Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.
Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos parasitarios, y un anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de agua florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder encontrarlo en las tinieblas.
Cien años de soledad, Gabo.
Macondo is a small hamlet in the middle of the Colombian Caribe. In the 60s Gabriel García Márquez put Macondo on the map thanks to a splendid novel: Hundred Years of Solitude. The Americans got to hear for the first time about Macondo when Shakira mentioned it in one of her songs. To say the truth, most of the Hispanics in the US knew about the existence of Macondo just because of a character in the soap opera El Cartel de los Sapos who always talked–with some contempt– about «the fucking people from Macondo«.
In Macondo, and this is something almost unknown, live the last Colombian vampire. Also the last zombie. They never get together nor talk to each other because some complication of their families, a long dispute of more than a hundred years over a bunch of banana trees. The family of the zombi had the trees over the old canal (the acequia) and the family of the vampire claimed that even if the tree belonged to the zombies, the bananas were growing over their land and were theirs. They had a couple of mini wars and a zombi almost got killed. After a last bloody incident the two families grew very distanced from each other. That was the reason why there was never in that town a kind of odd alliance between vampires and zombies like in other towns in the Caribbean Sea.
[A small tribute to Gabo, the greatest old fart. On his 80th Birthday.]
Parecía una idea imposible: una comunidad se organiza, contribuye con horas de trabajo (3-4 por mes) y compra productos que sean orgánicos y producidos en granjas y en pequeñas empresas en su mayoría regionales. Se abre una pequeña tienda, los miembros de la cooperativa declaran una vez a la semana la cantidad de vegetales y frutas que van a consumir, y se hacen los pedidos. La tienda tiene un código de seguridad, con este breve código los miembros pueden acceder a ella las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Así que si a las 4 de la mañana se te antoja una botellita de Brooklyn Kambucha, un SeaSnax, un kiwi orgánico o un bisteck de una granja con ganado alimentado orgánicamente; con esa clave puedes entrar a la tienda, servirte tú mismo, pesarlo tú mismo, poner la plata en un sobrecito en una caja fuerte (o firmar un papel diciendo que debes para la próxima).
Nancy Durand Lanson, una muchacha francesa que vive en Westchester hace muchos años, empezó Raw Life Food Co-op hace 11 años en el sótano de su casa. Poco a poco el proyecto fue creciendo, hasta convertirse en esta tienda en Peekskill que hasta hace unos días parecía haberle solucionado a sus miembros el problema de acceder a comida sana, orgánica, a un precio razonable y en un solo lugar.
Fue un trabajo agotador y Nancy lo venía haciendo indesmayablemente hasta que a fines del año 2011 decidió retirarse de las labores gerenciales porque su familia y su salud necesitaban un poco de tiempo y ella no se los había podido dar.
La mesa directiva asumió el trabajo de convertir a esta pequeña cooperativa en una empresa-negocio con pies y cabeza. Con buenas intenciones y muy poca gente involucrada en labores de gerencia no se puede dirigir una tienda. Al parecer 24 horas al día era mucho tiempo libre. Al parecer algunas personas estaban abusando de la confianza de la tienda. No había grandes pérdidas –nada que un negocio de más de 100 miembros no pudiera cubrir– pero la tienda no daba beneficios, apenas si se cubrían los costos operativos con el consumo de los miembros y la gente dentro de la mesa directiva empezó a sentirse harta, cansada y–la verdad sea dicha–incompetente para el trabajo.
Así, con presión y mucho miedo –porque algún abogado les había dicho que si la empresa tenía deudas ellos eran responsables de pagarlas– la mesa directiva convocó a una reunión extraordinaria. Fue el domingo 4 de marzo. Para hacer todo más dramático, el 2 de marzo mandaron un e-mail colectivo, diciendo que Nancy había sido expulsada de la directiva, y dando a entender que el pobre desempeño de Nancy como gerente estaba llevando la cooperativa al hoyo.
Nancy, la que se levantaba todas las semanas en la madrugada para asegurarse de que los granjeros y productores dejaran lo mejor de sus cosechas para nuestra cooperativa. La que había puesto US$ 9,000 de su bolsillo para pagar las obligaciones atrasadas a los productores. Nancy fue acusada de entrometida, de atarles las manos a los integrantes de la directiva, de ser un estorbo para la transformación de la cooperativa en una corporación; y fue expulsada.
El domingo 4 de marzo, entre gritos de indignación, llantos y mea culpas; la mesa directiva transmitió el miedo: renunció la mujer que le mandó el e-mail a Nancy, renunciaron otros miembros de la mesa directiva y dejaron al voto, al parecer la única opción posible: la liquidación de RawLife Food CoOp.
Fue un ejemplo patético de una directiva desbordada y llena de miedo, sin ninguna capacidad de liderazgo, sin deseo de asumir ningún riesgo. Mientras algunos miembros decían querer poner más horas e incluso dinero para que la cooperativa siga existiendo; la mesa directiva, que nunca puso un número exacto sobre la mesa, con un discurso repleto de vaguedades sin ningún dato específico, que sólo se dedicó a decir «nada está claro», «esto no funciona», asustada e incapaz, se tiró abajo 11 años de trabajo y un extraordinario sueño.
Tomé esta foto en Peekskill, Blue Mountain. Con el iPod e Instagram
¿Qué invierno? Escribir sobre el invierno en estas condiciones equivale a escribir sobre nada. Un par de días de nieve floja. Paseos entre las matas desnudas del parque. Tantas horas desperdiciadas en imaginar su venida y nuestra frustración mientras las llantas de auto se atoraban en la nieve, agitando la pala sin descanso, desparramando chorritos de sal para que se esfumara el largo calcetín blanco de su paso. Y nada. Tanta especulación. Allá otra prueba más para los precavidos. Tanto tiempo esperándola, para que nunca viniera, para que nunca llamara, para que nos quedásemos con el chorro de sal y la ropa del frío.
Un invierno deportivo, eso ha sido. Ganándome la competencia contra mí mismo a puro nado. Gritando porque ganaron los Giants, asombrado–como media ciudad–con Jeremy Lin sacando las pelotas debajo de un adversario en un juego de los Knicks contra los Mavs. Y leyendo, claro, contra la ventana de los trenes, en un rincón de la casa, buscando luz: Istambul de Pamuk, Cocaina Nights de Ballard, ahora The Elementary Particles (Atomised) de Houellebecq. Lo bueno de los inviernos ligeros es que no hay tanto tiempo para leer, que se puede salir con confianza a ver el mundo, a investigar los rincones que necesitan nuestras historias, no a rebuscarlas entre libros ya escritos, entre tramas ya imaginadas.
También hubo películas y hubo cocina. Porque cuando hay tiempo libre (y lo ha habido) se puede ensayar esos ingredientes que no se han mezclado jamás en una olla y entre el humo y las verduras, robándole tiempo a otras ideas urgentes uno se puede sentar en la sala a ver cosas como Senna o Poetry. La poesía coreana esperó un poco más, escondida a medias entre las pésimas conexiones de Internet. Por la noche, antes de dormir, termino de verla – ¡con subtítulos! – en la mini pantallita del iPod, a oscuras. Esa fue otra experiencia invernal. Después, hubo noches con otro tipo de aventuras. Por ejemplo Point Blank, excelente largometraje francés de acción y policial. También hubo ese malísimo retrato de la peste negra llamada Black Death. Nadie podrá igualar, compruebo, el recuento que hace Camus en La Peste.
De la experiencia con Driver : Ryan Gosling es un muy buen actor. Los primeros minutos, el filme nos captura sólo con miradas por el retrovisor. Sin pestañear, la voz de la radio, las llantas contra el asfalto. Sin embargo, esta es una película de imágenes, como un Matrix de la vida real. Es una historia llena de cuchilladas y de agujeros. Escenas sin resolver: como este invierno.
Esta estación ha sido suspendida como un brunch entre el almuerzo y el desayuno: un primvierno. Un pequeño aperitivo para que cuando escuchemos al calor que viene y roguemos para que desaparezca, sepamos que la Naturaleza aún puede acudir a salvarnos. Como lo haría cualquier madre generosa.
In my dream there was a highway surrounded by sequoia trees. We were going in two cars–mine was a nice black sport one–and all of a sudden, from the sky, the tips of the trees started to fall down. It was impressive and scary. It was one, two, and then the big branches were falling everywhere. «Still, they are too far–I thought–to be worried».
Somehow, the dream has to be connected to the movie I watched this afternoon: Rise of the Planet of the Apes. Maybe just the images, and the ideas of a world, not too close, not too far, where a new civilization is starting to gain power. The dream is also connected to a documentary I watched a week ago about sequoias. A scientist at Yosemite National Park was climbing the trees and taking samples of their sap to study if global warming was affecting their capacity for survival.
Also (and I don’t have an explanation for this) the dream is connected to my yesterday’s short visit to the Frick Museum in Manhattan. To Rembrandt’s self portrait and to the big canvas painted by Turner of two different European ports. The strength of the strokes of painting around the hands of Rembrandt and the light in the landscapes by Turner are the ones in my dream. Those trees were real. I had to keep looking up to avoid them.
Also, I was wondering: Where is Cesar? Would it be another movie? I would prefer to know that or to meet Rembrandt and shake his hand?
I am still dreaming, here in New York, looking up for the falling sequoias
Quisiera haber apuntado en una libreta todos los detalles. Porque luego me encuentro con ella y me dice: «No, así no fue ¿no te acuerdas?» Y lo que yo me acuerdo tiene que ver muy poco con lo que en realidad pasó.
Ella llegó una mañana de febrero en que nevó, como hoy. Yo era más joven, vivía en Brooklyn y poco sabía del invierno. Ella llegó al aeropuerto acompañada de una amiga que–cuando pasó lo que pasó–se dedicó a criticar sin mirarme a la cara. Yo creí que les había prometido un tour por Nueva York pero ella me dice que les había prometido el Empire State. Puede ser cierto porque cuando neva clausuran el balcón. Y nadie sube hasta allá para darle vueltas a la tiendita de recuerdos y tomarse un café.
Ella era trigueñita, del bello color de la arena mojada–como leí en una crónica cubana. Tenía mucho dinero y le disgustaba mojarse las botas. No sé porque nos quisimos, pero entre tantas dudas y malos recuerdos siempre parecemos concordar en aquello: nos quisimos. Fue una locura de invierno, de días cortos con noches largas. Casi siempe estuvimos metidos en la cama o en una bañera, tocándonos como quien ama por primera vez.
Su viaje estuvo cortado por un crucero que partía a las Bermudas desde un muelle en Manhattan; y por un viaje relámpago a Viena. Cuando llegó su crucero terminaba de nevar, cuando regresó desde Viena (para estar conmigo por cinco días, conocer Philadelphia y volver a Lima) nos estaba sepultando una nevada. Su amiga tomó un taxi en el muelle. Dijo que la encontraría el día de la partida, en el aeropuerto.
Caminamos por la 42. Ella miraba con espanto sus botas enterradas en el hielo de la calzada y yo forcejeaba con una maleta repleta de recuerdos vieneses. Ella sugirió que nos metiéramos a un restaurante carísimo para desayunar. Viéndola cubierta de nieve y con una mueca de angustia, intentando forzar una sonrisa debajo de su abrigo de esquimal yo le dije: «La nieve te hizo tan blanca»
–Así no fue. Yo me estaba muriendo de frío y quería tomarme algo caliente.
–Tú estabas molesta porque eran tus botas nuevas. Se te estaban arruinando.
–Y tú me dijiste que se me arruinaban y me comprabas otras ¿Eso no te acuerdas?
–¿Yo? ¡Si en esa época yo estaba más misio que nunca! No puede ser…
Ella se ríe en el teléfono. Se acuerda de otros detalles: quise que pasara la primera noche en mi departamento, que yo compartía con dos amigos. Un colombiano se hizo el huevón y quiso abrir la puerta del baño donde ella estaba calata. En Philadelphia me obligó a pagarnos un buen hotel. Sólo pude pagar una noche y ella pagó las siguientes (al parecer yo juré que le iba a mandar el dinero a Lima). La noche que se fue, lloró en el camino hacia el aeropuerto. Dice también que durante aquél viaje en taxi yo prometí acordarme de la fecha en que nos reencontramos en Nueva York después de tantos años, sin embargo
–Te olvidaste. Eso y todo lo que te conviene. Sólo te acuerdas de los polvos.
–¡Que malhablada!
Suelta una carcajada. En ella no se notan heridas ni rencores. Éramos más jóvenes y más tarados. Desde entonces nos hemos encontrado muy poco, siempre en la computadora o en el teléfono. Nunca nos hemos vuelto a ver.
–No puedo creer que hayas venido tantas veces a Lima y jamás me hayas llamado.
No hay reglas para los amores del pasado, tampoco para las amistades duraderas. Las personas se juntan por leyes de atracción que funcionan sin que movamos un dedo. Gracias a estas mismas leyes, al reencontrarse, las personas vuelven a ese afecto. Disminuído, porque se acabó «la llamarada», pero siempre allí: un afecto de llamadas cariñosas, de bromas subidas de tono. Son jueguitos semi civilizados para no dejar de ser nosotros mismos, para no olvidarnos de nuestros errores y ser, a nuestra manera, amigos inmortales.
Portada de la novela de Orhan Pamuk sobre su ciudad natal: Estambul.
Mi amigo se ha alojado muy cerca de Times Square, en un hotel con noches en oferta que tiene su acceso privado a un Night Club. Ya fue, ha desayunado dos huevos sunny side con jamón mientras mientras miraba a las stripper. Se ha pasado la servilleta por la boca cubierta de migajas antes de pagar 20 dólares para que una dominicana le ofrezca un bailecito privado. Era una canción de Rihanna, una que todas las mañanas me despierta cuando la radio automáticamente se enciende en el show de Nick Cannon. Sobre un sillón a oscuras, ella le ha acercado sus tetas cibaeñas y él ha besado la piel tibia aún con el saborcito en la garganta a huevo frito. Después ha subido los escalones del club y me ha encontrado en la calle 44, frente al hotel.
Está un poco más arrugado. Más de 10 años sin verte, así es como uno pierde poco a poco a los amigos. Divorciado, lleno de vida, un poco más gordo, negocios viento en popa en Lima y en la Florida. Me pregunta: ¿Qué vamos a hacer?Establecemos el plan de los principiantes: ferry a Staten Island, Sea Port, caminata sobre el Puente de Brooklyn. Luego, me vas a acompañar a Queens, es una conferencia a cargo de un Premio Nobel de literatura: Orhan Pamuk ¿Lo has leído?
Todo parece interesarle, es un niño por primera vez en el zoológico. Trepamos al ferry y nos tomamos fotos con la estatua de la libertad, él despide aquella mirada de todos los turistas al comprobar su tamaño, ¿y eso es todo? La primera actriz de las postales neoyorquinas es una enana. Ayudamos a un par de coreanas a salir juntas con el paisaje de los rascacielos en el fondo; tomamos un bus gratuito hacia el puerto, almorzamos apurados una pizza, después de despreciar los bocaditos que nos ofrecen los restaurantes chinos. Tomamos un taxi–parte del tour– hacia el puente. Apoyamos la espalda contra los cables, nos fotografiamos bajo los arcos de piedra sobre el East River, las puertas de entrada a Brooklyn ¿Sabes cuánta gente murió en la construcción de este puente? Decenas de bicicletas, pasan de uno a otro lado de la ciudad, interrumpiendo a dos amigos que no conversaban desde el siglo anterior. Hay que hablar de Lima, de Nueva York, no hay muchas cosas que decirnos: las conversaciones no se pueden construir con tantos saltos aislados en el tiempo. Resumiré: es feliz. Ya caminamos por Brooklyn. Las luces de la tarde empiezan a marchitarse. Paseamos por el Promenade inspirador y nos zambullimos en los trenes subterráneos, rumbo a Queens.
Mi tercer Nobel. El primero fue Seamous Heaney en la Morgan Library y el segundo Mario Vargas Llosa en una premiación en el PEN Institute en la cual se sentaba y se le podía ver el final de los calcetines. Le explico a mi amigo la estrategia: yo voy a entrar al auditorio como periodista, hablando con los organizadores (una mujer de anteojos que veo que saluda distraída a los invitados al lado de la puerta); mientras él ingresa con mi carnet de profesor, la foto es sorprendentemente parecida y, además, en estos eventos nadie mira muy de cerca las identificaciones. Dspués de rogar un poco porque me he olvidado de llamar con anticipación «Please, don’t do this the next time» la muchacha me deja pasar y me alcanza un folleto para prensa de una serie de eventos alrededor del mismo tema: no sabía que Queens College estaba celebrando el año de Turquía (tampoco que Pamuk era tan joven. Pensé que la foto de la contraportada de Istanbul era antigua y retocada.) El evento en en realidad una conversación sobre el escenario, grabada para NPR, a cargo del famoso Leonard Lopate. Son dos famosos discutiendo Istanbul y la última novela de Pamuk, que no es otra cosa que la continuación de sus memorias de una ciudad donde ha vivido ininterumpidamente desde su infancia.
El inglés de mi amigo es demasiado básico para esta conversación entre literatos, este paseo por el Huzun de Constantinopla, las tardes del Bósforo con los ferrys cruzando del oriente al occidente, los amantes deteniéndose en las orillas del río para ver las fogatas con las que se consumían los últimos palacios de madera del imperio otomano; o las terribles tardes masturbatorias del joven Orhan, disecado en un edificio de museo donde sus antepasados se adjudicaban para vivir pisos distintos, intentando escapar de su destino con apasionados amores por las revistas antiguas sobre Estambul, los poemas sobre Estambul, las pinturas de Estambul y cada pedacito de historia contado por los ilustres visitantes que contrajeron la gonorrea, el chancro blando o la sífilis allí, como Flaubert.
La noche es redonda. Al salir de Queens College somos más amigos de antes. Yo tengo mi tercer Nobel y él su primero. Yo estoy demasiado cansado para seguir la noche: tengo libros que releer, clases que preparar. Nos arrastramos por Times Square, tomamos una última foto para mi álbum de visitantes ilustres y me voy a casa.
Mi amigo se queda parado frente a la puerta de su hotel: su avión sale algunas horas más tarde, pero él cree ver unas tetas del Cibao que lo llaman locas y desesperadas desde allá abajo, entre la música disco del Night Club. Así que decide bajar las escaleras y meterse un rato más, pasar la última noche en su nuevo Estambul.
La actriz coreana Jeong-hie-Yun en una escena de una gran película: Poetry.
Un balazo que te hace temblar. Un hombre que se cae de una silla con un agujero rojo en la frente. Minutos de desesperación, gritos, recriminaciones. Una vida que se va: joven, casi completa, repleta de espejos, de aniversarios, de días especiales. Un día que no tenía por qué ser especial un joven desaparece.
El día siguiente no parece ser muy diferente. Es más, ni siquiera puedo recordar las fechas exactas. Sé que tenía 19 años, sé que estudiaba en la universidad. Sé que fue una noche incómoda y que al despertar me dieron la noticia: se fue. Parece una vulgaridad que nosotros tuviéramos que seguir con nuestras vidas, que una vida menos no oscureció la mañana, no empañó nuestros mejores momentos en el futuro o nos consoló en nuestros días más flacos, en nuestras tardes más desesperadas. Se fue y allí sigue él, flotando en la incertidumbre de un universo que algunos susurran que nos toca todos los días. Que a veces incluso nos respira en la oreja y hasta nos abraza.
Así se sienten nuestros muertos. Creemos que no están hasta que una línea de un libro o una imagen en la televisión nos alcanza con la imagen correcta y la memoria de una pérdida resuena como una melodía a veces dulce y a veces muy amarga. Nos reconciliamos con el olvido y el abandono temporal; nos imaginamos historias con nuestro muerto, como si él siguiera vivo. Somos hombres con alma, parece decirnos el recuerdo. La estupidez no tiene cabida en la nostalgia. La memoria nos permite, paradójicamente, sentirnos afortunados, hasta orgullosos del camino andado, insensibles a los logros por venir: He llegado ¿qué más me da el futuro?
Entonces, una muerte transforma el día. Una muerte se vuelve el tema de una memoria, de un poema, de una lágrima que sí tiene sentido.
La muerte generadora de vida. Ese es un gran poema.