Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.
Leí en «Memorias de un antisemita» que, según Van Rezzori, la vida puede ser como un plato de sopa, que hay que tomarse así esté llena de pelos. A veces es así. Pero otras uno encuentra una carnecita que no esperaba, o como me pasó hoy, un wantan pequeño y olvidado con el que ya no contaba y que te entrega una satisfacción adicional. La vida puede ser comparada con una sopa pero –como todas ellas–siempre está llena de sorpresas inesperadas.
A la salida de la biblioteca, encontré dos novelas en el carrito de los libros en remate. Aún estaba terminando de leer The Moonstone de Wilikie Collins, y sabía que después de sumergirme en el siglo XIX iba a necesitar una lectura que me devolviera a la realidad. Uno de los libros lo hizo por mí. De qué manera. Se llama Netherland y su autor es un irlandés que escribe regularmente para la revista The Atlantic: Joseph O’Neill.
O’Neill cuenta la historia de un analista de bonos petroleros londinense –Hans van den Broek–que se muda a trabajar, con su esposa y su hijo recién nacido, a la ciudad de Nueva York. No es un NY cualquiera, es el del año previo a los atentados del 11 de septiembre. Tras el atentado, sigue una serie de encontronazos entre los cónyugues, que terminan con la esposa y el hijo en Londres, mientras Hans intenta sobrevivir a la ansiedad en Manhattan.
Hans, quien siente enorme nostalgia por su niñez en los Países Bajos, describe todas las situaciones claves de un nuevo neoyorquino. Ahí está el inmigrante lidiando con la ansiedad después del 9-11; con los papeleos de inmigración, con sus amigos que vienen de una docena de culturas diferentes, juntando los puntos que necesita para sacar su brevete, etc
El segundo libro, que terminé muy rápido, se llama Indignation. Lo escribió Philip Roth. Es la tragedia-comedia de un joven judío, hijo de un carnicero kosher de un suburbio de New Jersey, en los tiempos de la Guerra de Corea. Es una novela corta, intensa y muy bien narrada
Mis partidos con Roth están 2-1. Hace algunos años leí The Dying Animal y me pareció una basura. Después de un tiempo me animé a leer The Human Stain y me gustó muchísimo. Este libro me gustó más que The Human Stain. Es menos ambicioso–es verdad–, pero Roth cuenta esta simple historia con gran ritmo, tino para la creación de los personajes, y una selección precisa de las palabras.
¿Cuál será mi siguiente libro de Roth? El primero, el malísmo, lo compré en Borders. Los últimos dos, los que me han gustado, los he encontrado en los estantes de remate de librerías públicas (El primero fue un remate de cuatro por un dólar, en Greenbourgh; este último me costó 50 centavos en Hendrick Hudson). No me animo a pedir prestado o a comprar nada de Roth. ¿Para qué, si sus mejores libros me los ha traido la buena suerte?
La mujer se metió por el callejón al lado del bar. Dos hombres conversaban apoyados contra los ladrillos del edificio y uno de ellos la tomó del brazo. «Está borracha» dijo el que la había agarrado, el más gordo. La mujer apenas si podía sostenerse.
Vestía una falda negra muy apretada a las piernas y los tacones bastante altos. Yo había salido a fumarme un cigarrillo. Me acerqué no porque pensara en defenderla o en que podría suceder algo malo (todo eso lo pensé después) sino porque ella decía algo en español y los hombres reaccionaban como si no la comprendieran. «Caspa en el tenedor» decía ella. No intentaba zafarse. Es más: era como si contara con aquel brazo para no caer.
Cuando me vieron, el gordo le dijo algo a su amigo y soltó la muñeca. Casi se cae. Entonces, ella volteó hacia mí.
Vi luces, sonidos, estrellas. De los edificios cercanos cayeron ramos de uvas. Mi mano tembló y mis ojos se llenaron de lágrimas ¿Por qué? ¿Cómo así me encontraba con la mujer que más había amado en un lugar así? No me reconoció. Dicen que la felicidad completa siempre viene en un solo sentido: América conoció a Europa pero Europa jamás supo de qué se trataba América. Así había sido nuestra vida. Por éso yo había emigrado. Ella, al parecer, había llegado siguiéndome. Fallé en decir algo. Ella se tambaleó y los dos hombres se alejaron con discresión hacia la oscuridad donde antes habían estado conversando. Me acerqué. Ella me echó los brazos a los hombros y tropecé de golpe con su aliento alcohólico, con el perfume de su cabello.
Ella no podía hablar. Yo era incapaz de decirle todo. Allí decidí mentirle. La subí a un taxi y nos fuimos a mi casa, al pequeño condominio en una calle de los suburbios donde había encontrado un trabajo estable y una familia (mis dos perros). Al taxista le tuve que repetir dos veces la dirección. Aclaré que le pagaría con la tarjeta de crédito y le daría una buena propina. Añadí que el viaje de ida y de vuelta no podía tomarle más de dos horas. Aceptó. Ella durmió todo el camino: apoyada en mí. Su boca estaba semi abierta, su baba mojaba mi camisa. Yo estaba en shock. En ese viaje en taxi, mis dos décadas de vida en los Estados Unidos se convirtieron en un completo espejismo. Mis cincuenta años recién cumplidos eran una broma pesada. A su lado, me convertí de nuevo en un adolescente, ése joven que la miraba al borde de un río, apoyado en su falda, pidiéndole un beso.
La recosté en mi cama, sin tocarle la ropa. Apagué la luz y me eché al lado de la cama, en el suelo. Estaba muy asustado pero traté de dormir. Una voz, la de ella–o la que ella fue–, me decía (en aquél margen que uno no sabe si se trata de los sueños o de la realidad) que la vida continuaba. Esa voz me enumeraba las mentiras que yo me había repetido en veinte años de optimismo y de «nueva» vida. La voz me preguntaba si estaba preparado para volver a verla, si mi vida podría dar los mil vueltas necesarias para regresar a donde estuve antes de conocerla. Por fin, pensado en las posibilidades infinitas que nos esperaban al amanecer, yo me dormí.
Y al despertar me di cuenta, por supuesto: esa mujer no era ella.
Ballard ha pasado por muchas manos antes de llegar a mí. Me lo han recomendado como libro de iniciación. Es decir, yo he pedido consejo porque oigo hablar de Ballard como si se tratase de un dios más y yo solo recuerdo Crash, que no me dijo nada. Por Crash, en una clase de inglés, tuve que soportar a un profesor que lo idolatraba. A sus ochenta y tantos años, este catedrático se había vuelto experto en salpicarnos saliva a los estudiantes cuando dictaba su clase.
Me llevé Cocaine Nights al Perú pero sólo agarró un poco de sol y se llenó de tierra. Supongo que es un buen síntoma cuando el único libro que llevas a un viaje de casi un mes se queda sin ser leído. A mediados de enero me enteré que no podía renovarlo en la web porque alguien en la biblioteca estaba esperando que me acercara a devolverlo. Pobre lector: La novela llegó a Nueva York conmigo, con multa, después de volar en cuatro aviones durante más de 14 horas. Ya aquí, entré a Amazon, lo encontré como ganga y lo compré.
¿Valió la pena? El libro es buenísimo. Hay ciertas ideas –que se me quedaron grabadas– que tienen que ver con la delincuencia y el orden social. Hay ciertas imágenes de B-movie que aparecen por aquí y por allá mientras yo leía y me imaginaba Estrella del Mar, esa colonia de vividores felices y tramposos; y a Charles Prentice que, para salvar a su hermano, intenta resolver el caso de un incendio que todos han visto pero del que nadie quiere hablar.
Aquella sociedad es tan superficial como la que veo a diario en la televisión. Es una fantasilandia de muchachos y muchachas en epilepsia permanente, frente a cámaras y micrófonos, pagados para que aplaudan en la pantalla cuando empiezan a brillar los reflectores.
Ballard es necesario. En esta novela de detectives, el crimen se construye frente a las ventilas del aire, en la piscina, entre clase y clase de tenis. Allí empezamos a conocer a estos personajes miserables; a estas figuras corrompidas, máquinas de un universo del que Ballard es dueño y señor.
Hoy celebramos el inicio del mes de la poesía en los Estados Unidos. Desde su guarida, llega Billy Collins, setentón, a darnos un poco más de medicina en verso. El auditorio está casi lleno. La ceremonia comienza con puntualidad y desde el púlpito surgen las diferentes voces. ¿A qué venimos? ¿Qué significa en 2012 sentarse para escuchar poesía? Es tratar de entender lo que pasa en el mundo desde otro ángulo, es escuchar lo que nos dicen quienes viven para el arte. El director del departamento, Terrence Chang, hace un comentario: Collins, con su título honorario, tiene el privilegio de no poseer un e-mail, y es él quien lee los mensajes, halagos y cariños de sus lectores para reenvíarselos. Desde algún rincón iluminado de su casa, Collins decide a quién le contesta y a quién no.
Billy Collins recita sin aspavientos: «Estaba en un restaurante en Chicago, abrí el periódico y me di cuenta que Cheerios cumplía 70 años, la misma edad que yo. Es más, yo soy más viejo que Cheerios porque yo los cumplí hace unos meses. Escucho murmurar a la gente a mis espaldas: Mira, en esa mesa está sentado alguien que es más viejo que los Cheerios». La buena poesía consigue hacernos olvidar que no hemos almorzado. Al final de los aplausos, corro hacia el salón donde mi clase comienza en unos cuantos minutos. No puedo dejar de pensar en ciertos poemas. Me doy cuenta que tengo un mes de poesía para pensar en ellos. Como en éste, con el cual Billy Collins empezaba su lectura, esta tarde en Lehman:
Another Reason Why I Don’t Keep A Gun In The House
The neighbors’ dog will not stop barking.
He is barking the same high, rhythmic bark
that he barks every time they leave the house.
They must switch him on on their way out.
The neighbors’ dog will not stop barking.
I close all the windows in the house
and put on a Beethoven symphony full blast
but I can still hear him muffled under the music,
barking, barking, barking,
and now I can see him sitting in the orchestra,
his head raised confidently as if Beethoven
had included a part for barking dog.
When the record finally ends he is still barking,
sitting there in the oboe section barking,
his eyes fixed on the conductor who is
entreating him with his baton
while the other musicians listen in respectful
silence to the famous barking dog solo,
that endless coda that first established
Beethoven as an innovative genius.
La salida de la casa está cubierta de narcisos. La vecina mira con envidia. La verdad que la suya pierde con la comparación. Han crecido amarillos y blancos y por aquí y por allá desparramados por el jardín. Entre los narcisos hay un tulipán que ha crecido escondido, es el único sobrevieviente del hambre de los venados ¿Quién se come las flores? Aún se notan las pisadas frescas, las huellas enseñan cómo se ha parado la bestia para engullirse los bulbos de otras flores a punto de brotar. El patio está lleno de la caca que dejan cuando pasan de una casa a otra, cabizbajos, mientras devoran todo lo que pueden a su paso.
Hoy prometieron que llovería pero no ha caído nada. Apenas si se ha nublado un poco más el cielo, lo suficiente para ir a dar vueltas por el pueblo, a comer en un Diner de los años 50. Parece tan antiguo ¿lo será? Al lado de un perchero cuelga una foto en blanco y negro de los autos de forma covadongada pasando frente al mismo local donde yo como con cuidado porque el jamón de los omelets ha venido con hueso. Café de la mañana: la mesera me llena el vaso cinco veces. Tal vez me prepara para la caminata alrededor de las calles: silenciosas, casi vacías. Detrás de las vitrinas de los pocos restaurantes abiertos hay caras que empiezan el día, niños que comen a la fuerza lo que sus padres les ponen sobre la mesa: un pan relleno con queso y oloroso a canela. Domingo de pasos tranquilos.
Ayer he acabado un libro: Las partículas elementales de Michael Houellebecq. Otro viaje por Europa un poco distinto que el de hace unos días por Julian Barnes en The Sense of an Ending. El de Barnes es un pedazo de vida recompuesto en base a memorias bien contadas, con un lenguaje que tiene compás y ritmo (Seduce: uno lee y se imagina junto a ese grupo de colegiales que discutían el suicidio de un compañero como si la vida tuviera que comportarse tal y como en la mejor literatura).
El libro de Houellebecq es distinto pero tan bueno como el de Barnes. La piel de gallina que cubre la carátula es tan importante como el vertiginoso timón con que el conductor te maneja entre orgías, deprimentes paisajes urbanos, episodios masturbatorios y decadentes personajes prendidos en una época que les cae a pelo. Acá los buenos tienen que suicidarse. En esta novela está la frase que lo volvió a su autor famoso y que tuvo como consecuencia la reafirmación de la secularidad del gobierno francés: «El islam–de lejos la más estúpida, falsa y confusa de todas las religiones». Si bien Houellebecq se mete contra el catolicismo y contra las otras religiones. Se burla de los intelectuales y se mofa de los científicos. Su novela es un compendio de lo más inútil que nos ha dejado esta experiencia a la que llegamos sin opción, esta cosa llamada «Humanidad».
Malos sueños con The Sense of an Ending. La noche que lo acabé veía las opciones del desenlace cruzar como relámpagos, mientras daba vueltas en la cama y no podía quedarme dormido. Como si esas líneas finales se me hubieran metido en el subconsciente. Los narcisos acaban de nacer y ya se están marchitando, pero otras flores aparecen entre la tierra. Otro ciclo. Mis libros al lado de la ventana, una moneda en el suelo que no compra nada. Ha sido un día con pasos ciertos, moviéndolo todo en la casa. ¿Spaguetti o Linguini? dice ella, mientras me toma la orden. Un alfiler que le parte los labios, cabello color morado. Tiene una sonrisa nerviosa, como la de esa mujer que lo entretiene a Barnes durante toda la novela, que le remueve el cerebro con una tonelada de misterio. En esta parte del planeta hoy nunca salió el sol.
La vi pasando. Tenía el cabello de cierto modo y caminaba acompañada de una fragancia. No sé por qué hay mujeres que pasan y las siento así. Es quizá una cortesía que se cruza. Otras mujeres atraviesan la acera sin que les brindes ni siquiera un segundo, pero ella no.
Cuesta pensar que convicciones y deseos respondan a detalles tan sencillos. La mente es primitiva. Es fácil abandonar las ideas meditadas por una convicción de un segundo, por un deseo: me gusta. ¿Qué me gusta? La fragancia, la vista, el paisaje modificado por su cabello con el entorno de su cuerpo, con la luz de aquél segundo en que pasó por mi lado: la deseo.
De aquellos instantes, de aquellas dudas, también está hecha nuestra vida. Hay razones de sobra para derrumbar un mundo por un deseo. Después de algunas horas podemos sentirlo sofocado y pasajero. ¿Pero si aquél cabello ondeaba un poco más, si esos labios sugerían algo? La posibilidad es un reino que yo no conozco, es demasiado fácil caer en la tentación.
Pero en aquel momento crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.
Roberto Bolaño, Los perros románticos
Hace unos días empecé a ver una comedia llamada How I Met Your Mother. El argumento básico es que un padre cuarentón, en un hipotético año 2030, sienta a sus dos hijos adolescentes en el sofá y les cuenta historias que sucedieron alrededor de los años en que conoció a su madre. Las historias son las de un veinteañero estadounidense de clase media, en Manhattan, en una época alrededor del final de sus estudios universitarios y sus primeros trabajos. Una vida de «sacrificio» con sus consiguientes distracciones: juergas, sexo y amistad. Estas experiencias ocurren en la ciudad de la furia, allá por el año 2005.
Allá en el año 2030, si es que tengo hijos, tendré que sentarlos en un sofá y contarles la historia de un chico peruano que llegó al JFK acabando sus 20s, como de casualidad; y que una tarde del 2006, alrededor de una mesa de madera, en un salón en una universidad en el Bronx, durante la primera clase de un curso llamado «Literatura Afroamericana del siglo XX» vio a su madre por primera vez.
Ninguno de los dos quería estar allí (¿así no son las grandes historias de amor?). Ella había escogido la clase porque quería tentar si se animaba a ir por un doctorado en literatura inglesa; y yo, a regañadientes, porque era la única clase que se ajustaba a mis horarios.
Ella dice que yo la presioné. Yo recuerdo su invitación, muy cortés, a enseñarle el camino a la cafetería y una pregunta (creí entonces que jalada de los pelos, entre vasos de café humeante que decían Starbucks) acerca de la pronunciación del nombre de una de sus estudiantes (ella era profesora de inglés en otra universidad y su estudiante se llamaba Guillermina). Ella dice que yo la presioné para salir. Sin embargo yo recuerdo que, como quién no quiere la cosa, ella dijo de que no iba a un cine hacía casi cinco años. ¿Cómo una chica te puede decir algo así y no esperar que la invites tú a romper su mala racha cinematográfica? Ella dice que yo la intenté besar (aún conservo memoria de las tetas bien puestas de Penélope Cruz bajo un vestido rojo sangre en Volver) y yo recuerdo, con claridad filmográfica, que ella volteó la cara para que mi boca tocara la suya, porque yo no sabía si besarla era lo correcto. Todo aquello sucedió bajo la lluvia, con un poco de frío y muy poca luz, bajo los rieles elevados del tren, en la estación de la Avenida Broadway con la calle 231.
Un amigo solía decir que las mujeres me habían pagado mal porque yo me enamoraba mucho. Este perro romántico jamás había tenido una relación duradera. Mi vida era una colección de encuentros fortuitos, de noches apasionadas seguidas por largas temporadas de furiosas y salvajes noches solitarias. Había dos o tres mujeres que se repetían, porque a nuestra manera supongo que nos queríamos, pero ninguna de aquellas se había convertido en nada estable. Sin embargo, por la época en la que conocí a la que sería mi esposa (quien supongo que será la madre de mis hijos) había empezado a desarrollar inusitados hábitos, para mí, de galán barato.
Una mala experiencia me había obligado a replantearme mi vida de soltero. Perdí peso y empecé a frecuentar el gimnasio. Entonces mi calendario, hasta entonces magro de aventuras, se llenó de ellas. Ellas aparecían una noche y se quedaban hasta la tarde. Eran relevadas y se convertían en aventuras que duraban un día más o se convertían en dos o tres noches seguidas entre las sábanas. Vivía en un cuarto muy pequeño con balcón a una calle llamada Villa. Era limpio, pero de vez en cuando, porque los dueños albaneses no le daban ningún mantenimiento, se aparecían unos bichos –que yo recordaba mucho más grandes en su versión limeña-, unos monstruos de color anaranajado oscuro llamados cucarachas, que yo trataba de matar contra las losetas del baño mientras me cepillaba los dientes. Allí viví dos años. Siempre había fiestas que me obligaban a ir hasta Manhattan o a Brooklyn. Había también visitas que se quedaban hasta el amanecer y se despedían de mí para tomar el tren, o viajeras de otras latitudes que aparecían con sus llantos, sus sonrisas y sus historias, algunas muy descabelladas; para compartir mi cama de plaza y media que apenas si cabía en aquella habitación.
Ya tenía una oficina, a dos cuadras de mi departamento, en una universidad. Allí enseñaba un curso de diseño y diagramación básicos con Illustrator, Photoshop y Quark Xpress. También aprendía, con paciencia, la belleza de un sueño llamado Literatura Inglesa. En la bliblioteca de Lehman College y en mi habitación, gracias a unos tomos impresos a principios de los 1900 y protegidos con una pasta de cuero ennegrecido, leí por primera vez Gulliver’s Travels y A Modest Proposal de Jonathan Swift, Absalom and Achitophel de Dryden, The Rime of The Ancient Mariner de Coleridge, In Memoriam de Tennyson y Marriage of Heaven and Hell de Blake.
En aquél cuarto también me levantaba los viernes a las 6 de la mañana para coger un taxi hasta la estación de tren de Fordham Road hasta la ciudad de White Plains, tomar un bus desde allí hasta el límite con el pueblo de Elmsford en el condado de Westchester, y luego caminar algunas cuadras por encima de la autopista I-287, para trabajar estacionando automóviles los fines de semana en el club de golf más antiguo de los Estados Unidos. En ese club de golf, en las horas vacías de los días de mal clima, bajo un tablero de llaves, también abría mis libros y leía por primera vez los Sonnets de Shakespeare, sus dramas históricos, las comedias y luego las tragedias. Allí también leí –por primera vez– las mejores páginas de Joyce, Woolf, Eliot, Austen, Conrad y Wilde.
Y así conocí a su madre, les diré. O era un perro romántico o era un loco que, de pronto, se dio cuenta de algo. De aquella clase que no quería llevar, mirándola entre observación y observación, tomando notas acerca del Souls of Black Folk, de W. E. B. Dubois, una noche llegamos a su departamento y nunca más nos separamos.
Mi esposa dice que lo intentó. Que me quiso evitar. Que yo la acosé. Que le puse el ojo y nunca la quise dejar en paz. Que con engaños me la llevé a comer sushi en un restaurancito en Riverdale. Que me metí en su cama casi a la fuerza, ante el escándalo de su conejo, Toby, que rondaba celoso. Dice que ya no me quise ir; y que yo iba tan preparado para el asalto final que hasta llevaba un condón, listo, en uno de los bolsillos de mis jeans.
Yo no recuerdo nada de aquéllo. Tal vez sean los trucos de la memoria o detalles que el tiempo ha borrado. Pero ésta es mi historia y por lo tanto, se la cuento yo.
Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos parasitarios, y un anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de agua florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder encontrarlo en las tinieblas.
Cien años de soledad, Gabo.
Macondo is a small hamlet in the middle of the Colombian Caribe. In the 60s Gabriel García Márquez put Macondo on the map thanks to a splendid novel: Hundred Years of Solitude. The Americans got to hear for the first time about Macondo when Shakira mentioned it in one of her songs. To say the truth, most of the Hispanics in the US knew about the existence of Macondo just because of a character in the soap opera El Cartel de los Sapos who always talked–with some contempt– about «the fucking people from Macondo«.
In Macondo, and this is something almost unknown, live the last Colombian vampire. Also the last zombie. They never get together nor talk to each other because some complication of their families, a long dispute of more than a hundred years over a bunch of banana trees. The family of the zombi had the trees over the old canal (the acequia) and the family of the vampire claimed that even if the tree belonged to the zombies, the bananas were growing over their land and were theirs. They had a couple of mini wars and a zombi almost got killed. After a last bloody incident the two families grew very distanced from each other. That was the reason why there was never in that town a kind of odd alliance between vampires and zombies like in other towns in the Caribbean Sea.
[A small tribute to Gabo, the greatest old fart. On his 80th Birthday.]