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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Berlín dividido en Nueva York. Juan Villoro y Soledad Marambio

Conversación sobre Berlín dividido en McNally. Juan Villoro y Soledad Marambio

Video de la presentación del libro de crónicas Berlín [dividido] en la librería McNally Jackson de Manhattan. Conversación entre Juan Villoro y Soledad Marambio, el 8 de diciembre de 2011. Puedes ver el video presionando sobre la foto del evento.

Momentos incómodos

Siempre me he considerado un idiota con mucha suerte (Foto por shamuclub. Flickr)

Yo también he espiado. A los siete años, por el ojo de una cerradura, a una niña en una noche de Navidad. He entrado a un camarín, con otros muchachos. Abrimos los vestuarios como si fuéramos un ciclón. Ella salió enredada en una toalla, clavándome sus ojos azules.

He jurado para dañar a quien odiaba y no conseguí nada (por eso me tortura ver su sonrisa cada vez que tropiezo con ella). Quise lanzarme de un puente. He sido menos generoso que mis hermanos. Soy un inútil. Eso lo saben mis amigos.  Debo aprender algún oficio (¿electricista, carpintero, albañil?) Hice promesas que olvidé, andé con la suela de los zapatos agujereada sólo para hacerme daño.

Me ha indignado que a quienes yo odiaba me quieran. He torturado (chanchitos de tierra) por el gusto de torturar. Las palabras que hacen daño salieron de mi boca sin que yo quisiera detenerlas. Me he sentido incómodo de incomodar (de allí mi problema de jamás apretar el claxon). He imaginado muertes (siempre mías o de gente que amo, siempre muy literarias o cinematográficas). He perdido el tiempo en sesiones de sexo imaginario con mujeres que jamás me iban a amar. He sudado demasiado, en todos los lugares inconvenientes. Me he meado dentro de una iglesia. He hecho el ridículo al sufrir. He robado cosas sin valor. He pisado una flor.

Caminata por la 57

Portal de entrada de la librería Rizzoli en la calle 57. Foto de Jim in Times Square (Flickr)

La calle 57 de Manhattan es como la Larco de Miraflores. Es casi tan elegante y de alto vuelo como la Quinta Avenida –que no tiene equivalente limeño ( si alguna vez la tuvo supongo que fue en aquellas épocas de trompo con huaraca cuando el Jirón de La Unión era el Perú y los yuntas de Colónida compartían el rapé y la mulita de pisco en el Palais Concert). La 57 es una calle con fachadas elegantosas, intercaladas con uno que otro Diner, entreveradas con galerías de prestigio, restaurantes cinco estrellas, pizzerías  y oficinas.

En una de las cuadras de la 57, en una casona de tres pisos con el número 31, queda Rizzoli.

Entre paredes recubiertas de roble, pintados con una iluminación acogedora, aguardan en sus estantes los libros, discos, almanaques y otros objetos a la venta en esta librería especializada en arte y literatura italiana. No es tan raro que los eventos de Rizzoli empiecen en los salones de la librería y terminen con los invitados, el queso y los vinos, en las salas o estudios de los artistas que viven en alguno de los edificios cerca de Rizzoli.

Llegué hasta sus puertas buscando comprobar el chisme que me llegó hace una semana en los pasillos de Lehamn: en el tercer piso, en uno de aquellos ambientes alfombrados y lujosos de Rizzoli, se había armado una de las mejores colecciones de oferta de libros español de la ciudad. Parecía mentira que entre las cantaletas del «nadie lee», haya en Nueva York quienes todavía se tomen el delicado trabajo de organizar un rincón dedicado a los libros. Literatura, filosofía, historia, éxitos de ventas y libros para niños en castellano. Son libreros de cuatro niveles, con un nivel inferior donde reconozco a Muñoz Molina, a Javier Marías, a Vila-Matas. Ellos están al lado de clásicos: Castalia, Cátedra, Alianza Editorial (me pareció un poco exagerado ver tantos libros juntos de Benito Pérez Galdós).

Tomé al azar un libro de Vila-Matas.»Él único que tenemos de él» reconoció el librero, que se acercó con discresión a indagar si necesitaba algo. Se llama Pedro, es un muchacho con acento caribeño. Me contó que acababan de empezar, que están pensando en organizar actividades, que aceptan pedidos de profesores, que pueden ayudarme a conseguir los textos necesarios para una buena clase.

Metí la nariz en el libro de Vila-Matas y ésta se quedó allí. El libro se llama Dietario voluble y es una especie de diario que cubre algunos años de la última década.  Me hace pensar en los desordenados y egocéntricos diarios de Dalí: confiesa haber estado sentado en el café de una plaza con el único propósito de ver pasar a Catherine Deneuve, reconoce haber espiado desde su mesa de restaurante a John Banville, combinando impresiones al vuelo sobre su apariencia con elogios a su prosa; describe su primera caminata sobre el puente de Brooklyn para ver el crepúsculo neoyorquino, y haber metido la pata en una conferencia con franceses.

Encontré unas líneas donde se refiere a sus caminatas al azar por calles y plazas. Allí entresaca un comentario en un blog peruano y repite con fascinación los nombres de barrios limeños que no conoce y por los que aún no ha caminado: Chacarilla y Magdalena.

Vila-Matas me obliga a pensar en esas horas de recorrido entre asombrado y pensativo que algunos escritores de tendencia urbana, solemos combinar con otra caminata solitaria: la lectura. Ayer estuve haciendo eso: caminar por la 57 después de salir del tren 4, con una idea muy vaga de llegar al Met. Decidí seguir hasta Colombus Circle, solo porque por esas avenidas podía respirar imagenes de Manhattan. Coger el tren a Prince St, caminar hasta otra librería, volver a meter la nariz en otro libro, en fin: vivir.

Farewell

Emir Kusturica como Sergei Gregoriev en la película francesa "Farewell"

Unión Soviética, 1985

Vamos a entregarte la lista con los nombres a cambio de un par de casetes de Queen, un disco de este cantante romántico que tanto me gusta y un walkman para mi hijo. Y nada más. Este país necesita un cambio. La revolución que nos hizo salir de la edad media y que en menos de cincuenta años nos llevó a poner un hombre en el espacio necesita un remezón para que los rusos volvamos a ocupar el lugar de vanguardia que siempre hemos tenido. Los rusos ¿Qué sería del mundo sin los rusos? ¿Se imaginan? Literatura, pintura, música, política, ciencia y ajedrez. Todo lo que nos ha legado el bloque soviético. Un adornito me mira desde mi mesa de noche y me recuerda ¿El Kremlin? También una foto de Vallejo en Moscú y un bolero que llega desde algún rincón del pasado : La Plaza Roja desierta, la nieve dibujaba un tapiz, tenía un lindo rostro mi guía: Natalí.

Kusturica, Emir

Imposible perderlo de vista. Este cara de loco, esos ojos que nos sugieren que tomemos distancia. Kusturica es como uno de esos personajes salidos de una carpa de los gitanos –irrepetible– o de una pintura de Macondo ¿José Arcadio Buendía? Abraza a su hijo, le miente a su esposa y a su amante, convence al francés disminuído pero entusiasmado de que solo ellos dos son capaces de hacer lo que están por hacer: decirle a los Estados Unidos que sus mejores secretos nunca lo fueron.

Ronald Reagan, la caricatura

Reagan mira una película y hace comentarios tontos sobre el cine, sobre los franceses y los rusos. Caricaturizar a los Estados Unidos: pasatiempo favorito de los franceses. Así hubiera sido nuestra imagen de los norteamericanos, si Hollywood hubiera filmado en París y no en California. Así como para nosotros los rusos eran Iván Drago–aquella estatua de hielo que se daba de guantazos con Rocky en una pelea a doce asaltos–para los franceses Reagan era el vaquero que arengaba con frases hechas. Hasta Willem Defoe luce grosero como el agente de la CIA. Imagínense qué papel para este actor que crucificaron en La última tentación de Cristo. El único que no salta las alarmas del estereotipo es Kusturica.

Una vida, una bala

En la Siberia, nada menos. En esa planicie blanca por donde se tambaleaba Dersu Uzala. Allí llega Kusturica, traicionado por su traición, sin chance alguno. Hace un gesto inigualable con las manos para decirle al  pelotón que proceda. Que Rusia siga, sin él.

Finlandia

Hay países que aparecen de la nada, tal como Finlandia aparece en Farewell. Es como esa Islandia repentina en un poema de Borges. Llega como sinónimo de libertad. Ese es el clímax: allí está la intensidad de la huída, el rostro de la esposa recordándonos todos los reproches y todos los riesgos.

La niñez

Los Alpes. Nicole Lafourcade (Flickr)

Mi niñez fue aburrida. Qué carajos, ya lo dije. Mi niñez fue una torpeza con blancos y negros y muchos grises. Alguien de niño debió entregarme otro libro que no fuera Un capitán de quince años. Alguien debió darme Joyce, sentarme en un rincón y ponerme a leer que se puede escapar de tu ciudad para ser escritor.

Alguien, alguno de los tantos hombres y mujeres que abusaron de mi infancia para jugar conmigo, para hacerme niño, para reiterar que era incapaz de cosas de grande, debió –seriamente, con mucha boca, con un libro a la mano– disuadirme de engañar al tiempo y empezar a planear mi vocación.

Algún mensajero, de esos de los que están llenos las biografías de los literatos famosos, debió sacarme apurado de ésta y aquella torpeza de cinemas donde comí canchita dulce por primera vez, y  frente al cinematógrafo, explicarme de qué se trataba Ingmar Bergman. Alguien pudo haber reemplazado esos casetes mal grabados con hits del momento con esas piezas clásicas hermosas y trascendentales que hoy escucho y no sé nada.

¿Quiero que aquella sea mi biografía? ¿Prefiero esa posibilidad a la dejadez total que fue mi infancia, a los caminos que encontré después de reventar unos cuantos pares de zapatos? Todo lo que quiero fue posible. Todo lo posible yo lo quiero. Me enredo y desenredo y vuelvo a creer en mí, en la verdad inquieta que me espera mañana.

Mi niñez fue aburrida, pero fue niñez.

Siempre al borde del mar

Siempre empezaba la marea brava mientras nosotros empaquetábamos nuestras cosas para irnos de la playa. El mar crecía de a pocos, con empujoncitos. De vez en cuando llegaba algún gruñido que era producto del impaciente rebote de las olas contra las peñas. Nosotros seguíamos pescando, fijándonos si teníamos tensa la cuerda, si habíamos dejado los peces lo suficientemente lejos de la marea, si los niños no se estaban metiendo en problemas. Era muy fácil meterse en problemas en aquella playa. Bastaba pisar la piedra incorrecta, resbalar en un instante de descuido y aterrizar aterido y violento sobre las rugosas rocas.

Me gustaba observar el mar. El cielo se iba haciendo rojizo con calma a lo largo de la tarde: lento, sin agitación, espontáneo. Nadie esperaba otra cosa que aquella maravilla y el cielo se sabía seguro de todos sus poderes. El color bañaba el mar de rojo y entonces todo se pintaba de aquellos tonos. Las aves se apuraban en bandadas hacia sus nidos, los lobos suspiraban hacia la roca grande donde se tendían a secarse antes de dormir, nosotros tensábamos el cordel una vez más y por encima del hombro hacíamos el plan mental para nuestra retirada. De repente llegaba la marea con un ronquido amenazante. Alguno de los niños se salvaba de tropezar y empezaba a mirar con miedo a la espuma blanca que los acorralaba. Nos observábamos con una sonrisa satisfecha y empezábamos a envolver en una red de recuerdos nuestro día de pesca.  El regreso hacia la casa era con linternas. Había siempre un aroma a calor salado, a una inteligente combinación de realidad y de sueños.

Pensé que así sería para siempre.

El lugar había sido heredado durante siglos por generaciones de familias que se acostumbraron a disponer de la tierra y el mar circundante a voluntad. Había papeles de los comuneros que promulgaban al pueblo entero como propietario pero –como siempre– eran unos pocos los que habían escogido los mejores solares y levantado techo sobre piedras a prudente distancia del agua. Mi familia había llegado por primera vez detrás de los caballos de un abuelo que era propietario de la mitad del pueblo. Yo nací en una época en que no quedaba nada de aquella historia de opulencia.

El camión de mi padre era demasiado viejo y tenía el casco inferior carcomido por la herrumbre. Las piedras del camino que descendía desde la carretera nos condenaban a los pasajeros a subirnos y bajarnos cada vez que parecía que esta máquina herida por los años y el descuido, se montaba sobre alguna roca y parecía que seguir con nosotros encima equivalía a partirla en dos.

Mi padre tenía una mala manera de mirarnos cuando eso sucedía, como si las incapacidades de su camión se le pudieran adjudicar a su hombría. Su espeso bigote negro era borrado de repente por el brillante rencor que iluminaba sus pupilas. Temblábamos con los insultos dirigidos hacia mi madre y a sus hijos. Él retrocedía, levantando más polvareda de la necesaria, y atacaba el camino con el motor generando un grito de guerra truculento, casi afónico.

En las últimas curvas, la bajada le daba velocidad y mi padre podía fingir una entrada exitosa al verano. Durante la temporada estábamos prohibidos de subirnos al camión. No podíamos dejar la playa. Los pocos viajes que él hacía eran para cuidar sus chacras y los realizaba solo. Nadie en el pueblo sospechó que si nos íbamos últimos, bien comenzado marzo, era porque a mi padre le asqueaba la idea de que su camión se quedase inútil, frente a otra gente, atollado en las curvas del camino de regreso.

Ese camión nos bastó para ir a la playa mientras no fue alcalde. Cuando lo eligieron, después de una campaña en que parecía estar aspirando a una versión de la sonrisa eterna,  lo primero que hizo, además de cerrar la boca–le quedaba mal y él lo sabía–fue tirarse el dinero para los arreglos de la carretera y encargarse a Lima un camión nuevo. Creo que sabía que todos lo sabían. También estoy seguro de que la opinión del pueblo le importaba una mierda.

Sobre los cuentos de DeLillo

Don DeLillo y su primera recopilación de cuentos

Me han  recomendado el último libro de Don DeLillo, una colección de nueve cuentos. En la reseña que le dedican en el New Yorker, Martin Amis  anota que todos los autores que admiramos siempre tienen obras que sobran, libros que nadie, solo los especialistas, releerían por placer. A Jane Austen le sobrarían tres libros: Sense and Sensibilty, Mansfeld Park y Persuasion; de George Eliot solo nos quedaría Middlemarch; de Milton Paradise Lost; y, si pudiéramos, nos desharíamos de las comedias de Shakespeare y de algunos dramas históricos.  No estoy de acuerdo con Amis en que –a pesar de la trascendencia de Ulysses–se deshaga de la primera novela de Joyce. Yo podría, perfectamente, soplarme con placer, una y otra vez el Retrato del artista adolescente. El mismo caso sucedería con Vargas Llosa: Hay que leer Conversación en La Catedral ¿Pero debemos negarnos el placer de leer La ciudad y los perros?

Amis se refiere a una frase de John Dryden: la buena literatura trata de darnos «placer y enseñanza». Si bien la enseñanza no siempre nos da placer, el placer siempre nos enseña algo. Dryden ya nos escueleaba en el  siglo 17, machacándonos que lo más importante en los textos–siempre– es la claridad. (Por eso–además de sus inspirados prólogos y epílogos a las obras de Shakespeare–los escritores siempre deberían cargar las obras completas de Dryden).

Además del New Yorker de la semana, donde encontré un breve texto contra quienes ascienden en la Academia burlándose de la veracidad de enseñanzas liberales como el «sagrado» Canon o  la evolución de las especies (Who wrote Shakespeare? de Eric Idle); empecé a leer The Book of Evidence de John Banville. Ése es el primero de un pequeño cargamento de libros que me ha llegado desde Amazon.com, donde hay dos de W.G. Sebald (Austerlitz y Los Emigrantes), Istambul de Pamuk,  Les particles elementaires (Atomised) de Michael Houellebecq, y Estrella distante de Roberto Bolaño. Con eso, espero estar bien preparado para las vacaciones largas del Día de acción de gracias y para el receso de verano.

Regresando al artículo sobre DeLillo: Amis lo recomienda. Es más, confiesa estar enamorado de los nueve cuentos de The Angel Esmeralda: Nine Stories. Claro que yo tal vez debería releer White Noise o meterme con alguna de sus novelas antes de enredarme entre sus cuentos.

Volví a ver El Inconquistable, el video de Beto Ortiz sobre Vargas Llosa que acompaña la edición de Estruendomudo. Me parece que éste tiene imágenes adicionales del que había visto antes (2010) en Internet. De todos modos, lo importante es que está muy bien hecho, con el amor con el que se hace algo para los ídolos (y no me refiero a Beto, ídolo de Beto). Es un excelente ejemplo de un perfil periodístico escrito con cámaras.

También me ha gustado el video Villoro sobre Villoro, que acompaña al libro Materia dispuesta, Juan Villoro entre los críticos, de editorial Candaya. Al opinar sobre la caótica configuración del DF, Villoro menciona que la capital mexicana es la prueba «escrita en piedra» de que para los millones de personas que emigraron hacia esa ciudad, existían lugares mucho peores.

Los insoportables peruanos

Esta es la entrada publicada el 17 de noviembre en la bitácora Newyópolis de FronteraD

Somos una peste cuando empezamos a hablar de nuestro país. Lo reconozco. Se nos va la lengua mientras enumeramos mentalmente las callecitas orinadas de las ciudades serranas, las piedras desordenadas y casi siempre abandonadas; y los paisajes infinitos que hemos conocido –la mayoría de nosotros en tediosas y complicadas mini-aventuras de viajes de promoción o de fines de semana largo (muchas veces semi o totalmente alcoholizados)– para confirmarnos, ante el mundo entero, que venimos de una tierra maravillosa.

Cuando nos ponemos a hablar del Perú frente a los ignorantes que se arriesgan a indagar sobre nuestro país, se repite aquella escena de las tiras de Mafalda en que ella le pregunta al padre sobre sus años de servicio militar. Si nos jalan la lengua la víctima tiende a ser sumergida, sin compasión, en esa larga lista de exageraciones que conforman las «verdades» de nuestro patriotismo: la capital gastronómica de América; el milagro económico (que nadie sabe a quién adjudicárselo); el auténtico pisco, la reserva biológica de la humanidad, la cuna de la papa…etcétera. Tendemos a indigestar con la violencia de un rocoto relleno arequipeño sobre el estómago poco preparado.

No sé si suceda lo mismo entre otras tribus de Newyópolis. Me ha tocado conversar con españoles a los que es difícil contradecir cuando empiezan a enumerar la calidad de vida en sus pueblos (pre-recesión europea) allá en la península; con colombianos que me han dado clasecitas magistrales sobre la calidad única de su café y la pureza de su castellano; con un turco que comparó a sus playas mediterráneas con el paraíso; y con algún argentino que me repitió en alguna época (también pre-recesión) que Buenos Aires es la Nueva York del sur. Pero repito, ninguna tribu tan capaz de exagerar sin argumentos ni tan insoportable cuando habla de su país como la nuestra: la peruana.

Claro que a veces los otros se la buscan. Nos mencionan algún ají de gallina –que nosotros sabemos mal hecho– como lo mejor que han comido en su vida; o nos dicen–como un amigo brasileño–que su sueño era morirse tocando flauta en las alturas de Machu Picchu. De repente nos sorprenden con su conocimiento de las 8,000 variedades de nuestra papa y nos jalan la lengua comparando un viaje al Perú en la época del terrorismo (mucho peor: en la época en que Alan era presidente y Gorgojo Del Castillo era alcalde de Lima) con su última travesía durante este año donde se empacharon en cuarenta restaurantes distintos y subieron 8 kilos mientras miraban el mar, alucinados por la transformación de Lima.

Me duele reconocerlo, pero los peores peruanistas–es decir los más acérrimos–son los chilenos. Es como si se sintieran culpables de algo. Ni bien reconocen tu peruanidad te dicen de frente que el pisco no lo crearon ellos, que es un hecho evidente que el pisco peruano es más rico que el chileno y que ellos solo han sabido comercializarlo mejor. O les pongo el caso de un poeta mapochino, moderno y antipoeta hasta el tuétano, que con casi 60 años en la brega literaria me soltó en la cara que «Neruda no es nadie si lo comparas con Vallejo».

¿Qué responderle? Si nuestro ego ya está demasiado torcido por nuestra auto complacencia. Si nuestra sangre ya casi corre en chorritos blanquirrojos. ¿Cómo evitar hablarles de nuestro último viaje a la bellísima sierra de La Libertad donde Vallejo creció incubando esa dulce tristeza que impregnaba sus versos? Y si una amiga serbia nos dice al vernos–casi conteniéndose de abrazarnos al saber que somos peruanos–que estuvo en Cuzco y Machu Picchu y que aquella fue la experiencia más impresionante de su vida ¿Cómo no mencionarle las recién descubiertas estructuras de Choquequirao, en un paisaje tan imponente como el que ella acaba de visitar? Y si nos jalan la lengua no nos queda otra cosa que hablarles de las ruinas de Sipán y su museo; de Kuélap, de la momia Juanita en Arequipa, de Caral, la ciudadela más antigua de América; de la Semana Santa ayacuchana, etc.

En fin. Creo que me entendieron. No quiero ser comparado con un rocoto relleno.

Amanecer

Ellas circulan por mis sueños,

Como sirenas

Mojando sus dedos.

¿Debo seguirlas?

«Paciencia» dicen,

Endulzándome con

Sus besos líquidos.

«Tus pasos requieren

Cauces de ríos

Desesperados

Y páginas-biombo que protegan tu cuerpo

Del temor.»

Terminé de soñar que soñé que era yo

Que soñaba con ellas

Cuidando mi cuerpo.

Y desperté con mis brazos extendidos.

 

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