podía pedir emparedados a la medianoche. Comprando allí mis víveres o haciendo mi cola frente a la caja para pagarlos, aprendí lo poco que sé sobre la cultura reguetonera, gracias a la radio a todo volumen de la señora bodeguera. Mi último departamento en la ciudad de Nueva York tenía garaje privado y desde la ventana de la habitación–que compartía con quien entonces era mi novia– podíamos ver el río Hudson y los Palisades, aquella imponente pared de piedra que tanto me recordaba mi primera noche en Estados Unidos. Sin embargo, cuando apareció la oportunidad de comprarnos una casa, la lógica de formar una familia nos empujó otra vez cruzando las fronteras de la metrópolis, hasta uno de aquellos pueblitos en los suburbios donde había empezado mi vida en Norteamérica.

Esta mañana he bajado a contemplar el arroyo que pasa frente a mi propiedad. Frente a mi casa hay una reserva natural y la sensación de los árboles alrededor me hacen creer que estoy en una ciudad apartada cuando en realidad solo vivo a 40 millas de Manhattan. El cauce de ese arroyo termina una media milla hacia el oeste, en el río Hudson. Cuando llueve su caudal aumenta y desde mi pequeña oficina en la casa, mientras escribo, puedo escuchar el correr del agua. De vez en cuando, mi esposa sorprende a los venados alimentándose con las flores de nuestro jardín; y alguna vez hemos descubierto a una familia de mapaches banqueteándose en nuestros tachos de basura. Hay una buena distancia entre mi casa y la del vecino; entre ambas hay árboles que esta primavera se han llenado de flores blancas. Debajo de las ventanas de mi sala, asoman ya las primeras rosas y despuntan–de todos los colores–los tulipanes. En una de las esquinas del jardín crecen espárragos y debajo de las escaleras que llevan a mi cocina crecen matas de menta.

Ni bien llego por las noches de la estación de tren, después de dictar mis clases en el Bronx, donde camino 50 minutos diarios–entre la parada del tren y la universidad–para no olvidar el gusto de caminar por la ciudad; me detengo a observar por la ventana de mi dormitorio las estrellas que alumbran el pueblo. Y sin traicionar al cariño que le profeso a la ciudad que me ha regalado tantas enseñanzas, me confieso que a mí me agrada esta forma de vida, esta combinación afortunada del campo y de la ciudad: yo también soy un hombre suburbano.

La escuela Perú

Foto Flicker/Vigilancia

La política peruana es tan mala o peor que el fútbol peruano. Hay que desenmascarar a quienes usan el miedo para impulsarnos a votar por uno de los candidatos. Pero lo mínimo que podemos hacer en esta segunda vuelta es escoger una estrategia de desarrollo social y económico que pueda funcionar. Y no me gusta la estrategia del autogol.

Recuerdo y entiendo a quienes ven indignados la posibilidad de que la hija de Alberto Fujimori vuelva al poder. Cómo olvidar que se fue del gobierno mandándonos un fax desde el Japón y que intentó postular al congreso japonés demostrando que lo único que le interesaba era una tajada de poder. Fujimori sabía que si regresaba al Perú se le iba a someter a un juicio, así que es bastante jalado de los pelos el intento de sus partidarios por querer retratarlo como una víctima. Pero la repugnancia por los chanchullos que sucedieron durante el gobierno dictatorial de Fujimori también me obliga a recordar que antes de él otros políticos prometieron inclusión social cargada de demagogia. Y no quiero que un gobierno de Humala se trate de otro experimento de izquierda como el aprista de 1985. El modelo de crecimiento económico empezado en 1990 y continuado tanto por el presidente Paniagua como por Toledo y García, debe ser mejorado y corregido. Pero no debemos dejar que la economía y la sociedad peruana sean sometidas a otro tipo de experimento, que se aplique una ideología nacionalista trasnochada que ya probó ser ineficaz, contraria al crecimiento económico.

Yo pegué carteles de niño. Con mi primo prepárabamos el engrudo por la tarde y por la noche recorríamos el pueblo empapelando las puertas de las casas con la fotografía del rostro sonrosado del ex presidente Beláunde. ¡Adelante, Perú! decía el poster. En mi inocencia, creía que pertencer a un partido político y querer al Perú eran la misma cosa.

En Lima, otro de mis tíos me sacó de la ignorancia: Belaúnde representaba a los grupos que siempre habían estado en el poder. Si yo quería que mi país cambie, tenía que darle todo mi apoyo al APRA.

Para que mi aprendizaje fuera más didáctico, mi tío me llenó las manos de estrellitas que se podían pegar en las ventanas de mi cuarto y posters para adornar las paredes de mi habitación; además me obsequió un disco de vinilo con canciones en ambos lados. En uno de ellos, la voz grave del cantante me situaba enmedio de una batalla en los alrededores de Trujillo, entre hombres que derramaban su sangre luchando por las ideas de un pensador que se llamaba Victor Raúl. ¡Qué viva el APRA mis compañeros, que viva el pueblo que ha de triunfar! decía la canción y mi imaginación volaba al infinito y más allá. Desde el otro lado del disco, otra voz estentórea entonaba la Marsellesa aprista, que yo ya había escuchado desde el nido en su versión original y por lo tanto me apestaba a copia. Los posters que mi tío me daba decían todos «Armando» y el nuevo slógan para que el Perú sea por fin próspero era: ¡La estrella alumbrará nuestro destino!

Se dieron las elecciones, en las que yo participé como encuestador: a mis ocho años no encontraba nada más divertido en las reuniones de los adultos, que pasear por la sala de la casa entre la gente y pedirle sus intenciones de voto. Los resultados eran bastante parejos, pero en todos ellos ganaba Armando Villanueva, el hombre del partido del pueblo.

Cuál no sería mi decepción cuando escuché mi primer flash electoral y supe que el país le había dado la victoria a un anciano que fue cargado en hombros hasta el patio de Palacio de Gobierno. El APRA perdió por un margen pequeño. Debió contentarse con observar como los partidarios del arquitecto–que parecía ver muy bien hacia el futuro a pesar de sus pobladas cejas blancas–se aliaba con el PPC y establecía un modelo de libre mercado, mientras corregía los excesos anti democráticos de la dictadura de Morales Bermúdez ( a quien solo recuerdo en una pose de dictador bastante alicaído, sobre todo cuando lo comparo con la imagen altanera que tenía del todopoderoso de aquella época, el bigotudo Pinochet).

Aparte del crecimiento de Sendero Luminoso, el gobierno del arquitecto Beláunde fue bastante malo. Él era un buen orador y al parecer un hombre honesto y soñador, pero pronto quedó claro que sus recetas económicas y sociales funcionaban mal. La importación indiscriminada liquidó lo poco que quedaba de la industria nacional, la deuda del país creció a un ritmo vertiginoso y las obras que deberían ser la consecuencia directa de lo préstamos  no se concretaban o seguían invisibles. Hubo pequeñas crisis, como las lluvias del fenómeno del Niño y una escaramuza con Ecuador (el famoso Falso Paquisha) que Belaúnde no supo manejar como los peruanos hubiéramos querido. El tema de fronteras con el Ecuador no se resolvió y–mientras llovía en la costa norte y escaseaban los alimentos en Lima–fue patética la incapacidad del gobierno para reconectar aquella región del país. La burocracia era enorme y el partido Acción Popular no parecía bien preparado para reducirla sino para incrementarla. La migración a Lima se aceleró con los avances del terrorismo en la sierra. El alcalde Orrego–otra victoria en las urnas para AP–parecía todo un caballero, pero tampoco estaba muy preparado para lidiar con la migración, las invasiones ilegales y el caótico comercio ambulatorio.

Algo de orden regresó a Lima con la elección de Alfonso Barrantes Lingán como alcalde, quien con su programa de los Vasos de Leche y su decisión de incorporar a las damas en el recojo de la basura limeña, alivió un poco la impresión de una ciudad que se enfrentaba repentinamente a las cosecuencias de cientos años de centralismo y desorganización.

Así llegaron las elecciones de 1985, y los peruanos como yo –que seguían creyendo en la estrella que alumbraría nuestro destino–enfrentamos el más duro de nuestros reveses. ¡Cómo olvidarnos! Apenas tenía 13 años y me parecía maravilloso escuchar los discursos de ese caballero melenudo, de rostro fresco y sonriente, de verbo cultivado; hipnotizándome con frases como «no al pago de la deuda» «el Perú podrá llegar a ser una potencia económica en tres años». No recuerdo haber asistido a ningún mítin político, pero sí  haber creído, embobado, las promesas de transformación, y de pan con libertad. Creí, ciego de optimismo, que este hombre de solo 35 años podía ser el cambio que el Perú necesitaba: el comienzo del bienestar, de un socialismo con desarrollo económico.

No hay nada que se compare, ni siquiera el mismo Alan de hoy, con la imagen de ese muchacho de voz clara, agitando un pañuelo blanco desde lo alto de un balcón de Palacio de Gobierno en 1985, hipnotizándonos a todos para que en aras de los intereses nacionales desconozcamos los compromisos económicos que habíamos firmado por nuestros préstamos del FMI (préstamos que se esfumaron en los bolsillos de quién sabe quién), para pagar la deuda solo en las cantidades que lo permitían nuestros ingresos (dedicar al pago de la deuda no más del 5% de nuestras exportaciones). Ni Ollanta , ni Keiko, ni PPK, ni Alejandro tienen ese don que tenía el muchacho aprista encantador de serpientes. Esa lengua  hechicera que hizo lo suyo con sus compatriotas de todas las razas y de todas las edades. De un día para otro el nombre Alan se multiplicó en las maternidades de todo el Perú. Recuerdo ver llegar a mi tío a la casa para enseñarme fotos de las paredes en Buenos Aires donde las pancartas socialistas decían algo así como «Patria mía, dame un presidente como Alan García».

Alan: el terrible error. La incapacidad multiplicada por mil. La improvisación multiplicada por un millón. La demagogia representada en un solo hombre. Alan García Perez, un socialista que prometió sacar al Perú de la pobreza con las recetas aprendidas de su maestro y guía Víctor Raúl; aliviar las penas del pobre dándole prioridad a la agricultura y a los campesinos; descentralizando el poder de Lima y dándoselo a las regiones, distribuyendo la riqueza entre los pobres, cuidando a los menos favorecidos con programas de trabajo temporal (PAIT); mientras hacía uso de su carisma y su sonrisa para tratar de conquistar a los inversionistas internacionales, para que vieran las potencialidades de un país como el nuestro, de grandes recursos.

A los dos años en el poder, ya todo se había derrumbado. Los poderes económicos se vieron amenazados por sus bravuconadas el 28 de julio de 1987 y le cortaron el poco respaldo que hasta entonces tenía. Empezaron a desenmascararse las promesas falsas, el manejo irresponsable de los recursos, las pocas posibilidades del Perú como inversión. Sendero Luminoso jamás le dio tregua y Alan García les respondió dando la orden para liquidar a todos los presos ya rendidos tras el motín en la cárcel de la isla El Frontón.

Yo tenía 15 años cuando Alan García intentó estatizar la banca. Joven que hoy tienes 15 años: no sabes lo que fue aquello.

Nuestro dinero no servía para nada. Eran pocos los destinos posibles por carretera en las vacaciones, no solo porque las pistas no existían o eran más huecos que pistas, sino porque la mitad del país vivía en estado de emergencia y entrar en aquellas zonas restringidas era exponerte a ser víctima de las redadas de Sendero o de los abusos del ejército que gobernaba sin control.  Mi memoria más vívida de aquellos años eran las historias de mis primos en el pueblo: todos habían visto a senderistas, todos sospechaban de todos, a mi tío el alcalde lo habían amenazado de muerte. Y los viajes de regreso a Lima eran siempre parecidos, duraban mil horas y había que conducir pegando la cara al parabrisas, esquivando las zanjas y los socavones, atentos a la policía que te detenía en cualquier momento para pedirte la libreta electoral y la militar. Y las noticias no eran nunca esperanzadoras. Todos los días habían nuevos rumores de que Alan García y los militares estaban preparando un autogolpe para poder ser defenestrado con cierta dignidad democrática e irse a otro lugar donde su fracaso no lo persiguiera. El riesgo de una dictadura era siempre inminente.

Había que convivir con la realidad patética de supermercados recién inaugurados donde nunca había ningún alimento,  formándose frente a camiones que aparecían de la nada para repartir bolsas de leche, o haciendo enormes colas frente a las estaciones de gasolina para poder comprar combustible un día antes del incremento recién anunciado. A todo esto, sumémosle el racismo de uno y otro lado, la incoherencia de los planteamientos de la izquierda, los patéticos intentos de la derecha por querer enrostrarle al APRA todos los males como si AP y PPC no hubieran tenido también gran parte de la culpa de ese desastre socioeconómico en el que nos encontrábamos ahogados. Un hombre de 90 años, Luis Alberto Sánchez, recibió la cartera de primer ministro y con sus 70 años de experiencia en la política peruana nadie recuerda que haya podido hacer nada. El pan que desayunábamos en la mañana estaba hecho a base de la nacionalista kiwicha, cada vez más pequeño a pesar de que pagábamos el mismo precio. Ese experimento duró lo que duró su gobierno. Fue un desastre.

Y después vinieron los 90. En 1992 la imagen siniestra de Abimael Guzmán estaba detrás de rejas, Alan García en Europa y los congresistas elegidos por el pueblo atrincherados, vociferando mientras que todo se resolvía por decretos.

Después de la derrota del Frente Democrático–una alianza del Movimiento Libertad con AP, SODE y el PPC que parecía convocar a todos los peruanos brillantes para lavarle la cara al Perú antes de entrar al siglo XXI–empezó mi apatía política. Izquierda y derecha habían intentado aplicar sus planes de gobierno y los resultados habían sido desastrosos. Aún en los peores años del gobierno aprista, mantuve escondido en el fondo del ropero de mi cuarto de adolescente, el poster que me regaló mi tío en la campaña de 1985, con el rostro a colores de Alan García. Me avergonzaba de haberle creído. De cierto modo aún era un incrédulo: no me convencía del todo de que aquél socialismo, ese pan con libertad nacionalista, esa rebeldía en lo que yo había creído con firmeza, que era la receta para el desarrollo del Perú no era nada más que una mentira. Recuerdo las palabras de mi tío cuando escuchábamos el mensaje de nacionalización en las fiestas patrias de 1987 y yo exclamaba con 15 años que aquello no podía estar bien, que Alan estaba precipitándose, que nacionalizar no podía ser una buena opción. «Eso es lo que se merecen esos banqueros de mierda, sobrino. Vas a ver que a partir de ahora todo va a mejorar», me dijo.

En 1989, a los 17 años, muy desilusionado de Alan y su izquierdismo trasnochado, creí que Mario Vargas Llosa era la última oportunidad para que los peruanos estableciéramos planes de gobierno coherentes y enderezáramos ese país en el que nos había tocado vivir.

Jamás voté por Fujimori. El 90 no lo hice porque aún no tenía libreta electoral–y era 100% fredemista– y el 95 porque vicié mi voto, ya que me parecía que el dictador de todos modos iba a ganar y quería, inocentemente, protestar ante la irresponsabilidad de haber asumido todos los poderes y destrozado el sistema democrático.

Pero, a diferencia de los dos anteriores gobiernos, en ese país de los 90, hubo cambios y transformaciones básicas.  Había un clima de tranquilidad y optimismo que jamás conocí en los gobiernos de Belaúnde y de García. Los problemas crónicos del Perú, los que parecía que iban a frenar para siempre las posibilidades de desarrollo, parecían ir resolviéndose como si alguien los estuviera chequeando en una lista de deberes:la reincorporación del Perú en la comunidad financiera internacional;  la firma del tratado de paz con el Ecuador; la reorganización del sistema tributario; la simplificación de los trámites burocráticos; la reducción del papel del Estado en el aparato productivo con la venta de empresas públicas, y el registro y titulación de peruanos con casas y terrenos productos de invasiones ilegales e inmigración. Incluso el problema del narcotráfico, que parecía tan grave como el que vivía Colombia en los 80s, pareció disminuir en los 90s.

Algo más sencillo pero que a mí me tocó mucho: la carretera por la que yo iba a mi pueblo con regularidad, ese pueblo donde empapelaba las paredes a los 8 años con el rostro de Belaúnde, fue reconstruida y por fin supe lo que era tener un sistema de carreteras bien asfaltadas y comunicación rápida entre la capital y los pueblos, algo que ya había visto–y me había causado gran envidia–en un viaje por tierra desde Arica hasta Santiago de Chile en 1987.

Es obvio que mucho del dinero de la venta de empresas se derivó a bolsillos de particulares o del asesor Montesinos. Es obvio que los peruanos vivimos bajo una manipulación constante de la información.

Pero a diferencia de los dos gobiernos anteriores–de los que yo puedo dar mi testimonio–durante esos años en que gobernó Fujimori se vieron avances significativos. Es cierto que los mayores avances en aquél período de gobierno entre 1990-2000 se debieron no al talento innato del dictador Alberto Fujimori, sino a la aplicación de un modelo económico liberal, que hizo al Perú beneficiario de una ola de inversiones extranjeras, la misma ola que había beneficiado y permitido el desarrollo de otra economía de la región,  la chilena,  entre 1982 y 1990.

Por otro lado, la centralización del poder en un solo hombre y su grupo de ayayeros políticos, simplificó el proceso de decisiones y de debates.

No es lo mejor en una democracia.

Esta semana vi otra vez imágenes de los vladivideos. Me dio asco. Y entendí mejor a quienes me han escrito en sus comentarios sobre la Segunda Vuelta, acerca de mantener intacta nuestra capacidad de indignación. Pero la justicia peruana pudo enjuiciar a los responsables y mandarlos a prisión. Espero que sigan allí. Igual que Abimael Guzmán, otro fanático que creyó que experimentando una guerra popular con su ideología trasnochada podía hacerle un bien al país. A él le debo un intento de asesinato a un miembro de mi familia–en el frustrado intento por tomar el pueblo donde mi tío era alcalde– y dos bombas que acercaron la guerra a la espalda de mi casa, destruyendo los vidrios de todas las residencias de nuestro barrio de clase media. Creo que su captura hizo posible cualquier tipo de desarrollo en el país desde 1992 y no me gusta cuando alguien llama a ese fanático asesino «un preso político».

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