Writer. Editor of the literary journal Los Bárbaros (New York) and Las Furias (París). Editor at Chatos Inhumanos Publishing House (New York). Professor at the Journalism and Media Studies Department, Lehman College, CUNY, Bronx.
Pasa por la calle y encuentra un revólver. Encuentra un revólver y dispara. Dispara y empieza a correr. Al final, agotado, miras el humo que sale del cañón. Piensas en esa calle y en ese revólver.
Te la has encontrado y conversas. Has conversado y la besas. La has besado y le has dicho cuanto la deseas. La has deseado y la has tocado. La has tocado y has entrado en ella. Piensas en ella, en esa calle, en esa cama y en ese revólver.
Las nubes tienen forma de animales. Miras una nube que se cruza y piensas en los millones de hombres y mujeres que comparten contigo instantes como aquél. Son animales sanos e inocentes, que como todos nosotros, a veces lllegamos demasiado tarde al último rollo pero luego descubrimos que mejor, que estamos muy temprano para el siguiente…
Sentado en una máquina del tiempo, analizas el presente. Tienes sólo una semana. Tal vez dos, nunca lo suficiente.
Una semana para volver a llegar y empezar a poner nombres…
Llega a las pantallas un nuevo proyecto de Spider-Man y el comentario parece ser unánime: es una porquería.
No entendí muy bien cuál es el motivo por el que se tiene que reinventar a un superhéroe que se ha reinventado hace sólo 10 años (además de los motivos económicos). Esta semana en The New Yorker, Anthony Lane lo destroza. Critica desde la falta de sentido del humor de los personajes (y los diálogos estúpidos de Parker) hasta la escasez de imaginación del director. Esta apuesta por el dinero fijo y el mal cine, sólo revuelve alrededor de la capacidad de los efectos especiales por llegar más arriba y hacer el mayor ruido posible. (Como ese otro bodrio llamado Transformers )
Hace unas semanas leí una serie de comentarios devastadores sobre The Avengers en una página dedicada a los comics. Los fanáticos descargaban bilis acerca de la infidelidad de la película hacia el «espíritu» de Los Vengadores. Sin embargo, a mi me había encantado el tono sarcástico con que el que se autorretratan en aquella película los superpoderes, las superflaquezas y la relación de estos engendros disfrazados con la ciencia y con los humanos. Está muy en la línea de lo que hizo Alan Moore con Watchmen.
The Avengers, con la gran capacidad para burlarse de ellos mismos, me parece no una falta de respeto, sino una puerta de acceso (tal vez la única) para quienes quieran seguir trabajando con la reinvención filomográfica de héroes que no necesitan de «reinvención».
Recordemos que aquella capacidad de los dioses y semidioses de reirse de sus propios poderes y debilidades –enmedio de la inevitabilidad de su tragedia– es una de las grandes cualidades de las obras de –entre otros– Sófocles y Homero. Con menos humor y nada de transgresión, la saga de este hombre con poderes de araña sólo tiene futuro en la taquilla de las siguientes semanas.
Un hombre que parece ser mi abuelo. Tiene el pelo engominado y la apariencia de un tipo «suave», viste una camisa bien ajustada, de un color elegante; y unos pantalones que le sientan bastante bien. Debe de tener unos 90 años, se le ve «parado» y jovial. Su cabello es blanco pero por aquí y por allá aún tiene algunas hebras grises. Mi abuelo me aconseja sobre la vida y las decisiones que un hombre tiene que tomar.
Lástima que no recuerde ninguno de sus consejos al despertar.
Me despierto con brusquedad y me doy cuenta que mi abuelo ha muerto, un día como hoy, hace 20 años ¿Coincidencias? Nunca tuvimos una conversación como la de anoche durante mi sueño; y nunca lo vi morir. Supongo que algo de aquella culpa todavía me perturba.
Salvatore Romano de Madmen. Su primer encuentro homosexual
Esta semana, la carátula del New Yorker apareció con un dibujo de dos novias en la carátula. Dos novias tomadas de la mano: marida y esposa. Hace poco tiempo, unos días después de la toma de posición pública de Obama frente al matrimonio homosexual (podría ser amparado por las leyes federales), la carátula del New Yorker puso en la carátula un dibujo del frente de la Casa Blanca con las columnas pintadas en un jubiloso color arcoiris.
La idea del matrimonio gay aún mueve las billeteras de los hipócritas que lo usan como excusa para apoyar otras ambiciones «conservadoras» de la agenda republicana (más poder para las corporaciones, menos poder para los sindicatos de trabajadores y el gobierno que los apoya). Si bien, poco a poco, la idea de que en este país un matrimonio gay puede ser amparado por el gobierno federal empieza a alejarse del ámbito de la ciencia ficción.
Hace unas semanas, en un capítulo de la tercera temporada de MadMen (2009), veía que Salvatore Romano–director del departamento de arte de la agencia Sterling Cooper–vivía su primer encuentro homosexual (protegido por el «anonimato» de una habitación de hotel y un botones libidinoso y discreto). Una temporada atrás, Salvatore rechazaba una mano varonil en un bar y, confundido, pretendía negar lo innegable: la carga eléctrica que le generaba el perfil de ciertos caballeros.
Pero en Madmen también hay personajes como el guapo, lacónico, europeo y recién contratado ejecutivo creativo quien ante las insinuaciones de sus compañeros por su «interés» en la fogosa Peggy Olsen, de buenas a primeras aclara que él es homosexual. «A mí me gustan los hombres, no las mujeres». La ciudad de Nueva York de Madmen (1960), contenía a los dos tipos de gays. Sin embargo, aquellas «escapadas del closet» eran asumidas entre el público–los neoyorquinos que elegían a JFK en vez de a Nixon–con una enorme dosis de repugnancia.
En ese sentido, Estados Unidos algo ha avanzado. Porque cuando JCPenny escogió a Ellen DeGeneres como su imagen de marca; y los grupos conservadores quisieron censurar a JCP por escoger a una lesbiana exitosa, transparente y sexualmente feliz; Estados Unidos–la mayoría, que la ama por su personalidad y por su carisma–les dio la espalda.
¿Cambiaremos? ¿Siglos y siglos de formación retrógada podrían terminarse–al menos en la vida pública–y se esfumaría el espejismo colectivo de que el homosexualismo es una enfermedad que condena a sus víctimas a la infelicidad (y al infierno)?
¿Esos papas que alguna vez prestaron su silencio para apoyar agendas como el holocausto nazi; la esclavitud y la pederastia, cerrarán la boca cuando se les pida opinión; y se dedicarán a temas más provechosos como: la justicia social, el abuso del poder y del capital; la protección del medio ambiente y los derechos humanos?
Conversemos sobre esos problemas, amigos conservadores. Dejemos a los homosexuales en paz.
«Una gozosa gira por 18 años mexicanos». Contra la invocación nostálgica: la reinvención del pasado.
En su cuento Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro le rinde homenaje al barrio en el que vivió de niño. Es un cuento precioso; y también una estampa bien dibujada, de un mundo que ya no existe.
En los cuentos de Tiempo transcurrido, Juan Villoro también le rinde homenaje a los escenarios de su infancia y adolescencia, pero la descripción se mezcla con sus ganas de describir a los personajes que habitaban en esos escenarios. Muchas veces él mismo es el personaje principal, mezclándose con diferentes tribus urbanas.
Ribeyro describe la personalidad actual del escritor y cómo ésta le debe ciertas características a los paisajes de su infancia. Villoro toma su adolescencia y hace una película. La descripción es buena, pero sólo complementaria. Ribeyro usa las imágenes para construir una percepción poética del paisaje ya desaparecido. Villoro utiliza las áreas urbanas para ironizar sobre el transcurso y desaparición de ellas. En Villoro hay un ritmo ágil, con la agilidad de ciertas películas ochenteras, con saltos perceptibles en la edición. Es una película con mucho corazón, hecha con pocos recursos. No llega a ser una pintura, sólo bocetos. Conocemos a los personajes, pero casi nada; excepto, tal vez, su percepción ante los mexicanos y una imagen que tenía que ver con la cultura popular o las ideas dominantes de otra generación. Es un universo literario pero marcado por la cultura de masas.
En el mundo de Ribeyro la cultura de masas casi no existe. Ese universo de Los eucaliptos parece existir independiente del capitalismo. Las recomposiciones urbanas, asociadas con la movilidad social en Lima y el proceso de mestizaje, son percibidas en la historia pero es más importante el proceso poético del cambio y la decadencia. Ribeyro nos muestra el efecto poético del cambio desde una perspectiva única: la suya. Villoro nos muestra el cambio pero necesita visualizar todos los aspectos externos: la arquitectura horripilante pero práctica, los espacios de diversión con sus colores y significados, los peinados y vestimentas con su carga simbólica dentro de las diferentes tribus de su México DF. Ribeyro ha sido actor en ese paisaje, pero el cuento es contado desde el punto de vista de quien asiste a un acto en el que no tiene nada que hacer. Ribeyro observa y describe. Villoro es el narrador participante, que necesita a la masa junto a él. Las frases de Villoro son ingeniosas, tocan al lector, lo inquietan con cada frase. En el cuento de Ribeyro, la historia te toca lentamente, te envuelve con la reconstrucción poética. Ambos son estilos muy diferentes.
Al escribir Los Duros partí de la lectura de Tiempo Transcurrido. Al leer ese cuento, en la edición de la revista Luvina , Villoro notó la única frase original e ingeniosa que creo que merecía ser notada. Un crítico español lo leyó, y percibió cierto tono poético que él –me dijo–sentía que había sido tomado de Los eucaliptos. Yo no había leído esa historia de Ribeyro. Mi intención era crear un mundo de personajes moviéndose en un paisaje urbano como el de Villoro.
¿Hay poesía en Los Duros? Muy poca. Primero, porque la calle en la que nací sigue tan fea como siempre. Es cierto que hay una descripción más o menos nostálgica de los alrededores, de esas plantaciones de maíz y fresales que debieron de ser arrasados para edificar lo que ahora es Santa Patricia, la Rivera, Mayorazgo, entre otras urbanizaciones también separadas por rejas y trancas e igual de horribles que la mía. Tal vez lo más poético del cuento sea la descripción de las relaciones de la infancia, cierta pausa intencional a la hora de narrar relaciones entre los personajes de las dos familias: Los Segura y Los Duros. Casi no hay diálogos, y las pocas palabras que puse en la boca de los personajes del cuento (en la edición definitiva que salió publicada en Revista de Occidente) creo que son malas.
La calle en que yo viví aún sigue allí. Sin embargo, creo que a cualquier parte de mi barrio le faltan unos doscientos años para que pueda tener la calidad poética que tiene el vecindario clasemediero venido a menos en el cuento de Ribeyro.
Si algo me gusta de mi calle–ahora que la puedo visitar una vez al año– es su silencio. No tanto en el verano. El mío es de esos barrios que se disfruta más con la neblina del invierno, caminando despacio sobre sus veredas sin gusto, sus muros altos, sus jardincitos breves.
Leí en «Memorias de un antisemita» que, según Van Rezzori, la vida puede ser como un plato de sopa, que hay que tomarse así esté llena de pelos. A veces es así. Pero otras uno encuentra una carnecita que no esperaba, o como me pasó hoy, un wantan pequeño y olvidado con el que ya no contaba y que te entrega una satisfacción adicional. La vida puede ser comparada con una sopa pero –como todas ellas–siempre está llena de sorpresas inesperadas.
A la salida de la biblioteca, encontré dos novelas en el carrito de los libros en remate. Aún estaba terminando de leer The Moonstone de Wilikie Collins, y sabía que después de sumergirme en el siglo XIX iba a necesitar una lectura que me devolviera a la realidad. Uno de los libros lo hizo por mí. De qué manera. Se llama Netherland y su autor es un irlandés que escribe regularmente para la revista The Atlantic: Joseph O’Neill.
O’Neill cuenta la historia de un analista de bonos petroleros londinense –Hans van den Broek–que se muda a trabajar, con su esposa y su hijo recién nacido, a la ciudad de Nueva York. No es un NY cualquiera, es el del año previo a los atentados del 11 de septiembre. Tras el atentado, sigue una serie de encontronazos entre los cónyugues, que terminan con la esposa y el hijo en Londres, mientras Hans intenta sobrevivir a la ansiedad en Manhattan.
Hans, quien siente enorme nostalgia por su niñez en los Países Bajos, describe todas las situaciones claves de un nuevo neoyorquino. Ahí está el inmigrante lidiando con la ansiedad después del 9-11; con los papeleos de inmigración, con sus amigos que vienen de una docena de culturas diferentes, juntando los puntos que necesita para sacar su brevete, etc
El segundo libro, que terminé muy rápido, se llama Indignation. Lo escribió Philip Roth. Es la tragedia-comedia de un joven judío, hijo de un carnicero kosher de un suburbio de New Jersey, en los tiempos de la Guerra de Corea. Es una novela corta, intensa y muy bien narrada
Mis partidos con Roth están 2-1. Hace algunos años leí The Dying Animal y me pareció una basura. Después de un tiempo me animé a leer The Human Stain y me gustó muchísimo. Este libro me gustó más que The Human Stain. Es menos ambicioso–es verdad–, pero Roth cuenta esta simple historia con gran ritmo, tino para la creación de los personajes, y una selección precisa de las palabras.
¿Cuál será mi siguiente libro de Roth? El primero, el malísmo, lo compré en Borders. Los últimos dos, los que me han gustado, los he encontrado en los estantes de remate de librerías públicas (El primero fue un remate de cuatro por un dólar, en Greenbourgh; este último me costó 50 centavos en Hendrick Hudson). No me animo a pedir prestado o a comprar nada de Roth. ¿Para qué, si sus mejores libros me los ha traido la buena suerte?
La mujer se metió por el callejón al lado del bar. Dos hombres conversaban apoyados contra los ladrillos del edificio y uno de ellos la tomó del brazo. «Está borracha» dijo el que la había agarrado, el más gordo. La mujer apenas si podía sostenerse.
Vestía una falda negra muy apretada a las piernas y los tacones bastante altos. Yo había salido a fumarme un cigarrillo. Me acerqué no porque pensara en defenderla o en que podría suceder algo malo (todo eso lo pensé después) sino porque ella decía algo en español y los hombres reaccionaban como si no la comprendieran. «Caspa en el tenedor» decía ella. No intentaba zafarse. Es más: era como si contara con aquel brazo para no caer.
Cuando me vieron, el gordo le dijo algo a su amigo y soltó la muñeca. Casi se cae. Entonces, ella volteó hacia mí.
Vi luces, sonidos, estrellas. De los edificios cercanos cayeron ramos de uvas. Mi mano tembló y mis ojos se llenaron de lágrimas ¿Por qué? ¿Cómo así me encontraba con la mujer que más había amado en un lugar así? No me reconoció. Dicen que la felicidad completa siempre viene en un solo sentido: América conoció a Europa pero Europa jamás supo de qué se trataba América. Así había sido nuestra vida. Por éso yo había emigrado. Ella, al parecer, había llegado siguiéndome. Fallé en decir algo. Ella se tambaleó y los dos hombres se alejaron con discresión hacia la oscuridad donde antes habían estado conversando. Me acerqué. Ella me echó los brazos a los hombros y tropecé de golpe con su aliento alcohólico, con el perfume de su cabello.
Ella no podía hablar. Yo era incapaz de decirle todo. Allí decidí mentirle. La subí a un taxi y nos fuimos a mi casa, al pequeño condominio en una calle de los suburbios donde había encontrado un trabajo estable y una familia (mis dos perros). Al taxista le tuve que repetir dos veces la dirección. Aclaré que le pagaría con la tarjeta de crédito y le daría una buena propina. Añadí que el viaje de ida y de vuelta no podía tomarle más de dos horas. Aceptó. Ella durmió todo el camino: apoyada en mí. Su boca estaba semi abierta, su baba mojaba mi camisa. Yo estaba en shock. En ese viaje en taxi, mis dos décadas de vida en los Estados Unidos se convirtieron en un completo espejismo. Mis cincuenta años recién cumplidos eran una broma pesada. A su lado, me convertí de nuevo en un adolescente, ése joven que la miraba al borde de un río, apoyado en su falda, pidiéndole un beso.
La recosté en mi cama, sin tocarle la ropa. Apagué la luz y me eché al lado de la cama, en el suelo. Estaba muy asustado pero traté de dormir. Una voz, la de ella–o la que ella fue–, me decía (en aquél margen que uno no sabe si se trata de los sueños o de la realidad) que la vida continuaba. Esa voz me enumeraba las mentiras que yo me había repetido en veinte años de optimismo y de «nueva» vida. La voz me preguntaba si estaba preparado para volver a verla, si mi vida podría dar los mil vueltas necesarias para regresar a donde estuve antes de conocerla. Por fin, pensado en las posibilidades infinitas que nos esperaban al amanecer, yo me dormí.
Y al despertar me di cuenta, por supuesto: esa mujer no era ella.
Ballard ha pasado por muchas manos antes de llegar a mí. Me lo han recomendado como libro de iniciación. Es decir, yo he pedido consejo porque oigo hablar de Ballard como si se tratase de un dios más y yo solo recuerdo Crash, que no me dijo nada. Por Crash, en una clase de inglés, tuve que soportar a un profesor que lo idolatraba. A sus ochenta y tantos años, este catedrático se había vuelto experto en salpicarnos saliva a los estudiantes cuando dictaba su clase.
Me llevé Cocaine Nights al Perú pero sólo agarró un poco de sol y se llenó de tierra. Supongo que es un buen síntoma cuando el único libro que llevas a un viaje de casi un mes se queda sin ser leído. A mediados de enero me enteré que no podía renovarlo en la web porque alguien en la biblioteca estaba esperando que me acercara a devolverlo. Pobre lector: La novela llegó a Nueva York conmigo, con multa, después de volar en cuatro aviones durante más de 14 horas. Ya aquí, entré a Amazon, lo encontré como ganga y lo compré.
¿Valió la pena? El libro es buenísimo. Hay ciertas ideas –que se me quedaron grabadas– que tienen que ver con la delincuencia y el orden social. Hay ciertas imágenes de B-movie que aparecen por aquí y por allá mientras yo leía y me imaginaba Estrella del Mar, esa colonia de vividores felices y tramposos; y a Charles Prentice que, para salvar a su hermano, intenta resolver el caso de un incendio que todos han visto pero del que nadie quiere hablar.
Aquella sociedad es tan superficial como la que veo a diario en la televisión. Es una fantasilandia de muchachos y muchachas en epilepsia permanente, frente a cámaras y micrófonos, pagados para que aplaudan en la pantalla cuando empiezan a brillar los reflectores.
Ballard es necesario. En esta novela de detectives, el crimen se construye frente a las ventilas del aire, en la piscina, entre clase y clase de tenis. Allí empezamos a conocer a estos personajes miserables; a estas figuras corrompidas, máquinas de un universo del que Ballard es dueño y señor.