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The New York Street

Un blog lleno de historias

Autor

ulisesgonzales

Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.

Austerlitz o la balada del niño del tren

A Sebald hay que leerlo varias veces y en la altura ¿Qué tan alto? A 40,000 pies. En un avión. Es más, en varios aviones de este a oeste, de norte a sur y de sur a norte. Hay que leerlo con los oídos tapados por la presión y con una lamparita de luz blanca fija en la página. No existe otra forma de leer a Sebald y entender la magnitud de su libro: Austerlitz. El hombre que mira hacia el futuro y no entiende nada, hasta que el pasado le pasa la factura. Austerlitz: el niño estúpido, el viejo sabio, el ignorante, el excéntrico; el inglés, el checo y el francés; el experto en arquitectura, en historia y en arte; el erudito, el ermitaño, el desamparado.

Un libro para que contenga a todos los libros: como el anillo. Unas páginas que contengan a todas las páginas que se han escrito sobre las consecuencias del holocausto.Una novela que te ponga –a mitad del libro– en la situación de decidir si es mejor seguir leyendo o ponerse a vomitar, a llorar o a escupir al cielo. Un álbum lleno de fotos, con un niño-anciano que las recorre como camina Europa y describe la insensatez de levantar fuertes indestructibles o magníficas estaciones de tren. Una tertulia que se extiende por un número indefinido de años: que marcha de los franceses, a los ingleses; de los alemanes a los checos, de un edificio en Antwerp hasta un campo de concentración en Terezin.

Una novela que intenta explicar la locura y la barbarie sin gritar. Una historia que se resume (tan bien) en esas manos arrugadas de una mujer que se cubre los ojos –porque no puede creerlo– y pregunta «¿Eres tú Jacques?«.

Hay que leerlo, bajo las condiciones establecidas. Porque intenté acabarlo antes y no me pareció lo mismo. Porque sólo lejos del suelo firme parece entenderse el tamaño de la reflexión. Max Sebald, muerto antes de los 60: alemán y escritor. Austerlitz: batalla, Austelitz: librazo.

Ciudadano de tal

Los dientes de Guillermo son muy blancos. Hace años que se convenció de que era la única parte de su rostro que podía transformar (podría haber pagado una cirugía, pero aquello lo hubiera convertido en el punto de las burlas de sus amigos).

No sé qué es lo que hace a Guillermo tan feo. Tal vez sean las convenciones de lo que llamamos simétrico o asimétrico. O quizá es alguna condición genética. Su rostro es como un boceto de rostro. Es una obra en la que al creador le faltaron minutos para poner todos los elementos en orden. Su cara es una cosa cubista, y dentro de aquél cubo, sus dientes brillan. Además de los dientes, Guillermo tiene una voz perfecta. Jamás la ha trabajado, fluye como si perteneciera a otro. La ha usado para el mal: es cierto. No son pocas las mujeres que han caído atrapadas en sus discursos ingeniosos y sus trampas telefónicas. De joven –cuando el teléfono aún era la forma más común de comunicarse entre los jóvenes y Guillermo tenía más tiempo porque no trabajaba 80 horas a la semana en el empleo que ahora le permite pagar 200o dólares por blanquearse los dientes–, planeaba sus incursiones telefónicas con la misma astucia conque los muchachos guapos planeamos nuestros encuentros cara a cara. A nosotros nos preocupaba lo visual: Guillermo vivía obsesionado con los detalles auditivos.

Caminaba por Lima en búsqueda de números telefónicos. Las presas más fáciles eran las secretarias que atendían en tiendas y oficinas. Si le gustaban, conseguía los números en la guía y las llamaba. Una vez que las tenía en la línea era sencillo engatusarlas. Sabía cómo ordenar sus palabras, como modificar el timbre de voz para generar confianza, intriga, convicción y esperanza. Prometía amor y le creían. Después de tres o cuatro largas conversaciones en la oficina, ellas le confiaban el número de sus casas. Prometían estar solas en la noche, con el teléfono muy pegado al cuerpo para escuchar lo que la voz les ofrecía. Y a solas, él les prometía lo que jamás se iba a atrever a decirles cara a cara. «Su voz» pensaban ellas, mientras la electricidad les bajaba por el espinazo y las cruzaba de dicha «¿Cuándo te veo mi amor?» decían ellas y si él se aburría de su insistencia decidía olvidarlas.

Intentó ser locutor, pero en la conversación masiva su voz era fragil. Su talento se apagaba si la conversación no era de uno a una, si más de un oído recibía su mensaje.

Al terminar la secundaria consiguó un trabajo estable y pudo pagarse las prostitutas que le aliviaron la sensación pecaminosa de masturbarse demasiado al teléfono. Intentó vendar a  una de ellas, pero el resultado no fue el mismo:ella sabía que aquella voz provenía de una cara deforme. No se entregaban con la misma pasión de las muchachitas telefónicas. Guillermo también intentó con una muchacha ciega pero aquella vez lo consumió la autoculpa. Cuando la muchacha le pidió que la tocara, él no se atrevió. Por más que quería, no se le paraba.

Por esa época, cuando casi no le interesaba conocer mujeres porque creía haberse acostumbrado a su dieta semanal de putas,  conoció a una satipeña con los dientes blanqueados y le asombró que por prestarle demasiada atención a la dentadura se demoró en percatarse de ciertos defectos del rostro que otras veces le hubieran resultado inaguantables. Se le ocurrió una estrategia combinada : la magia de los dientes blancos serviría de droga de acercamiento. Sería una pantalla que bloquearía la primera impresión desafortunada que siempre provocaba su rostro. Los dientes le comprarían el tiempo necesario para hablar. En los segundos posteriores al encontronazo, mientras la blancura cegadora bloqueaba los otros sentidos de la víctima, Guillermo trabajaría la entrada al corazón de ellas con su voz. «Será hipnotismo puro», pensó Guillermo entusiasmado, mientras se lavaba los dientes.

Consiguió los números de los especialistas. Se inscribió en un tratamiento intensivo que incluía blanqueo y detalles estéticos. En unas semanas estuvo listo. Marcó un número telefónico al que le venía dando vueltas en la cabeza desde hacía algunos meses. Se llamaba Mariana: puta de alto vuelo. Carraspeó en el auricular, habló sin entonar, cortando las palabras, negoció el precio y el tiempo antes del encuentro. Ella llegó a su departamento y él abrió la puerta: 5, 10, 15, 20, 25 segundos….un pequeño destello antes de que Mariana pusiera ese gesto de rechazo que Guillermo conocía tan bien. Ella dudaba pero era una profesional. Él le apretó la cintura y le dejó saber que se trataba de un buen cliente.

Guillermo, con paciencia, perfeccionó su técnica. En los 25 segundos, de alguna manera conseguía sacar su rostro del ángulo de visión de las muchachas. Acercaba la boca a la oreja, ponía las manos (gruesas, ásperas, intimidantes, calurosas) en el cuello de ellas, al comienzo de la espalda. Entonces tenía otros 15 ó 20 segundos adicionales para hipnotizarlas. Y eso era todo lo que necesitaba.

La amargura

Juani amaba a Perséfone. En las horas muertas de la tarde, cuando terminaba de recoger las frutas maduras y de pasear a caballo, vigilante entre las matas de aquella tierra que le pertenecía a su familia; Juani imaginaba a Perséfone con él. Su padre se la había llevado a Lima a la fuerza, con el cuento de que tenía que estudiar.

La discusión empezó en la casa de ella. El tio Jesús llegó de la chacra y empezó a decirle que se tenía que ir a Lima en dos meses, que ya había conversado todo con la tía Olivia, que tenía un cuarto para ella y hasta se podía llevar el auto porque con el crimen que había en Lima era necesario. «Ya eres una mujercita, necesitas ponerte formal» le dijo el tío Jesús, que curó las quejas de su hija con una cachetada. Fue tan fuerte que Juani, sentado a su lado sobre el sillón de la sala,  tembló como si se la hubieran dado a él. «No me discutas, Persi», dijo el tío Jesús, y se fue para la bodega a verle el agua a sus aceitunas.

Al día siguiente y durante las semanas que siguieron, trataron de olvidarse del tema e hicieron su vida normal. Juani la esperaba a la salida del colegio, la acompañaba hasta su casa, almorzaba con ella y con su tía, regresaban a la casa de Juani y si no había nadie (casi nunca había nadie en casa de Juani) se encerraban en el dormitorio. Una de esas tardes, más caliente de lo normal, a Juani se le antojó que se lo quería hacer por atrás y Persi se dejó. Se quejó por un instante del dolor, pero al final fue como si lo hubieran hecho siempre; y se quedaron empapados de sudor, abrazados, él encima de ella. Luego se sentaron en la sala a ver una película de la tele. Después caminaron hacia el río. Juani le enseñó como domaba a uno de los caballos de su padre que se estaba portando chúcaro. Cuando la tarde enfrió, se fueron para la casa de Persi. Sentados en la mesa del comedor, la tía Rosa y sus cuatro hijas–Perséfone era la mayor–jugaron a las barajas hasta muy tarde. Como otras tantas noches, el tío Jesús nunca llegó a dormir.

Una de aquellas tardes, a Juani le trajeron del correo una postal de su hermano Damián, que vivía en Los Angeles. Él y su novia gringa le mandaban una postal de un viaje de vacaciones (la postal venía desde la ciudad de Vancouver). «Te extraño hermanito» escribía él detrás de la foto, antes de firmarla: Lauren y Damián .

Siempre que le llegaban noticias de su hermano, Juani se ponía de mal humor. Perséfone sabía que le tocaba estar atenta. A la primera ocasión le gustaba soltar cosas como «Me voy a ir a vivir a California». Sin embargo esta vez–quizá porque Perséfone se iba y aquella amargura dolía tanto que le cerraba la boca–no dijo nada. La postal se quedó olvidada en la cocina. Miraron televisión en la sala hasta pasada la medianoche, cuando Perséfone se despidió y se fue. Desde la puerta, Juani la vio cruzar la plaza.

Al día siguiente, muy temprano, le vinieron a dar la mala noticia: El tío Jesús había esperado a Perséfone, sin decirle nada la arrastró hasta su camioneta y se la llevó a Lima.

–Son siete horas, ya debe estar allá.

Juani nunca recordaba si fue él quien hizo el comentario acerca de las horas del viaje y la probabilidad de Perséfone llegando a Lima, a la nueva vida que su padre le ofrecía. De todos modos, aquella mañana en que Juani intentaba hacer su vida normal, miró una y otra vez las calles de Jaquí y sólo vio lo que siempre había en aquellas calles: polvo. Y le llegaba con claridad, la sensación que acompañaba aquella vista: sentía que se convertía en una especie de bicho, sin alas, un insecto que se arrastraba sobre el polvo, atrapado por aquél paisaje desierto que lo descorazonaba.

No entiendo nada

Una de mis experiencias más frustrantes con los idiomas sucedió en Frankfurt en 1999. Estuve, durante varios días, rodeado de una familia y amigos alemanes que conversaban y reían sin que yo pudiera entender una pizca de su conversación.

Así que mi reciente viaje ha sido una cura de humildad. Ese tipo de situaciones han abundado. Esta vez no estaba solo, y aquel detalle hizo la experiencia mucho más llevadera (porque incluso en la ignorancia podía burlarme de ella con mi esposa); de todos modos, entre esas voces que nos hablaban en húngaro, en checo, en sueco, en esloveno y en alemán, me sentí muchas veces en la misma desconsolada situación de hace 13 años en Frankfurt.

El cariño de la checa Alena –mi amiga de estudios en Nueva York y (después de este viaje) para toda la vida– por el escritor y ex presidente Vaclav Havel; me llevó a comprar el libro de memorias To The Castle and Back,  que comencé a leer en Praga, seguí leyéndolo en Europa y cuyas casi 400 páginas recién estoy terminando de leer acá en Nueva York. Este libro de Havel me ha permitido comprender mejor todo lo que vi y escuché sobre la sociedad, la política y los checos.

Vaclav Havel –murió hace unos meses pero su salud delicada (empeorada por una neumonía de los cinco años que pasó encerrado como preso político) ya pronosticaba su muerte desde hace una década–esclarece los pedacitos de información que obtuve durante mi visita a Praga; y  me permite entender mejor aquello que leí o escuché sobre la «Revolución de terciopelo», las mil y una renovaciones del Castillo; el apogeo y decadencia del comunismo; y las tensas relaciones de los checos con los alemanes, los estadounidenses y los eslovacos.

Havel, salta de una década a otra, de sus épocas como disidente a sus 12 años como presidente, de un hecho histórico a un chisme de actualidad, del Castillo a una biblioteca en Washington DC; para darnos un panorama general del período que le tocó vivir y del país que dirigió: una nación que abrazaba los valores occidentales europeos después de muchas décadas de opresión comunista.

Burlándose de sí mismo y de quienes lo acompañaron en su aventura como presidente; y respondiendo preguntas que él mismo ha seleccionado, Havel nos informa sobre sus enemigos y su relación con la prensa; acerca de sus romances y la difícil situación de su primera dama tras la muerte de su primera esposa;  los primeros acercamientos a NATO y la Comunidad Europea; los pasos que se tomaron para disolver el Pacto de Varsovia; sus reuniones con Gorbachov, Yeltsin, Bush, el Dalai Lama, los Rolling Stone, con sus amigos intelectuales de toda la vida; y con los nuevos políticos acomodados al poder y encargados de desprestigiarlo.

Durante todo el libro, Havel, quien hasta 1989 sólo había sido un famoso dramaturgo, intelectual y disidente; se nos presenta como un personaje un poco abrumado por las responsabilidades de su cargo pero siempre consciente de su importante y un tanto inesperado papel histórico ( tras la dimisión de los comunistas,  sus partidarios le dieron 24 horas para que aceptara ser candidato a la presidencia) y del rol que jugó como símbolo de la República Checa hasta los años previos a su muerte.

Agárrate el día

Pasa por la calle y encuentra un revólver. Encuentra un revólver y dispara. Dispara y empieza a correr. Al final, agotado, miras el humo que sale del cañón. Piensas en esa calle y en ese revólver.

Te la has encontrado y conversas. Has conversado y la besas. La has besado y le has dicho cuanto la deseas. La has deseado y la has tocado. La has tocado y has entrado en ella. Piensas en ella, en esa calle, en esa cama y en ese revólver.

Las nubes tienen forma de animales. Miras una nube que se cruza y piensas en los millones de hombres y mujeres que comparten contigo instantes como aquél. Son animales sanos e inocentes, que como todos nosotros, a veces lllegamos demasiado tarde al último rollo pero luego descubrimos que mejor, que estamos muy temprano para el siguiente…

Sentado en una máquina del tiempo, analizas el presente. Tienes sólo una semana. Tal vez dos, nunca lo suficiente.

Una semana para volver a llegar y empezar a poner nombres…

Carajadas

No siempre sorprende el «sorprendente»…

Llega a las pantallas un nuevo proyecto de Spider-Man y el comentario parece ser unánime: es una porquería.

No entendí muy bien cuál es el motivo por el que se tiene que reinventar a un superhéroe que se ha reinventado hace sólo 10 años (además de los motivos económicos). Esta semana en The New Yorker, Anthony Lane lo destroza. Critica desde la falta de sentido del humor de los personajes (y los diálogos estúpidos de Parker) hasta la escasez de imaginación del director. Esta apuesta por el dinero fijo y el mal cine, sólo revuelve alrededor de la capacidad de los efectos especiales por llegar más arriba y hacer el mayor ruido posible. (Como ese otro bodrio llamado Transformers )

Hace unas semanas leí una serie de comentarios devastadores sobre The Avengers en una página dedicada a los comics. Los fanáticos descargaban bilis acerca de la infidelidad de la película hacia el «espíritu» de Los Vengadores. Sin embargo, a mi me había encantado el tono sarcástico con que el que se autorretratan en aquella película los superpoderes, las superflaquezas y la relación de estos engendros disfrazados con la ciencia y con los humanos. Está muy en la línea de lo que hizo Alan Moore con Watchmen.

The Avengers, con la gran capacidad para burlarse de ellos mismos, me parece no una falta de respeto, sino una puerta de acceso (tal vez la única) para quienes quieran seguir trabajando con la reinvención filomográfica de héroes que no necesitan de «reinvención».

Recordemos que aquella capacidad de los dioses y semidioses de reirse de sus propios poderes y debilidades –enmedio de la inevitabilidad de su tragedia– es una de las grandes cualidades de las obras de –entre otros– Sófocles y Homero. Con menos humor y nada de transgresión, la saga de este hombre con poderes de araña sólo tiene  futuro en la taquilla de las siguientes semanas.

Después vendrá el olvido y se la tragará.

Abuelo.

A

Un hombre que parece ser mi abuelo. Tiene el pelo engominado y la apariencia de un tipo «suave», viste una camisa bien ajustada, de un color elegante; y unos pantalones que le sientan bastante bien. Debe de tener unos 90 años, se le ve «parado» y jovial. Su cabello es blanco pero por aquí y por allá aún tiene algunas hebras grises. Mi abuelo me aconseja sobre  la vida y las decisiones que un hombre tiene que tomar.

Lástima que no recuerde ninguno de sus consejos al despertar.

Me despierto con brusquedad y me doy cuenta que mi abuelo ha muerto, un día como hoy, hace 20 años ¿Coincidencias? Nunca tuvimos una conversación como la de anoche durante mi sueño; y nunca lo vi morir. Supongo que algo de aquella culpa todavía me perturba.

País de nada

Salvatore Romano de Madmen. Su primer encuentro homosexual

Esta semana, la carátula del New Yorker apareció con un dibujo de dos novias en la carátula. Dos novias tomadas de la mano: marida y esposa. Hace poco tiempo, unos días después de la toma de posición pública de Obama frente al matrimonio homosexual (podría ser amparado por las leyes federales), la carátula del New Yorker puso en la carátula un dibujo del frente de la Casa Blanca con las columnas pintadas en un jubiloso color arcoiris.

La idea del matrimonio gay aún mueve las billeteras de los hipócritas que lo usan como excusa para apoyar otras ambiciones «conservadoras» de la agenda republicana (más poder para las corporaciones, menos poder para los sindicatos de trabajadores y el gobierno que los apoya). Si bien, poco a poco, la idea de que en este país un matrimonio gay puede ser amparado por el gobierno federal empieza a alejarse del ámbito de la ciencia ficción.

Hace unas semanas, en un capítulo de la tercera temporada de MadMen (2009), veía que Salvatore Romano–director del departamento de arte de la agencia Sterling Cooper–vivía su primer encuentro homosexual (protegido por el «anonimato» de una habitación de hotel y un botones libidinoso y discreto). Una temporada atrás, Salvatore rechazaba una mano varonil en un bar y, confundido, pretendía negar lo innegable: la carga eléctrica que le generaba el perfil de ciertos caballeros.

Pero en Madmen también hay personajes como el guapo, lacónico, europeo y recién contratado ejecutivo creativo quien ante las insinuaciones de sus compañeros por su «interés» en la fogosa Peggy Olsen, de buenas a primeras aclara que él es homosexual. «A mí me gustan los hombres, no las mujeres». La ciudad de Nueva York de Madmen (1960), contenía a los dos tipos de gays. Sin embargo, aquellas «escapadas del closet» eran asumidas entre el público–los neoyorquinos que elegían a JFK en vez de a Nixon–con una enorme dosis de repugnancia.

En ese sentido, Estados Unidos algo ha avanzado. Porque cuando JCPenny escogió a Ellen DeGeneres como su imagen de marca; y los grupos conservadores quisieron censurar a JCP por escoger a una lesbiana exitosa, transparente y sexualmente feliz; Estados Unidos–la mayoría, que la ama por su personalidad y por su carisma–les dio la espalda.

¿Cambiaremos? ¿Siglos y siglos de formación retrógada podrían terminarse–al menos en la vida pública–y se esfumaría el espejismo colectivo de que el homosexualismo es una enfermedad que condena a sus víctimas a la infelicidad (y al infierno)?

¿Esos papas que alguna vez prestaron su silencio para apoyar agendas como el holocausto nazi; la esclavitud y la pederastia, cerrarán la boca cuando se les pida opinión; y se dedicarán a temas más provechosos como: la justicia social, el abuso del poder y del capital; la protección del medio ambiente y los derechos humanos?

Conversemos sobre esos problemas, amigos conservadores. Dejemos a los homosexuales en paz.

La calle en que yo viví

«Una gozosa gira por 18 años mexicanos». Contra la invocación nostálgica: la reinvención del pasado.

En su cuento Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro le rinde homenaje al barrio en el que vivió de niño. Es un cuento precioso; y también una estampa bien dibujada, de un mundo que ya no existe.

En los cuentos de Tiempo transcurrido, Juan Villoro también le rinde homenaje a los escenarios de su infancia y adolescencia, pero la descripción se mezcla con sus ganas de describir a los personajes que habitaban en esos escenarios. Muchas veces él mismo es el personaje principal, mezclándose con diferentes tribus urbanas.

Ribeyro describe la personalidad actual del escritor y cómo ésta le debe ciertas características a los paisajes de su infancia. Villoro toma su adolescencia y hace una película. La descripción es buena, pero sólo complementaria. Ribeyro usa las imágenes para construir una percepción poética del paisaje ya desaparecido. Villoro utiliza las áreas urbanas para ironizar sobre el transcurso y desaparición de ellas. En Villoro hay un ritmo ágil, con la agilidad de ciertas películas ochenteras, con saltos perceptibles en la edición. Es una película con mucho corazón, hecha con pocos recursos. No llega a ser una pintura, sólo bocetos. Conocemos a los personajes, pero casi nada; excepto, tal vez, su percepción ante los mexicanos y una imagen que tenía que ver con la cultura popular o las ideas dominantes de otra generación. Es un universo literario pero marcado por la cultura de masas.

En el mundo de Ribeyro la cultura de masas casi no existe. Ese universo de Los eucaliptos parece existir independiente del capitalismo. Las recomposiciones urbanas, asociadas con la movilidad social en Lima y el proceso de mestizaje, son percibidas en la historia pero es más importante el proceso poético del cambio y la decadencia. Ribeyro nos muestra el efecto poético del cambio desde una perspectiva única: la suya. Villoro nos muestra el cambio pero necesita visualizar todos los aspectos externos: la arquitectura horripilante pero práctica, los espacios de diversión con sus colores y significados, los peinados y vestimentas con su carga simbólica dentro de las diferentes tribus de su México DF. Ribeyro ha sido actor en ese paisaje, pero el cuento es contado desde el punto de vista de quien asiste a un acto en el que no tiene nada que hacer. Ribeyro observa y describe. Villoro es el narrador participante, que necesita a la masa junto a él. Las frases de Villoro son ingeniosas, tocan al lector, lo inquietan con cada frase. En el cuento de Ribeyro, la historia te toca lentamente, te envuelve con la reconstrucción poética. Ambos son estilos muy diferentes.

Al escribir Los Duros partí de la lectura de Tiempo Transcurrido. Al leer ese cuento, en la edición de la revista Luvina , Villoro notó la única frase original e ingeniosa que creo que merecía ser notada.  Un crítico español lo leyó, y percibió cierto tono poético que él –me dijo–sentía que había sido tomado de Los eucaliptos. Yo no había leído esa historia de Ribeyro. Mi intención era crear un mundo de personajes moviéndose en un paisaje urbano como el de Villoro.

¿Hay poesía en Los Duros? Muy poca. Primero, porque la calle en la que nací sigue tan fea como siempre. Es cierto que hay una descripción más o menos nostálgica de los alrededores, de esas plantaciones de maíz y fresales que debieron de ser arrasados para edificar lo que ahora es Santa Patricia, la Rivera, Mayorazgo, entre otras urbanizaciones también separadas por rejas y trancas e igual de horribles que la mía. Tal vez lo más poético del cuento sea la descripción de las relaciones de la infancia, cierta pausa intencional a la hora de narrar relaciones entre los personajes de las dos familias: Los Segura y Los Duros. Casi no hay diálogos, y las pocas palabras que puse en la boca de los personajes del cuento (en la edición definitiva que salió publicada en Revista de Occidente) creo que son malas.

La calle en que yo viví aún sigue allí. Sin embargo,  creo que a cualquier parte de mi barrio le faltan unos doscientos años para que pueda tener la calidad poética que tiene el vecindario clasemediero venido a menos en el cuento de Ribeyro.

Si algo me gusta de mi calle–ahora que la puedo visitar una vez al año– es su silencio. No tanto en el verano. El mío es de esos barrios que se disfruta más con la neblina del invierno, caminando despacio sobre sus veredas sin gusto, sus muros altos, sus jardincitos breves.

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